Portada del relato La Canción del Caracuncle
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Fragmento:


Myriel, la forastera, llegó bajo el filo de la última luna nueva, avanzando sola entre alisos y sauces, con la capucha rota y la boca áspera de saber. Portaba una espada de hoja negra, la empuñadura grabada con runas que ningún sacerdote del norte habría confesado comprender. En la taberna del pueblo, escuchó hablar de las desapariciones, de cuervos desplumados encontrados en el umbral de las casas, del arco de huesos blanqueados que se levantaba cada año junto al roble encorvado.

Duración: 07:57

La Canción del Caracuncle
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Texto de ajuste de pausa.

Había sido un otoño azul, o al menos esa era la impresión que corría entre los leñadores y los juglares que cruzaban el límite oriental de Hargin, bordeando las vetas de robles que bajaban como costas escarpadas hasta la neblina de la ciénaga. Pero el azul era una mentira, un rumor de hojas caídas pulidas por el miedo y la belleza: el azul era la sangre de la noche retenida, y su semilla se ocultaba agazapada, esperando la rotación de la luna llena.

Myriel, la forastera, llegó bajo el filo de la última luna nueva, avanzando sola entre alisos y sauces, con la capucha rota y la boca áspera de saber. Portaba una espada de hoja negra, la empuñadura grabada con runas que ningún sacerdote del norte habría confesado comprender. En la taberna del pueblo, escuchó hablar de las desapariciones, de cuervos desplumados encontrados en el umbral de las casas, del arco de huesos blanqueados que se levantaba cada año junto al roble encorvado.

Pero Myriel no se reía ni corregía a los supersticiosos. Anotaba los nombres, los sitios, la dirección de los vientos, la presencia de las cigarras. Sabía que los bosques eran más viejos que la monarquía, que respondían a su propio código — no de justicia sino de permuta, de carnes y de sueños. Sabía también que el poder tenía la forma de la pérdida.

A la segunda noche en Hargin, Myriel se permitió perderse. Se deslizó más allá del claro principal, guiándose apenas por la humedad en las raíces y el rumor distante de aullidos. Las ramas se entrelazaban sobre su cabeza como dedos de gigantes, negándose a dejar filtrar la luz. La neblina se espesaba en su tobillos como una mano ansiosa. Myriel desenvainó despacio la espada; la hoja no reflejaba nada, ni luna ni sombra.

A lo lejos, una figura se cernía sobre una roca alta. Era una mujer, vestida con túnicas de musgo y coronada de ramitas: la Bruja-Silvano, según decían los huérfanos del bosque. “¿Has venido para buscar lo que no quieres encontrar?” preguntó la Bruja, sin abrir realmente la boca.

“He venido a responder el llamado. El bosque reclama deuda y canto”, contestó Myriel.

Hubo silencio, luego una ráfaga de risa como granizo. “No hay canto aquí. Solo pacto. Solo sangre.”

La Bruja-Silvano descendió de la roca, moviéndose sin que los pies tocaran la tierra. Sus ojos eran charcos oscuros donde bailaban lunas antiguas. “Cada estación toma algo. Cada hoja caída es un nombre gastado. ¿Qué traes como moneda?”

Myriel guardó silencio, rebuscando en su memoria. El peso en su espada era antiguo; la historia de su familia era rastro y fractura. “Traigo mi linaje, traigo mi ira. Y si lo exiges, traigo también mi futuro.”

La Bruja-Silvano estudió los términos. El bosque murmuró y se inclinó sobre ellas como una audiencia en juicio. “Hay cosas aquí que no aceptan trueque humano. Mira allí —”, dijo alzando un dedo que parecía una rama húmeda. “Ves ese árbol rojo, el más viejo. Cada noche sus raíces beben por debajo del río. Y cada luna llena, canta para atraer a los que buscan sus secretos. Todos pierden algo.”

El árbol, a la distancia, parecía sangrar por las yemas, sus frutos abultados caían al suelo, triturados por las pezuñas de animales invisibles. Las sombras se enroscaban alrededor de las raíces, ondulando como serpientes de humo.

“¿Por qué las gentes de Hargin temen a los bosques?” preguntó Myriel, afilando sus palabras.

“No temen. Recuerdan”, corrigió la Bruja-Silvano, sonriendo apenas, con los dientes verdes como el moho. “El niño escondido en la corteza. El marido que juró volver antes de la luna y ahora sus ojos relucen desde un nido de pájaros. Todo esto es deuda atrasada. Y tú vienes a cobrarla?”

