Portada del relato El juramento de los coros silentes
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Fragmento:


El día cuarto trajo los primeros signos. Una niebla densa, lechosa y afilada como burla, descendió repentinamente. Al disiparse, Nial se encontró navegando por un canal estrecho, flanqueado por acantilados negros como plumas de cuervo. Los riscos estaban llenos de cicatrices: hendiduras y runas, signos borrados por la sal y por el tiempo. Y entonces, ante él, una isla tan lisa y desolada como el dorso de una mano: Ilyrion.

Duración: 06:49

El juramento de los coros silentes
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Texto de ajuste de pausa.

El crepúsculo flameaba sobre el mar, despintando el horizonte con anaranjados estertores. El barco, una reliquia de maderas envejecidas, oscilaba como un animal herido, sin bandera ni nombre que lo atara a nación alguna. A bordo, sólo quedaba un hombre, Nial, con las manos agarradas a la empuñadura de una espada que todavía goteaba lo que parecía sangre, aunque hacía tres días que no había combate, ni compañía.

Nial, de ojos tan claros como el vidrio, se perdió otra vez en las ondulaciones de la espada. Había robado la hoja en un pantano tras escuchar una voz antigua llamando su nombre: "Por un precio, vendrás". Desde entonces, avanzaba siguiendo un mapa recortado y mojado por la niebla, siguiendo apenas una línea costera que desaparecía y reaparecía según el humor de la marea. Decían los pellejos de vino de los marineros en las tabernas de Corbras que había islas que mataban la memoria y espadas que sembraban raíces en la mano de su portador.

Ahora, el viento lo guiaba, más por el peso de la promesa que por la certeza de su destino. Islas emergían y desaparecían, bailando como los recuerdos perdidos del hombre que una vez amó y que ahora huía.

El día cuarto trajo los primeros signos. Una niebla densa, lechosa y afilada como burla, descendió repentinamente. Al disiparse, Nial se encontró navegando por un canal estrecho, flanqueado por acantilados negros como plumas de cuervo. Los riscos estaban llenos de cicatrices: hendiduras y runas, signos borrados por la sal y por el tiempo. Y entonces, ante él, una isla tan lisa y desolada como el dorso de una mano: Ilyrion.

Al desembarcar, la espada de Nial vibró en su funda, como si reconociera el aire húmedo y corroído por siglos. El guerrero descendió por las rocas hasta un llano de arena blanca, extrañamente limpia. El silencio era tan profundo que podía oírse el murmullo de la sangre en las venas.

—Has venido— susurró una voz. No era humana, ni del viento, ni del mar.

Nial, acostumbrado a la locura de los mares perdidos, se limitó a responder con las formalidades de los pactos antiguos: —Por el juramento dado y por lo vivido, vengo. ¿Quién llama?

La niebla, arremolinándose, adoptó el contorno de una figura imposible de describir; un rostro que parecía estar hecho de miles de islas superpuestas, ojos de espuma y boca de corales partidos.

—Guardas la hoja, la de la sangre prestada. Me buscas, pero no sabes por qué.

—He venido por lo que se me prometió.

La figura rió, un sonido que hirió como cristales pequeños. —Ningún premio aguarda aquí, salvo verdades. ¿Estás dispuesto a cambiar carne por canción, y memoria por deber?

Nial levantó la espada, que crepitaba con una luz opaca. Su hoja era negra, atravesada de vetas rojas como si latiese. La voz de la isla, ahora, era una caricia y un lamento: —¿A cuántos has abierto? ¿Cuántas memorias has dejado correr bajo tu acero?

Nial pensó en su hermano, muerto hacía años por su mano, en una competencia por el favor de un rey ya olvidado. Pensó en la mujer cuyo nombre ya no recordaba, sólo el olor de su cabello y la tristeza en su voz cuando supo que el guerrero había elegido la violencia sobre el hogar. Pensó en cada combate, en cada cadáver envuelto en la bruma.

La figura que era niebla e isla se inclinó sobre él.

—En Ilyrion, la sangre no se olvida. Cada gotas es canto. Los que mueren bajo esta espada tienen un último refugio en las coros silentes. Pero cuando el portador es llamado, debe entregar también su propia memoria.

Nial, irónicamente, sonrió. —Entonces por eso vine. Para olvidar.

La niebla, complacida o tal vez triste, giró en espirales en torno a sus pies. —Atraviésa el corazón de la isla. Allí hallarás lo que buscas.

La travesía por Ilyrion era como caminar sobre los recuerdos propios. Cada roca parecía una escena: padres, hijos, amigos, enemigos, besos y peleas. Todo reverberaba en el aire, de modo que Nial empezó a dudar de dónde estaba y de quién era.

En el centro de la isla, entre columnas petrificadas de lo que parecían árboles extintos, halló un estanque negro. Su superficie reflejaba el cielo pero también rostros deformados por el dolor. Un círculo de piedras sangrientas, talladas con los mismos signos que en los acantilados, lo rodeaba.

Clavó la espada en el centro, como ordenaba la leyenda. El metal chilló, y la sangre, suya y ajena, fluyó por las vetas, salpicando el estanque que la devoró con codicia.

Entonces, las voces comenzaron. Un coro gutural y a la vez melódico surgió, primero bajo, luego más alto, hasta que, de la superficie del agua, emergieron figuras translúcidas: todos aquellos que habían muerto bajo la hoja. Estaban completos en su pesar y en su rabia, pero cantaban una melodía que parecía querer sanar.

—Año tras año, portador tras portador, nos han traído—dijeron—. Aquí la memoria duele, pero la verdad redime. ¿Dejarás lo que eres para unirte al canto, o huirás con tu culpa y tu acero maldito?

Nial, arrodillado, sintió que la espada se desprendía de él. Con la herida abierta en la palma y los labios resecos de tanto mar, murmuró:

—Nada queda, salvo sangre y canción. Tomadme.

La espada se desintegró, sus fragmentos sumergiéndose. Con ellos, los recuerdos de Nial: asesinatos, traiciones, caricias; gritos y risas, todo se disolvió. Cuando el último eco de su vida se deslizó al estanque, Nial se desplomó junto a las piedras. Pero al morir su culpa, un nuevo canto surgió, y los difuntos—y Nial con ellos—fueron absorbidos por la bruma de Ilyrion.

Entonces la isla empezó a quebrarse. Los pilares caían, el mar avanzaba. Las voces fueron reemplazadas por un último lamento, no de dolor, sino de descanso. Nadie ataría otra vez la sangre a la hoja ni buscaría redención en Ilyrion.

Años después, marineros extraviados abordaron las aguas cercanas y hallaron un remolino donde antaño había surgido una tierra. En las noches de neblina densa, aseguraban que, acercando el oído a la espuma, podían escucharse coros infinitos: voces entrelazadas de culpables y víctimas. Un leve rumor de acero roto y promesas apenas recordadas.

Y si un marinero permanecía demasiado tiempo escuchando, si sus pecados pesaban lo suficiente, a veces despertaba con la impronta de una hoja roja marcada en la palma. La sentía palpitar durante semanas, hasta que el olvido o la locura terminaban por reclamarlo.

Así perduró Ilyrion, no como isla, sino como susurro entre las aguas prohibidas. Quienes buscan allí redención o poder hallan nada salvo la verdad: toda sangre canta, y toda espada es siempre la memoria ensangrentada de lo que fuimos y nunca volveremos a ser.

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