Portada del relato La Doncella y el Humo Azul
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Fragmento:


La noche en que todo cambió descendió sin fanfarrias. Selene se despertó sobresaltada, la taza azul temblando en su mesilla, y el aroma dulce del humo llenando la habitación. Bajó al vestíbulo y lo vio: una estela de humo azulada danzaba sobre las baldosas, dibujando arabescos que recordaban la caligrafía de su abuela. Selene la siguió, primero vacilante, luego fascinada, hasta el umbral de la casa. No hubo viento; sin embargo, la niebla del Bosque de Hayrith parecía haber avanzado, sentándose mansamente sobre la aldea.

Duración: 07:49

La Doncella y el Humo Azul
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Texto de ajuste de pausa.

En el extremo más olvidado de las montañas antiguas, donde la niebla se aferra a las raíces de los árboles y la luna parece más cercana que el sol, se encuentra la aldea de Vilenca. A sus espaldas yacía el Bosque de Hayrith, del que hablaban los abuelos con un temblor de voz; un lugar donde los senderos giraban a voluntad y las flores susurraban secretos al viento.

Selene había nacido en Vilenca bajo el signo de la Nube Sin Lluvia, según el Libro de la Aldea. Desde su infancia, supo que veía el mundo en matices que otros no podían distinguir: distinguía entre el gris de la lluvia que cae y el gris de la que promete. Los demás, atareados con sus días breves y sencillos, la toleraban con el estoicismo de quienes prefieren la costumbre al asombro. Sin embargo, su madre, Miriel, jamás perdió oportunidad de recordarle: "En Vilenca, el que mira demasiado, termina siendo mirado."

A Selene le fascinaban los cuentos de antes del tiempo en que los relojes existieran. Cada noche, cuando descendía el humo de las chimeneas y los techos se coloreaban con destellos anaranjados, ella se sentaba junto al hogar y escuchaba a su abuela hablar. "Detrás del Bosque de Hayrith", murmuraba la anciana, cuyos ojos parecían custodiar tormentas amables, "late un mundo que nunca aprendió a ser domado. Allí, los caminos crecen árboles, y si hablas con el musgo, podrías regresar con el corazón cambiado."

Pero en Vilenca las historias no eran alimento, sino advertencia. La abuela de Selene murió en una primavera demasiado breve, y la muchacha heredó su taza azul —un recuerdo anisado de los inviernos pasados— y una promesa imperceptible, como el eco de una puerta abriéndose donde nadie la ve.

La noche en que todo cambió descendió sin fanfarrias. Selene se despertó sobresaltada, la taza azul temblando en su mesilla, y el aroma dulce del humo llenando la habitación. Bajó al vestíbulo y lo vio: una estela de humo azulada danzaba sobre las baldosas, dibujando arabescos que recordaban la caligrafía de su abuela. Selene la siguió, primero vacilante, luego fascinada, hasta el umbral de la casa. No hubo viento; sin embargo, la niebla del Bosque de Hayrith parecía haber avanzado, sentándose mansamente sobre la aldea.

El humo la instó a caminar hacia el bosque, y Selene, ni asustada ni realmente valiente, obedeció. Cruzó el umbral entre lo acostumbrado y lo posible, y el Bosque de Hayrith la recibió como si nunca hubiese estado perdido ni oculto, sino simplemente esperando. Los árboles susurraban con lenguas viejísimas, y en sus copas palpitaban luciérnagas doradas, entrechocando como campanillas.

—Sabes tú leer la niebla —ronroneó una voz baja y antigua.

Selene se detuvo, conteniendo el aliento. Frente a ella se alzaba una figura hecha de ramas y sombras, con ojos tan brillantes como dos estrellas cautivas. Su rostro era todo y ninguno, portando una edad que no admite ni cuentas ni linajes.

—¿Quién eres? —preguntó Selene, su voz apenas un susurro.

—Soy el Guardián de los Caminos Torcidos. Estoy aquí desde antes de que las sendas soñaran con ser recorridas. Has cruzado la frontera con una promesa en el alma y, por ello, debes elegir: ¿recuerdas tu sed de historias o buscas olvidar?

Selene se vio, por un momento, a sí misma niña, escuchando cuentos a la vera del fuego, deseando soñar fuera de los límites de la aldea. El deseo ardía. No era curiosidad, sino hambre antigua.

—Quiero saber lo que no me está permitido —murmuró. —Quiero aprender los nombres de las cosas olvidadas.

