Portada del relato La Estrella de Alariel
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Fragmento:


No tardó en compartir su propósito con el consejero real, un anciano llamado Ilith, descendiente de magos lógicos y portador de la Vara de Números. Ilith, conociendo bien los peligros del espacio, le advirtió: “Las estrellas conceden deseos, pero no siempre comprendes el precio hasta que es demasiado tarde. ¿Qué es lo que deseas, joven Laurwen, que valga el sacrificio de lo amado?”.

Duración: 08:46

La Estrella de Alariel
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Texto de ajuste de pausa.

Había una vez, en el confín de la galaxia Umbariel, un planeta de cielos violetas y auroras líquidas llamado Lliria, donde la vida florecía sin la sombra del tiempo. Era un mundo de abundancia, de suaves colinas repletas de flores de cristal que no se marchitaban, de montañas de piedras translúcidas en las que danzaban los vientos eléctricos, y de mares profundos donde los peces componían música al nadar. Pero Lliria, por hermoso que fuese, tenía secretos como todos los cuentos de hadas, y uno de ellos era Laurwen.

Laurwen era hija de la reina Senila, última regente de la casa de las Lunas Encadenadas. Desde pequeña, Laurwen soñó con los confines del universo, sentada en los alféizares colgantes del palacio de silicio, observando cómo las naves de los emisarios aterrizaban en sus plataformas flotantes: cada raza traía regalos de remotos confines, pero ninguna, pensaba Laurwen, ningún regalo, podía igualar el anhelo de conocer lo imposible. De entre todos los emisarios, Laurwen prefería los autómatas de Nyx, figuras de porcelana negra cuya voz sonaba como el eco de campanas distantes. Ellos le contaban cuentos prohibidos del espacio profundo, de planetas que no conocían la muerte gracias a reliquias ocultas en el núcleo de su mundo.

Fue entonces, al cumplir cien vueltas de Lliria (que equivalían a poco menos de un año humano: en Lliria el tiempo era relativo, y todo lo vivido se medía en recuerdos, no en horas), cuando Laurwen recibió su primera visión. Fue un sueño azul, tibio, en el que una figura encapuchada le ofrecía un relicario de obsidiana: dentro, latía una pequeña estrella blanca que pulsaba al ritmo de su corazón. La voz de la figura —a la vez masculina y femenina— dijo: “El universo concede un deseo a quien beba de la luz original, pero sólo si es capaz de sacrificar lo que más ama”.

Laurwen despertó agitada, el sudor esmeralda perlándola, y supo que el sueño era una profecía de las viejas hadas magnéticas, que habitaban en los mosaicos de su palacio. Desde ese día, su obsesión fue encontrar la misteriosa Relicaria Estelar, de la que hablaban los cuentos.

No tardó en compartir su propósito con el consejero real, un anciano llamado Ilith, descendiente de magos lógicos y portador de la Vara de Números. Ilith, conociendo bien los peligros del espacio, le advirtió: “Las estrellas conceden deseos, pero no siempre comprendes el precio hasta que es demasiado tarde. ¿Qué es lo que deseas, joven Laurwen, que valga el sacrificio de lo amado?”.

Laurwen, sin vacilar, respondió: “Quiero comprender el tejido de todo lo vivo: su origen, su final. Quiero la eternidad”.

Así comenzó la aventura. En el palacio, los rumores se esparcieron como luciérnagas mecánicas: la princesa iba a abandonar Lliria y sus encantos, a viajar por los Remolinos Negros, allí donde la luz se detenía y el tiempo titilaba. La reina Senila, resignada, le entregó un amuleto para proteger su memoria: “Recuerda quién eres. Si olvidas tu esencia, el universo ya no te reconocerá”.

Laurwen partió con una tripulación de seres singulares: un autómata de Nyx, una cartógrafa semitransparente —Ril, cuyos pensamientos podían verse fluir bajo su piel de vidrio—, y un zorrillo tatuado de códigos olvidados, bestia mágica capaz de oler los portales interdimensionales.

La nave era milenaria, hecha de nervios de árboles interestelares, y viajaba mediante la música: debían componer melodías nuevas para cada fase del trayecto, pues cada travesía respondía a la vibración adecuada. Laurwen, con una voz clara y poderosa, entonaba versos heredados de sus antepasados, y así la nave surcaba ruinas de civilizaciones, campos de estrellas marchitas, y burbujas de tiempo inerte.

La búsqueda fue larga, y cada destino les ofrecía una pequeña pieza del puzle. En los sarcófagos de Arhania, encontraron los primeros grabados: “La luz original sólo se revela al corazón afligido por el amor perdido”. En los eriales de Morgulia, un mendigo de tres ojos les susurró: “Busca la fuente bajo el mar violeta, pero paga el precio al Guardián de las Estelas”.

