Portada del relato El Relicario de Sangre
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Fragmento:


—Regla sencilla —dijo la bruja—. No lo abras. No importa lo que veas. No escuches la voz que llame desde dentro.

Duración: 09:38

El Relicario de Sangre
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Texto de ajuste de pausa.

El viento aullaba serrucho a través de las ruinas de Salthar, arrastrando consigo jirones de neblina con garras heladas. Malaen, curtido en más batallas de las que podía recordar y ninguna que valiera la pena, se aferraba a la empuñadura de su espada, atento al eco de cascos que venía desde la frontera de aquel laberíntico cementerio de mármoles rotos. Una luna estropeada, a medias devorada por nubarrones púrpura, contemplaba su avance desde un cielo desgarrado; el camino estaba sembrado por restos de los que vinieron antes, pero él no pretendía compartir su suerte.

Ya no. Había hecho un pacto con la desesperación.

Las ruinas eran un cúmulo de pórticos caídos, columnas como costillas blancas asomando de una tierra envenenada. Relámpagos distantes mordían el horizonte, anunciando la tormenta creciente. Malaen caminaba despacio, pies recortando la maleza gastada, atento a cada sombra. Los diablillos que merodeaban Salthar eran tales sólo de nombre: humanos, saqueadores, descendientes bastardos de una legión muerta hacía generaciones. Y, sin embargo, no eran ellos quien le ocupaba.

Estaba la bruja. Y su encargo, tan caro como su sombra.

Unos pasos más y llegó al umbral donde la piedra se agrietaba, formando un hueco oscuro bajo una arcada rota. Allí, envuelta en neblina como si del propio vacío viniera, lo aguardaba Siraed. Decían que la sangre de las brujas corría fría a la hora de matar, pero la de Siraed era fuego contenido entre recovecos azules en la mirada.

—No has huido —murmuró la bruja, en tono casi de broma, con voz de cristal empañado—. Eso te distingue, Malaen.

Él esbozó una mueca; no tuvo tiempo de decidir si era una sonrisa.

—Me pagarás en oro de reyes, mujer. He leído demasiados cuentos para confiar en promesas.

—Tendrás oro más allá del sueño de cualquier ladrón —dijo Siraed, y agitó un dedo. De un cinto a su cadera se desprendió una pequeña bolsita de cuero, tintineante—. Pero lo que busco no se compra con monedas.

Del regazo de la bruja emergió un mapa. Lo extendieron sobre la piedra viva, a la luz de un farol oculto entre los pliegues de la niebla. Malaen reconoció el dibujo: una silueta de los subterráneos de Salthar. Detestaba los mapas; los consideraba promesas de traición, y el suyo no sería una excepción.

La bruja recorrió con una uña larga un sendero sinuoso en el pergamino, hasta detenerse en una pequeña cámara circular.

—Aquí—susurró, voz teñida de impaciencia—. El relicario de sangre. Prohibido para los vivos. Maldito por los muertos.

Malaen sintió que las entrañas le ardían; era el miedo viejo, ese animal que huele la trampa antes que el hombre. Pero estaba atado al juramento. Y, además, aquí las únicas bestias que acechaban eran el peso de su hambre y el eco de su pasado.

—Regla sencilla —dijo la bruja—. No lo abras. No importa lo que veas. No escuches la voz que llame desde dentro.

Malaen tragó saliva, sin preguntar si la advertencia era por su bien o por el de la bruja. O por el de todos.

Partieron de inmediato. El aire se espesa en Salthar cuando la tormenta se acerca: toda la urbe parecía contorsionarse, presentando caminos antiguos y muros que parpadeaban con formas polvorientas. Los dos descendieron por un pozo de mármol, entrequebrado, hasta donde las raíces invadían la piedra como dedos necrosados. Bajaron y bajaron, mientras la oscuridad se cerraba sobre ellos. Siraed murmuró palabras imposibles y luces azules flotaron, orbes terrenales que ahuyentaban la noche a su alrededor.

La humedad era casi un ser viviente en esos túneles. Un hedor a sangre vieja, a hueso y fracaso, impregnaba todo. Malaen caminaba delante, espada en mano. Siraed, detrás, arrastraba sombras a su paso. A veces un destello de magia chisporroteaba en la penumbra y él contenía el sobresalto.

Avanzaron horas, quizás siglos—en los subterráneos de Salthar el tiempo es más animal que río.

Se detuvieron ante una puerta de bronce, sin bisagras ni cerradura. Siraed deslizó los dedos por las runas, y estas se encendieron como brazas. Un olor a carne quemada, a miedo, les golpeó el rostro. La puerta se deslizó y cedió.

Dentro, el frío era absoluto. El polvo reposaba denso, añoso. Al borde del círculo, un féretro de obsidiana coronaba la sala. Sobre él, reposaba una pequeña caja: el relicario.

Malaen se acercó. El relicario era una obra de arte en sí, un cubo de metales rojos y oro, tachonado de granates. Lo alzó. Era ligero, casi sin peso. Pero el frío...el frío podía matarlo, de haberle importado.

