Portada del relato El ocaso de la Bruma
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Fragmento:


Entraron, al fin, los Herederos del Abismo: cuatro figuras encapuchadas, grises como cenizas de campamento. La multitud murmuró, excitada y nerviosa. ¿Quiénes se atrevían a escalar las nubes y perturbaban la eternidad de Silrael? Un noble olvidado se levantó, copa en mano:

Duración: 08:04

El ocaso de la Bruma
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El ocaso de la Bruma

El sol no se ponía jamás sobre la ciudad de Silrael, aunque nadie podía recordarlo. Vagaba sobre nubes tan finas que parecían espejismos, flotando tan altas que hasta la lluvia debía pedir permiso para atreverse a cruzar sus muros de cristal. El aire relucía con fragmentos de polvo rojo y arenas de desconocidos desiertos, cargados en remolinos por los vientos interminables que sostenían la ciudad.

En Silrael se caminaba sobre puentes de zafiro y techos de nácar; las calles eran arcos suspendidos y los jardines, nidos de aves que nunca habían rozado el suelo. Desde aquí, el mundo de abajo era sólo una pauta borrosa, un cúmulo de leyendas que se repetían entre copas de vino dorado y susurros de damas ataviadas con niebla. Y sin embargo, debajo, aún quedaba la memoria de los héroes, de aquellos hombres y mujeres que creyeron poder alcanzar las alturas y cambiaron la historia por la posibilidad de un sueño. Los héroes estaban caídos, porque se habían atrevido a querer más, y las ciudades flotantes eran su condena y su refugio al mismo tiempo.

La mayoría de los habitantes de Silrael no recordaban cómo llegaron allí. Se decía que cada piedra de la muralla era el corazón de un pretendiente de dioses, cada puente un juramento incumplido. Sólo algunos, como Lerys, conservaban retazos de viejas vidas, visiones de tierra firme y el sabor áspero del polvo bajo el sol.

Lerys era una mujer de cabellos blancos y piel de mármol, pero sus ojos, si te atrevías a mirarlos, contenían mares de historias. Vestía siempre de azul ceniza, caminando bajo arcos de luz líquida con el perfil de una reina exiliada. Nadie sabía a qué clan pertenecía; en Silrael, el linaje era una ficción y el nombre, una máscara.

Aquella noche, más oscura de lo habitual —pues la ciudad flotaba bajo una tormenta de ceniza—, Lerys se hallaba en el Salón de los Husos, donde el tiempo no se tejía, sino que se deshilachaba tanto como los viejos mitos. Los nobles flotantes celebraban un banquete y todos fueron convocados, pues un rumor recorría los puentes relucientes: la llegada de los Herederos del Abismo, una comitiva de forasteros que ascendió desde las tierras postergadas.

La sala se llenó de luces y licores, el aire, denso con perfumes que prometían insomnio y olvido. Lerys se sentó junto a la barandilla que daba al vacío. Los esclavos—porque aquí también los había—servían frutas azules y vino añejo, y las conversaciones flotaban como burbujas vacías.

Entraron, al fin, los Herederos del Abismo: cuatro figuras encapuchadas, grises como cenizas de campamento. La multitud murmuró, excitada y nerviosa. ¿Quiénes se atrevían a escalar las nubes y perturbaban la eternidad de Silrael? Un noble olvidado se levantó, copa en mano:

—No desde la caída de Dael la Sincera hemos admitido embajadores de abajo —anunció con voz pastosa.

El primero de los forasteros deslizó su capucha. Era un hombre con los ojos cubiertos por vendas, la boca marcada de cicatrices. Habló con un temblor dulce:

—No vengo a pedir, sino a recordar. Todos aquí eran héroes alguna vez, ¿no es así? ¿Quién, entre vosotros, se atreve aún a decir su nombre?

Silencio. Lerys pensó en las respuestas que la ciudad esperaba: el olvido, la distancia, la evasión; y sin embargo, una bruma azulada empezó a crecer dentro de ella. Nadie pronunciaba palabra.

El hombre vendado asistió a la ausencia. Los demás forasteros bajaron las cabezas y, uno a uno, dejaron caer de sus túnicas pequeños frascos que rodaban por el mármol. Al romperse, destilaron un aroma amargo, añil y carmesí, que se pegó al suelo y formó imágenes brumosas. Se vieron rostros de héroes caídos: una mujer atravesando una tempestad de rayos a caballo, un joven tendiendo la mano a un niño perdido, un guerrero herido que plantaba un árbol junto a una grieta de lava.

