Portada del relato La Sierpe Bajo el Olmo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Atravesaron pasillos de hierba donde los tréboles murmuraban nombres antiguos. Vieron arbustos cuyas hojas cortaban más fino que una palabra mal dicha. En el centro del jardín, oculto tras cortinas de zafiros colgantes que parecían lágrimas del cielo, hubo una fuente. Pero era una fuente seca, y a sus pies yacía otra sierpe, de carne y sangre, enroscada, dormida con todo el abandono de aquellos a quienes la vida les resulta demasiado larga.

Duración: 07:53

La Sierpe Bajo el Olmo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

En la comarca de Alberán, en el confín de los reinos humanos, la primavera era casi una ofensa: espléndida hasta el exceso, perfumada como los suspiros de un dios embriagado. Las mariposas, gruesas como monedas antiguas, danzaban entre corolas, ajenas a la podredumbre que serpenteaba por debajo de tanta belleza. Pues entre los destellos y las sombras, el jardín de la dama Hestva ocultaba secretos que sólo aquellos de corazón marcado por el deseo y la ruina podían entrever.

Se decía que los pastos de Alberán habían sido cultivados sobre huesos y sueños de los que no pudieron huir de ciertas noches. En el centro del jardín, encaramado a un olmo retorcido que desafiaba al cielo con un gesto de despedida, se alzaba un banco de piedra, tan suave al tacto como la piel de un amante, tallado en la efigie de una sierpe de boca cerrada, ojos tallados con inquietante realismo. Era aquí donde la dama Hestva recibía a sus invitados, todos adultos, todos necesitados de algo que no sabían nombrar, pero cuyos anhelos ardían tan brillantemente como las lámparas flotantes entre las ramas.

A finales del mes Celedán, cuando la luna se mostraba afilada, llegó al umbral del jardín un forastero de porte cansado, con polvo rojo en las botas y un anillo de hierro en la mano izquierda. Su nombre era Isten, y aunque no lo poseía todo, tampoco le quedaba menos que a los demás: una herida en el pecho, un secreto en la voz, y una historia que sólo aceptaba contarse mientras olía jazmín y musgo, bajo la amenaza de una noche que nunca terminaba.

La dama Hestva apareció entre vaporosos pliegues de ropaje, un rostro tal vez hermoso, más allá de definiciones lineales: era ojos de gato, labios presagiando risas y crueldad, y manos cubiertas de anillos, cada uno con una piedra de color imposible. Le habló a Isten no con palabras, sino elevando una ceja, indicando el asiento.

—Vienes buscando algo —dijo ella por fin, mientras la sierpe bajo el banco parecía reparar en el forastero.

—Quiero olvidar, y recordar al mismo tiempo. O tal vez sólo quiero dormir sin esta pesadilla que me acompaña cada noche.

El jardín escuchó, y las sombras se amotinaron bajo los líquenes.

—Hay precios —contestó Hestva, desenrollando un lazo de seda de su muñeca—. En fin, todo cuesta. Incluso los cuentos de hadas, sobre todo para los adultos.

Isten mostró el anillo de hierro. Hestva lo reconoció e hizo una señal casi imperceptible, el aire cambiando como el aroma antes de una tormenta.

—Pasearemos —dijo ella—. Y en el trayecto, cruzarás umbrales que no merecen ser traspasados a la ligera.

Atravesaron pasillos de hierba donde los tréboles murmuraban nombres antiguos. Vieron arbustos cuyas hojas cortaban más fino que una palabra mal dicha. En el centro del jardín, oculto tras cortinas de zafiros colgantes que parecían lágrimas del cielo, hubo una fuente. Pero era una fuente seca, y a sus pies yacía otra sierpe, de carne y sangre, enroscada, dormida con todo el abandono de aquellos a quienes la vida les resulta demasiado larga.

—¿La alimentas tú? —preguntó Isten—. ¿O ella te alimenta a ti?

Hestva sonrió con los ojos. Ni sí ni no, como suelen hacerlo los cuentos que, si fueran demasiado claros, perderían toda utilidad.

—La sierpe se nutre de deseos perdidos. De aquello que la gente teme admitir siquiera que anhela. Pero tú, Isten, has venido con una herida que mancha este lugar. Te lo advierto: no pidas lo que no estés dispuesto a perder.

El forastero, sintiendo que el jardín se estrechaba, apretó el anillo de hierro, notando que estaba frío como el corazón de un rey traicionado.