Y así llegaron a Zheophra, el planeta sumergido en una perpetua penumbra púrpura, donde las criaturas eran juegos de espejos y agua. Había allí un lago, cuyos remolinos eran como ojos titilantes. Laurwen descendió sola, pues así lo exigía el ritual de los antiguos.

En la profundidad, encontró al Guardián: era una silueta sin forma definida, compuesta de fractales luminosos, cuya voz no se oía, sino que se sentía en la médula. Le preguntó: “¿Qué traes a la Relicaria Estelar?”.

Laurwen, tal como le advirtió Ilith, supo que debía sacrificar aquello que más amaba: tuvo entonces una visión de su madre, de su infancia suspendida fuera del tiempo, de los jardines donde nunca existía el invierno. Sintió una punzada de dolor, y en ese instante, supo lo que debía entregar.

“Te ofrezco el eco de mi vida en Lliria, mi añoranza de la infancia, mi amor por la tierra natal. Haz de mi corazón una página en blanco”.

El Guardián aceptó sonriendo sin rostro. Entonces, del fondo del lago, emergió el relicario de obsidiana de sus sueños. Laurwen lo tomó: la estrella en su interior ardía fría y pura.

Cuando regresó a la nave, sintió que los recuerdos más antiguos se desvanecían. Miraba a Ril y al autómata sin poder recordar del todo sus nombres, ni el olor de los jardines de Lliria ni la risa crepitante de su madre. En cambio, una nueva memoria se forjaba: la conciencia de lo que estaba a punto de comprender.

La nave partió entonces hacia las coordenadas finales, un punto ciego en el espacio donde las leyes de la física se diluían. Allí, Laurwen abrió la Relicaria Estelar; la luz azul-blanca la atravesó, colmándola de una visión fugaz y eterna: vio mundos nacer y extinguirse, átomos danzar hasta formar vida consciente, galaxias enamorarse y olvidarse a sí mismas en remolinos de polvo. Comprendió el ciclo: el universo era un inmenso jardín de hadas, el tiempo sólo una ilusión creada por la nostalgia de regresar al origen.

Pero al cerrar el relicario, un vacío doloroso la envolvió. No sentía alegría ni tristeza, ni deseo de pertenencia. La eternidad era solitaria, y el precio había sido su amor por todo lo que la definía. Los cuentos de hadas, pensó, nunca advierten del frío de la verdad.

Ril fue la primera en acercarse. Su piel de vidrio reflejaba constelaciones que Laurwen no reconocía. Habló suavemente: “Te dije que aquí desembocan todos los caminos. Ahora eres libre de recordar o de olvidar”.

El autómata de Nyx añadió, en su voz de campanas distantes: “Has visto el final y el principio. Pero queda una elección: puedes regresar y restaurar lo perdido, a cambio de renunciar al conocimiento que ahora tienes. O abrazar el vacío y convertirte en leyenda silenciosa, aquella que consuela a las estrellas en su soledad”.

Laurwen sostuvo la Relicaria Estelar, que en su mano temblaba como un corazón diminuto. Pensó en su madre, en las auroras líquidas, en las colinas de cristal. Un eco muy lejano, un destello de nostalgia, titiló dentro de ella.

“He pagado el precio”, susurró. “No quiero ser un mito vacío”.

Así que regresó a Lliria. El planeta la recibió con silencios nuevos, pues nada es igual después de la eternidad. La reina Senila, envejecida, la abrazó con lágrimas de alivio y pena. Laurwen lloró también, pues había cambiado: los matices de lo perdido danzaban tras sus ojos, pero su corazón volvía a captar el timbre de amores y dolores humanos.

De la Relicaria Estelar, sólo quedó un polvo azul, que esparció sobre los lagos violeta en una última ofrenda. En silencio, supo que los cuentos de hadas del porvenir hablarían de una princesa que conoció todos los secretos, pero eligió el misterio del amor y del olvido. Así, en la memoria de los que la conocían y la amaban, Laurwen vivió para siempre; pero en los confines del cosmos, hay quien afirma que una vez las estrellas tuvieron miedo de la soledad, y que una princesa les enseñó a soñar recuerdos hermosos.

Y así termina el cuento de Laurwen y de todos los que se atreven a pedir su deseo, descubriendo que los hados no sólo conceden lo que anhelas, sino también aquello que no comprendes, hasta que lo has vivido en carne propia.

En los últimos días de su vida, Laurwen paseó por los jardines de Lliria. Las flores de cristal susurraban canciones de mundos que nunca vería, pero el olor era dulce, la luz era tibia, y el tiempo, por fin, volvía a medirse en recuerdos y no en horas. Ella sonreía, sabiendo que los cuentos de hadas –incluso en la piel del espacio– sólo terminan cuando alguien elige recordar.

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