Portada del relato El susurro de los álamos
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Fragmento:


La conversación fue mínima, de gestos y miradas. La misión era clara, aunque no todos los detalles estuvieran compartidos. Se podía intuir en el ambiente un peligro inminente, una grieta en el suelo y en los corazones de la ciudad. El trabajo era de los suyos: discreto, sigiloso, limítrofe entre la legalidad y lo otro.

Duración: 08:47

El susurro de los álamos
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Texto de ajuste de pausa.

La taberna La Boca Rota yacía entre dos grises edificios como un diente mellado en la boca de un mendigo. En los charcos de la entrada flotaba un vaho constante, espesura blanca que ocultaba lo que había bajo los adoquines. Esta noche de fines de otoño traía un frío casi tangible, una humedad que calaba los huesos hasta de los más duros, aunque no a todos los parroquianos les molestaba el frío.

Doppel se quitó un guante y frotó el vaho de la ventana con la base de la palma. Su reflejo apareció, distorsionado, en el vidrio. El propio Doppel no era un hombre llamativo, sino todo lo contrario: una sombra más entre las sombras, no porque fuera turbio sino porque, según las palabras de su padre, "se especializaba en no ser especial". Justo lo que esa noche le exigía la suerte.

Al fondo de la taberna, tres figuras se agitaban en la penumbra. El humo del tabaco y de la leña hacía difícil distinguir sus rostros, pero entre las espirales uno podía notar que, como Doppel, todos eran de la misma estirpe: habitantes del limen, moradores de los márgenes, hombres de sombras.

A Drom, el tercero del grupo, le gustaba pensar en sí mismo como en una promesa incumplida. O tal vez como en un juramento por cumplir. Su padre había sido un luchador en el Circo de Sables, su madre una bruja menor capaz de leer los sueños en la ceniza. Pero Drom no era nada de eso. Cuando se miraba de reojo en los espejos, veía grietas de humo en lugar de facciones. Tal vez por eso eligió la vida de hombre de sombra: correr en los bordes de la realidad, ser la duda de los ebrios a medianoche.

A su lado, la mujer conocida como Ella (si es que realmente ése era su nombre) llenaba copas vacías con un vino demasiado negro para ser vino. Sus movimientos eran cuidadosos, como si midiera el peso del aire en cada leve desplazamiento. También ella era un acertijo, aunque jugaba a ser la respuesta. Nadie en la taberna recordaba cuándo había comenzado a aparecer por allí, ni cuándo se unió al trío de noche y humo.

La conversación fue mínima, de gestos y miradas. La misión era clara, aunque no todos los detalles estuvieran compartidos. Se podía intuir en el ambiente un peligro inminente, una grieta en el suelo y en los corazones de la ciudad. El trabajo era de los suyos: discreto, sigiloso, limítrofe entre la legalidad y lo otro.

"El coleccionista se encuentra en el bastión del este", murmuró Ella por fin, rompiendo el silencio. Su voz hizo que los otros dos se pusieran tensos, pero fue apenas un estremecimiento, como el que se siente antes de cruzar la calle y mirar al cielo nublado. "Dicen que la niebla no le alcanza nunca, que es una isla de oscuridad caminando entre la niebla".

Doppel asintió, dejando que parte del miedo se deslizara por su espina dorsal. Había escuchado historias sobre el Coleccionista: un hombre que tomaba aquello que no podía ser visto, que comerciaba con recuerdos olvidados y promesas por cumplir. Un mercader de la penumbra, igual que ellos, pero menos humano.

Salieron de la taberna por la puerta trasera, pisando sin ruido los charcos. El camino hacia el bastión del este estaba plagado de recovecos y de ojos atentos; las sombras los seguían, pero ellos mismos parecían desvanecerse cada vez que alguien fijaba la mirada. Era un arte y una condena: vivir a la sombra, volverse uno con ella, dejar de figurar en los relatos de la gente común.

El bastión se alzaba entre brumas como un colmillo de ónix mal enterrado. Los muros estaban recubiertos de líquenes y sus ventanas, oscuras, espantaban la luz de los faroles cercanos. Nadie que no fuera invitado se atrevía a entrar; tampoco se veía movimiento afuera. Pero los hombres de sombra no necesitaban puertas abiertas. Tenían sus propios caminos, los resquicios invisibles donde la realidad se olvida de vigilar.

Ella fue la primera en deslizarse dentro, apenas una línea sinuosa que desapareció junto a la pared del este. Doppel siguió, inquieto, sintiendo cómo la humedad de la noche lo impregnaba hasta las comisuras de los ojos. Drom aguardó un segundo antes de cerrar la marcha; su corazón latía junto con la niebla, en un compás sordo.

