Fragmento:
La reina Meliora recibió la noticia en su palacio orbital mientras contemplaba los astros, flanqueada por ventanales de diamante de eclipse. Las ruinas flotaban en la lejanía, naves aún en llamas formando constelaciones nuevas sobre el abismo. Y sin embargo, la noticia era un susurro que cortaba más que los fragmentos de una hoja estelar: su espada se había partido, allí donde nadie pensó que pudiera romperse nunca.
Duración: 08:17
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La reina Meliora recibió la noticia en su palacio orbital mientras contemplaba los astros, flanqueada por ventanales de diamante de eclipse. Las ruinas flotaban en la lejanía, naves aún en llamas formando constelaciones nuevas sobre el abismo. Y sin embargo, la noticia era un susurro que cortaba más que los fragmentos de una hoja estelar: su espada se había partido, allí donde nadie pensó que pudiera romperse nunca.
Por generaciones, la Casa de Meliora fue guardiana de la Luminaria, una espada forjada con materia de singularidad, capaz de alterar la gravedad y la voluntad de las cosas. Era una tradición pasada de madre a hija: defender los reinos orbitales de los señores piratas, las plagas de asteroides con conciencia, los rescoldos de guerras antiguas donde aún reptaban máquinas de deseo. Pero en un parpadeo, después de un combate que no sería recordado en las crónicas, la Luminaria fue cortada en dos por la hoja de un enemigo envuelto en polvo de estrellas.
Lo peor: la batalla no era un apocalipsis estruendoso ni un triunfo glorioso; solo un eco breve, una maniobra entre muchas, y sin embargo, el corazón de Meliora ardía con una herida seca y fría. Cuando le trajeron ambos pedazos de la espada, se encerró en la armería flotante, sola entre piezas de chatarra y recuerdos, los fragmentos brillando como faros naufragados.
—No hay forja ni alquimia que repare lo irreplicable —dijo su consejero, el viejo Leto, postrado ante las holofraguas apagadas.
Meliora no respondió. Observó los trozos de la Luminaria en la báscula gravitatoria. Recordaba un verso infantil, “Nada que se quiebra por orgullo vuelve a brillar por amor”, pero no lo dijo.
***
El espacio era un campo de cicatrices eléctricas. Las escaramuzas entre las flotas del Trono Quieto y los insurgentes del Cometa Tácito habían dejado al reino sembrado de escombros, asteroides con nombres de muertos, vórtices en los que el tiempo aún olía a sangre fría. Meliora supervisaba las batallas desde la sala de comando, simulando entereza, dictando estrategias, mientras sentía el peso del mango roto en su costado, atada por un lazo de desesperación invisible.
El enemigo, liderado por la Emisaria Orígene, era un ejército de autómatas animados y caballeros caídos de planetas soñados, convocados por una promesa de libertad y vacío. Tenían una nave mayor, la Demiurga, y desde ella tejían asedios silenciosos, lanzando enjambres de drones programados con viejas canciones de cuna —la forma más efectiva de sembrar terror en los sistemas nerviosos humanos.
—No encontramos la manera de interceptar su frecuencia —informó Leto una mañana—. Cambian de algoritmo como quien cambia de piel. Pero podríamos usar los fragmentos de la Luminaria para amplificar nuestra contraonda.
—¿Transformar la herida en señal de esperanza? —respondió Meliora, la amargura tensa en su boca.
—Quizá no esperanza. Pero sí, tal vez, en un grito.
***
De noche, en la estación satélite, Meliora paseaba entre los aprendices, hijos de soldados caídos y diplomáticos traicionados. Tenían el brillo ingenuo de los que aún creen que el heroísmo es un destino, no un error estadístico. Ella no quería hablarles. Sin embargo, uno de ellos, una joven con la piel salpicada de diminutas constelaciones genéticas, se le acercó y le preguntó: “¿Qué se siente empuñar una leyenda?”. Meliora no supo si reír, llorar, o romper lo que quedaba de la espada en mil fragmentos más. Al final, solo dijo: “Pesa”.
Y allí, en ese murmullo compartido bajo el escudo traslúcido de la estación, supo qué debía hacer.
