Portada del relato El rumor de las raíces
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Fragmento:


En Naeven, las sombras consideraban la luna un insulto. Si se ponía a contemplar demasiado tiempo los claros entre los árboles, la veía multiplicarse, translúcida, burlona. “Esos lugares no están hechos para nosotros”, decía la anciana Seidem en el mercado, “ni en día de sol. Menos aún de noche.”

Duración: 08:30

El rumor de las raíces
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Texto de ajuste de pausa.

El aire en el claro era distinto del de cualquier otro sitio al que hubiera llegado alguna vez. Retenía la humedad y los ecos, como un pozo oscuro donde la luz caía, distorsionada. El otoño todavía no se deslizaba entre las hojas, pero al atardecer, cierta frescura ponía la piel de gallina a Eira, la nueva guardabosques.

Vino tras la diáspora desde su aldea al norte, los bolsillos vacíos de esperanza y el pasado cubriéndola como una llovizna incesante. Le confiaron la cabaña más antigua y la tierra menos domada de toda la región: el Bosque de Naeven, cuya frontera de olmos retorcidos servía como límite entre la vida cotidiana y la inquietud. Aquí, decían, la noche andaba desvelada y los susurros nunca morían del todo.

Eira había escuchado las historias; cientos de cuentos cortos y entrelazados, todos con la misma advertencia: “No sigas los senderos si escuchas tu nombre.” Hay peores cosas, pensaba ella, que el miedo. Había vivido la guerra.

Vivía sola, salvo por los cuervos que se agrupaban en su tejado como un ejército al acecho. Tenía sus tareas: patrullar los lindes, marcar los árboles condenados y, de vez en cuando, guiar a los recelosos campesinos en busca de resina o madera. Nadie se atrevía a cruzar el arroyo de la Reina Sorda, salvo Eira, que nunca se giraba al oír voces que le llamaban desde lo profundo de los abetos.

En su primer invierno, las mutiladas ramas de los sauces parecían dedos ahogados en la escarcha. La nieve caía como ceniza; el río se vestía de vidrio y la neblina erguía columnas blancas entre los pinos. Eira acumulaba leña apilándola de manera ritual, tal como la instruyó su predecesor. Si el orden se alteraba, la noche sería “inquieta”.

A veces encontraba cosas entre la hojarasca: una bufanda azul, deshilachada por el tiempo y la maleza; un laúd roto; una muñeca de trapo con los ojos quemados por el sol. Otras veces, hallaba huellas de niño donde ningún niño vivía, y el rastro desaparecía, inexplicablemente, junto al sauce más viejo.

El recuerdo más antiguo del corazón de Eira era de otro bosque, allá en su niñez, pero la memoria, como las raíces, se enrosca en torno a lo que más teme. Y, así, cada noche encendía dos velas: una para la luz y otra para la compañía.

En Naeven, las sombras consideraban la luna un insulto. Si se ponía a contemplar demasiado tiempo los claros entre los árboles, la veía multiplicarse, translúcida, burlona. “Esos lugares no están hechos para nosotros”, decía la anciana Seidem en el mercado, “ni en día de sol. Menos aún de noche.”

Pero Eira, que ya no temía a palabras ni a fantasmas, fue notando un cambio mientras el invierno maduraba. El bosque, más que callar, parecía sostener la respiración. Los conejos desaparecían, las ardillas cesaban sus juegos al mediodía, y el canto de los pájaros era apenas una señal lejana, interrumpida por un gorgoteo infernal cada atardecer.

Fue durante un crepúsculo, al volver de marcar un tronco enfermo, que Eira escuchó por primera vez su nombre, arrastrado en el viento entre los álamos, y se detuvo.

“Eiraaa...”

Al darse la vuelta, no vio nada. El canto de la cigarra había cesado.

“Eira, hermana, ¿no has de venir?”

La voz era familiar, dulce, demasiado cercana a la memoria de su hermano, que no volvió jamás de la guerra. Cerró los ojos y respiró hondo. Cuando la abrió solo quedaba la senda y el olor denso de la corteza. Pero desde entonces, la niebla llegó más pronto cada tarde y tardó más en disiparse al alba.

Las señales se multiplicaron. Pies descalzos en el barro del porche; la puerta entornada al regresar; una lámpara movida de sitio y velas consumidas a la mitad. Comenzó a escribir cartas a nadie, dejando los papeles en la mesa porque el acto de escribir era, al menos, una prueba de la realidad.

Llegó la primavera, pero el verdor en Naeven era distinto: más recio, casi agresivo, alfombrando los claros en exceso, obstinado en invadir caminos. Los aldeanos sugirieron incendiar la maleza “para espantar a lo que habita debajo”. Eira convenció al capataz de esperar; el bosque tenía su ritmo y sus durmientes.

