Portada del relato El jardín de las lanzas susurrantes
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Fragmento:


Una risilla surgió entre las sombras. Oscuridad y nobleza eran conceptos peligrosos de mezclar; la experiencia sugería que ambos causaban manchas difíciles de quitar.

Duración: 09:32

El jardín de las lanzas susurrantes
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Texto de ajuste de pausa.

El viento era tendencioso, como suelen serlo los vientos en las tierras situadas justo al borde de lo conocido. Sin embargo, aquella noche no soplaba solo aire, sino insinuaciones; en la confluencia de los caminos, donde las malezas crecen demasiado altas para el gusto de cualquiera que tenga algo que esconder, un jinete avanzaba.

Es decir, avanzaba en el sentido en que se puede avanzar sin moverse realmente del sitio, algo que los viajeros hastiados y los funcionarios de aduana entienden muy bien. Pero en casos como este, se trataba de un Caballero oscuro, que para todos los presentes era nadie en particular, hasta que la situación requería que fuera el peor de todos.

La armadura era negra, naturalmente. No negro de ciervo mojado o de promesas incumplidas, sino el negro artificial que señala a todos los demás objetos de la Creación y les grita: “Soy más importante que tú”. El caballo también era negro, porque tenía mala vista y prefería no ver nada.

El jinete, llamado Sir Durnik en algunos pergaminos y simplemente “ese tipo con el cuervo” en otros, cargaba a sus espaldas una bolsa que tintineaba con la suave amenaza de las monedas robadas y las esperanzas defraudadas. Sobre su yelmo, un pequeño cuervo observaba el mundo con la resignación propia del que ya lo ha visto todo y hubiera preferido no verlo.

Así comenzó una noche como cualquier otra en el reino de Astigard, donde los cuentos de hadas se contaban con la respiración contenida y los finales felices se negociaban con abogados.

No había hadas en la corte de Lord Grevin, sino más bien hados, que daban

malas noticias en sobres lacrados y exigían propina. El hall principal era una catedral de mentiras talladas en piedra, y los tapices relataban batallas cuyos resultados dependían mucho de quién los estuviera mirando.

Sir Durnik fue admitido tras una serie de controles que, según todos los rumores, existían sobre todo para asegurar que ningún espía pudiera salir del castillo con todo el sentido común intacto. Los pasillos olían a envidia y especias caras.

Sentado en su trono, Lord Grevin parecía una figura de cera hecha por alguien dispuesto a sacrificar auténtica humanidad en favor de la autoridad. Su sonrisa era cortés, un toque extraño en la corte de Astigard, donde se prefería la amenaza moderada a la hospitalidad.

—Sir Durnik —dijo Grevin, y lo dijo de modo que parecía un cumplido y una acusación a la vez—. He escuchado decir que tú y tu ave fiel sois los encargados de ciertos asuntos delicados.

—No es el ave quien toma las decisiones —se defendió Durnik. El cuervo croó una opinión que, por suerte, nadie entendió.

Grevin agitó una mano, en una de esas manías aristocráticas de hacer gestos deliberadamente innecesarios.

—Esta noche he mandado llamar a todos los Caballeros Oscuros, para la más noble de las tareas.

Una risilla surgió entre las sombras. Oscuridad y nobleza eran conceptos peligrosos de mezclar; la experiencia sugería que ambos causaban manchas difíciles de quitar.

La sala se llenó de figuras—algunas humanas, otras quizás sólo humanas durante las horas diurnas—envueltas en ropajes que sólo podían describirse como moda funeraria con presupuesto ilimitado. Entre ellos, Durnik distinguió a Lady Malveen, que portaba una daga de doble filo en lugar de una sonrisa, y a Sir Brodel, que afirmaba venir del Norte pero nunca especificaba de qué año.

Lord Grevin prosiguió:

—El jardín de las lanzas susurrantes reclama vigilancia esta noche. Las hadas han sido avistadas cerca, y todos sabéis lo que una hada adulta puede hacer cuando se siente menospreciada.

Hubo murmullos, algunos de miedo y otros de interés. Las hadas, en esta región del mundo, sólo concedían deseos por error administrativo, y sus venganzas eran más conceptuales que convencionales.

Durnik se permitió la sospecha de que no era el jardín lo que preocupaba a Lord Grevin, sino un rumor de conspiración. En la corte todos conspiraban, pero nadie quería ser sorprendido haciéndolo abiertamente: era una de las pocas reglas vigentes, además de la de no mirar fijamente a los tapices durante demasiado tiempo.

Así, el grupo de Caballeros se desplazó hasta el jardín, una extensión de hierba y piedra donde antiguas lanzas, corroídas y cubiertas de runas, apuntaban al cielo como si esperaran que alguien les lanzara de vuelta alguna vez. El cuervo croó ruidosamente.

Lady Malveen se giró hacia Durnik. Sus ojos reflejaban una mezcla de cansancio y algo más: ese deseo universal de que todo se resuelva pronto y con la menor cantidad de sangre posible.

—¿Nunca piensas en dejarlo? —preguntó ella—. Toda esta oscuridad, todas estas medias verdades… Podríamos irnos, ¿sabes? Hay cuentos donde la gente hace cosas así; normalmente terminan en carnicería, pero a veces hay un giro.

