Portada del relato La Corte de las Espinas
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Fragmento:


Cruzó las manos bajo la barbilla, y Villem notó, no sin incomodidad, que tenía una cuchilla pequeña y oscura guardada en el cinturón.

Duración: 09:41

La Corte de las Espinas
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Texto de ajuste de pausa.

Le resultaba imposible a los herreros de Havanforj clavar cerraduras que resistiesen a lo invisible. Por eso, cada noche, Villem del Lince deslizó el pestillo y murmuró el nombre secreto de su pequeña posada, tres sílabas en una lengua olvidada, como quien hace una plegaria. De ese modo, apenas podía descansar: el murmullo de la lluvia era el tacto de alguien sobre su espalda, y el aullido de los lobos acercándose por el bosque, la bronca respiración de lo inasible. Y no podía evitar preguntarse, cada vez que sucedían cosas extrañas, si alguna vez, muchos años atrás, había hecho un trato y lo había olvidado.

Fue una mañana de niebla cuando la mujer de los guantes escarchados llegó a la posada. El sol apenas se atrevía a bañar los adoquines, y la puerta de Villem emitió un quejido larguirucho cuando ella entró. Y fue como si un viento frío se metiera detrás de las paredes, mojando los huesos de todos los que estaban dentro. Nadie, luego, se atrevió a asegurar que la dama hubiese cruzado el umbral: para algunos había brotado de una cortina de agua; otros juraron verla simplemente sentada junto al fuego, unos zapatos plateados brillando entre las sombras.

Sus guantes eran largos y nacarados, como si fueran la piel de un gusano de luz; por encima, sus ojos había un cansancio tan hondo que nadie preguntó su nombre. Se presentó, al fin, como la Dama del Sótano.

—Necesito un anfitrión —dijo, y su voz era como el sonido de una hoja que cae sobre la nieve virgen—. Y un guía.

Villem, tan propenso a los presentimientos, sintió el peso de algún precio no anunciado. Pero, ¿quién podía rechazar a quien venía acompañada por el presagio de la violencia? Había algo en sus movimientos —un aleteo, una fluidez de pez fosforescente— que anhelaba ser seguido, aunque sólo fuera hasta la desgracia asegurada.

Tomaron asiento. Villem puso la mesa con esmero, ocultando sus manos temblorosas bajo una servilleta, y ella escogió de la carta solo un tazón de huesos: una sopa tradicional, en la que, se dice, cada hueso era la promesa de un futuro guardado bajo la lengua de algún muerto.

Entre sorbo y sorbo, ella le relató la siguiente historia, omitiendo nombres, pero no emociones:

—En mi tierra, donde los sauces flotan y las enredaderas tienen sed de recuerdos, hay una corte cuya reina no desea herederos, sino servidores. Allí, las cortesanas bailan sobre espinas; cada herida marca una pregunta respondida, cada cicatriz es una puerta cerrada. Mi hermana bailó allí: su boca se llenó de sangre, pero en sus ojos brilló la risa cruel de quien aún no ha sido quebrada del todo. Yo fui su sombra, siempre un paso detrás, atesorando las palabras no pronunciadas.

Cruzó las manos bajo la barbilla, y Villem notó, no sin incomodidad, que tenía una cuchilla pequeña y oscura guardada en el cinturón.

—¿Viniste huyendo de esa corte? —aventuró él, en voz baja.

La dama sonrió, y Villem sintió que su estómago se llenaba de piedras.

—Huir sería una debilidad. Vine a buscar. Lo que se roba sólo tiene valor lejos de las tierras del robo —replicó. Entonces, depositó un puñado de huesos junto al fuego. Parecían temblar, recelosos del destino grabado en sus médulas—. ¿Hay aquí sótanos antiguos? ¿Ruinas, tal vez, cuyos cimientos recuerdan la guerra y la traición?

Villem no tuvo más remedio que llevarla a los sótanos de la posada: viejas cámaras arrancadas a la roca, donde más de un ladrón había ocultado oro, más de una bruja había sellado maleficios, más de un enamorado había grabado el nombre de su deseo en la piedra. Y mientras descendían, entre el vapor húmedo y el olor a hongos, sintió que cada escalón restaba algo de su fuerza, como si los sueños se pegasen a las paredes frías.

Allí, en la penumbra, la dama extrajo de su abrigo una pequeña caja de madera. De su interior, brotó el aroma fuerte de la madreselva y algo mucho más antiguo: una calidez extraña, teñida de desesperación.

—Aquí guardo corazones robados —confesó, e hizo resonar las palabras como quien tienta a los espíritus—. Cada uno es la melodía de una noche distinta. Los corazones no laten una vez, sino cientos, en secreto, incluso después de ser arrancados.

Villem se preguntó si alguna vez debiera haberle abierto la puerta. Pero el destino de los anfitriones es sólo ése: abrir puertas y servir sopa humeante, aunque lo que cruce el umbral sea una maldición con rostro delicado.

Aquella noche, la Dama del Sótano durmió en la habitación más apartada. Cada media hora, Villem oyó el repiqueteo de sus pasos, y debajo de la cama sentía el rumor de corrientes subterráneas. A las cuatro de la madrugada, escuchó un crujido: la puertecilla del sótano, que él creía trabada con cinco cerraduras y un nombre inviolable, había sido abierta.