El Heredero dijo: —Estos fantasmas son lo que queda de vuestro coraje. Vuestra ciudad flota porque renunciasteis a la tierra, pero la tierra sigue ardiendo bajo el desastre, y nadie baja, nadie ayuda. ¿Qué será del mundo si los últimos que pueden salvarlo sólo desean preservarse en el aire?

La corte se agitó. Una noble de dorados cabellos, rubicunda y elegante, bufó voceando:

—¡Basta de moralinas! Aquí sólo sube el que paga el precio de olvidar. ¡No tenemos patria salvo las nubes!

Lerys observaba el vapor que se arremolinaba en el salón. Sus dedos temblaban. ¿Por qué no podía soltar la copa? Sintió el peso de siglos sobre la lengua.

—El olvido —musitó— es nuestro escudo, pero también nuestra tumba.

Sus palabras flotaron un instante antes de ser ahogadas por el murmullo creciente. El hombre con vendas sonrió, e inclinó suavemente la cabeza:

—El mundo no necesita escudos, sino manos dispuestas. Hay un puente hacia abajo, oculto tras los Jardines de Losa. Los héroes pueden caer, sí, pero caer en batalla es distinto a dejarse absorber por el sopor. Silrael será olvidada por el mundo, igual que vosotros habéis olvidado el mundo.

Los Herederos dieron media vuelta, sus pisadas rugieron como truenos. El banquete siguió, pero el vino supo a hierro. Lerys se levantó en silencio, deslizándose por pasillos de sombra y bruma, guiada por una memoria que le dolía.

El camino hacia los Jardines de Losa era largo y solitario. Los jardines no eran tales, sino lugares de penitencia: estatuas rugosas de antiguos campeones, talladas en gemas y hueso de dragón, alineadas como centinelas. Agua colgaba de los árboles como lágrimas invertidas. Bajo la luna de ceniza, todo tenía un color incierto.

Allí encontró a los otros héroes caídos. Algunos, enloquecidos, repetían versos de gestas olvidadas; otros dormían de pie, sostenidos sólo por el orgullo. Lerys caminó entre ellos sintiendo un escalofrío: reconocía fragmentos de las historias de las que habían huido.

Al final del sendero, bajo un arco de bronce, vislumbró una grieta en las nubes: el puente del que habló el Heredero. No era de zafiro, ni de oro, ni de nácar: era de madera apolillada, tosco, casi solidificado de niebla. Colgaba sobre el vacío, apenas sujeto por cordeles de sombra. Lerys se detuvo. Nadie había cruzado de regreso; ninguno había bajado voluntariamente de las alturas.

La ciudad, a lo lejos, era un espectro de luces, indiferente y espléndida en su prisión aérea. Los héroes, condenados al brillo y la memoria vacía, se consumían en silencio. Lerys sintió desgarrador el tirón hacia delante, el antiguo deber de los héroes: proteger, arriesgarse, morir gloriosamente si es necesario. Y pensó: “Quizás el peor castigo es la suspensión.”

Al poner un pie sobre el puente, brotaron alrededor de ella las voces de los caídos: advertencias y súplicas, llantos y risas pasadas. Avanzó. La madera crujía bajo cada paso, y abajo, mucho más abajo, el mundo ardía en fuegos lejanos, como un recuerdo de la juventud.

Al cruzar la mitad, la niebla se espesó. Una figura esperó en la otra orilla: era el Heredero vendado.

—No todos vuelven de la caída, Lerys de la Bruma —susurró él—, pero algunos necesitamos descender para recordar cómo se asciende.

Ella asintió. Sentía el corazón palpitando por primera vez en siglos. No sabía si habría redención ni si el mundo aguardaba un rescate, pero al menos, allí, suspendida entre la niebla y el abismo, no estaba sola.

El puente terminó, y el aire olía distinto: a tierra mojada, a madera quemada, a vida y muerte. Al otro lado, la ciudad flotante no era más que un mito lejano, y la noche era real, llena de posibilidades.

El Heredero extendió su mano. Lerys se la tomó, y juntos descendieron el resto del camino. Los héroes pueden caer, sí. Pero de sus caídas nacen los sueños de quienes aún creen en el coraje.

Y mucho más bajo, en la ciudad inalcanzable de Silrael, alguien alzó la cabeza, recordando, por un segundo, cómo era el peso de la tierra.

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