Durnik no respondió. El cuervo miró hacia un punto en la distancia donde la luz parecía rendirse a la sombra.

Avanzaron entre las lanzas, separándose como piezas de un juego de tablero en el que cada uno conocía las reglas pero nadie admitía saberlas. El aire estaba cargado de promesas rotas recién acuñadas.

Entonces sucedió: una luz pequeña, demasiado pura para pertenecer al jardín, centelleó entre dos lanzas. Una figura —no más grande que el dedo meñique de un caballero ordinario, pero con una desproporción de autoridad— se materializó en el aire. Era Sinifee, una hada que había sido proscrita por conceder accidentalmente un deseo factible.

—Os advertí —susurró Sinifee, su voz cortante como las astillas de un espejo roto—. No podéis cuidar lo que no respetáis. El jardín no es vuestro.

Sir Brodel se irguió, con la arrogancia leve de quien sabe perfectamente quién será el primero en caer si se desata la violencia.

—Los jardines pertenecen a quien los defiende, hada.

La cienciosa figura parpadeó, produciendo una ráfaga de destellos que hicieron que todos los caballeros retrocedieran un paso, por si acaso. En Astigard, “por si acaso” era una filosofía de vida.

—¿Quién os defiende a vosotros? —preguntó Sinifee.

La pregunta se perdió en el aire, pero la repercusión se sintió en cada una de las armaduras. Eran Caballeros Oscuros, sí, pero cada uno era rehén de sus propias historias: traiciones olvidadas, juramentos incumplidos, secretos guardados bajo siete cerraduras. Ninguno se atrevía a confiar en el otro más de lo necesario para que funcionara la mentira compartida.

Fue entonces cuando Durnik notó algo inusual. El cuervo se había lanzado silenciosamente de su yelmo, posándose cerca de Sinifee. Las hadas adultas suelen ser peligrosas; las hadas que aceptan la compañía de cuervos lo son el doble.

—Tienes razón —dijo Durnik en voz baja—. No defendemos más que nuestra propia sombra. Pero este jardín…

Sinifee sonrió, y aquella sonrisa era una promesa de problemas graves.

—Hay quienes creen que este jardín posee un secreto capaz de cambiar el reino. ¿Sabes lo que guarda? —preguntó al grupo.

Ningún Caballero respondió, porque la respuesta era tan peligrosa como las preguntas. El jardín podía, según algunos relatos, otorgar redención a quien encontrara la verdadera lanza; o condenar a quien la reclamara sin entender su mensaje. Era una de esas situaciones en las que todo dependía del narrador y de cuánto hubiera bebido.

Sir Brodel intentó adelantarse, dispuesto a probar su valía o al menos su estupidez. Las lanzas susurraron, y el susurro era un recordatorio: nadie sale indemne de un duelo con sus propios demonios.

Fue Lady Malveen quien se acercó después. Colocó una mano en el asta de una lanza, y el metal se enroscó en torno a sus dedos como una serpiente domesticada a medias. Cerrar tratos con armas encantadas era una de las muchas habilidades indefinibles de los Caballeros Oscuros.

—No nos corresponde decidir de quién es el jardín, hada —declaró, sus palabras envueltas en una tristeza desconocida—. No poseemos nada más allá de lo que tememos perder.

Sinifee asintió. La lanza que sostenía Lady Malveen comenzó a brillar, y todas las demás lanzas se unieron en un coro de luz, una constelación forjada de recuerdos y remordimientos.

El jardín palpitó con una energía nueva. Las leyendas decían que cada vez que los Caballeros Oscuros eran reunidos en torno a un enigma sin solución, el mundo se volvía levemente menos comprensible. Aquella noche, el caos era casi palpable; los tapices del castillo ya estarían reescribiendo la historia en tiempo real.

Sinifee voló hacia Durnik, sus alas liberando una brisa inquietante.

—Escoge, Caballero —susurró—. Redención o condena. Pero recuerda: la verdadera oscuridad no es la de la noche, ni la de una armadura. Es la de un corazón que ya no pregunta.

Durnik miró a su alrededor. Caballeros, lanzas, un hada y un cuervo, todos envueltos en la firma nocturna de los cuentos de hadas de Astigard. Podía tomar la lanza y reclamarla, arriesgando su alma al precio de un poder inexplicable. Podía rechazarla y seguir siendo nadie, el tipo con el cuervo.

Al final, hizo lo que hacen los mejores Caballeros Oscuros: permitió que la oscuridad eligiera por él.

—Nos quedamos juntos, porque así nadie cae solo —anunció, dejando que la lanza permaneciera donde estaba.

Sinifee se alejó, dejando una semilla de luz en el suelo. Cuando germinara, recordaría a todos que incluso las historias más oscuras admiten un poco de esperanza, si uno es lo bastante terco.

Los Caballeros se dispersaron, cada uno regresando a sus propias sombras. En el jardín, las lanzas suspiraron y se durmieron. El cuervo volvió al yelmo de Durnik.

Tal vez, en otros días, se escribirían cuentos más optimistas, más simples. Pero lo cierto es que en aquel reino, las leyendas oscuras eran la manera de resistir: un recordatorio de que cada armadura lleva un corazón, cada jardín una historia, y cada noche una oportunidad de elegir, de nuevo, la menos dañina de las sombras.

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