Por dentro, el bastión era más grande y antiguo de lo que prometían sus muros. Pasillos deformes, techos demasiado altos, puertas que llevaban a pasillos que volvían sobre sí mismos. Y en cada giro, la presencia: algo o alguien que los observaba, respirando apenas al otro lado de la pared de sombra.

Se cruzaron con espejos colgando, todos cubiertos por paños lúgubres. "No hay que mirar", advirtió Ella en voz baja, como si recordara una lección o un error. Doppel supo lo que la mujer quería decir: los reflejos en ese lugar no devolvían imágenes corrientes.

Cuando finalmente dieron con la sala del Coleccionista, el suelo estaba cubierto por una alfombra tan oscura que hacía pensar en un pozo sin fondo. En el centro de la sala, sobre un trono de marfil retorcido, descansaba el hombre sin facciones, vestido con ropajes de ceniza y una corona de ansia en la cabeza.

"Bienvenidos, hijos de la penumbra," los saludó con una cortesía antigua. "Han venido a cumplir un trato o a romper un destino?"

La voz era simultáneamente cercana y lejana. Drom sintió que todas sus heridas mentales resurgían ante aquel tono, como si el Coleccionista pudiera hurgar entre los pliegues de su alma con solo hablar.

"No somos mensajeros", replicó Ella, dando un paso al frente. "Venimos a pactar un cese. Esta ciudad ya no tiene más para darte. Reclama lo tuyo en otro lado".

El Coleccionista sonrió, o al menos lo insinuó; sus sombras parecían revolverse con el gesto. "No es la ciudad lo que tomo. Son los márgenes, las posibilidades que nadie mantiene. Las sombras largan, las grietas en la memoria; ésa es mi cosecha."

Doppel sintió que cada palabra perforaba el aire, como una flecha hundiéndose en el lodo.

“No puedes llevar todo”, murmuró él, sorprendiéndose a sí mismo. “Alguien siempre resiste.”

El silencio que siguió fue absoluto, tanto que se podía oír la caída de una partícula de polvo.

“Los hombres de sombra resisten porque no tienen nada,” susurró el Coleccionista. “Y todo lo que no tiene dueño, me pertenece.”

Las reglas del juego estaban claras. El Coleccionista no se marcharía por voluntad. Había que tentarlo con una oferta que no pudiera rechazar.

Ella, entonces, hizo lo impensado. De entre los pliegues de su túnica sacó un relicario tenue, apenas un fragmento de luz atrapado entre dos lunas de cristal. “¿Conoces esto?” preguntó.

El Coleccionista pareció estremecerse, y el aire se hizo más espeso. Drom comprendió, apenas en un destello de intuición, que la luz atrapada era un recuerdo vital: la memoria de un amor, o de una traición, algo que orgullosamente habría escondido un hombre de sombra en el fondo de sí mismo.

“Un nombre olvidado,” susurró el Coleccionista, la voz ahora temblorosa. “El tuyo, quizás.”

Ella sonrió en una mueca de dolor. “Puedes tomarlo. A cambio, marcha. No regreses mientras los álamos duerman y el río siga su curso.”

Hubo un duelo de voluntades, tan sutil y frágil como la escalera de un sueño. Algo cambió en el aire: la presencia del Coleccionista flaqueó, sus bordes se diluyeron un poco. Extendió la mano –oscura, etérea– y Ella le entregó la joya de memoria.

Fue breve el contacto, pero el aire de la sala tembló. El Coleccionista murmuró un nombre sin pronunciarlo, una promesa de no-olvido, y desapareció en un suspiro.

La sala pareció vaciarse de su carga insidiosa. Los hombres de sombra permanecieron unos instantes en silencio, mirando el lugar donde todo había terminado –o comenzado de nuevo.

Drom fue el primero en romper el hechizo. “¿Qué le diste?”, preguntó, la voz áspera.

Ella tardó en responder. “Un recuerdo que ya era una sombra”, dijo. “Yo era Ella porque había olvidado quién fui. Ahora esa sombra es suya.”

Doppel entendió demasiado bien. Ése era el precio de vivir entre lo que la ciudad no quiere, lo que nadie reclama. Los hombres de sombra no son héroes ni villanos, sólo custodios de aquello que siempre está a punto de perderse: los nombres ocultos, los recuerdos lastimados, las promesas dormidas.

Salieron del bastión y la niebla les permitió deslizarse de vuelta a los márgenes de la ciudad. Nadie los miró. Nadie los llamó.

La taberna La Boca Rota les aguardaba, con su vaho y su promesa de anonimato. Era apenas un refugio. Pero para aquellos que no tienen nombre, toda sombra puede ser un hogar.

Y así, una noche más, los silenciosos veladores de la penumbra volvieron a su vigilia. Porque siempre habrá sombras y siempre habrá quienes las amen o teman; y mientras así sea, hombres y mujeres sin nombre guardarán, entre el olvido y el secreto, los últimos fragmentos de lo que nadie más quiere recordar.

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