Portada del relato Espadas de Luz y Cadenas de Sombras
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Fragmento:


El desafío fue un laberinto de palabras. Urvin intentó no escuchar, pero los Nombres flotaban como insectos brillantes sobre la memoria, picoteando sus recuerdos más secretos. Vio a su padre, una sombra frágil, huir por pasadizos de hierro. Escuchó a su madre entonar cuentos de garras y estrellas y, por un instante, creyó que la ciudadela no era sólo una cárcel, sino un refugio.

Duración: 07:03

Espadas de Luz y Cadenas de Sombras
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Texto de ajuste de pausa.

La ciudadela vertical se extendía sobre el horizonte con la arrogancia de la promesa incumplida. Su nervadura de piedra gris y longeva trepaba como los dedos de una deidad áspera, acuchillando nubes aumentadas por ciclones de estratos y neón. Sobre los zócalos macizos, ancladas en elevados puentes, las gárgolas de cobre acechaban con ojos tallados en obsidiana, reflejando fuegos artificiales de la tempestad que, debajo, hervían los barrios sumidos en la furia del hielo perpetuo. Allí, cuando la noche era más prolongada que la memoria, nacen las historias que los ancianos prohibían contar a los niños.

De todas las sendas que escalan y se retuercen por la ciudadela, era la Calzada de Bismuto la más infame. Allí caminaba Urvin, portando una espada cuyo filo oscilaba entre el oro y la sangre seca. Su sombra era demasiado larga, como si otro mundo la reclamara, y alrededor de sus hombros, una capa forrada en fragmentos de mica dispersaba destellos que engañaban a los cazadores nocturnos.

—¿Buscas a la bruja o al artefacto? —le preguntó la anciana de los harapos multicapas, tendida contra la herrumbre del portalón occidental.

La voz de Urvin era la suma templada de años sin sueños:

—Busco ambas cosas, pero tomaré cualquiera que me lleve a la salvación.

La mujer reía con un resuello férreo.

—Aquí la gente sólo sueña con cuchillos, muchacho. Y la salvación huele a ceniza rancia.

Urvin dejó caer sobre ella una moneda de aluminio y hueso, que desapareció entre las tramas de su vestido. Proseguía, sabiendo que ni los mendigos viejos ni los edificios ajados eran condescendientes con la esperanza.

La Calzada ascendía por una grieta de concreto entre vestigios de magia rota. Por cada paso, el frío se enroscaba en sus tobillos, volviéndose lentamente una mordedura cálida detrás de las rodillas—bruja de la noche, decían, que lamía el coraje de los impuros. Urvin no temía. Sólo temía encontrar en la bruja a sí mismo.

En el cuarto nivel de la ciudadela, donde los cables caían desde antenas muertas como serpientes hastiadas, iniciaba el dominio de los Nombres. Murales pintados en la peste, conjuraban en cada esquina patrones imposibles: sellos de sangre que sobrevivían a los siglos porque los sueños, en ese lugar, no podían morir del todo.

Detrás de la plaza de las lenguas calladas, halló a los Custodios: formaban un círculo, encapuchados y armados con lanzas de silicio y zoamita.

—Sabemos por qué has venido —dijo uno sin alzar la vista—. Buscas la bruja, el artefacto, y el final.

Urvin desenvainó su espada. Sabía que la muerte era sólo una forma de no seguir viviendo aquí.

—¿Me darán paso o desafíos?

—Uno de cada —respondió la voz, susurrada como vidrio contra piel.

El desafío fue un laberinto de palabras. Urvin intentó no escuchar, pero los Nombres flotaban como insectos brillantes sobre la memoria, picoteando sus recuerdos más secretos. Vio a su padre, una sombra frágil, huir por pasadizos de hierro. Escuchó a su madre entonar cuentos de garras y estrellas y, por un instante, creyó que la ciudadela no era sólo una cárcel, sino un refugio.

Cuando emergió, sangraba por la nariz y los oídos. Pero tenía el primer Nombre grapado en su lengua—un Nombre antiguo, que lo acompañaría como una maldición hasta el final.

