Portada del relato Estrella de Sangre y Sombras
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Fragmento:


En la sala del trono, Asteria, la última reina de la línea de Héra, observó el sendero estrellado a través del ventanal. Su corona, forjada con fragmentos de meteorito y cristales de cometa, reposaba inclinada sobre su frente, ensombreciendo el atisbo de cansancio en sus ojos violeta. La noche, si es que alguna vez podía llamarse noche en ese lugar, era larga y fría.

Duración: 08:13

Estrella de Sangre y Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

***

El vacío del cosmos siempre había parecido limpio a los ojos humanos. Desde los primeros días en que la humanidad miró hacia arriba y tejió sueños con luz de estrellas, las historias hablaban solo de esperanza, de promesas suspendidas entre las distancias inefables del firmamento. Pero nadie recordó jamás que incluso la belleza más pura puede ocultar sus propias tinieblas, y que cada estrella brilla alimentada por una furia que corroe la noche.

Ahora, viejas leyendas de reinos y doncellas han quedado sepultadas bajo tronos de acero y escudos energéticos expansivos. Sin embargo, incluso en la era de olvido tecnológico, florecen los cuentos más antiguos, ocultos en los escombros de planetas quemados y surcos de cometas heridos. Esta es la historia de una lucha, no sólo de poderes arcanos sino de corazones. De una reina hecha de polvo y una guerrera forjada en las hogueras del firmamento.

***

Era el último ciclo del año galáctico. El festival de Soltaris parpadeaba en mil estaciones espaciales mientras los sistemas se preparaban para atravesar la Frontera del Crepúsculo: una extensión de vacío tan insondable que la mayoría lo llamaba “la Boca del Olvido”. Allí, en la antesala del abismo, la Fortaleza de Ithriel flotaba en la nada, ajena al bullicio mundano. Su estructura titilaba con escudos moribundos, y las grietas en el blindaje dejaban escapar volutas de gas y chispas verdosas.

En la sala del trono, Asteria, la última reina de la línea de Héra, observó el sendero estrellado a través del ventanal. Su corona, forjada con fragmentos de meteorito y cristales de cometa, reposaba inclinada sobre su frente, ensombreciendo el atisbo de cansancio en sus ojos violeta. La noche, si es que alguna vez podía llamarse noche en ese lugar, era larga y fría.

Sobre la mesa ante ella, las runas galácticas refulgían con profecías truncas. El eco de los cánticos ancestrales vibraba silencioso en el aire. Un esqueleto de nave colapsada orbitaba la luna menor: signo de advertencia, o quizá tributo para la reina.

Asteria no estaba sola. Detrás de los muros de su fortaleza, bestias de metal y sombras aguardaban, alineadas para la batalla. Seres antiguos, mitad leyenda, mitad máquina, engendrados en los laboratorios prohibidos durante la Era del Loto Muerto. Sin embargo, su lealtad no era para la reina, sino para la portadora de la Llama Gravitacional: la guerrera que venía a reclamar la galaxia entera como propio coto de caza.

En la sala del trono, apareció Lyra.

Lyra no tenía linaje real ni corona. Su armadura fluctuaba con brillos zafiro y sus cabellos dorados danzaban en gravedad variable. Había forjado su nombre en la caída continua de imperios y estaba tatuada con las runas de esos reinos extintos, cada una ardiendo suavemente bajo la piel. Tras cada pupila azul, relucía el rencor de quienes han visto demasiada muerte.

—¿Lo ves, Asteria? El final ya ha comenzado —susurró Lyra, sus pasos flotando casi inaudibles sobre el mármol interestelar.

Asteria alzó el rostro con dignidad intacta.

—El final nunca ha sido mío, ni tuyo. Solo somos piedras en la corriente del río universal. Pero si hemos de caer, lo haremos brillando.

Lyra sonrió, una sonrisa teñida de pena y admiración oculta. Porque ambas recordaban, de niñas, cuando Ithriel era aún un cuento entre las constelaciones, cuando los sueños no sabían de guerra ni de traiciones. Ahora, sus manos eran filos de luz y sombras.

Alrededor de la fortaleza, las flotas de ambos bandos se desplegaron. La oscuridad se vio rasgada por lanzas de energía, guardianes dracónicos de la Estrella Negra y enjambres de cazas pilotados por huérfanos de Andrómeda. Cada nave entraba en danza mortífera, girando y zambulléndose, como pétalos de un loto que se marchita bajo el fuego.