El Guardián agachó la cabeza, asintiendo con gravedad. Del aire mismo extrajo una llave pálida, forjada con acontecimientos que nunca ocurrieron y miradas que nunca se lanzaron.

—Esta llave abre una puerta invisible, justo detrás de la primera duda que tienes en el pecho. Cruza. Pero recuerda: lo que se aprende aquí no se devuelve. Ni aún en el olvido.

Selene sujetó la llave. El humo azul giró en torno a sus dedos, acariciándola con promesas de comprensión y pérdida. Siguió caminando, encontrando al pie de un roble una puerta, sin arco ni bisagras, flotando en la penumbra: parecía líquida, y dentro relampagueaban escenas fugaces —un niño brincando entre tréboles, una reina tejiendo relojes, una sombra sentada bajo la lluvia.

Al abrir la puerta, una suave brisa la envolvió. El mundo se resolvió en una luz dorada, y Selene sintió cómo su piel se tornaba translúcida, respirando deseos y recordando futuros. No estaba caminando, sino flotando, y a su paso los árboles murmuraban historias, cada hoja relatando lo que su abuela había callado.

Vio, primero, una ciudad de espejos rotos. La gente que la habitaba se movía de espaldas a sí misma, sus reflejos caminando por avenidas paralelas. Cada espejo relataba una vida distinta, y las personas, sin percatarse, intentaban hallar la congruencia entre sus yoes dispersos.

Selene pasó junto a una muchacha de ojos semejantes a los suyos, que abrazaba a una imagen fugada de sí misma, y supo: ése era el precio de desear mirar demasiado profundo. Los espejos no devuelven lo que se les da, sino lo que se les quita.

Cruzó un segundo umbral, y llegó a un jardín entre temporales. Las plantas florecían hacia adentro, sus pétalos abrigando memorias, y en su centro danzaba una reina vestida de ocaso, con los cabellos tejidos de canela y luna.

—Bienvenida, Selene —dijo la reina—. Eres la primera en llegar aquí en siete vueltas de la luna sin sueño.

Selene se arrodilló, sin saber por qué, sintiendo en su pecho la suciedad y la maravilla de todas las preguntas que jamás se atrevió a pronunciar.

—¿Dónde estoy? —susurró.

—En el lugar donde las horas perdidas se cultivan y las historias olvidadas florecen. Aquí vienen los que buscan más allá del borde del tiempo.

La reina le ofreció un pequeño reloj de arena, cuya arena subía, en vez de caer.

—Llévalo. Vuelve a tu mundo y sabrás reconocer lo que los otros no ven. No serás igual, pero tendrás la claridad de quien ha elegido mirar.

Selene dudó. Se recordó antes y después, se vio a sí misma como un hilo entre pasado y futuro, y comprendió que no podía abandonar la promesa heredada. Tomó el reloj. Tan pronto sus dedos rozaron el vidrio tibio, una ráfaga de calor rozó su piel, y la luz del jardín se retrajo como el océano inhalando.

Despertó de regreso en el umbral del Bosque de Hayrith, el reloj de arena latiendo bajo su palma y el humo azul arremolinando sus pensamientos. Al volver a la aldea, halló que nadie la esperaba; ni preguntas ni recelos, sólo la habitual indiferencia de los que temen a la maravilla.

Pero Selene ya no era la misma. Algunas noches, mientras todos dormían, activaba el reloj de arena, y por la ventana se filtraban ecos de la ciudad de espejos y fragancias del jardín imposible. Aprendió a tejer y destejer historias, a escuchar el canto de la niebla y la lengua sutil de las raíces. Era solitaria, sí, pero jamás volvió a sentir el peso del tedio.

Con el tiempo, Vilenca la consideró peculiar y comenzó a murmurar que en el bosque le habían robado el alma. Ella sólo sonreía. El humo azul la visitaba en sueños, y cada vez que ladeaba la taza azul de su abuela entre los dedos, la promesa regresaba: contar a otros, aunque no escucharan, que detrás de todo lo cotidiano hay un umbral a lo imposible.

Así, Selene envejeció sin perderse: ni en la ciudad de espejos ni en los delirios del jardín. Al final, su historia —como todas las verdaderas historias— se volvió semilla, invisible pero fértil, escondida en la niebla del Bosque de Hayrith, aguardando sin prisa, lista para llevar a otro curioso más allá de su propio reflejo. Porque hay cosas —y deseos— que nunca aprenden a ser domados. Y hay corazones cuya dicha consiste en saber verlo.

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