Portada del relato Relámpagos sobre la Torre Invisible
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Fragmento:


Caminó así hasta llegar a la falda de la montaña. Allí, donde la piedra era veta y gemía bajo el yugo de la próxima tempestad, escuchó por fin el rugido. No era trueno ni rayo, sino la voz de lo que existe antes de todos los dioses. Un grito, más fuerza que sonido, atravesó la tierra y hizo que se estremecieran los álamos; los insectos enmudecieron y hasta la lluvia, entrometida, se detuvo un instante en el aire.

Duración: 08:19

Relámpagos sobre la Torre Invisible
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Texto de ajuste de pausa.

La oscuridad rara vez es absoluta, y en el borde de todo bosque siempre queda algo de crepúsculo. En Sothra, las sombras palpitaban como algo vivo y, sin embargo, se sentía en el aire una chispa persistente, el rumor de poder no tocado ni por el amanecer ni por la noche plena. Allí, entre raíces hinchadas y helechos que susurraban secretos oxidados, caminaba Llaly, llevando en el pecho la carga de una piedra invisible: el recuerdo de mil y un muertes y de ninguna.

No tenía Llaly del todo claro si su alma tenía un nombre, pero sabía ―de la manera en que el arroyo sabe que ha de buscar el mar― que era distinta a la de los hombres ordinarios. De niña había soñado con ciudades de ámbar y ríos de oro fundido; más tarde había sentido el alcance, frío y delicado, de una inteligencia mayor, la impronta de quien vive al margen de la historia.

Caminaba ahora en busca del rumor de los Dragones de Trueno. Dicen que habitan entre los Montes de la Frontera, donde las nubes amarran sus raíces al cuarzo y las tormentas nunca descansan. Muchos piensan que son bestias; otros, que son simplemente leyenda. Pero Llaly había visto las cicatrices del relámpago en las piedras altas, huellas de garras esculpidas por fuego y cielo. Sabía reconocer la marca de los que vuelan entre la vida y la muerte sin detenerse en ninguna orilla.

La niebla se arrastraba entre los robles musgosos. De las ramas colgaban trapos de claridad que pronto se esfumaban; el suelo, siempre húmedo, resbaladizo y blando bajo sus pasos. En sus ojos, verdes como la hoja recién lavada, brillaba una certeza: “No importa cuántas veces haya caído, el mundo sigue girando, y yo con él.” No era inmortal, como los cuentos antiguos lo describen; era, más bien, inagotable.

Solo los muertos olvidan. Llaly recordaba todos sus rostros, y uno de esos recuerdos caminaba invisible a su lado aquella noche. Su nombre, añicos en la memoria, no podía pronunciarse, pero sentía en su hombro el peso ligero de una mano antigua. El alma inmortal de Llaly no era la única que se quedaba: algunas, errando, regresaban a buscar su otro hogar, cuando los vientos anunciaban tormenta.

Caminó así hasta llegar a la falda de la montaña. Allí, donde la piedra era veta y gemía bajo el yugo de la próxima tempestad, escuchó por fin el rugido. No era trueno ni rayo, sino la voz de lo que existe antes de todos los dioses. Un grito, más fuerza que sonido, atravesó la tierra y hizo que se estremecieran los álamos; los insectos enmudecieron y hasta la lluvia, entrometida, se detuvo un instante en el aire.

“Ya vienen”, susurró el alma en su hombro, y era, en su voz, la dulzura y amargura de todas las canciones nacidas para perderse.

Llaly cerró los ojos. Recordó otra vida, una en la que fue reina, sentada en un trono de vidrio azul en medio de una maraña de espejos. Había tenido entonces un dragón a sus pies, blanco como la leche del trueno, que le traía la melancolía de las altiplanicies y el sabor del hierro recién cortado. Había amado a ese dragón a su modo, y a veces la bestia dormía con la cabeza reposando sobre su regazo. Pero los instantes son fragmentos, y el dragón murió a manos de cazadores que creían robarse el poder del relámpago.

“Aún hay uno”, dijo Llaly en voz baja, y abrió los ojos: sobre la cima de la montaña danzaba una figura que era andamio de nubes y lengua de fósforo. Alto y sinuoso, hecho de escamas de plata ennegrecida, el Dragón de Trueno descendía por el aire como un vértigo.

Algunos huyen de la tormenta, pero Llaly la buscaba, porque el trueno le recordaba la velocidad del tiempo, el viaje de lo que no muere, pero tampoco puede quedarse quieto. Así se internó entre las rocas, pisando sin temor la hierba eléctrica que crecía allá donde el dragón había tocado tierra.

