Fragmento:
“Mi madre, que trabajaba de hilandera en la vieja torre de Yerelin, me contaba una vez que cuando el mar se calla, abajo todo es ruido. Las campanas de Sombrova suenan, decían, y cada nota deja huella en el agua, creciendo en círculos. Pero no es agua corriente, sino memoria líquida, pared de historias y promesas. En esas calles sumergidas hay casas que respiran lentas, y faroles que jamás se apagan: su luz es prestada de los segundos olvidados de los hombres de arriba.”
Duración: 08:19
Por el hueco de la concha, llamado la Puerta de Mirangold, caen sueños y retazos de mapas, y muy pocos han visto la otra cara. En la orilla de la legendaria Bahía de los Tiempos, donde el agua muerde las piedras y deja tras de sí huellas que se desvanecen en segundos, los pescadores cuentan historias cuando los vientos rozan las casas de tejados remendados. Todas esas historias comparten un mismo pulso: hablan de las ciudades debajo del agua y de los seres que allí moran, aquellos que no envejecen ni rejuvenecen, sino que existen en el resplandor de los minutos detenidos.
Era ya el último día de la feria de Solas, y la luna se enrollaba en húmedos jirones por entre las nubes. Una anciana, cuyo nombre se había olvidado incluso en las sentencias del cabildo, tejía cestas de juncos al pie del fuego. Alrededor de ella, tres o cuatro hombres hacían humo lento con pipas, y más allá, en el umbral, se sentó Norell. Era un forastero, aunque llevaba tres inviernos y un verano entre esa gente, arrastrando consigo una maleta de cuero donde nunca nadie pudo atreverse a fisgonear.
Desde el primer día, Norell había preguntado por Sombrova, la ciudad bajo el mar, y por el ciclo de las Rayas de Colmillo, esa migración que sella el pacto entre lo que los pescadores toman y lo que deben devolver. “Es peligroso buscarla”, le decían, “pues Sombrova no se halla, te encuentra. Y a quienes no saben escucharle el pulso, les toma la lengua y los ojos.” Pero la curiosidad de Norell era de esas que el tiempo no apaga, sino que alimenta.
Aquella noche, apenas hubo chisporroteado la luciérnaga más pálida, empezó su relato la anciana:
“Mi madre, que trabajaba de hilandera en la vieja torre de Yerelin, me contaba una vez que cuando el mar se calla, abajo todo es ruido. Las campanas de Sombrova suenan, decían, y cada nota deja huella en el agua, creciendo en círculos. Pero no es agua corriente, sino memoria líquida, pared de historias y promesas. En esas calles sumergidas hay casas que respiran lentas, y faroles que jamás se apagan: su luz es prestada de los segundos olvidados de los hombres de arriba.”
Al escuchar esto, Norell sintió, súbitamente, que su pecho aflojaba, como si algo antiguo quisiera escaparse bajo las costillas. Esperó a que los demás se rindieran al sopor del vino, y cuando dormían ya bajo mantas y el vaivén de la brisa, dejó la seguridad del fuego y encaminó sus pasos hacia la espuma negra.
Llevaba consigo la maleta y un candil. Al llegar donde las aguas burlaban la frontera de la playa, Norell no dudó, y entró al mar, que esa noche olía más a metal y secreto que a sal y promesa. Cuentan los fantasmas de la costa que el mar no se sentía frío para él, y que la luna cerró el ojo avergonzada.
La inmersión fue extraña – las olas no sacudían, sino que mecieron; las algas apartaban sus tentáculos para dejarle paso, y hasta las piedras ofrecían silencio. Entonces Norell se vio descendido, no nadando sino siendo llevado, arrastrado por una corriente que no era corriente, sino tiempo vuelto tangible: ráfagas de infancia perdida, sabores de manzanas que la memoria no recordaba haber comido, voces amadas que murieron antes de saber amarlas de vuelta.
Y luego, la ciudad apareció: Sombrova. Lejos estaba de los corales y peces sumisos de los cuentos para niños. Aquello era una urbe retorcida y anciana, erigida sobre esqueletos de relojes abolidos. Sus edificios parecían girar, como si cada vivienda flotara en su propia corriente temporal. Había torres de vidrio despuntadas y pasadizos encajados donde iban y venían figuras humanas, traslúcidas, de pasos lentos, vestidos con ropajes que se fundían con las aguas.
Norell avanzó a tientas, el candil proyectando un círculo mordisqueado donde los colores de los peces se volvían líquidos también. Sabía, porque lo sentía en la raíz de los dientes, que no debía hablar. Sin embargo, el silencio en Sombrova tiene su propio eco, y a cada paso aquello retumbaba como si alguien en un salón vacío golpeara una única campana cada diez años.
