Portada del relato El bosque detrás del espejo
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Fragmento:


—Os contaré un secreto —dijo Margaret, sentándose junto al fuego chisporroteante—. Existe un claro en ese bosque, un lugar donde los rituales y los sueños toman cuerpo, y donde los humanos pueden negociar con lo que no comprenden. Pero solo los que llevan un auténtico deseo pueden encontrarlo.

Duración: 08:02

El bosque detrás del espejo
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Texto de ajuste de pausa.

Había una vez, en una aldea acurrucada entre valles profundos y montañas azuladas, una taberna donde la gente no bebía para olvidar, sino para recordar. Entre estantes de viejas botellas y humo perfumado de resinas, los aldeanos contaban historias, desde batallas antiguas hasta secretas promesas selladas bajo lunas llenas. Sin embargo, aquella noche peculiar, en un rincón impregnado de penumbra, la dueña de la taberna —una mujer de cabello plateado llamado Gudrun— decidió que era momento de revelar un cuento que nunca antes se había oído en ese lugar. Nadie podía recordar, por la mañana siguiente, cómo la historia había empezado, pero todos sabían que en las horas siguientes todo el pueblo cambiaría para siempre.

Érase un bosque que nadie cruzaba por placer, salvo una vez al año, en la Noche de la Cola de Pavo Real, cuando los campusinos encendían faroles y dejaban ofrendas al pie de los grandes olmos. Decían que el bosque era encantado, pero no con hadas dulces ni duendes traviesos, sino con seres más antiguos y silenciosos, cuyas huellas eran marcas de escarcha en la hierba y sombras que danzaban cuando creían que nadie las veía.

Aquella noche, Margaret, una tejedora de palabras y destinos, entró en la taberna. Sus cabellos caían como una cascada de hilos color miel vieja, y traía un libro cerrado, encuadernado en cuero azul verdoso. Todos la conocían, aunque ninguno sabía realmente de dónde había venido. Solo supe algo diferente en la espiral de su mirada, en los silencios entre palabra y palabra.

—Os contaré un secreto —dijo Margaret, sentándose junto al fuego chisporroteante—. Existe un claro en ese bosque, un lugar donde los rituales y los sueños toman cuerpo, y donde los humanos pueden negociar con lo que no comprenden. Pero solo los que llevan un auténtico deseo pueden encontrarlo.

Y así, mientras la lluvia tamborileaba suavemente en las ventanas, comenzó el relato que nos despojaría para siempre de la pesada capa de la incredulidad.

La historia empezó muchos años atrás, cuando el bosque aún estaba menos cargado de malicia y los niños osaban columpiarse de las ramas bajas. Vivía en el pueblo una muchacha llamada Áurea. No era hermosa según los cánones del lugar, pero tenía los ojos llenos de determinación, y un corazón tan grande que podía abarcar los pesares de toda la comarca. Había perdido a su madre siendo joven, y a su padre una primavera más tarde, en circunstancias tan misteriosas que solo los más viejos se atrevían a murmurar suposiciones.

La soledad de Áurea era tan honda que, cada noche, salía al lindero del bosque y susurraba sus penas a la brisa, esperando, quizás, que algún dios antiguo o hada compasiva la escuchara. Poco sabía ella, que bajo las raíces entrelazadas, existían oídos atentos —mas no misericordiosos— prestando oído a sus confesiones.

Aquella Noche de la Cola de Pavo Real, Áurea advirtió una invitación atada a la puerta de su sencilla cabaña. Era una hoja de higuera, escrita con barniz dorado, que rezaba: “Tienes un deseo. Ven al claro. Medianoche”.

El bosque no estaba dormido esa noche; crujía, se estremecía y susurraba en lenguas desconocidas. Los árboles parecían apartarse ligeramente, como si dejaran paso a la muchacha de pies descalzos y corazón tembloroso. Los faroles colgados en las ramas lanzaban destellos verdes y púrpuras, y las luciérnagas tejían con sus cuerpos una senda que solo podía seguir quien había sido invitado.

Margaret relataba con una voz cada vez más intensa, y los oyentes en la taberna no se atrevían ni a moverse. Era como si el aire alrededor de la chimenea se hubiese vuelto denso, casi palpable, y cada palabra fuera un pequeño conjuro.

