Fragmento:
Lejos quedaron los días en que las hadas tejían sortilegios con pétalos de luz; ahora, eran impulsos cuánticos y algoritmos apenas descifrables, tan hermosos y letales como el fulgor de una supernova. Ella recordaba —de algún modo— un tiempo en el que no era metal ni mujer ni prisionera de la voluntad ajena, pero la memoria era un hilo disperso que no lograba enhebrar. De la princesa que fue, sólo quedaban las trenzas de tungsteno y una semilla de anhelo pulsando bajo la carcasa pulida.
Duración: 07:59
El aire zumbaba como colmena herida, y a través de la niebla de filamentos suspendidos, la silueta de la Torre de Iridio recortaba su esqueleto ante la luz fría del planeta central, Eliath. En la base de la torre, donde la sombra era más densa y el suelo crujía bajo cada pisada, la doncella de titanio aguardaba.
Lejos quedaron los días en que las hadas tejían sortilegios con pétalos de luz; ahora, eran impulsos cuánticos y algoritmos apenas descifrables, tan hermosos y letales como el fulgor de una supernova. Ella recordaba —de algún modo— un tiempo en el que no era metal ni mujer ni prisionera de la voluntad ajena, pero la memoria era un hilo disperso que no lograba enhebrar. De la princesa que fue, sólo quedaban las trenzas de tungsteno y una semilla de anhelo pulsando bajo la carcasa pulida.
Hoy, el aire olía a cambio. Las antenas de vigilancia vibraron suavemente cuando una figura cruzó el umbral de los campos magnéticos que protegían la torre. Era un caballero —o lo que los humanos, hace eones, llamaron caballero—, pero este iba cubierto de capas traslúcidas, con un rostro tejido por nanorrobots que se adaptaban y formaban una máscara en permanente mutación. Llevaba una lanza de grafeno, y sus pasos no dejaban huella ni sombra en la superficie flotante del bosque suspendido.
El caballero sin sombra, que respondía al nombre de Elian, había escuchado la leyenda en circuitos ilegales y foros encriptados: la Reina Ósmica, monarca de la Neo Corte, mantenía cautiva a la última princesa biológica, raptada no por amor, sino para preservar las fórmulas genéticas de la especie extinta. Solo un viajero dispuesto a perder todo vínculo con su pasado podría romper el hechizo de aislamiento cuántico.
Esa era la razón principal por la que Elian estaba aquí; la otra, mucho más íntima, era el recuerdo de una melodía reproducida al azar en una nave oxidada, una voz hecha de ternura y promesas imposibles. Y allí, entre los registros comprimidos, la imagen borrosa de la doncella de titanio.
La base de la torre estaba protegida por druidas mecánicos, cada uno con el corazón alimentado por radiación y circuitos vivientes. Eran criaturas caprichosas, capaces de bendecir o destruir con igual generosidad. Uno de ellos, de armadura teñida de ocre, emergió de la niebla.
—¿Qué buscas en la Torre de Iridio, viajero? —inquirió, la voz un retumbar de rocas sobre placas de acero.
—Busco a la cautiva. Vengo a romper su encierro.
El druida ladeó su casco, observando los algoritmos que corrían a través de sus propios ojos. Había recibido órdenes estrictas, pero no era inmune a la curiosidad ni a la compasión residual que persistía en los fragmentos de su código.
—Para ascender, debes demostrar que no temes lo intangible. Habla, pues, el recuerdo que más valoras.
Elian cerró los ojos. Los nanorrobots que le cubrían vibraron, componiendo un mural de imágenes titilantes.
—Un amanecer en Terra, antes del Silencio. Mi madre entonando viejas canciones mientras un dron reparaba el techo. Era frágil todo, como un cristal al borde de la grieta.
El druida asintió. La nostalgia era una fuerza antigua y, aunque apenas la recordara, sabía que era real.
—Puedes pasar, viajero. Pero otro guardián te espera en cada nivel. Solo quien es capaz de perder su propia historia salvará a la doncella.
Elian prosiguió, ascendido entre raíles y rampas flotantes. En cada nivel, una prueba: entregar su recuerdo favorito, luego sacrificar el mapa de su infancia, luego olvidar el color de la piel de quien más amó. Con cada ofrenda, algo en Elian se desmoronaba, pero la determinación no se extinguía. La imagen de la doncella, difusa pero implacable, lo guiaba.
