Portada del relato La Reina del Bosque Helado
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Fragmento:


“Busco el sendero al palacio más allá del lago,” dijo el forastero, con voz que era bruma y acero al mismo tiempo, “pero temo haberlo olvidado.”

Duración: 09:10

La Reina del Bosque Helado
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Texto de ajuste de pausa.

En el mismo extremo donde resplandece la escarcha perpetua del norte y los abetos se inclinan bajo el peso del silencio azul, existió un bosque donde las criaturas del día nunca conocieron las criaturas de la noche, y no por malicia o temor, sino porque así fue dispuesto por la Reina.

El origen del bosque se perdió en la niebla que cubría los lagos helados, igual que se pierden los nombres antiguos en la memoria. Sin embargo, todavía, en la última aldea antes de la frontera donde los álamos son custodios y los lobos recitan sus largas genealogías, hablan con reverencia de la Reina del Bosque Helado. Los ancianos aún recuerdan noches en que la escarcha se ramificaba en arabescos imposibles sobre los postigos y, bajo la vigilia de estrellas temblorosas, doncellas y mercaderes se extraviaban para siempre.

Nadie se atrevió nunca a llamar por su verdadero nombre a la Reina, porque hay palabras que hacen eco en los huesos de la tierra. Solo los búhos, custodios de la medianoche, a veces pronunciaban su nombre en sueños. Cuando esto sucedía, las bayas enrojecían bajo la nieve, y el aire del bosque olía a musgo y a tierra mojada, como si la primavera rondara la frontera de su exilio.

En una de esas aldeas nació Laurel, con cabellos de cobre y ojos pálidos como la leche. Su madre decía que era hija de la aurora que se posó una vez sobre las cañas del lago. Otros decían que había sido cambiada a medianoche por la Reina. Cada vez que la niña preguntaba de dónde venía, su madre le respondía lo mismo: “Eres del bosque como la escarcha y el sol, y el bosque alguna vez vendrá a pedirte algo a cambio.” Pero Laurel nunca le creyó. Se le daba bien recoger setas y distinguir el graznido de un cuervo del alboroto de las urracas. Nada le parecía amenazante mientras acampaba entre los troncos húmedos, ni siquiera las tormentas que hacían vibrar los helechos.

Pero todo cuento de hadas inicia verdaderamente cuando aquello que yace dormido despierta. Así fue con Laurel, una noche en la que todo el pueblo se estremeció bajo un sueño de hielo y viento.

Nada auguraba ese cambio, salvo los silencios —y, quizás, una súbita ausencia de pájaros. Una tarde de principios de invierno, Laurel yacía en el granero, tejiendo una cesta de sauce. El aire olía a humo y manzanas, y las lámparas resplandecían como candelillas sobre la mesa. En ese instante, la puerta se abrió. El viento arrastró consigo un puñado de hojas doradas y atrás de ellas entró una figura: el forastero más hermoso que Laurel había visto nunca, y el más extraño.

No era alto ni bajo, ni joven ni anciano. Su cabello era gris como el lomo de un lobo y su piel tenía la delicadeza de un ciervo. Pero lo que resultaba difícil mirar eran sus ojos, pues relucían del mismo modo que la luz cuando se filtra en hilillos entre los árboles nevados: la promesa, y la amenaza, de un secreto bien guardado.

“Busco el sendero al palacio más allá del lago,” dijo el forastero, con voz que era bruma y acero al mismo tiempo, “pero temo haberlo olvidado.”

“Tal vez encontraste el momento equivocado,” respondió Laurel, secando las manos en su delantal, “pues el hielo crecerá esta noche y, si no eres prudente, ni los propios lobos te encontrarán al alba.”

“Entonces me quedaré hasta que el hielo ceda,” contestó el forastero, y con una sonrisa tan ligera como un copo de nieve, señaló la cesta que Laurel tejía. “¿Puedo mirar?”

Laurel le mostró la cesta, preguntándole de dónde venía, a quién buscaba, y si el bosque ofrecía a veces mejores caminos a los extraños que a aquellos que lo conocían desde siempre.

Las respuestas del forastero eran vagas y concretas a la vez, del mismo modo en que los sueños olvidados parecen tener sentido mientras los soñamos. Pero Laurel, esa noche y muchas otras, comenzó a verlo siempre al borde del claro, o recostado bajo la encina. Nadie más en la aldea recordaba que hubiese un huésped, aunque el pan desaparecía más pronto y la leña mermaba.

Luego, ocurrieron sucesos jamás vistos. El estanque al pie del pueblo se congeló en una sola noche. Los ciervos no bajaron más a pastar. El último candelabro de la iglesia, un objeto prodigioso traído de la capital, ardió con una flama que era azul, tan azul como la lengua de la Reina cuando pronunciaba hechizos antiguos.

Laurel sabía, sin realmente saberlo, que algo se cernía entre los abetos. El forastero comenzó a desaparecer por días enteros, y cuando regresaba traía siempre un suspiro de escarcha en su aliento y miradas evasivas. Así, una noche, Laurel decidió seguirlo.