Después vino la plaga. Una línea de abedules se tornó negra en pocas noches. Un olor dulzón y espeso se pegó a la ropa de Eira después de explorar el linde. Donde los tallos eran más jóvenes, vio nudos oscuros que palpitaban, como si respiraran a su propio compás. Sabía que no debía mirar mucho rato. Cortó algunas ramas enfermas, pero cada noche, los nudos se repetían en sueños y, al despertar, encontraba la corteza en sus sábanas.

Un día encontró huellas humanas descendiendo al claro más profundo, el que nadie pisaba según los mapas antiguos: el Anillo del Sauce. La tierra allí tenía otro peso. Las raíces sobresalían, formando arcos y pasadizos, y un silencio denso se apoderaba de todo. Se dijo a sí misma que era solo curiosidad, que los mitos solo protegen los secretos de la tierra. Pero escuchó la voz otra vez, tan baja como un suspiro flotando al nivel de sus botas.

“Elige,” le urgía. “Haz la pregunta.”

Eira recogió una piedra lisa y la guardó en el bolsillo, por si necesitaba recordar el tacto del mundo. Llamó por su hermano, del modo en que lo hacía cuando era niña, y el eco se deformó, como si el bosque respirara a través de él.

Escapó de ese sitio, aunque no tuvo la memoria exacta de cómo: el tiempo parecía plegarse y estirarse bajo la sombra de los sauces. Durante un tiempo, nada en la cabaña pareció igual; las cosas pesaban más, la leche cuajaba rápido, y las ratas mordisqueaban las oraciones colgadas en las paredes.

Eira consultó a Seidem, la anciana del mercado.

“Si has oído a alguien pedir que elijas, es porque has sido vista”, le advirtió la mujer, entre dientes.

“¿Vista por quién?”

“La Reina Sorda. Ella escucha lo que no decimos. Ella es silencio, pero conoce el lenguaje de lo que perdimos. ¿Qué has perdido tú, Eira?”

La pregunta la golpeó con la misma violencia que la voz al atardecer. Pensó en su hermano, en la casa tapiada tras la guerra, en el miedo. Eira volvió a la cabaña, preparó la piedra para no olvidar y encendió las dos velas. Miró el bosque y, cuando la noche llegó, se vistió con su ropa vieja y cruzó de nuevo el arroyo, sabiendo lo que iba a hacer.

En el corazón de Naeven, la niebla bailaba como si la coreografiara una antigua pena. Eira siguió las huellas hasta el Anillo del Sauce. Allí, la tierra olía a hierro y a infancia interrumpida. Entendió—quizá demasiado tarde—que el bosque no maldice al azar: se alimenta del deseo de volver atrás, de rehacer lo perdido.

En el claro estaba la figura de la Reina Sorda. No tenía rostro, solo una corona de líquenes y ramas, y los pájaros la rehuyeron, salvo un cuervo de alas rotas que, al verla, desplegó su sombra sobre el suelo. El bosque respiró. Eira vio su reflejo multiplicado en el tronco descascarillado: niña, soldado, huérfana, y siempre sola.

“¿Qué pides?” murmuró la figura sin boca.

Arrastrando la voz, como quien sabe que lo que da jamás regresa igual, Eira respondió: “Deseo oír de nuevo la risa de mi hermano.”

La Reina Sorda no asintió ni negó. Bastó ese momento, un crujido de corteza y la sensación de que el sol estaba mucho más lejos, para otorgar precio a la petición.

Eira regresó a la cabaña y cada anochecer, mientras la brisa arrastraba a ratos una risa suave e infantil desde ninguna parte, se sentía levemente más vacía. Un día, descubrió que las huellas en el barro eran las suyas, y que la lámpara movida apenas iluminaba ya ningún rincón. Las oraciones colgaban de los clavos como pieles. Los cuervos partieron, uno a uno.

El bosque, con la promesa cumplida, aguardaba el próximo anhelo. Eira comprendió que nadie regresaba igual del reino de la Reina Sorda, que todo trato con ese lugar salía caro. Aprendió a no pedir más. Aprendió que algunos ecos no deberían perseguirse.

El rumor de las raíces la acompañó durante largos años, como advertencia y como consuelo. Su sombra, bajo los sauces y los olmos, era más tenue cada otoño, pero era suya y nadie la llamaba ya desde lo profundo de Naeven.

Porque el precio del deseo, en los bosques que retienen la respiración, es siempre olvidarse un poco de sí mismo hasta que, al final, se es apenas otra de esas voces que susurran tu nombre.

Y con cada susurro bajo la corteza, el bosque sigue esperando.

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