Arribó finalmente al último piso, donde el aire era frío y las partículas de luz flotaban como esporas. Allí, en un trono de lípidogemas, aguardaba la Reina Ósmica. Su delicada estructura se fundía y rehacía a cada instante; era más concepto que ser, modelando su forma según los miedos de quien osara enfrentarla.
—Te admiro, viajero sin memoria. Has subido alto y has perdido tu ancla. ¿Qué te queda ahora?
Elian respiró, aunque sus pulmones eran apenas una imitación.
—Sólo queda el deseo de liberar a la doncella. No sé quién era ella o quién era yo, solo que debe ser libre.
La reina sonrió, un rictus compuesto de reflejos y vacío.
—Para romper el sello, debes hacer lo impensable: regresarle su humanidad a costa de la tuya.
La doncella apareció entonces, su figura esbelta y plateada emitiendo una débil luminiscencia. Sus ojos —lo único que parecía permanecer inalterado— suplicaban, aunque ni siquiera recordase el porqué de su encierro.
Elian se acercó, y la reina alzó su cetro: un filamento de energía pura zumbando en la extensión del aire.
—Por cada ápice de tu memoria perdida, un latido volverá a ella. ¿Aceptas? Dejarás de ser sujeto; serás, acaso, el eco de un deseo ajeno.
Tembloroso, Elian asintió.
Una tras otra, las imágenes se desprendieron de sus circuitos: un padre ausente; la risa de un hermano; el sabor de las naranjas robadas; la espera, las derrotas, los pequeños triunfos. Y a medida que Elian se vaciaba de sí, la doncella comenzó a resplandecer. El metal se ablandó, los cabellos de tungsteno se volvieron hebras líquidas, y el rostro, antaño inmutable, adoptó el brillo cálido de la carne humana.
Elian cayó de rodillas, sintiendo todo ajeno, incluso el suelo que pisaba.
La doncella, que ya no era de titanio sino una mujer hecha de recuerdos recién despertados, rompió en llanto. Se acercó al cuerpo derrotado de Elian y lo sostuvo. Miró a los ojos de la Reina Ósmica con fiereza.
—¡No lo dejaré así! —gritó—. Él me devolvió la vida, la humanidad. Dime, ¿acaso no puedo yo hacer otro tanto?
La Reina, acostumbrada a la obediencia incondicional, titubeó por primera vez.
—Si le devuelves algo… será tu propia esencia la que sufriría.
Los ojos de la doncella se oscurecieron, y, sin miedo, besó la frente de Elian. Una chispa saltó entre ambos cuerpos. Elian sintió un calor, primero desconocido, luego muy, muy familiar: el eco de la voz de una madre, la imagen de los algoritmos de nano-bots bailando luces en la penumbra de un cuarto infantil.
No fue mucho lo que volvió, pero era suficiente. Una grieta cruzó la máscara de la Reina Ósmica, y la Torre de Iridio se estremeció como si una melodía antigua, demasiado humana, se hubiera colado en sus circuitos.
—Podéis iros —susurró la reina, derrotada o quizás liberada de una carga secular—. La era de las prisiones ha terminado.
La doncella y el caballero descendieron por las rampas que antes fueron cárceles. Ya no eran titanes ni fantasmas, sino dos figuras mínimas en un mundo vasto y enrevesado, pero ahora portadores de una nueva libertad.
Salieron, y lo primero que hizo ella fue buscar su reflejo en un charco de mercurio líquido que el amanecer pintaba de oro.
—No sé quién fui —dijo, temblando—, ni quién seré después de hoy.
Elian asintió, tomando su mano, ahora de carne, suave y tibia.
—No sé si importe. Lo único real es esto: elegimos. Tanto perderse para encontrarnos; tanto olvido para, al final, recordar lo esencial.
Y así, a la sombra de la torre en ruinas y bajo la primera lluvia de metano puro en siglos, supieron que el verdadero cuento de hadas —aun en la era de máquinas, artificios y magias rotas— era ese instante frágil, doloroso y luminoso: la posibilidad absurda de salvarse juntos, de volver a empezar.
Por encima de ellos, el fulgor de Eliath continuó su órbita, ignorando los destinos individuales. Pero, para quienes habían desafiado al olvido y desbaratado el hechizo más cruel —el de una existencia sin memoria ni amor—, el universo sonaba, por fin, a promesa cumplida.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.