Dallin apretó la empuñadura del alfanje mientras el rocío frío de la madrugada se posaba en el borde de su capa deshilachada. El sabor a cobre en su boca no correspondía a ningún combate reciente, sino a la incesante presencia del miedo. Frente a él, la bruma ondulaba como si ocultara algo más que la ruina de la antigua torre de Orsander. Se decía que las piedras de ese lugar sangraban si se las tocaba bajo la luna nueva, pero a Dallin no le interesaban leyendas: buscaba oro, y satisfacción, y tal vez, si los dioses tenían compasión, olvido.
Detrás, en la penumbra, una silueta se despegó de la espesura. Lynyr la Loba, aun con la piel sudorosa y los cabellos enmarañados por la marcha, mantenía la compostura de quien ha cruzado más estepas de las que puede recordar. Sus ojos dorados eran inconfundibles hasta para los bandidos más invidentes, y Dallin agradecía, por una vez, tenerla de su parte.
—Te dije que el aire olía a magia vieja —susurró ella, apenas moviendo los labios—. Deberíamos esperar al brujo. Las torres no se abren así como así.
Pero la necesidad, ese eterno enemigo de la paciencia, mordía más fuerte que el sentido común. Dallin ladeó la cabeza y escupió a los matorrales.
—Si queremos tomar algo antes de que lleguen los areneros de Norgatt, será ahora o nunca.
Lynyr resopló, y bajó la mano hasta la hoja corta en su muslo. Casi era un gesto de resignación.
—Si me pierdo la primavera en Arthen, te desangraré yo misma —murmuró.
Ambos se aproximaron a la torre, cuyas piedras estaban húmedas y musgosas, y cuyos sillares, a pesar de los años, se erguían rectos como la disciplina de un padre cruel. Un runrún extraño vibraba en las piedras, aunque eso bien podría ser el retumbar del corazón de Dallin. Su mocedad la dejó atrás después de la guerra de Umber, pero la codicia no entiende de juventud.
Al pie de la torre, el suelo estaba cubierto por unas espirales grabadas a cincel, las líneas crispadas y profundas. Lynyr las tocó con la punta de la bota y chasqueó la lengua.
—Esto es lengua de sangre.
Dallin la miró, sin comprender.
—Magia oscura. Fíjate, los círculos son mordidos— Lynyr se agachó, acercando la mano al dibujo, pero sin tocarlo. —La energía fluye en sentido inverso. Lo que sea que encerraron aquí, deseaban que no saliera jamás.
Todo el sentido práctico y la desesperación de Dallin lo abandonaron por unos instantes, pero la imagen de la mujer pálida y muerta, acostada en la choza que compartían, le devolvió el valor. Su esposa necesitaba ungüentos, y quizás el polvo de piedra lunar que se rumoreaba guardaba la torre podría salvarla.
Tomó aire, y empujó la puerta desvencijada. Crujió, pero cedió. Dallin y Lynyr se adentraron entre las sombras, cruzando el umbral que los ancestros de ambos habrían temido siquiera mirar.
La oscuridad al principio no fue total, y el aire tenía un leve olor a vainilla rancia y tierra seca. Una escalera de caracol ascendía por el centro del vestíbulo, y los muros estaban cubiertos por tapices tan arruinados que solo algunos hilos rojizos y azulados persistían; representaban, adivinó Dallin, escenas de guerra, tentáculos y llamas.
Subieron en silencio. El eco de sus pisadas era un repique sordo, casi como si caminara sobre piel. En el tercer rellano, el suelo estaba ennegrecido y pegajoso. Lynyr se agachó y, tras olerlo, se irguió de golpe.
—Esto es sangre. —Susurró, secándose la mano en el muslo.
—De animal, espero.
Ella no respondió. Prosiguieron cautelosos hasta alcanzar la cámara alta. Allí, la luz de la madrugada, débil pero obstinada, entraba por un ventanuco roto, pintando figuras extrañas sobre el polvo acumulado. En la estancia había un altar bajo, una mesa de piedra con vetas oscuras, y, sobre ella, un cuenco que contenía algo iridiscente. A su lado, un esqueleto, o casi: aún colgaban de él jirones de carne. No llevaba corona, ni capa. Solo una daga encajada en el esternón.