Fue entonces cuando avistó a la primera Criatura del Tiempo. No era como las sirenas ni los peces con garras inquietas que asustaban a los niños en las calles: era algo entre un caracol y una sombra. Su cuerpo se retorcía como enrollando minutos; de sus cuerpos surgían relojes sin manecillas, y en sus rostros —humanos y no humanos— vivían al mismo tiempo la tristeza y el júbilo olvidados. Norell comprendió que los huesos de esas criaturas eran arenas de relojeros caídos, que cada una velaba por un pedazo del tiempo de la ciudad.
Uno de los seres —más grande, más lento— se le acercó. No habló, pero sí traspasó memoria en un destello. Y Norell vio:
Vio el día en que Sombrova se sumergió, siglos atrás, por decreto de una reina enfadada con su propio reflejo. Vio a criados y mendigos correr por callejones donde el aire se hacía de agua poco a poco, y cómo los hijos del relojista principal, que había tratado de salvar la ciudad, se transformaron en las primeras Criaturas del Tiempo, centinelas de los segundos perdidos. Vio su propia vida, reunida en destellos: cuchillos de infancia, los desamores, las cartas nunca enviadas. Vio, sobre todo, lo que buscaba: la maleta que había llevado consigo, la promesa de un legado, la posibilidad de desprenderse de la culpa.
La criatura, comprendiendo su deseo, señaló una catedral sumergida, donde las gárgolas vomitaban cascadas de calendarios olvidados. Allí, Norell vio el reloj mayor. No tenía manecillas porque era para los que no necesitan medir el tiempo: un artefacto de oro y sal, hecho con promesas truncas, con anhelos de los ribereños de la superficie.
Norell supo, entonces, que cada visitante dejaba atrás algo que nunca podría recuperar. Podía ser un año de vida, la memoria de un amor, la facilidad para dormir bajo el abrigo de la lluvia. Frente al reloj mayor, Norell abrió la maleta y contempló su contenido: vestidos de terciopelo azul, la pluma que había robado a su padre, y el retrato de una mujer con sonrisa furtiva. Sintió que la Criatura del Tiempo esperaba un tributo.
No dudó al entregar la pluma, ya seca, y algo de su propio aliento, sabiendo que Sombrova cuidaría de ellos como se cuida de un nombre no pronunciado.
El reloj vibró, y Norell sintió una punzada en el corazón. De pronto comprendió: en adelante, podría transitar por el mundo de arriba sin peso de remordimiento, pero nunca recordaría el rostro de su padre. Aceptó el pacto, porque toda cura lleva su veneno.
En la ciudad, las criaturas danzaron en silencio, girando alrededor de Norell. Una de ellas, minúscula y veloz, recorrió su mano y dejó en su palma no una marca, sino un temblor: la capacidad de leer los pliegues del tiempo en el rostro de quienes encontraba. Podría ver de antemano el dolor por venir, el brillo de los días aún no vividos, las posibles ruinas de su futuro. Así pagó y así fue compensado.
Cuando el mar devolvió a Norell a la orilla, mucho antes de lo que habrían calculado quienes duermen toda la noche, la luna seguía baja y las estrellas temblaban como quemaduras en la tela del cielo. No recordaba la cara de su padre ni la pluma, pero sí el sabor de algo profundo y resguardado. Cruzó el pueblo sin mirar atrás, dejó la maleta en la cabaña de la anciana, y anduvo hacia la siguiente ciudad, donde el tiempo aún no había empezado a sangrar.
Y desde entonces, cuando llegan forasteros a Solas y preguntan por Sombrova, los viejos se encogen de hombros, los niños repiten cuentos de cantos de sirena y mareas llenas de oro, y la anciana sonríe para sí. Porque ya sabe que, a veces, el mar arranca lo que más amamos, no para castigarnos, sino para enseñarnos a vivir con las manos llenas de promesas que sólo existen bajo el agua.
No todos los que cruzan la Puerta de Mirangold regresan; y ninguno vuelve igual. Pero en las noches de luna menguante, cuando los relojes de la costa se detienen un segundo más largo de lo previsto, alguien susurra entre las olas: “El tiempo no existe donde la memoria es honda”.
Así se guardan las ciudades sumergidas y las criaturas que las mecen: no bajo las aguas, sino en ese hueco del pecho donde sentimos lo que nos falta. Y los que han vuelto saben, por encima de todas las cosas, que la nostalgia es la única brújula que el tiempo nunca deja de calibrar.
Copyrights © 2025 Reinofantasia.com. Todos los derechos reservados.