Más allá de los Custodios, las torres se hacían más esqueléticas, reiterando el poder del vacío. Cuervos de metal picoteaban ojos a los caídos. En la rodilla de una estatua decapitada encontró un guiño de luna y escuchó la voz.

—¿Urvin de la espada hendida? —La pregunta vino desde todas partes y ninguna.

—Ese soy. Eso fui. Eso busco ser.

La bruja apareció vestida de detalles inconclusos: un ojo amarillo, una mueca tatuada con cristales, una cabellera tejida de cables y estrellas de cerámica.

—¿Viniste a matarme o a rogarme ayuda?

—Ambas cosas. —Su espada se alzó, pero la punta temblaba, como si dudara.

La bruja se inclinó, barriendo con la manga —que parecía albergar pequeños universos— el polvo de obsidiana.

—Las reglas cambiaron, Forastero. Aquí las espadas rompen la carne pero no la memoria, y los sortilegios sólo pueden reescribir lo que ha sido amado y luego abandonado.

Urvin sintió cómo el Nombre en su lengua vibraba, llamando.

—Lo sé. ¿Qué pido y qué pagaría?

La bruja sonrió.

—El artefacto no cura esperanzas, pero puede hundirlas en otros. Por eso lo busco yo, y por eso lo deseas tú.

El artefacto era una esfera suspendida en la palma de la bruja: se alimentaba de la luz que no existía y del miedo de las promesas rotas.

—¿Sabes por qué lo llaman el Último Núcleo? —susurró ella, acercando el artefacto al rostro de Urvin.

—Porque quien lo toca no regresa igual.

La bruja asintió, y, en ese instante, mil recuerdos ajenos le despertaron: ejércitos de espectros, ciudades calcinadas por dragones de cromo, amantes despedazados bajo la risa de los dioses olvidados.

—Te puedo dar el Núcleo —afirmó la bruja— si puedes vencerme siguiendo la única regla: no derrames más sangre de la que ya derramaste.

Urvin comprendió el desafío. Envainó su espada.

—Te desafío en los Nombres.

—Aceptado —murmuró la bruja.

La lucha no fue de músculos ni aceros, sino de recuerdos: cada uno pronunciaba nombres, declarando pedazos de vida perdida que el otro no pudiera soportar. Cuando la bruja gritó el nombre de la madre de Urvin, su pecho se llenó de hielo y tinieblas, y casi cae de rodillas. Aun así, escarbó en la memoria y nombró al padre perdido de la bruja, el guerrero del Horizonte de Acero, cuyo grito final aún maldecía cada amanecer.

Ambos cayeron exhaustos. El artefacto giraba, emitiendo destellos entre el violeta y el óxido. Finalmente, los Nombres regresaron a la lengua de Urvin y la bruja, pero ya no pesaban.

—Creo que ambos hemos vencido.

Ella le extendió el artefacto.

—No busques redención ni condena. El Núcleo sólo revela lo que la ciudadela oculta a gritos: que todo termina, menos la memoria.

Urvin alzó la esfera. No sintió alivio ni euforia, solo el eco de un infinito cansancio.

—¿Y ahora?

—Ahora eliges —susurró la bruja—. Puedes liberar la ciudadela de sus propios fantasmas o someterla a otro sueño.

Urvin sopló sobre el Núcleo. La esfera se disolvió en luz callada, disgregándose en hilos que se insertaron en los muros, en las gárgolas, en el aire. Por primera vez en siglos, algo cambió: la ciudadela respiró y, al respirar, expulsó un suspiro antiguo, como si diera permiso para olvidar.

Urvin bajó la Calzada de Bismuto, sin mirar atrás. Ni héroe ni verdugo. Solo alguien que, en la noche más larga, aprendió que hay espadas que pueden partir el acero, pero el recuerdo —como la magia— es la única herida que nunca se cierra.

En lo alto, la bruja sonreía, probando en su lengua un nuevo Nombre, uno que la ciudadela cantaría en los siglos venideros, murmurando:

"El Hálito del Dragón de Cromo... y el guardián que cruzó la sombra."

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