—Cuento entonces una verdad: antaño, amé a alguien con tal fuerza que destruí su reflejo en todos los espejos de mi interior. Ahora no puedo encontrarla; sueño con su voz, pero ha olvidado mi nombre. Quiero recordar cómo era antes de que la magia se llevase lo mejor de ambos.

Hestva extendió el lazo de seda, y con movimientos suaves envolvió el dedo de Isten. El lazo parecía absorber las palabras, borrándolas del aire.

—Entonces escucha: en la espesura de este jardín hay un espejo partido en tres. Si encuentras sus fragmentos y los unes, podrás verte como eras, desnudo del dolor y la magia malgastada. Pero cuidado: cada fragmento exige renunciar a algo más en ti. ¿Estás dispuesto?

Isten miró más allá de la dama, hacia la fuente, hacia la sierpe que no pestañeaba y a la luna menguante. Sopesó sus pérdidas antiguas y las nuevas promesas, y aceptó.

El jardín se distorsionó. Los árboles susurraban, las piedras crujían bajo sus botas. El aire estaba denso como leche recién ordeñada. Pronto, halló el primer fragmento de espejo en la cúpula hueca de un rosal. Lo alzó y sintió cómo el aire a su alrededor cambiaba. Una parte de su memoria, la imagen de la voz amada diciendo su nombre en la penumbra, desapareció. Siguió adelante.

El segundo fragmento yacía en un charco, en el fondo del cual flotaban hojas semejantes a ojos. Al tomarlo, perdió la destreza de sus manos; ya no podía desmontar una trampa o trazar líneas rectas. Aun así, avanzó, rengueando, por entre zarzas que le rallaban la piel, el perfume del jardín tornándose amargo y áspero, como el vino envejecido más allá de lo tolerable.

El tercer fragmento reposaba en la lengua de la sierpe dormida bajo la fuente. Isten, con la última chispa de valentía, se arrodilló y acarició las escamas. La sierpe lo miró, le dejó tomar el fragmento, y se retiró a las sombras. Al hacerlo, sintió cómo lo abandonaba su capacidad de mentir. Sólo podía hablar lo cierto.

Reunidos los fragmentos, el espejo era pequeño, pero al mirarse, Isten vio, por primera vez en años, al hombre que fue antes que la pérdida. Vio la inocencia, la alegría, el miedo antes del primer horror. Pero el precio era grande: no recordaba la voz de su amada, sus manos temblaban de torpeza, y sólo podía confesar la verdad al mundo.

Regresó con Hestva, que lo esperaba en el banco de la sierpe.

—Has pagado caro —dijo ella, con una ternura que despertó el viento.

—Ahora lo sé. Pero no sé si era eso lo que buscaba.

—Lo que buscamos rara vez es lo que encontramos —susurró la dama—. Has recuperado a tu yo antiguo, pero en ello perdiste cuanto te anclaba al dolor. Así se te concede la paz, pero no el olvido.

Los días pasaron en el jardín de Hestva, cada luz cambiante recostando sombras nuevas sobre el banco de piedra. Isten, incapaz ya de inventar historias y recordar falsas promesas, comenzó a conversar con la sierpe, que le respondía con destellos de sabiduría antigua. Se volvió el guardián de los fragmentos de espejo, advirtiendo a quienes llegaban del costo de desear recordar y olvidar a la vez.

La dama Hestva, por su parte, cultivaba rosas con espinas enroscadas como nombres olvidados. A veces, por las noches, su sombra se deslizaba entre las lámparas, y la sierpe la seguía, como si compartieran una conversación que nadie más comprendía.

La primavera siguió siendo insultante en su belleza. Mariposas dormían sobre ramas que ocultaban tragedias. Y aquellos adultos que cruzaban el umbral de Alberán salían cambiados: unos con la risa perdida, otros con una verdad ardiente en la lengua. Pues en el jardín de las sombras silentes, cada deseo tenía su eco, cada nombre su precio, y la dama Hestva, con la sierpe a sus pies, seguía reinando sobre lo que no puede ser contado en voz alta, sólo susurrado al oído de quienes, alguna vez, creyeron en los cuentos de hadas.

Algunos dicen que si caminas bajo la luna y llamas tres veces el nombre de la dama, puedes encontrar el banco de piedra y, a su lado, al hombre que no miente, al que perdió un amor y ganó un espejo. Pero también dicen que es mejor no recordar todo lo que has perdido. Porque hay jardines, y sueños, y cuentos, que exigen, siempre, que dejes algo detrás.

Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.