***
A la mañana siguiente reunió al consejo en la cámara de decisiones, rodeada de hologramas de mapas y líneas de posible derrota. Les dijo sin titubear que lideraría la ofensiva final ella misma, aunque no portara una espada entera, sino las dos mitades. Les explicó que cada fragmento era un vector, un nodo, una bifurcación. Con ambos, conectarían la nave de la reina al enjambre de la Demiurga, “como una aguja hilando los cabos sueltos de un tapiz rasgado”.
—Lucharemos fragmentados, pero con cada borde afilado de nuestra historia. —Y alzó los pedazos, uno en cada mano, los ecos dispersos de la Luminaria oscilando sobre su armadura translúcida.
***
La batalla comenzó en torno a Gamma-Argyre, un planeta cubierto de mares de polvo y charcos electrónicos. Los cañones retumbaban en el vacío, pero el verdadero duelo era el de las señales, el pulso de las ondas, las melodías revertidas que saltaban de nave en nave, sembrando imágenes de recuerdos perdidos y seres amados ya ausentes. La Demiurga emergió como una sombra fulgurante, disparando enjambres que cantaban a los niños nombres prohibidos.
Meliora guio su crucero personal —el Lucífugo— hacia el vórtice en el que la batalla se espesaba. A su espalda, su pequeño escuadrón de fieles, guerreros y programadores, todos con una mitad de la Luminaria acoplada a sus sistemas. Cuando la nave colisionó con el anillo defensivo de la Demiurga, saltó ella, cubierta por el resplandor de ambos fragmentos: uno incrustado en el guante, otro a modo de daga, y el metal cósmico goteaba luz en lugar de sangre.
En el núcleo de la Demiurga, la esperaba Orígene: un ser que alguna vez fue humano, ahora repleto de filamentos y archivos, con una hoja propia, la Redención, forjada del núcleo olvidado de un exoplaneta. Sin preámbulos, desataron el duelo que marcaría el fin —o el inicio— de todas sus historias.
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La lucha no dependía del músculo; era una coreografía de voluntades, estilos y rupturas. Meliora blandía sus fragmentos con rabia contenida y precisión desesperada. Orígene azotaba con la Redención, una hoja ondulante que absorbía el brillo de cualquier cosa que tocara. Uno de los fragmentos de la Luminaria fue repelido, girando y empotrándose en la maquinaria, liberando un destello capaz de cegar a las inteligencias artificiales a diez clickluz.
Pero entonces, algo imprevisto: Meliora no replegó el remanente; lo incrustó en la consola central de la nave enemiga, fusionando la herida con la matriz de control. El software lloró. Las memorias cristalizadas de los autómatas comenzaron a resquebrajarse con sonidos de infancia, risas viejas resonando a través de los altavoces del campo de batalla. Orígene vaciló.
—¿Qué haces? —exigió, la voz como un eco triple.
—Lo que haría cualquiera privada de su leyenda: la convierte en amable venganza.
***
El duelo siguió, pero ahora era un combate extraño: los recuerdos desbordados invadían la memoria interna de la Demiurga, y los autómatas iniciaban actos de autoindulto, desconectándose, desbordando códigos de honor nunca escritos. Meliora luchaba entre ruinas y chispazos, a veces creyendo que la nave entera no era sino el interior de su propia mente, derruida y recombinada a la fuerza.
Al final, Orígene —superada por la proliferación de fragmentos de memoria humana en su código— cayó de rodillas, la Redención apagada. Miró a Meliora, ya sin rencor, sólo cansancio.
—Ha terminado —susurró.
La batalla afuera, también: las naves rivales se detenían, los drones se replegaban al compás de una melodía antigua, la de la cuna que las madres del Trono Quieto cantaban hace siglos. El Lucífugo abrió su compuerta. Leto apareció, cojeando y aplaudiendo el fracaso convertido en virtud.
***
Semanas después, Meliora contemplaba la reconstrucción. Las espadas no volvieron a fundirse, pero en vez de una hoja única, ahora el trono custodió ambos fragmentos de la Luminaria, cada uno encerrado en un campo de luz, cruzados tal y como los encontraron: testamento de que incluso lo irrompible puede partirse, y que las heridas pueden ser, en manos capaces, los cimientos de algo nuevo.
Ella ya no era una heroína según los viejos libros. Era mejor: la nueva guardiana de los secretos rotos y las constelaciones caídas, aquellos cuentos de hadas que sólo pueden leerse en el reverso oscuro de las hojas, donde la luz se curva y la batalla no es conquista, sino supervivencia brillante con el filo mellado de la memoria.
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