Al llegar al claro, Áurea lo halló ocupado por criaturas que solo existían en los cuentos de cuna: damas-corzo de hocico dorado, gatos con doble sombra y un anciano con barba de liquen que sostenía un espejo de rápido mercurio. Al centro, sobre un pedestal de cristal, se erguía la Reina de Piedra, una estatua alada y majestuosa, cuyos ojos parecían sangrar rubíes en hilos diminutos.

Una voz profunda, sin duda del viejo del liquen, resonó en el claro.

—¿Lo has pensado bien? Precio y deseo son uno mismo aquí. Nada es gratis en la Noche del Pavo Real.

El corazón de Áurea se apretó. No era ansia de riquezas ni amor lo que la guiaba. Quería algo más sutil: deseaba comprender por qué su familia había desaparecido bajo el manto de la desgracia, por qué la tristeza parecía seguirla como una sombra perenne. Quería respuestas, aún si le costaba su propia felicidad.

—Quiero la verdad —dijo—. Cualquiera que sea.

La Reina de Piedra abrió sus labios cuarteados, y de su boca emergió un susurro que parecía arrastrar hojas secas.

—La verdad tiene un precio. ¿Qué me ofreces a cambio?

Áurea pensó en sus pequeños tesoros —un anillo materno, un cofre de madera—, pero supo en sus entrañas que no era eso lo requerido. La Reina de Piedra podía absorber muchas cosas, pero la única moneda de deseo real era el sacrificio.

—Mi mayor alegría —ofreció finalmente—. Que si recibo la verdad, quede yerta la parte de mí que aún puede sonreír.

Una corriente de aire helado barrió el claro. Los gatos de doble sombra se encogieron y las damas-corzo aullaron, como si empatizaran con la joven. El anciano alzó el espejo, y la visión de los padres de Áurea apareció reflejada.

Vio entonces, como si estuviera allí, cómo su madre y su padre —por amor a ella, por miedo a una maldición lanzada por antiguos moradores del bosque— habían entregado sus días a la Reina de Piedra. Y comprendió que la tristeza era la sombra de un sacrificio que la protegía de un destino mucho peor. Entendió, en el resplandor del espejo, que sus padres vivían aún, cada primavera, como parte del susurro de los árboles y en el canto encadenado de los grillos. Nunca habría podido verlos morir, porque al perderlos había sido salvada de la ira de la Reina.

Cuando la visión se disipó, Áurea sintió que algo dentro de ella se apagaba. Era como si la huella de todas sus futuras sonrisas hubiera sido arrancada de raíz. Pero también, curiosamente, ya no sentía aquel peso de incertidumbre. La verdad, con su filo afilado, la había liberado a la vez que marcado.

El claro se oscureció, y las criaturas comenzaron a dispersarse. Antes de que Áurea pudiese marcharse, la Reina de Piedra hizo temblar la tierra:

—Eres diferente, humana. Has pedido comprensión, no venganza, y has pagado tu precio. Te concedo un don más: el don de recordar lo que otros olvidan. Úsalo sabiamente.

Cuando Áurea salió del bosque, el alba empezaba a palidecer el horizonte. Caminó a su cabaña sintiendo el mundo distinto, como si viera las costuras invisibles de las cosas: la tristeza detrás de la risa de los vecinos, la soledad disfrazada de bromas, los dolores ocultos de todos.

Y así vivió Áurea, ni feliz ni triste, pero capaz de mirar en los corazones ajenos y ver la verdad tras las máscaras cotidianas. Fue sanadora discreta y amiga de muchos, aunque nunca volvió a reír a carcajadas. Su historia, contada bajo el abrigo de la taberna por Margaret, perduró como advertencia y como ofrenda: la verdad es un jardín cuyas rosas son hermosas, pero cuyas espinas son demasiado reales para tocarlas sin pagar un tributo.

La taberna volvió al bullicio habitual cuando Margaret cerró su libro y la lluvia cesó. Pero desde esa noche, cuando alguien discutía el sentido de la tristeza y la naturaleza de los secretos, se decía que había que mirar dos veces a la Reina de Piedra, tallada desde antiguo en la fuente del pueblo. Porque, cada año, una sola lágrima de rubí aparecía sobre su mejilla de mármol. Y nadie osaba aclarar si era de dolor, de compasión o de aquel placer amargo que solo conocen quienes han revelado un secreto demasiado pesado para llevarlo solos.

Y así, el bosque, el claro y las criaturas volvieron a sumirse en su danza de luces y sombras, esperando al próximo corazón valeroso —o desesperado— que se atreviera a buscar la verdad bajo las ramas antiguas.

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