Él se internó en el bosque como el agua se hunde en la arena, dejando tras de sí apenas una huella: un pájaro blanco, una rama astillada, el aroma lejano del invierno más puro. Laurel, sin embargo, tenía la obstinación de quienes han vivido toda su vida bajo la mirada de secretos que apenas intuyen. Caminó tras él hasta el corazón del bosque helado.

Allí, la noche era más profunda que la boca de un lobo. En medio del claro, bajo la bóveda intocada de estrellas, estaba el palacio de la Reina: no hecho de piedra, sino de luz endurecida, hielo y sueños. No tenía puertas ni ventanas y, sin embargo, el forastero simplemente atravesó las paredes como si atravesara una nube.

Laurel lo siguió, y dentro encontró un reino detenido en el instante anterior al amanecer. Hadas dormían entre las raíces de los sauces, sus alas batiendo en sueños, mientras figuras más antiguas —hombres ciervos, mujeres con cuernos de luna, niños con piel de médano— murmuraban palabras que hacían temblar el aire.

En el centro del salón de hielo estaba la Reina.

No era hermosa, ni terrible, ni joven, ni anciana, sino todas esas cosas a la vez. Tenía cabellos de escarcha y ojos que contenían todos los inviernos pasados y por venir.

“Has venido, finalmente,” dijo la Reina, y el aire vibró como si alguien hubiese tocado una campana de cristal, “como estaba escrito en las raíces cuando aún eras un suspiro en el vientre de la tierra.”

“Laurel no te pertenece,” murmuró el forastero. “Me prometiste libertad si traía otra alma en mi lugar.”

“Y cumplí mi palabra,” replicó la Reina. “Libertad por libertad, vida por vida. ¿No es así en todos los cuentos del mundo?”

Laurel no pronunció ni una sílaba, pero dentro de ella nacía una cólera lúcida, fría y perfecta. Con todo el valor de quien ha crecido en la frontera de la escarcha, preguntó:

“¿Qué quieres de mí?”

“Nada que no esté en la naturaleza del bosque,” contestó la Reina, sonriendo con mil bocas invisibles. “Un cambio. Un trueque. Ser parte de aquello que has contemplado toda tu vida sin comprenderlo del todo. Ofrezco eternidad a cambio de olvido. El invierno será tu amante. Los árboles te seguirán con murmullos. Pero nunca volverás a la aldea, ni a la carne de los hombres.”

Laurel miró al forastero, que a esas alturas había comenzado a desvanecerse, como una sombra encogida por el alba.

“¿Por qué has hecho esto?” preguntó.

“Porque la libertad tiene un precio,” susurró él, “y yo no era más culpable que tú. Antaño fui un niño como tú, atrapado en la puerta equivocada.”

El silencio que siguió fue tan vasto como un continente. Laurel, por algún motivo incomprensible, sintió compasión por el forastero, y también por la Reina. Pensó, por un segundo, en la etérea justicia de los pactos antiguos.

“Si acepto, ¿puedo elegir mi destino? No como un trueque, sino como un pacto entre iguales.”

La Reina la contempló, inmóvil como una estatua de sal en la tormenta.

“Puedes elegir un único don, y a cambio, olvidarás tus pasos humanos. Si es la eternidad que buscas, te daré raíces y agua y nada más; si la memoria, serás carne y temblor cada invierno, pero mortal. Elige con la honestidad de quien ha mirado a los ojos del bosque.”

Laurel cerró los ojos. A través de sus párpados, vio las vidas posibles: la aldea siguiéndola en la memoria como un sueño largo y dulce; el bosque llamándola a consumirla con promesas de eternidad; la Reina, siempre sola al borde de la escarcha; y el forastero, condenado a marchitarse fuera del tiempo.

Finalmente, tomando aire, respondió:

“Quiero recordar. Quiero vivir entre los míos, pero también cruzar tus dominios cuando mi corazón lo desee. No como reina ni como cautiva, sino como alguien que entiende ambos mundos. A cambio, aceptaré soñar con el bosque cada noche hasta mi último aliento, pero al despertar, despertaré humana.”

La Reina pareció meditar durante una eternidad o un solo latido.

“Así será,” concedió al fin, “pero recuerda: cada elección acarrea melancolía.” Le entregó una piedra tan antigua como los primeros inviernos y, al tocarla, Laurel sintió el peso de todos los otoños pasados.

Cuando despertó, yacía a la orilla del estanque helado. El forastero era solo una huella en la nieve, y la Reina, una sombra entre los abetos. Volvió a la aldea, llevando en la palma la piedra de la Reina.

Desde entonces, cada noche, Laurel recorría el bosque en sueños; cruzaba el palacio de hielo, habló con criaturas famélicas y recordó, siempre, la elección. Por la mañana, tejía cestas y solo una vez, al mirar la piedra bajo la almohada, sonreía con una tristeza insondable.

Nunca fue ni del bosque ni de los hombres del todo, pero, al fin y al cabo, ¿quién puede jactarse de estar completo en esta vida o en la otra? Y así, el bosque y la aldea coexistieron, cada uno recordando —y olvidando— que, en la frontera de ambos, la Reina del Bosque Helado encuentra, a veces, compañía.

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