Fragmento:
Pero Nisara no era la única que recorría el valle. Había otros como ella, aunque jamás se atreverían a llamarse semejantes. En los márgenes del fuego, entre grietas, viajan los perdidos: hombres de ceniza, mujeres de cristales rotos. Uno de ellos, vestía pieles todavía húmedas, ojos rojizos y orejas emplumadas. Al verla, se inclinó grotescamente y alzó una mano libre de cicatrices.
Duración: 09:00
El hedor de la carne quemada es diferente al de un bosque incendiado. Es más denso, agrede la lengua antes que la nariz, y tarde o temprano se asienta en el fondo de los pulmones, donde vive el miedo, provocando tos y espasmos que no limpian nada. Nisara lo sabía, aunque prefería no recordarlo. Había cruzado veinte valles y dormido junto a cadáveres de héroes antes de llegar a Luctren, el reino de la memoria obtusa, donde los prados ocultaban osamentas y las doncellas susurraban leyendas prohibidas.
Nisara arrastraba una espada mellada, la hoja aún tintada con la sangre de Kaerun el juglar. Bajo la luna, la espada susurraba historias, viejos nombres cubiertos de lodo y juramentos rotos. La espada se llamaba, por el que la forjó, *Bordelith*. En la infancia de los hombres, uno de los herreros malditos construyó siete veces siete armas, y cada una reclamaba un tributo en sangre antes de conceder su bendición.
El río de Luctren corría color arcilla bajo los puentes colapsados. Nisara se detuvo allí, espiando la desmoronada silueta de un castillo. Al otro lado del río, una columna de fuego cortaba la noche: alta, persistente, como una flor enloquecida. A su alrededor, sombras danzaban y salmodiaban oraciones que parecían salidas de gargantas rajadas. La profecía la había arrinconado, como un animal enfermo. *El día que la sangre encuentre la llama, el jardín volverá a florecer*. Palabras escritas en una lengua extinta, en la corteza de los árboles momificados que rodeaban su aldea mucho antes de que ella naciera, mucho antes de que Luctren olvidara sus mandamientos.
Pero Nisara no era la única que recorría el valle. Había otros como ella, aunque jamás se atreverían a llamarse semejantes. En los márgenes del fuego, entre grietas, viajan los perdidos: hombres de ceniza, mujeres de cristales rotos. Uno de ellos, vestía pieles todavía húmedas, ojos rojizos y orejas emplumadas. Al verla, se inclinó grotescamente y alzó una mano libre de cicatrices.
—Alguna vez has olido tu propio corazón ardiendo, forastera? —preguntó—. Hay paz en ese perfume.
—Busco a la Dama Roja —dijo Nisara, sus dedos aferrando el mango de Bordelith hasta que sus nudillos crujieron—. Dicen que negocia en lenguas olvidadas y conoce el final de cualquier cuento.
El hombre rio. Su voz era fina, disonante como la cuerda de un laúd demasiado tensa—. Hoy la Dama canta para los muertos, extraña. Acércate si quieres ser huésped en la mesa vacía.
Fuego y sangre. Profecía y acero. Nadie escapa.
Nisara cruzó el puente a punto de colapsar, dejando que la neblina del río se enroscase en sus tobillos como dedos de un cadáver hambriento. Cada paso la acercaba más a los cánticos y al humo, al círculo de quienes esperaban la llegada de una era imposible. Al borde del círculo, una mujer con un velo carmesí cubriéndole el rostro la invitó a entrar. Sus manos temblaban con el fervor de los devotos, pero su voz era llana.
—Es costumbre entregar sangre a la llama. Un precio para escuchar a la Dama.
Sin responder, Nisara se cortó la palma con Bordelith, dejando que su sangre chisporroteara sobre la hoguera, derramándose en la tierra negra. El fuego creció de inmediato, como si su hambre hubiera aplazado el juicio para este instante preciso. Un murmullo recorrió a los congregados, una ola oscura de aprobación.
En el centro de la hoguera, los leños giraron y del resplandor surgió la Dama Roja. Era alta y delgada, su silueta temblorosa y perfecta, apenas humana. El velo cubría el rostro, pero los ojos brillaban a través de la telaraña de seda; eran pozos de ocaso, destellos de estrellas naufragadas.
—Has llevado tu culpa hasta aquí —dijo la Dama—, y ahora buscas redención. Pero toda profecía es un nudo, muchacha. ¿Serás tú quien lo corte, o serás estrangulada por sus hilos?
El aire se tornó denso. Nisara sintió un peso indescriptible en la lengua; cada palabra era una ofrenda, cada respiración un himno involuntario.
—Vengo por el jardín incandescente —contestó—, por la promesa rota de mi pueblo. Quiero saber cómo devolverle la vida a la tierra, aunque eso me cueste la mía.