Pero no era la dama quien descendía: era una sombra más densa que la oscuridad, una figura doblada sobre sí misma, cuya voz apenas era el roce de una uña larga contra la piedra.

—¿Por qué la ayudaste? —preguntó la sombra—. ¿Sabes a quién traes a tu morada?

Villem no supo qué responder, pues nadie responde a las sombras. Sólo atinó a apretar su viejo anillo de cobre, el mismo que le había vendido una bruja cuando era mozo, y susurró el nombre de la posada, como si eso sirviera de escudo o promesa.

La sombra solo rió. Era una risa de hielo fundiéndose al alba.

A la mañana, en la mesa común, hallaron la caja de corazones. Abierta, vacía. Y sobre ella, un papel manchado de hollín, con un mapa grabado a sangre: “A quien guíe, le será permitido descender. Sólo uno. El resto, que cierre los ojos”. No había rastro de la Dama del Sótano.

Los clientes de la posada se refugiaron en los rezos, algunos huyeron a aldeas vecinas, y Villem, empapado de temores nuevos, supo que le correspondía a él descender a lo profundo. No movido por valor, sino porque alguien tenía que cerrar las puertas, alguien tenía que devolver los corazones.

Antes de partir, consultó a las ancianas del pueblo. Ellas conocían, como todos los que aún sueñan con cabellos grises, los nombres de los sótanos y los juramentos que sellan sus umbrales. Le dieron un puñado de sal y la advertencia más breve y letal: “Las espinas guardan memoria. No sangre en vano”.

El descenso fue horrible: la escalera parecía girar siempre hacia abajo, el aire se hacía más espeso y sulfurado. Por las rendijas de los ladrillos brotaban raíces, y entre las raíces, los ecos de risas apagadas y el lamento de secretos nunca confesados. Villem no sabía si llorar o gritar, pero ambas cosas implicaban ser oído, y debajo de la tierra, lo peor es que te escuchen.

Por fin, en un corredor a la vez reseco y teñido de agua, encontró a la Dama del Sótano. Estaba rodeada de cuerpos tendidos, desprovistos de cara, y los corazones latían sobre el suelo, emitiendo una luz enferma. A su lado, una figura descomunal —ni mujer ni bestia— blandía un látigo hecho de ortigas. Era la Reina de las Espinas, traída desde la corte imposible que la dama había descrito.

—¿Vienes a llevarte lo que no puedes custodiar? —preguntó la Reina. La voz retumbó como un trueno sepultado.

Villem sintió, de pronto, que era testigo de un asunto mucho mayor y antiguo. La Dama del Sótano estaba de pie, pero su sombra temblaba débil, como una ruin promesa de redención.

—No puedes volver por donde llegaste —dijo la Reina a la dama—, no sin dejar aquí un retazo de nombre, o de carne.

La Dama guardó silencio y después, con un gesto rápido, arrojó la cuchilla a los pies de Villem.

—Hay juicios que sólo pueden resolverse con algo más afilado que la memoria —susurró—. Elige de qué lado estás, anfitrión.

Villem, sintiendo que incluso el nombre de su posada no lo protegería más, recogió la cuchilla. Pensó en los corazones, en los huéspedes dormidos, en todos los dueños de noches que alguna vez habían buscado refugio al otro lado de una puerta cerrada. Y supo que solo podía hacer lo que había hecho siempre: cortar ataduras, servir la última ronda, cerrar el relato con una herida.

En un rápido movimiento, se hirió la mano y dibujó un círculo de sangre y sal en el suelo. Al hacerlo, el aire crujió. Los corazones comenzaron a girar en torno a la Dama, la luz palideciendo, y las raíces estirándose para abrazarlas y arrastrarlas a lo profundo. Un lamento llenó el sótano, tan agudo que hizo temblar cada viga, cada ladrillo. La Reina de las Espinas aulló de rabia: su corte, su servidumbre, se deshacían frente a una simple línea sangrienta.

—Hay nombres que sólo sanan cuando los devolvemos —escupió la Reina, antes de desvanecerse, un filtro de humo y espinas—. Recuerda esto, anfitrión: cada puerta cerrada es también, siempre, una invitación.

Al amanecer, Villem subió al fin. El sótano estaba vacío, la caja cerrada. A partir de esa noche, nadie más vio a la Dama del Sótano, y durante mucho tiempo, los clientes preguntaron por la mujer de los guantes escarchados.

Pero Villem, con la mano vendada y la tranquilidad del que ha visto algo irrepetible, cada noche cerraba la puerta, murmuraba el nombre secreto de la posada y, durante un instante apenas, creyó que los huesos de sus enemigos estaban bailando, tranquilos, en la taza de la próxima sopa.

Y si alguna vez alguien preguntaba por la Reina de las Espinas, él respondía con la única verdad que le era posible:

—A veces, lo que bailamos no lo podemos contar. Y hay que confiar en que la sal, la sangre y la memoria sean suficientes para impedir el regreso de quienes nunca se fueron del todo.

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