Portada del relato La Senda de las Cúpulas Luminosas
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Fragmento:


"Cuando subas," susurró una voz —quizá del viento, quizás de Eolhan, el guiador de sendas perdidas— "no mires atrás. No preguntes dónde termina el trayecto ni qué hallarás. Se te concederá, por vez única, el don de errar entre los caminos celestiales, y de tu corazón —si es puro y firme— dependerá lo que obtengas."

Duración: 08:55

La Senda de las Cúpulas Luminosas
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Texto de ajuste de pausa.

Desde que los astros más antiguos sangraron su fuego de oro sobre la tierra y la esperanza fue arrojada como una semilla al surco fresco de la creación, existen lugares apartados donde la realidad se pliega sobre sí misma, y el hombre —que a menudo camina cabizbajo bajo el peso de los días— puede entrever otros destinos. No se aventuran muchos a buscarlos, pero la historia de Liraèr empieza precisamente con el deseo punzante —y clandestino— de atravesar los límites permitidos de su mundo.

Liraèr era la hija menor de la bordadora del fuerte de Sunar, un lugar donde los tejados se inclinaban ante el viento perpetuo y los muros se alzaban para recordar a sus gentes que los años fueron ásperos antes, y podían volvérselos en cualquier instante. Escuchó desde su cuna, entre rumor de juncos y trinos de la alondra oscura, viejas historias de los reinos dorados: tierras donde los campos se empapaban en un resplandor límpido como sólo la pureza de una mañana inmortal podía conferir, y donde la justicia y la belleza se fundían, inseparables.

Creció preguntando, quizás demasiado, hasta que la paciencia de los ancianos y la impaciencia de los jóvenes chocaban en su casa cada tarde. Nadie creía en la existencia de tales reinos salvo en las canciones que, suavemente, ayudaban a dormir a los niños. Pero ella supo, un año primaveral en que la escarcha demoró en irse y el sol apenas besó los trigales, que encontraría esa promesa valiosa, o no volvería jamás.

La señal, supo después, fue una mariposa luminosa, de alas traslúcidas e insólito brillo verde, que se posó sobre su dedo la última vez que estuvo en el bosque del norte. Temerosa, pero incapaz de resistirse a la fascinación, se adentró tras ella en la maraña musgosa, hasta que la espesura cedió y se encontró en un claro desconocido. Allí, sobre una roca lisa junto a un arroyo, halló a un anciano cubierto con un manto de nubes, tan etéreo que sus bordes parecían disolverse al viento.

El anciano no habló, pero su mirada fue más honda que la sima más oscura bajo la fortaleza. Extendió una mano y, cuando Liraèr la rozó, el tiempo cedió: vio ante sí una escalera de luz, suspendida más allá de toda razón, ascendiendo por sobre los campos, los bosques, los propios hilos del aire. Sin comprender del todo, caminó tras el anciano, cuyos pies apenas tocaban los peldaños resplandecientes.

"Cuando subas," susurró una voz —quizá del viento, quizás de Eolhan, el guiador de sendas perdidas— "no mires atrás. No preguntes dónde termina el trayecto ni qué hallarás. Se te concederá, por vez única, el don de errar entre los caminos celestiales, y de tu corazón —si es puro y firme— dependerá lo que obtengas."

Así comenzó el ascenso.

No era un trayecto cómodo. En cada recodo de la escalera flotaban tentaciones y abandonos: la visión de Sunar agonizando en su ausencia, el pesar de su madre tejiendo hilos grises en un cuarto solitario, la risa de sus hermanos menor evocando la niñez perdida. A cada paso, el aroma de la nostalgia trataba de obligarla a ceder. Pero la promesa de los reinos dorados le brillaba en las entrañas como brasas bajo la piel.

No existía el tiempo allí arriba, entre brumas que olían a polen y luz. Liraèr perdió noción de los días, si es que los había. Al cabo de un trecho llegó a un umbral tallado en piedra vaporosa, como de jaspe fundido, ante el cual velaban dos centinelas cuyas cabezas eran máscaras de oro. Su voz no salió en palabras sino en pensamiento.

‘¿Quién eres, y qué buscas aquí en las sendas que no llevan a tu mundo?’

Liraèr titubeó. No supo si debía contar su deseo o resguardarlo, como el último puñado de grano en un invierno cruel. Decidió confiar en su verdad más íntima y respondió: "No busco más que la justicia y la belleza, y la esperanza de hallarlas donde los hombres aún no las han asesinado."

Las máscaras de oro entrechocaron, y el sonido fue como un tañido de campanas en la lejanía. Una puerta, tejida de filamentos resplandecientes, se abrió ante ella.

Liraèr penetró entonces en la Sala de la Promesa, un recinto donde paredes, suelo y techo ardían en oro líquido, pero el oro no quemaba, sino refrescaba, como el agua de manantial. Allí, seres de luz iban y venían, oteando, discutiendo, midiendo sueños y pecados en balanzas de seda.