La Dama asintió, y el círculo de devotos se partió en un suspiro. Se disiparon, reliquias carcomidas por un viento extraño. Nisara se encontró de pronto a solas, sola con el fuego, con la espada, con la Dama.
—Toda vida es pago —dijo la voz de la Dama—. Cada jardín resucitado es un cementerio negado. Escucha: la sangre de Bordelith debe manchar la raíz del lirio-llama, cuyo bulbo arde en los corredores invisibles bajo este valle. Solo así brotará el jardín. Solo así acabarán las cenizas.
—Pero quién debe ofrecer la sangre? —susurró Nisara—. Debe ser la mía?
La Dama no respondió. Tomó la mano ensangrentada de Nisara, y la presión de sus dedos era la de muchos, de todos los años y todos los muertos que el fuego había reclamado. A cada pregunta una herida, a cada herida una flor de carne y humo.
Alrededor de ellas, la realidad onduló, deformándose en sueños. De pronto Nisara estaba de nuevo en el bosque, guiada por la Dama, conversando con árboles que escupían palabras en lenguas prehumanas. Cada hoja era un espejo de recuerdos fallidos; cada raíz, un hilo del tapiz de la fatalidad.
—¿Por qué Bordelith? —se atrevió a preguntar Nisara mientras avanzaban—. ¿Por qué una espada hecha para la guerra debe ser el canal de renacimiento?
—Toda guerra es parto, y todo parto es guerra —respondió la Dama Roja—. Bordelith fue forjada en desesperación, y el hierro desesperado absorbe más que sangre: absorbe historia, promesas, renuncias. Cuando la hoja se nutre de lo que los hombres juran y rompen, adquiere una vida propia. No es solo tuya, ni solo mía, sino de todos los que esperan algo tras la muerte.
El bosque se abrió sobre un claro. El centro estaba marcado por una espiral de cenizas y, en el centro, crecían tímidamente lirios de pétalos encendidos, que parpadeaban en naranja y azul bajo la sombra de la noche.
La Dama Roja se inclinó ante las flores.
—El lirio-llama no perdona. Si tu sangre es digna, te concederá la visión. Si no, te condenará a vagar entre raíces devoradoras, como alimento de su próximo brote.
Nisara se arrodilló, la espada temblorosa en sus manos. Todo lo que quedaba de Kaerun, de su aldea, de los juramentos de la infancia, vibraba en el acero. Era el peso del linaje, la deuda de generaciones que solo habían conocido la aridez y la guerra.
Cortó su palma otra vez, y la sangre cayó sobre el lirio-llama. Por un instante, el aire se tensó —una cuerda a punto de romperse. El fuego del lirio tomó la sangre, la absorbió, y un súbito estallido de visiones atravesó el espíritu de Nisara: vio días de cosecha, niños jugando donde antes sólo moraban los buitres, lluvias suaves en los valles desollados.
Pero los lirios querían más. El dolor no había terminado; la espada misma pareció suplicar por un final.
—Toda profecía tiene sed —susurró la Dama—. Si la hoja reclama, el jardin florecerá eterno. Si no, te llevará consigo, al último cementerio bajo el mundo.
Las lágrimas cayeron por el rostro de Nisara, pero no eran saladas: eran pequeñas flores, blancas y rojas. Bordelith se alzó en su mano, más liviana de lo que jamás había sentido, como una promesa envenenada.
Comprendió entonces la verdad de la profecía. No era su vida la que se pedía a cambio del renacimiento, sino la vida de todas las historias cargadas en la hoja. Cada combate, cada asesinato, cada venganza insuflada en el metal: ese era el tributo. Por la primera vez, vio los rostros de los caídos, de los monstruos y de los mártires, y los perdonó.
Al golpear el lirio con Bordelith, la espada gritó. No fue un sonido físico sino un eco, la reverberación de mil siglos de violencia destellando en una nota última, radiante y final. El acero se resquebrajó, esparciendo esquirlas ardientes sobre la tierra, y el fuego del lirio subió en columna hasta el cielo, llevando con él el dolor viejo, purgando la herida del valle.
El jardín brotó tras la llamarada, espeso y brillante, pero Nisara no estaba allí para verlo. Su espíritu corría ahora con el viento, desgarrado y liberado al fin de la carga de la espada y la profecía.
La Dama Roja contempló la vegetación nueva durante mucho tiempo, hasta que un niño del valle se atrevió a acercarse a recoger un lirio. Ella le permitió hacerlo, sonriendo bajo el velo empapado de ceniza y rocío.
Así fue que, en Luctren, los ancianos olvidaron la aridez, y los cuervos dejaron de ser augures para convertirse en heraldos de primavera. Pero nunca dejaron de rendir tributo al fuego, ni de honrar los nombres perdidos en el filo de la última espada. Porque sabían, en lo más profundo de su carne sobreviviente, que algunos jardines sólo florecen después de la guerra más larga y de la profecía más cruel.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.