Portada del relato Alas Negras en el Bosque de Azur
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Fragmento:


Solena recapituló todas las historias que su abuela le había contado. Supo entonces que hallarse en fantasía adulta es pactar con la transgresión: algo será ganado, pero más será cobrado.

Duración: 09:17

Alas Negras en el Bosque de Azur
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Texto de ajuste de pausa.

Nadie recuerda a quién pertenecía la primera risa que cruzó el Bosque de Azur. Era claro que no era humana, aunque tenía la tibieza de un susurro entre plumas y un filo que solo lo prohibido conoce. Por ello los aldeanos rara vez se aventuraban más allá del tercer roble, y nunca después del crepúsculo. Pero, como todas las historias que valen la pena, la nuestra nace de una desobediencia.

Solena era hija del herrero y nieta de una curandera, ambas sangres mezcladas en una mujer de párpados sombríos y boca siempre cerrada. Tenía, sin embargo, los ojos inequívocamente abiertos; miraba el mundo como quien se asoma a un libro sellado y busca una grieta. A sus diecinueve años la habían prometido a un molinero, hombre de voz ronca y manos anchas, cosa que a Solena le importaba poco, pues todos sus intereses se ahogaban en los secretos del Bosque de Azur: cómo ciertas flores, apenas iluminadas por luna nueva, exhalaban un vapor azul que hacía bailar a los sapos; cómo, tras una tormenta, podía encontrarse lágrimas de vidrio entre las raíces de los fresnos.

Su madre advertía: “No bebas del pozo viejo, ni recojas fruta caída. Y si oyes risas, ahórrate la curiosidad”. Pero la curiosidad, de todas las hambrunas de la carne, es la más insaciable.

Así, una tarde en la que los pájaros chillan como si presintieran al invierno, Solena tomó un capote deshilachado, una hoz de mango cubierto de muérdago y se internó en el bosque. En la espesura, la luz se acumulaba y apretaba como un perfume demasiado fuerte, volviéndose irreal. Cierta humedad indefinible impregnaba el aire: sal y miel, algo de podredumbre y clavo. Los pasos de Solena eran apenas un murmullo, pero a cada avance parecía que las ramas se cerraban tras de ella, tan resueltas como los brazos de una madre posesiva.

—Eres la primera en cruzar hoy —dijo algo, o alguien, desde la sombra de un abedul podrido.

Solena detuvo el paso. De la negrura apareció una figura delgada, con rostro liso, sin boca ni nariz, solo ojos, muchos ojos, casi un enjambre. Cubierto de corteza y musgo, erguido como si el suelo mismo lo repudiara.

—No deseo perturbar —murmuró Solena, rebuscando con los dedos en la empuñadura de hoz—. Solo quiero comprender.

—Comprender, sí —se burló el ser, replicando con docenas de ecos. Cada boca imaginaria pronunció la palabra de manera distinta: susurro, graznido, llanto—. Empiezan así, las tragedias.

Solena recapituló todas las historias que su abuela le había contado. Supo entonces que hallarse en fantasía adulta es pactar con la transgresión: algo será ganado, pero más será cobrado.

—¿A quién debo buscar? —preguntó, sin apartar la mirada de los ojos danzarines.

El ser ladeó el tronco, como evaluando el sabor de la pregunta.

—El Caldero de Plata. Bébelo. O no. Ninguna decisión es inofensiva aquí.

Sin más, se deshizo en una llovizna de hojas secas. Solena avanzó. La maleza cedió cuando aspiró el aroma de curiosidad, y pronto halló una explanada, invisible desde cualquier dirección, como si habitara en el estómago mismo del bosque. Allí, aguardaba el Caldero de Plata.

El caldero estaba ladeado, tapado por una corte de figuras sentadas: rostros envueltos en gasa negra, ojos cubiertos, bocas abiertas como para gritar. Mujeres, hombres y niños, todos mudos, unidos por una soga de silencio imposible de romper. Alrededor, tazas y cucharones repujados de símbolos extraños.

Solena avanzó, sintió que la piel le picaba. Una de las figuras alzó la mano, invitándola. Solena tomó el cucharón: bañado por una sustancia espesa, viscosa, sin olor.

La abuela había dicho: "Nada en el Caldero de Plata es lo que parece. Es espejo y es abismo. Quién bebe, se halla a sí mismo... o lo pierde para siempre".

Solena, enfrentada a los ojos ciegos de la corte, alzó el cucharón, sostuvo el peso. Había venido precisamente para cruzar la frontera.

El brebaje era helado al tacto pero ardía en la garganta. Al beberlo, sintió primero una expansión: los huesos vibraron, los dedos parecieron alargarse, el rostro se licuó en una mascarada de sensaciones. Vio —y no vio— a la niña tímida con manos manchadas de tinta, a la mujer prometida al molinero, a la anciana que sería y a la bruja que no estaba dispuesta a admitir en público.

