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Siempre hay un sendero al otro lado del bosque, en la penumbra azul donde ni los hombres ni las bestias se atreven a caminar. Hay un jardín, también, pero no lo encontrarás en ningún mapa. El que tropieza con él suele hacerlo por descuido: un paso en falso, una palabra dicha en voz alta al mediodía, la distracción de una lágrima solitaria. El jardín huele a algo conocido, a veces a tarta de manzana, a veces al miedo dulce del primer amor. Pero también huele a tierra húmeda y a flores con espinas enterradas en terrarios rotos.
Esa tarde, Aldara huyó del banquete. Las copas chirriaban susurros, y el vino era demasiado rojo. El aire se hacía espeso cuando el rey, su padre, dedicaba miradas largas a los embajadores. Afuera, la lluvia era como finos hilos de plata, deslizándose por la noche y tejiendo secretos entre las raíces del mundo. Aldara no recordaba la última vez que el aire no había olido a mentira, ni la última noche en que durmió sin soñar con jaulas de oro. Es posible que no la hubiera.
Caminó. Pisó el barro del jardín trasero, cruzó los setos y los arriates de violetas y adelfas. No pensó en su hermano. No pensó en los cuchillos bajo la mesa ni en la esposa susurrante del rey. Solo fue después, cuando pisó el borde del bosque prohibido y la luna la miró de perfil, que el escalofrío le corrió por la espina dorsal y supo que estaba a punto de perderse para siempre.
Eso, claro, no la detuvo.
En la infancia le contaron que el bosque tenía ojos, bocas y estómagos. Que los árboles podían susurrar tu nombre y aprenderlo, y si lo aprendían, ya nunca podrías volver. Eso tampoco la detuvo. Había algo dulce en caer, en renunciar. Aldara sintió que en cada paso se iba desprendiendo de un peso, como si cada mentira familiar, cada promesa que la ataba a la corte, se quedara en las ramas.
Y entonces la encontró. O, mejor dicho, no la encontró, sino que cayó en ella, como caen los niños en sueños profundos en los que creen que vuelan.
El jardín era redondo y pequeño, rodeado por un seto tan denso que no podía verse a través. No había flores comunes: crecían allí rosales negros, margaritas de pétalos dorados, y hiedras tan pálidas que brillaban bajo la luna. Y había, también, cientos de caracolas abiertas, de conchas y cáscaras vacías que crujían bajo sus pies. Aldara se agachó e intentó oír el mar en una de ellas, pero en su fondo solo vibraba el eco de un grito, ahogado y antiguo.
“No son de aquí”, dijo una voz.
Aldara se irguió, medio aterrada y medio fascinada. Había una mujer en el jardín. Vestía una túnica azul oscuro, como un pedazo de cielo robado del crepúsculo, y su piel era de un blanco insólito.
“¿Qué son?”, preguntó Aldara.
“La gente olvida que las cosas rotas también florecen. Esto es un jardín de cáscaras vacías, sí, pero cada una fue alguna vez esperanza, o miedo. Aquí crecemos con lo que los hombres desechan.”
Aldara entrecerró los ojos. “¿Quién eres?”
“Soy la Jardinera. Vigilo lo que aquí brota y lo que muere, aunque casi todo lo que llega ya está muerto.”
La Jardinera se agachó junto a un helecho translúcido. “¿Por qué has venido, princesa?”
“Quiero saber quién soy cuando nadie me mira.”
La mujer sonrió, y en su gesto había paciencia y burla a partes iguales.
“Eso no se aprende en un jardín. Pero puedes perderte hasta olvidarlo todo, y luego tal vez redescubrirte.”
Aldara caminó entre las cáscaras. Cada paso era diferente al anterior: unas crujían, otras susurraban, otras ardían de frío. Miró hacia las sombras más profundas y, como en un sueño, sintió el deseo de adentrarse.
“¿Qué pasa si recojo una flor aquí?”
“La flor te dirá la verdad,” respondió la Jardinera. “Pero solo puedes preguntar una cosa.”
Aldara se detuvo, dudando. Las flores no siempre decían verdades cómodas. Eligió una que parecía sencilla: blanca, lisa, con un centro de oro.
“¿Por qué mi madre se fue?”, preguntó.
La flor se agitó, y en un susurro ácido respondió: “Se marchó porque no soportaba ser menos que tú.”
Aldara retrocedió, casi deja caer la flor. Quiso gritar, pero no lo hizo. ¿Cómo podía una verdad saber tan poco, o pesar tanto?