Uno de ellos, cuyos ojos eran muy azules y su voz recordaba el temblor de la aurora, la condujo hasta el centro de la sala. "Cada viajero que cruza los caminos celestiales es probado," le explicó. "Aquí te enfrentarás no a bestias ni monstruos, sino a la verdad de tu naturaleza. Si logras aceptar lo que eres —no lo que deseas ser, ni lo que temes—, se te permitirá atisbar el primer reino luminoso."

La prueba fue sencilla y mortalmente difícil. Un espejo apareció súbitamente frente a ella, su superficie etérea y pulida como el hielo de un lago nuevo. Liraèr miró y vio mil rostros: la niña temerosa, la joven enfadada, la rival de sus hermanas, la amiga devota, la hija imprudente. A cada uno debió inclinarse y, sin negarles su existencia, abrazarlos. Sintió, con lágrimas ardiendo, el peso de cada error y la promesa de cada pequeño acto bondadoso que había dejado tras de sí como señales para quien quisiera seguir su ejemplo.

Sólo entonces el espejo se tornó transparente, y una visión emergió: campos dorados bajo un sol incombustible, árboles cuyas hojas eran filigranas de luz, criaturas aladas bailando sobre estanques tan nítidos como la primera palabra pronunciada en la creación. Sintió la música de ese lugar inundarla, y por un instante creyó entender los secretos del universo.

La voz azul la sacó de su éxtasis. "Este es el primer umbral, Liraèr. Cada reino que alcanzas en los caminos celestiales requiere dejar atrás algo de lo que crees ser indispensable. ¿Estás dispuesta a seguir?"

Ella asintió, aunque el miedo le rozó el alma con garras heladas. Se le pidió abandonar la memoria de su madre, pues sólo despojada de su amor más grande podría cruzar al segundo reino. Liraèr lloró, luchó y, finalmente, cedió. Un vacío frío la ocupó, y por ese espacio cruzó el umbral.

En el segundo reino, el brillo era aún dorado, pero más tenue y dulce. Encontró allí a aquellos que habían perdido toda esperanza en vida y se refugiaban, incorpóreos, en espejismos de placer. Se le ofreció permanecer y olvidar toda pena —una eternidad de olvido y consuelo—, pero declinó y pidió seguir, aunque la ausencia le doliera más que el filo de un cuchillo. El precio de pasar fue su risa, que quedó allí, colgando de una nube, como una promesa no cumplida.

Así avanzó, peldaño a peldaño, a través de otros reinos: dejó su nombre en un lago de plata, su recuerdo más dulce en una corteza de ámbar suspendida sobre un abismo de nostalgia. Cada vez el camino se hacía más ligero porque Liraèr era menos y, en sus despojos, algo nuevo y brillante nacía.

En el séptimo y último reino, la esperaba el anciano de la capa de nubes.

"Ahora eres como la luz —simple, indivisible, inocente de todo deseo y de todo miedo. Mira, pues, lo que has querido hallar toda tu vida."

Frente a ella, el reino final no era de oro ni de joyas, sino de presencia absoluta: todos los mundos posibles danzaban en una armonía extensa y profunda. Entre esos mundos, vio Sunar como era y como podría ser. Comprendió que el dorado no era un metal sino una cualidad del espíritu; que los caminos celestiales no llevaban a ninguna parte salvo al corazón transformado de quien osa transitarlos.

El anciano la interrogó: "¿Qué deseas ahora, Liraèr? Puedes permanecer aquí, en la frontera de todas las posibilidades, o regresar a tu mundo y llevar en ti la huella de lo que has visto."

Ella, ya sin miedo ni esperanza, eligió regresar. Descendió, ligerísima, por una espiral de luz inversa, llevando en la mirada el brillo de los siete reinos. Al llegar a Sunar, la reconocieron pero no del todo: sus palabras eran más dulces, su mirada más honda, sus gestos llenos de una paciencia desconocida.

De cuando en cuando, al mirar hacia el norte en las primeras luces, veía abrirse en el horizonte una pálida cúpula luminosa y, por entre sus domos altos, a seres etéreos suspendidos en los caminos del aire. Entonces sabía que los reinos dorados, los caminos celestiales, son reales sólo cuando al fin los portamos en nuestro, y en cada gesto —por humilde que sea— los traemos, un poco, de regreso al mundo.

Y así, sin más prodigios visibles, concluyó Liraèr su viaje, con la promesa renovada de buscar cada día, no allá afuera ni arriba, sino en la hondura sutil de los actos y los sueños, la senda de luz donde el mundo y el deseo se reconcilian al fin, por un instante, en el corazón de quien no teme perderse para encontrarse.

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