Los miembros de la corte aplaudieron, mudamente, y una voz interna le dijo: “Ahora ves”.

Y lo vio: la exacta frontera donde el Bosque de Azur se convertía en realidad áspera, donde los hombres temían ir, donde los deseos se amontonaban como bestias hambrientas en la penumbra de los árboles. Vio los pactos sellados por generaciones anteriores a la suya, los menudos sacrificios: la primera gota de sangre bajo la luna llena, los cabellos de los niños cortados a medianoche, el correr del agua negra desde la colina después de la cosecha. El bosque era un libro abierto, pero también un cuchillo afilado.

“Puedes quedarte”, sugería la voz, “ser parte de la corte, intercambiar silencio por poder, olvidar la boca ajena y el ojo ajeno. O puedes volver, llevando la marca, hablando la lengua nueva”.

El Caldero mostraba ambas vidas como dos caminos cubiertos de espinas.

Pensó en el molinero: la suela de sus botas, la arrogancia cotidiana, el modo en que nombraba a las gallinas antes de cortarlas. Pensó también en los atardeceres a solas, en el muro tibio de la herrería, en la huida de las polillas al alumbrar la fragua. Pensó en la abuela, ya muerta, y en cómo le habría sonreído ante la osadía.

“Si regreso”, pensó Solena, “nunca seré la misma”.

La corte murmuró en su silencio. El aire se solidificó.

—No puedes llevar nada sin pagar —rezó la figura más próxima, una mujer de pelo trenzado con cristales de leche.

—Estoy dispuesta a pagar —dijo Solena, la voz empañada por el caldero.

—Y tu precio será el recuerdo —dictaminó la mujer—. El de tu primer amor.

Solena, vacilando, aceptó. Sintió como algo le era arrancado del pecho, filoso, urgente, una pena que ni siquiera había sabido sostener con palabras. Vio nebulosamente la cara de una muchacha de otro pueblo, una sonrisa compartida tras una cosecha de moras. Y luego, nada. Una ligereza. Algo faltaba. Nadie que importara.

El caldero brilló. La corte se retraía.

Solena —quien había sido y no sería jamás de nuevo— se inclinó, tomó el humeante contenido, se lo untó sobre la frente como una bendición negra. “Que las lenguas digan la verdad”, pensó. Volvió sobre sus pasos, con la realidad temblando bajo cada paso. El bosque ya no la temía: la conocía. Y, a un nivel mayor, la había aceptado.

En el sendero de regreso, Solena se topó con criaturas nuevas: zorros que caminaban a dos patas y conversaban sobre la extinción del sol, una lechuza sin rostro que le ofreció un ojo capaz de ver la muerte acercarse, ciervos cuyas cornamentas estaban entrelazadas con los hilos del destino de aquellas que amaban y obedecían. A cada uno, Solena respondió con calma, ya que conocía la moneda y el mercado: aquí quien pregunta, paga.

Al ver la aldea desde la colina, un cansancio brutal le cayó sobre los hombros. Se frotó los párpados, la marca oscura del caldero invisible para todos menos para ella. La madre le preguntó: “¿Dónde has estado?”. Solena dijo la verdad, y las palabras salieron de su boca tan frías como la escarcha y tan ciertas como la hambruna: “Bajo las huestes de cardamomo, al amparo de lo que callamos, eligiendo entre el precio y el vacío”.

La madre guardó silencio. Sus ojos reconocieron la vieja marca, la promesa rota y cumplida otra vez.

Esa noche, Solena visitó al molinero.

—No puedo casarme contigo —dijo, la lengua ardiendo tras cada sílaba.

El molinero la miró con ira y algo de miedo. La boca se le trabó en el insulto, la mano alzándose solo para hundirse en la nada. El poder del Caldero palpitaba en Solena: cada palabra, una sentencia. El pueblo pronto supo que ella era diferente. Algunos temieron, otros consultaron. Por las noches, las jóvenes la cortejaban con preguntas, los viejos le pedían que hablara en los funerales, las viudas buscaban su consejo.

—He visto el reverso del deseo —explicaba Solena, susurrando a la luna—. No hay manantial sin sed antigua, ni promesa sin la sal de la pérdida. Solo queda elegir lo que arde y lo que esclarece.

El bosque de Azur rugía a veces durante la madrugada. Solena no temía. Cada tanto, las criaturas de la corte venían a visitarla en sueños. Ella escuchaba, aprendía sus cuentos, compartía los suyos. Sabía ya que no había frontera definitiva, sólo aquellas que una acepta portar, y que el verdadero precio de la magia era recordar siempre lo que costó olvidar.

Al final, el Caldero seguía allí, en la hondura del bosque, esperando la próxima pregunta, la próxima risa desobediente. Y Solena, aunque nunca regresó del todo, tampoco partió jamás. Vivía entre los dos reinos, cosechando el rumor con el que empieza toda historia:

una risa, ni humana, ni fiera, ni enteramente perdida.

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