Cuando llegó al claro, el Dragón de Trueno ya la esperaba. No tenía ojos: donde debieran brillar, sólo el reflejo de antiguos relámpagos, nevados, circulaba en la hondura. Olía a metal y a ozono, y su voz, cuando habló, era un estallido que se abría y cerraba en el viento sin sonido.

“Tantas veces has tomado otro nombre, y aún buscas respuestas.”

Llaly se inclinó. La reverencia no era para el dragón, sino para el eco de todo lo perdido entre dos muertes.

“Sé qué eres”, dijo ella, y su voz, aunque pequeña, resonó en la roca y en el corazón de la bestia. “Aquí estoy porque ya no puedo huir de mí misma. Quiero saber: ¿por qué dormimos y despertamos una y otra vez? ¿Por qué el alma olvida, pero regresa?”

El dragón inclinó el cuello. Su aliento era la vibración de todos los relámpagos jamás caídos.

“Porque lo verdadero nunca se repite. Eres la memoria de todos los mortales que fuiste, pero también la sed de lo que aún no has sido. Yo mismo, que he nacido bajo cien tormentas, muero y renazco en cada rayo, pero jamás soy el mismo.”

La lluvia retornó, suave al principio, luego bramando. Juntos, dragón y mujer se resguardaron bajo el saliente de una cueva.

Allí, en la penumbra, la voz del alma susurró: “Pregúntale sobre la ciudad de las campanas de obsidiana. Pregunta por el canto que duerme en el centro del trueno.”

Así lo hizo Llaly. El dragón escuchó en silencio, y su cola, gruesa como un pilar, removió el polvo de siglos.

“La ciudad ya no existe, pero su eco resuena en mí. Allí los hombres construyeron torres que rozaban el relámpago, creyendo domesticar el cielo. El trueno fue su himno y su perdición. Un día, la Reina de Almas, disfrazada de mortal —esa fuiste tú— enseñó a los suyos a fundir la voz en los metales; de allí surgieron los dragones como yo, mitad historia, mitad castigo.”

“Entonces no es cierto que los dragones sean bestias”, murmuró Llaly.

“Somos la memoria de lo que nunca debió ser olvidado. Somos el precio de querer retener el poder de la tormenta, aunque sólo fuera por un instante.”

Afuera, la tormenta rugía, y las sombras se apretaban una contra otra en busca de calor. Llaly se encogió; el frío, más espiritual que físico, la rodeaba como un velo. Sentía, de pronto, que todo lo que era y había sido era la concatenación de pequeños olvidos, como cuentas en el collar de una anciana. Y sin embargo ahora, ante el dragón, ningún pasado era suficiente para justificar el presente.

El dragón susurró, y su voz era múltiple, como si mil rayos gritaran al unísono.

“¿Qué quieres? ¿Ser por fin mortal, y dejar de girar en círculos? ¿O quieres lanzarte de nuevo a los fuegos y tormentas, y seguir buscando lo que nunca se alcanza?”

Llaly miró a la criatura, y por primera vez sintió compasión. Porque entendió que ambos eran prisioneros del mismo ciclo vasto: renacer, buscar, olvidar, recordar.

“Quiero una sola cosa”, dijo, y su voz era firme como la raíz bajo la piedra. “Quiero recordar por qué la vida duele incluso cuando no termina.”

El dragón se recogió sobre sí mismo. Lo que vino después no fue respuesta, sino visión. Llaly vio (con los ojos cerrados y abiertos a la vez) un millón de vidas que partieron de ella como ramas de un mismo árbol; vio a niños nacer bajo la lluvia y ojos cerrarse bajo el alcance de los rayos. Vio el amor y el dolor trenzados como las hebras de una soga.

Y supo, sin palabras, el secreto: Lo que no puede morir sufre porque sólo la pérdida puede dar valor al instante. Cuando todo se repite, lo único bello es la excepción, la grieta minúscula donde una chispa prende y lo transforma todo.

Volvió en sí cuando el trueno partió la noche en dos. El dragón ya no estaba, pero sobre la roca quedaban marcas de garras recién formadas, brillando con la promesa de un nuevo ciclo.

Llaly se puso de pie. Por primera vez en siglos, no miró atrás. Sabía que de nuevo moriría, y viviría, y olvidaría; pero también, esta vez, recordaría que el instante de dolor –como la tormenta sobre el bosque– no era sino la señal de que, incluso entre almas inmortales y dragones de trueno, el milagro es posible sólo porque la pérdida se asoma en el umbral.

Caminó montaña abajo. Allá lejos, entre las raíces del crepúsculo, comenzaban a sonar las campanillas invisibles de una ciudad donde ningún trueno había caído aún, y entre sus ecos, Llaly pensó que tal vez, al final, el olvido y el relámpago no eran tan distintos después de todo.

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