Myriel avanzó un paso, notando cómo sus botas se hundían más de la cuenta. “Vengo a entender. A romper la recurrencia. Pero si el precio es otra vez la sangre, vengo a romper el ciclo.”

El viento cambió, trayendo consigo el hedor del metal oxidado y del excremento de lobo. De entre los árboles salieron siluetas, no del todo humanas: hombres cubiertos de corteza, mujeres cuya carne brotaba líquida en los pliegues de la madera, niños torcidos y ágiles como ardillas, replegados en las ramas. El bosque estaba lleno de gente, y al mismo tiempo terriblemente vacío.

La Bruja-Silvano movió la mano: “Ellos son lo que se perdió. Lo que tomamos. Lo que pagaron y olvidaron.”

Myriel alzó la espada, y de la hoja saltó una chispa negra, como si la tiniebla se hubiese abierto paso en la carne del metal. Las sombras se agitaron, retirándose con cautela.

“Haz tu pregunta”, susurró la Bruja, “y tal vez respondan. O tal vez solo repitan las mentiras con las que te criaron.”

“Tengo otra propuesta”, dijo Myriel, en voz baja, mirando a los seres deformes, a la selva que los había engullido y rediseñado. “Ofrezco una canción. No de sumisión, sino de pacto nuevo. Quiero devolverles memoria, si aceptan mi recuerdo a cambio.”

La Bruja-Silvano miró sorprendentemente joven de pronto, frágil y hambrienta. “Eso es peligroso. Aquí los recuerdos fermentan. Se convierten en savia ácida. Puedes quedar atrapada en sueños viejos.”

“Correré el riesgo.” Tomó aire y pasó los dedos por la hoja. De su garganta nació una melodía áspera, aprendida en patios rotos y castillos inundados, una canción de niño con las rodillas sucias y de duelo en lunas vencidas. A su alrededor, las criaturas del bosque se movieron inquietas; algunos lloraron savia parda, otros intentaron gritar y solo escupieron hojas.

La Bruja escuchó y sus ojos giraron tras las órbitas. El árbol rojo tembló, sacudiendo sus frutos como campanas. Las raíces exhalaron una nube obscura que arrastró imágenes: una anciana que cultivaba helechos, un guerrero que aún soñaba con la cara de su madre, una niña dormida bajo piedras de río brillante.

El canto terminó, y la neblina se levantó por un instante. Myriel sintió la entrada del bosque en sus huesos, la marea de nombres perdidos, los vínculos deshechos y recomenzados. Jadeó, cayendo de rodillas. Frente a ella, la Bruja-Silvano la observaba sin misericordia ni rencor.

“Has traído la memoria. Pero no has roto el ciclo: solo has cambiado su ritmo. El bosque sigue hambriento, pero ahora cantará distinto. ¿Te satisface?”

Myriel estaba débil, pero asintió lentamente. El precio era justo: los rostros recuperados no podrían volver a sus antiguas casas, pero recordarían a quienes esperaban, ofrecerían consuelo y nombre en la noche. La sangre seguiría fluyendo en los anillos de los árboles, pero entre los pasos de los peregrinos habría ecos de otras posibilidades.

La Bruja-Silvano se inclinó, y por primera vez tocó la tierra, la misma tierra que Myriel. “Vuelve a Hargin. Lleva este canto. Advierte a los que quieran cruzar que hay deudas y recuerdos. Y para ti, un fragmento: ningún bosque duerme, y ningún condenado olvida.”

Myriel se retiró, dejando tras de sí un caminito de hojas recién caídas, más pálidas, casi blancas. A cada paso sentía cómo el bosque la miraba. Supo que estaba distinta, que parte de su nombre y de sus recuerdos se habían quedado atrás, fermentando en raíces centenarias.

En Hargin, la luna se descolgaba del cielo como una lengua cansada. Myriel se presentó frente a la taberna abarrotada y empezó a cantar. Nadie la reconocía ya. Pero algunos ancianos lloraron sin saber por qué, y en los rincones se encendieron velas por los ausentes. Por esa noche, los sueños estuvieron poblados de veredas verdes, de sangre que no era solo muerte, sino música y promesa.

El invierno llegó y se llevó con él la mayoría de las hojas. Al pie del bosque, madres contaban nuevas historias: de pactos incumplidos, de forasteros que pagaban, de bosques que escuchaban y, alguna vez, devolvían.

Y allá, donde los árboles sangran y la memoria viaja de raíz en raíz, una melodía siguió flotando: ni victoria ni derrota, solo el recuerdo de los nombres.

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