Nadie preguntó a Skarn si quería vivir esa noche.
La lluvia laceraba el techo de lata y el mugriento callejón se desbordaba de alimañas cuando esa banda de matones, envueltos en capas brillantes y baratijas robadas, le rodeó como a un perro enfermo. Balizas de linternas veloces. Sudor y cloaca en el aire. Uno empuñó una daga curva que parecía brillarle en la mano sólo porque se le antojaba verla relucir.
Skarn alzó el hacha y una ceja: la izquierda, la surcada de cicatriz, la que jamás curó bien en el norte. Pausa de mueca; pausa de muerte.
—¿Vas a hacerte el duro, escoria?—soltó un chiquillo de cara chupada, voz aguda empapada de rabia y whisky. Los otros se rieron, uno escupió y la flema cayó sobre una bota de cuero repujado, y de pronto Skarn supo todo lo que necesitaba: eran del Gremio, querían su bolsa, querían su vida, probablemente ambas. Claro que sí.
No dudaron mucho, y cuando la daga relampagueó, el hacha ya cazaba en el aire. Un grito, un cráneo partido. El retumbar de la sangre en la piedra encajonada por los muros del barrio quemado. El filo volvió a reír, como siempre —maldita hacha, maldita costumbre. Los restantes saltaron atrás, uno tan pálido que auguraba huida, otro tan torpe que buscaba un hechizo inservible en su trapo de bruja. Pero acabada la sorpresa, el hambre obtiene coraje: atacaron.
No hubo espacio para palabras. Sólo filo, fractura, lluvia y dedos amputados cayendo como monedas perdidas en la corteza fangosa. Al poco, solo quedaba Skarn de pie, escupiendo con desprecio sobre el chiquillo moribundo, arrastrando la bota y la hacha sin prisa.
El aire olía a cobre y miedo, como solía en la vieja ciudad de Trauks, cada vez que el Gremio echaba cuentas. No tenía nada contra esos críos, en el fondo. Miró su bolsa: vacía. Rabia y hambre, viejas hermanas que siempre volvían a casa.
La luna asomó por el pardo manto de tormenta y le recordó a Skarn otra noche de sangre, lejos, en los páramos del norte, cuando la magia todavía no era solo sombra y resentimiento. Pero los recuerdos no llenan el estómago ni curan heridas. Así que ladeó la cabeza, escuchando más pasos: botas blandas, no del Gremio. No, eso era peor. Magia. Escarcha, sí, sin duda.
La bruja apareció, vestida de harapos quemados y polvo de hueso. Su mirada era fría como el acero, las manos delgadas y una luz azul pululando entre los dedos, como si conjurara tormentas en miniatura. Cuando habló, su voz tenía la antigüedad del mundo.
—Alguien como tú no sobrevive tantas noches sin deber favores a las sombras —dijo.
Skarn resopló. No le gustaba hablar con brujos. Ni palabras, ni pactos, ni vientos envenenados. Pero era eso o morir aquí, y la muerte ya la había visto muchas veces para saber su precio y su sabor.
—¿Qué quieres, vieja?—gruñó, con voz que olía a hierro oxidado y desesperación.
La bruja avanzó, pies descalzos en los charcos, sin miedo ni pudor.
—La ciudad está podrida, guerrero. Pero no siempre fue así. En el Pozo del Filo, bajo la Vieja Muralla, duerme un poder que podría devolverle algo de equilibrio. O destruirlo todo, por supuesto. No me importan los detalles. Lo que importa es la llave.
—¿Y qué tengo que ver yo con esa llave?
La risa de la bruja era como huesos golpeando madera.
—Llevas su mitad atada al cuello desde que naciste. El hacha. ¿De veras nunca te lo dijo tu madre?
Skarn maldijo y miró la hoja, corroída y remachada muchos inviernos antes, la runa inacabada en la base. Nunca le importó el origen, el acero era acero o no era nada. Ahora el peso del hacha le pareció distinto, como si esperara todo ese tiempo por esa noche. Él nunca pedía preguntas, pero las preguntas le encontraban.