Dallin iba a dar un paso cuando una voz suave y masculina brotó de la nada, cálida como el vino, pero mortal como la daga que aún mellaba el hueso blanco:
—Ve que la tentación sigue trayendo semillas nuevas. Os saludo, carroñeros.
El guerrero y la mercenaria se giraron a la vez, y de entre la sombra del ventanuco comenzó a conformarse una figura. No era sólido: su carne era niebla, y sin embargo sus ojos eran tan hipnóticos como dos carbones. Iba envuelto en telas negras, cuyas puntas flotaban como si las agitara un viento invisible.
—¿Seréis oro hambriento, o enviados de otro brujo más astuto? —preguntó la aparición.
Dallin no sabía si alzar el alfanje o arrodillarse. Pero fue Lynyr quien tomó la palabra.
—Sólo buscamos el polvo de piedra lunar. Una bolsa pequeña, nada más. Nos iremos en cuanto la tengamos.
El espectro dibujó lo que podría ser una sonrisa o una mueca.
—El pago del polvo es la sangre, o el nombre. Nada se lleva gratis de la Torre de Orsander.
Dallin tragó saliva. Nunca había creído en pactos místicos, pero recordaba bien el hedor de las brujerías cuando pasó por las ruinas de Brel-Thadan. Entonces habló, lento, como el que se sabe perdido ya de antemano.
—Podríamos pelear. —Su voz sonó patética, incluso para él.
El espectro se ensanchó, duplicando su altura, su voz reverberó, multiplicándose.
—Podríais. Pero os advierto que he devorado guerreros y brujas mucho mejores. Vuestro nombre, o vuestra sangre.
Hubo un silencio en el que incluso el polvo pareció detenerse. Lynyr inclinó la cabeza, luego murmuró:
—Los nombres de los lobos son de su madre. Si los cedo, pierdo mi linaje.
El espectro esperó.
Dallin cerró los ojos. Imaginó el cuerpo de su esposa, el rostro sereno bajo la luz gris, la quietud de la pequeña choza y el hambre en los ojos de sus hijos.
—Mi sangre, pues. Pero permite que mi amiga se lleve el polvo.
La sombra rió algo que podría haber sido una bendición o una maldición pronunciada por un dios ciego.
—Corta y entrega, mortal. No dejes gota en la daga.
Dallin se acercó al altar. Vio el cuenco plateado, percibió la irisación en el fondo: era polvo lunar, como prometían las leyendas. Apoyó su antebrazo sobre la mesa, mordió una tira de cuero y permitió que Lynyr deslizara un tajo limpio por su vena. Sangre poderosa, bebida por años de guerra y trabajo duro, fluyó en el cuenco.
El espectro murmuró en una lengua que les heló la sangre. El polvo giró, mezclándose con el rojo. Al instante, el cuenco se llenó de una niebla azulada que se elevó y, como marejada, fue absorbida por el esqueleto del altar. Este se sacudió, gimió, y luego se desmoronó en polvo.
Dallin titubeó, mareado, pero Lynyr lo sostuvo mientras llenaba un pequeño saco de viaje con el resto del polvo lunar. El espectro se replegó, casi complacido.
—Libre sea tu nombre, mujer loba. Tu deuda ha sido pagada, guerrero de sangre. Olvídame.
Un parpadeo, y la cámara quedó quieta, silenciosa salvo por su propia respiración.
A la salida, Dallin sintió las piernas endebles, la vida filtrándose lento pero seguro. Lynyr le dio a beber de su odre, y descendieron la torre como sombras fugaces, cosidas apenas por la llamada de una promesa cumplida.
Al amanecer, lejos de las ruinas, Lynyr colocó el polvo en las manos temblorosas de Dallin y lo empujó suavemente hacia el este.
—Ve. Tu destino aún no ha terminado, y la muerte sólo sigue a los valientes un trecho. Luego olvida este lugar, si puedes.
Él asintió. Sabía que no podría olvidar, ni los ojos del espectro ni el sentimiento agrio de haber pagado un precio justo por algo que, quizá, nunca debió buscar. Se alejó arrastrando el pie y el alma, mientras la sombra de la Torre de Orsander quedaba atrás, tan antigua e implacable como el hambre misma.
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