La voz fue apenas un susurro—al principio pensó que era sólo el retumbar de su propio pulso.

...Maelaen...

El guerrero sintió un destello de terror primitivo, un reflejo en el cristal pulido del artefacto. No miró más; recordó la advertencia de Siraed. Cerró los ojos, luchando contra la seducción de la voz. Algo, allí dentro, arañaba a la frontera del mundo, prometiendo tregua, redención, poder sin nombre.

Retrocedió.

Pero Siraed ya estaba sobre él.

La bruja había cambiado—sus pupilas eran fauces, los cabellos flotaban como medusas venenosas. De su boca brotaba un idioma imposible, lleno de filos.

—¡Entrégamelo!—chilló, la voz desdoblada, como tinieblas sirviendo de eco.

Malaen dudó sólo un instante. Aquí estaba la traición, justo donde lo esperaba. Pero no vino de la bruja: vino del relicario. Sintió otra vez la llamada, más poderosa, más dulce.

“Abre —susurró— Abre y serás lo que siempre has temido... o lo que siempre has anhelado.”

Siraed lo embistió. Malaen esquivó apenas, giró sobre sí mismo y la apartó con la empuñadura de su espada. El relicario centelleó con una luz interior. Siraed gruñó, o tal vez lloró, pero no cejó. Extendió las manos; de sus palmas saltó un fuego verde que azotó los brazos de Malaen. La carne le ardió con un dolor de hierro candente.

Pero él era forjado en tormentas.

Gritando de rabia, arrojó el relicario hacia la bruja. Siraed lo atrapó como un animal hambriento. Entonces él se abalanzó sobre ella, derribándola contra el féretro de obsidiana. Ruedan por el suelo, la caja entre los dos.

El relicario se golpeó en la caída. Un hilillo de luz emergió, enfermizo.

Malaen supo que perdería la batalla del arma, así que se enfocó en la del alma.

Cerró los ojos. Se aferró a los fragmentos de su pasado; la mujer que había amado, el joven amigo muerto en duelos de dioses sin cara, la promesa rota ante la tumba de niños nunca nacidos. El relicario seguía susurrando, cada vez más fuerte, prometiendo devolverle todo en la moneda de la mentira.

Siraed se retorció bajo su peso, ojos cambiando de forma, como si llevara máscaras tras máscaras. Suplicó, gritó, masculló encantamientos.

—¡No puedes resistirlo!—escupió, odio y desesperación mezclados en la voz.

—Yo ya no resisto nada —rugió Malaen—. Ya no queda nada que desear.

Con los dedos ensangrentados, Malaen afianzó su agarre sobre el relicario. Siraed jadeaba, agotada; ya no podía invocar más magia, no mientras el relicario estuviera sellado.

El guerrero golpeó la caja contra la roca tres veces. No la abrió. Pero el metal se melló; los cantos dorados sangraron oscuridad. Una bocanada de humo fétido llenó la sala. El relicario tembló, y el aire se tornó cortante, como el filo de un hacha decidida.

Siraed arrastró su cuerpo magullado hasta una columna. Estaba derrotada; sin el relicario, sin la voz, su magia era casi polvo.

—¿Qué harás ahora, asesino?—preguntó, con media sonrisa rota.

Malaen contempló el relicario. Lo sentía vibrar entre sus manos, como si albergara un corazón. Vio en la bruma el reflejo de su propio rostro, irreconocible, partido entre la sombra de quien fue y la sombra de quien podría ser.

—No lo abriré —dijo al fin—. Pero tampoco te lo daré.

Con fuerza, arrojó la caja al fuego verde que aún crepitaba, la magia residual que manaba de la bruja vencida. El relicario estalló en un resplandor desbocado, y por un instante la sala cobró vida: los muertos susurraron desde sus tumbas, máscaras flotantes se arremolinaron en el aire, y la sangre de todos los que antaño juraron proteger Salthar se hizo presente, en un tsunami de recuerdos y culpas.

Y luego, nada. Silencio denso. El cadáver del relicario, humeante, yacía entre cenizas.

Siraed gimió, encogiéndose, apenas sombra de lo que fue. Su poder la abandonó, y con él su edad, la belleza de la diosa, la arrogancia de la hechicera. Ante Malaen sólo quedó una mujer rota.

Sin palabra, se arrastró fuera de la sala.

Malaen ascendió solo, bolsa de oro en el cinto, la herida en el brazo supurando recuerdos. Salthar temblaba aún, como si una tempestad la rasgara desde dentro. Cuando al fin emergió a la noche, la luna era más brillante, tan limpia como el silencio tras una guerra.

En el umbral de Salthar, Malaen se detuvo y contempló el horizonte. Había sobrevivido a la magia y a la traición; ahora le aguardaba la vida común, tan peligrosa como cualquier hechizo.

No era un héroe.

Seguía siendo un hombre con demasiado pasado y ningún futuro, pero en su pecho ya no vibraba el frío del relicario, y por primera vez en años, la voz del miedo se disipó, apenas eco en la bruma.

Y subió al mundo, con la certeza de tener la última moneda robada al destino: su propia voluntad intacta.

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