Fragmento:
El viento, tan cortante como la daga de un asesino, aúllaba sobre las dunas como si quisiera desenterrar viejas historias. Grefan caminaba bajo la luna hinchada, la mandíbula apretada, los ojos azules ni un instante quietos. Bajo la capa peluda, su acero cantaba a cada paso: la hoja, negra y erizada de runas, emitía en el aire una amenaza que ojalá nunca se cumpliera.
Duración: 08:50
El viento, tan cortante como la daga de un asesino, aúllaba sobre las dunas como si quisiera desenterrar viejas historias. Grefan caminaba bajo la luna hinchada, la mandíbula apretada, los ojos azules ni un instante quietos. Bajo la capa peluda, su acero cantaba a cada paso: la hoja, negra y erizada de runas, emitía en el aire una amenaza que ojalá nunca se cumpliera.
Atrás, lo esperaba la jauría: cuerpos revueltos en la arena, miembros desarticulados en un abrazo postrero. Hombres de la Hermandad del Espejo Partido… Quizá fueran seis o siete, quizás una docena. Ya nada importaba. Sólo Grefan quedaba, y tras la muerte de su jefe los otros se desangraban al borde de sus sueños.
No, aún algo importaba. En la bolsa estrechada al cinturón, el amuleto: una lágrima sólida de un ámbar tan púrpura que relucía incluso en la noche. ¿Por cuántas manos habría pasado? ¿A cuántos dioses adormilados, a cuántos demonios envidiosos, habría tentado su brillo? Grefan clavó la vista en la piedra y sintió los dedos temblar. Aun mediante el cuero podía sentir el pulso oscuro, el rumor sordo de la magia, ritmo funesto pero tentador.
El desierto parece infinito a quien lo recorre solo y sin esperanza. Siete días llevaba Grefan siguiendo las huellas de aquel que sólo se nombra en susurros: Melerael el Destrozado. El mago de la Torre Tuerta, el último nadir de la vieja Sarneth, donde, decían las leyendas borrachas, el tiempo mismo se quedaba a tomar vino.
Grefan no creía en leyendas. Creía en la muerte, y sabía que en esta tierra los pasados insepultos arrastran al presente hasta que ambos se desgarran. Caminó y caminó sin mirar atrás, hasta que la luna se perdió y las estrellas quebraron sobre el filo del horizonte como plumas.
Al alba divisó la torre: de lejos parecía una espina torcida clavada en el lomo del desierto. Sin puertas ni ventanas, sólo grietas vertiginosas que temblaban al sol. Grefan vio que la base era más ancha que la punta, y que de su cima caía una niebla negra, casi líquida. No era su primer encuentro con nigromancia. El acero de su espada se enfrió y cobró peso. Avanzó.
A medida que se acercaba, una vibración se apoderó de sus huesos. El suelo parecía responder a cada paso, como si la mismísima Sarneth se agitara inquieta bajo su influjo.
—Ven, Grefan de los Térregos —susurró una voz, no en el aire sino en la mente—. Traes mi reliquia, y tu alma me resulta... curiosa.
La piel se le erizó, pero era un guerrero. Cuando llegó ante la torre se palpó la bolsa, asegurándose de que el amuleto todavía latía. Tocó la piedra con la cara descubierta de sus nudillos y la piel crujió. Un resplandor púrpura se filtró entre las grietas y la puerta, invisible hasta ese instante, titiló ante él como una lengua huidiza.
Empujó y no era piedra: era un velo de agua helada, violeta, que lo absorbió de golpe. Dentro, la torre era mayor por dentro que por fuera. Espirales de escaleras subían y bajaban entre las sombras, y la arquitectura mutaba al ojo como una pesadilla que se reescribe. Restos de espejos rotos yacen como huesos a lo largo de las paredes.
El mago lo esperaba en el centro, largo y fiero como un buitre. Melerael llevaba la piel ceñida a los huesos y un solo ojo, negro y profundo, ardía bajo el capucho. El otro, lechoso, brillaba sin mirada.
—Tu llegada fue advertida. Y la sangre que traes consigo huele a futuro prometedor —roncó el mago. El eco de su voz era doble, una palabra para el cuerpo y otra para el alma.
Grefan se hirguió, arrogante sin querer.
—Vengo a sellar el trato, como fue acordado. El amuleto es tuyo. Pero recordarás el precio.
Melerael sonrió, y con ello la noche misma pareció arrugarse.
—Un secreto por un secreto, guerrero. Así dicta la ley. Primero, entrégamelo.
Grefan, sin dejar de mirar el ojo bueno del mago, lo lanzó sobre la alfombra de polvo púrpura. Melerael murmuró unas palabras y cientos de ojos transparentes, minúsculos y viscosos, brotaron de las paredes y lo observaron.