—¿Y la otra mitad?
La bruja negó con la cabeza, ojos de tormenta.
—Mi problema. O lo era, hasta que el Gremio puso precio a mi cabeza. Me ayudarás a entrar en el pozo, perro del norte, y yo te diré cómo bajar vivo. Luego… —una pausa sin promesas— saldrás con vida si los dioses se apiadan. Aunque nunca lo hacen.
Skarn escupió de nuevo, en parte sangre, en parte soberbia. Pero bajó el hacha. No había elección. Había visto morir a los indomables y supo que sobrevivir no era un arte limpio, ni honrado. Marcharon juntos por el laberinto de ruinas y callejas, con la lluvia siempre insistente, la sangre de la última pelea ya fría en los huesos y el miedo apretando. Los pasos de la bruja eran silenciosos, el suyo jamás.
El Pozo no era difícil de hallar. Todos sabían dónde estaba y nadie en su sano juicio quería acercarse. Costras de liquen y mugre tapiaban la entrada, vigas caídas como fauces dentadas. Bajaron. Skarn sintió el peso del techo sobre su cráneo y la podredumbre del tiempo; un lugar donde incluso la esperanza venía armada.
El aire apestaba a azufre y resentimiento. Bajaron en espiral, acompañados de susurros. Skarn jamás creyó en fantasmas, pero el eco de esos pasillos podía convencer al más escéptico. La bruja no dijo nada. Debajo, la oscuridad era tan densa que las linternas apenas la desgarraban.
Tras minutos, tal vez horas, llegaron a la cámara. Un altar de huesos y obsidiana dominaba el centro, bañado en una luz azul que parecía emitir su propia condena. Y allí estaba: la otra mitad de la llave, embutida en el pecho de una estatua grotesca, una efigie tallada en el horror de viejos dioses.
—Hazlo —susurró la bruja—. Une las mitades.
Skarn se acercó, mano temblorosa, mientras la hacha parecía vibrar de anticipación. Una punzada de dolor, de frío, de memoria; como si la mismísima Muerte le susurrara leyendas que nadie quiere oír. La llave encajó con un chasquido seco. La estatua se resquebrajó y el pozo rugió monstruoso, un ciclón de voces vomitadas por los siglos. Vio ruinas hundiéndose en mares de fuego, vio el rostro de su madre flotando, vio su propio fin mil veces repetido. Pero cuando todo se calmó, el silencio volvió más feroz todavía.
La bruja se acercó. Su rostro era distinto; más joven, o más antiguo, la edad no tenía sentido en esos ojos. Le ofreció la mano y Skarn la tomó —preguntas, siempre preguntas— y subieron de nuevo a la ciudad herida.
Cuando emergieron el alba estaba tiñendo de rojo los tejados. Skarn respiró el aire nuevo, el hedor conocido, el aullido de la magia lejana. La bruja asintió, más un gesto de respeto que de afecto.
—Has cumplido. Algunas cosas cambiarán, otras no. Así son las maldiciones viejas.
Skarn la miró, los ojos cansados y llenos de hambre, y preguntó finalmente:
—¿Y ahora qué?
La bruja sonrió, y el mundo pareció más oscuro.
—Ahora sobrevives, guerrero del norte. La llave ya no está en el pozo. Pero lo que has despertado tampoco es tan fácil de encerrar.
Skarn partió. Nadie preguntó si quería vivir esa noche. Pero a veces, en la ciudad de Trauks, los vivos son sólo cadáveres esperando ocasión. Con una risa amarga y la hacha renovada, Skarn se perdió entre las callejuelas de sangre y tormenta, sabiendo que, como siempre, sólo los malditos siguen adelante. O los que no tienen a dónde volver.
Esa noche ningún héroe se salvó, ninguna gloria fue alcanzada, y la lluvia siguió cayendo para lavar la sangre de quienes nunca serán leyenda.
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