Cerca del borde del jardín, algo brillaba. Era una casa minúscula, apenas más grande que un nido; pero Aldara sintió que debía entrar. Dentro, el aire era tibio, y todo olía a miel. Había una cama diminuta y una lámpara encendida, aunque dentro de la lámpara no había llama sino una sombra agazapada. Cuando parpadeó, la sombra se irguió y la habitación se llenó de palabras silbadas. Algunas eran historias, otras eran advertencias, entretejidas con la lengua de los zorros. Decían que una vez existió un príncipe que quería deshacer su destino y para lograrlo, dejó de responder a su propio nombre hasta que lo olvidó; que una vez hubo una reina que lloró tanto que inundó su país, y ahora todos los peces llevan su pena pintada en el lomo.
Aldara se acurrucó en la cama y se dejó llevar por esa bruma de relatos. Entendió, en esa semivigilia, que el jardín era un refugio para quienes eran demasiado reales, demasiado frágiles, demasiado uno mismo. Aquella primera noche no soñó con jaulas de oro sino con puertas abiertas en todas direcciones.
Pasaron días -o eso creyó, porque el sol nunca salía del todo ni la luna desaparecía- y la Jardinera le enseñó a desmenuzar viejas cáscaras para ver lo que habían contenido. Había una que guardaba la sombra de una promesa rota; otra, el calor olvidado de un primer beso no correspondido. No todas eran tristes: algunas sonaban al crujido de risas, a la promesa de dulzura en una vida futura. Aprendió que las flores hablaban con una voz distinta cada noche, que la nostalgia podía plantarse y cultivarse, y que si regabas demasiado un secreto este podía enredarse en tus tobillos hasta asfixiarte.
Un anochecer, llegó un visitante. Era un muchacho tan pálido que casi parecía de cristal. Tenía las manos largas y finas, y en sus ojos había, de forma inexplicable, algo de lobezno. No dijo su nombre. Se presentó solo como un “olvidador”.
“¿Qué has venido a olvidar?”, preguntó la Jardinera.
El muchacho la miró y luego miró a Aldara, como si solo entonces la viera.
“Quiero olvidar que alguna vez quise matar a mi hermano.”
El jardín pareció estremecerse. Algunas flores cayeron, un viento gélido se coló entre los setos.
“Eso no se olvida. Solo puedes dejarlo aquí y aprender a vivir sin él.”
El muchacho asintió, y durante unos días rondó el jardín junto a Aldara. No hablaban de sus pasados. Aprendieron juntos los nombres de las flores, compartieron el silencio de las casas minúsculas. Una madrugada, bajo la sombra del hibisco negro, Aldara le preguntó si quería regresar. Él negó.
“No se puede volver igual después de haberse vaciado.”
“¿Tú volverás?” preguntó el muchacho.
Aldara se sorprendió preguntándose lo mismo. ¿Qué la esperaba en la corte? Un padre tenso, un trono impaciente, un futuro escrito en barro y sangre. Pero en su pecho, algo vibraba distinto. Quizá, pensó, podía llevarse el jardín consigo, de alguna manera menos visible: un recuerdo de las cáscaras vacías, la lección que nadie en la corte le enseñaría.
Cuando el tiempo llegó para que eligiera, la Jardinera la llevó al centro del jardín y le ofreció la última flor, la que solo crecía para quienes estaban listos para irse. Era de un azul profundo, con motas como estrellas.
“Pregúntala,” dijo la Jardinera, “y haz lo que te dicte.”
Aldara sostuvo la flor y preguntó lo único que no había osado pensar: “¿Puedo ser libre?”
La flor no susurró, gritó. Lo hizo sin palabras, en una explosión de color y luz que le llenó el corazón. “Eres libre en la medida en que te atrevas a serlo.” Era una respuesta cruel, y también maravillosa. Todas las puertas estaban abiertas, y ninguna protegía de lo que había tras ellas.
Esa noche, Aldara partió. Caminó de regreso bajo la luz temblorosa de una luna que era más cercana y menos comprensible. Detrás de ella, el jardín se cerró sin tristeza, pero con la certeza de que otros llegarían buscando perderse, o encontrarse, entre la delicada belleza de lo roto.
En la corte, su desaparición fue un escándalo, pero su regreso, mucho más. Entró sin temor en la sala del trono. El rey fue a reprenderla, pero ella no lo dejó hablar. Había aprendido la dureza de la verdad y la arquitectura del silencio. Dejando atrás los susurros y el vino rojo como la culpa, Aldara se sintió, al fin, tan ligera como una cáscara vacía flotando en la corriente de una noche interminable, sabiendo que en su centro aún cabía la promesa de un nuevo principio.
Y en algún lugar, más allá del bosque, el jardín aguardaba silencioso, haciendo florecer lo que el mundo había dejado atrás.
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