El mago tomó el amuleto con dedos descarnados y lo alzó al aire. Un estallido de relámpagos púrpuras cruzó la sala, y por un instante Grefan vio, como a través de un vidrio empañado, criaturas imposibles arrastrándose en los rincones de la realidad.
—Bello, ¿verdad? Cada lágrima es el miedo destilado de una generación. El tuyo será… instructivo.
—Quiero ahora mi secreto, Melerael.
El mago buscó una jarra de plata y bebió. Al colocarla sacudió sus ropajes y un suspiro de polvo llenó el aire.
—Eres persistente, guerrero. O tonto, que es igual en estos días. Pero la ley es la ley y la sangre lo quiere.
Hizo un ademán, y la sala giró sobre su eje. Las paredes se disolvieron y de pronto Grefan se hallaba ante una llanura hueca, titilante bajo una luna diferente: una luna negra, llena de cicatrices y agujeros. Del horizonte se acercaba una figura, arrastrando una espada imposible: la hoja era fuego congelado, la empuñadura, hueso retorcido.
—Observa —ordenó el mago—. Esta es la primera muerte. La que dio origen a tu linaje. Todo secreto comienza en una traición.
Grefan tragó saliva. La figura se detuvo y se agachó sobre un bulto: un niño. El guerrero sintió en la sangre el eco de esa soledad, de ese crujido. La figura levantó la espada y la bajó de un tajo, pero la hoja no buscó carne, sino sombra. El niño gritó, una sombra emergió de su cuerpo y la figura la cortó, bebiendo la negrura como vine negro.
La visión se quebró, y Grefan volvió a estar en la sala de la torre. Melerael lo contemplaba con aire cansado.
—Esa sombra fue la primigenia Traición. Desde entonces en tu sangre duerme la sed de traicionar, de desobedecer incluso a los dioses. Lo que buscas, guerrero, no está adelante, sino atrás: te persigue.
Grefan cruzó los brazos, furioso.
—No me das nada que no supiera ya. ¿Dónde está mi recompensa?
La torre se estremeció. Por un momento, Grefan vio a Melerael temblar, y comprendió cuán delgado era el hilo de su poder.
—Pide entonces otra verdad —susurró el mago.
—Háblame de los Espejos. Los espejos partidos que la Hermandad custodiaba. ¿Qué guardan?
Melerael rió, un sonido leonino y sin alegría.
—Guardan el reflejo que no se atreve a nacer. Todo espejo es un portal, toda imagen una promesa incumplida. ¿Por qué crees que una orden entera fue masacrada para impedir que tú robaras la lágrima? ¿Por qué crees que el desierto se ahoga cada vez que sangra el sol?
Se acercó, y en su mueca grefanista bailó el fuego de la locura.
—Las sombras que has matado vuelven siempre, Grefan. Y toda reliquia guarda su propio precio. ¿No sientes el susurro, aún, en el corazón de la noche?
Por primera vez, Grefan vaciló. Recordó los muertos y la promesa rota. La mano le pesaba, como si la ausencia del amuleto llenara su piel de escarcha.
—¿Y qué harás tú con ella? —preguntó, en voz ahogada—. ¿Para qué la quieres?
De las alturas de la torre descendió un hálito frío. Melerael rió otra vez.
—Oh, es lo que los lectores de historias siempre preguntan. Todos quieren saber qué hará el mago con la magia que se les roba, qué hará cuando encierre la luz bajo siete candados.
Se inclinó y barrió el aire con la manga.
—La guardaré. La estudiaré. Y cuando llegue el siguiente guerrero, repetiré el intercambio. Así se sostienen las historias que no quieren morir.
Grefan, renegando de la voz que le dictaba rendirse, desenvainó la espada.
—No vine aquí para alimentar historias viejas.
El mago extendió la mano, serpentina, lastimera.
—En eso te equivocas, Grefan de los Térregos. El único final es ser contado.
Avanzó. La espada de Grefan resplandecía con las runas encendidas. En la batalla que siguió, la sala estalló en una locura de luces y sombras, de voces dobladas y gritos de las paredes vivas. El acero encontró carne, la magia encontró sangre. La torre se desmoronó, dispersando memorias por el desierto.
Cuando el sol volvió, Grefan salía del ruinoso torbellino con la espada manchada y el puño pleno de cicatrices. El amuleto, olvidado, yacía entre los escombros.
Alzó la mirada al firmamento y vio que la luna, aunque mancillada, aún brillaba. Caminó, y donde sus pasos caían, la arena gestaba nuevos relatos, rebelándose a la muerte.
Así se sostiene la leyenda: el guerrero, la reliquia, el hechicero, y la eternidad del eco de sus actos, perpetuándose, repitiéndose, hilvanados en la gran pesadilla que es, quizás, el único destino de los hombres y los dioses.
Y en la siguiente noche, sobre el desierto, las ruinas murmuraban, esperando al próximo viajero y a la sombra de un nuevo secreto.
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