Mientras tanto, en el centro de todo, la Reina y la Guerrera compartían el último resquicio de tregua.

Asteria desplazó un dedo sobre el mapa holográfico y el mar de estrellas se fracturó en líneas de ruta y vórtices interdimensionales.

—¿Por qué tú, Lyra? ¿Por qué no dejar que Ithriel caiga sola, en silencio y olvido, como tantos otros reinos?

La respuesta fue un destello en la mirada de Lyra. No sólo ambición, ni furia, ni siquiera justicia. Era amor, aquel antiguo amor nacido en las entrañas de la Academia de Cronos, cuando las dos compartían promesas bajo cúpulas que simulaban cielos antiguos de la Tierra original.

—Porque prometí protegerte —dijo Lyra, su voz tan firme como la gravedad de un planeta muerto—. Pero también prometí liberar a tu pueblo de la mentira.

El duelo era inevitable. Un duelo no de espadas ni misiles sino de voluntades, de luz y oscuridad en formas que los humanos olvidaron hace siglos.

Ambas alzaron las manos, y el viento solar azotó los muros de Ithriel. Los cristales de la corona de Asteria titilaron en respuesta, generando una cúpula de energía, un último escudo. Lyra extendió su palma derecha y la Llama Gravitacional apareció, danzando en el aire y distorsionando el espacio a su alrededor.

El primer choque de energías hizo vibrar el trono, desatando olas de fuerza que arrasaron estandartes ancestrales y resquebrajaron los bellos frescos del techo. El segundo, más fuerte, destruyó uno de los ventanales, haciendo que la nada se colara en la sala, un recordatorio de lo efímero de todo.

Las flotas en el exterior rompieron filas. Algunas naves, sin control, fueron absorbidas por los portales inestables; otras, convertidas en polvo dorado. A través del vacío, la batalla era un ballet: las naves giraban, los dragones de plasma arremetían, los cánticos de los muertos rebotaban en los cascos de los pilotos. El universo ardía.

Pero la batalla central era la que ocurría en ese salón, entre la Reina y la Guerrera.

Asteria buscó en su memoria las palabras heredadas, aquellas capaces de invocar los juramentos primigenios. Lyra, por su parte, soltó el escudo de sus miedos y dejó que el fuego la envolviera por completo. Ninguna podía ganar realmente: ambas se amaban y ambas sabían que, para salvar la galaxia de las ruinas, una debía caer.

Con cada nuevo abismo de poder liberado, Ithriel se desgarraba un poco más. El trono crujía; los suelos, cubiertos de sangre antigua, parecían absorber la lucha como si la esperasen desde siempre.

Finalmente, Asteria cayó de rodillas. Su corona hendió el mármol. Cerró los ojos y murmuró:

—Hazlo. Lava este trono con la verdad.

Lyra no lloró, no podía hacerlo. En vez de eso, tocó suavemente la frente de la reina, y la Llama cambió de color, del azul tempestuoso al blanco de luna. Una ráfaga de luz envolvió a Asteria, no para matarla, sino para convertirla en memoria, en eco incorpóreo capaz de volar entre las estrellas.

Ithriel colapsó poco después. Los sistemas se apagaron, la fortaleza crujió y se desintegró en millones de partículas incandescentes, esparciéndose como semillas sobre la Frontera del Crepúsculo. Las naves sobrevivientes huyeron en todas direcciones. Las bestias de sombra, privadas de reina, cayeron en silencio.

Pero la galaxia, por primera vez en siglos, entendió que un sacrificio no siempre es destrucción.

Lyra flotó sola entre los restos de Ithriel, su armadura cubierta por el polvo de la reina y su propio llanto. Abrió la mano y la Llama volvió a ser una chispa, tan diminuta como la esperanza.

Entonces, los sistemas galácticos empezaron a emitir una nueva señal, un eco de la canción de Asteria. Los que escucharon no sabían si era advertencia o bendición. En los confines del universo, florecieron constelaciones con el nombre de la última reina y de la guerrera que dejó de huir y aprendió a amar entre la pólvora de las estrellas.

Porque incluso en las batallas más sangrientas y silenciosas, los cuentos de hadas nunca mueren. Se transforman, navegan, arden y renacen. Como el polvo de Ithriel, como la luz de la Llama, como el primer beso entre dos almas enfrentadas en el abismo.

Allí donde la oscuridad parecía eterna, brillaron de nuevo las historias, tan imparables como los corazones que, entre el caos, todavía insisten en no dejar de soñar.

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