Portada del relato La Fortaleza de Azur-Nar
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Fragmento:


Zaedrio la atrapó en pleno vuelo y sintió el pulso de la magia. Entendió, sin palabras, el trueque siniestro: esta noche solo uno saldría de Vaeldra, y lo haría cubierto de la carne del otro.

Duración: 07:45

La Fortaleza de Azur-Nar
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Texto de ajuste de pausa.

El viento atravesaba las llanuras de Ystärare como la filo de una daga, levantando tolvaneras de polvo azulado bajo un crepúsculo que parecía pintado por manos furiosas. Allí, donde la civilización era solo un tenue recuerdo, Zaedrio aguardaba. Era una figura solitaria, envuelta en cuero y cadenas de bronce, con el cabello trenzado y empapado de sudor y sangre antigua. El yelmo bajo el brazo era su único legado, y en la diestra llevaba una hoja hecha para morir muchas veces.

Había recorrido tres días y tres noches la ruta maldita de los desterrados, huyendo de la condena y del amor. Recordaba aún los gritos en la Fortaleza de Azur-Nar, donde vio caer el estandarte y sintió, por primera vez, el susurro de la suerte extraña. Porque nadie que salía de esas murallas lo hacía igual.

El destino lo trajo a las ruinas de Vaeldra, donde las piedras milenarias custodiaban secretos, y solo los insensatos, o los desesperados, se atrevían a buscar la salvación. Zaedrio era ambos. Pero no solo él seguía esa senda.

La luna, rojiza y agrietada como una gema mal pulida, se alzó sinuosa cuando Elaeth apareció, vestida apenas con una túnica de escamas que sugería más de lo que ocultaba. Sus ojos, boca de lobo, brillaban con fuego interior y amargura. No portaba arma visible, pero todos sabían que Elaeth nunca la precisaba.

—¿Has venido por la corona, Zaedrio? —dijo con voz de humo y caricia helada—. O, acaso, ¿buscas lo que dejó la Reina?

Zaedrio apretó los puños. La Reina del Yelmo Otorgado. Una mujer, una bruja, un mito. Nadie acertaba a decir si era carne o leyenda, pero sus enemigos morían y sus aliados soñaban con la sangre que caía de su yelmo de hierro negro. Y Zaedrio había jurado matarla… o morir por ella.

—Vengo por lo que es mío. Y si encuentras primero la corona, seré tu sombra hasta el fin de tus líneas de sangre.

Elaeth sonrió, mostrándole los dientes, y entre ambos floreció por un latido de compasión, como quien observa la tormenta antes de abrir la vela.

Las ruinas parecían crecer a su alrededor. Columnas desgastadas por milenios, escalinatas que subían a ningún reino, criaturas que acechaban desde la penumbra. En la plaza central, un círculo de obeliscos preservaba aún poder. Allí, según los ancianos de Azur-Nar, dormía el último de los dragones de sierpe, atado por la palabra y la muerte.

Elaeth lanzó algo inesperado: una daga de obsidiana que, en el aire, cantó como el grito de una hija traicionada.

Zaedrio la atrapó en pleno vuelo y sintió el pulso de la magia. Entendió, sin palabras, el trueque siniestro: esta noche solo uno saldría de Vaeldra, y lo haría cubierto de la carne del otro.

Pero, antes de que pudiera devolver el filo, la tierra tembló y del círculo surgió un hálito helado, un zarpazo de sombra y clamor. El dragón despertaba. No era el tipo de bestia que ardía en leyendas; su cuerpo fluía como agua negra, sus ojos eran piedras lunares que perforaban voluntades. A cada bramido, una generación perecía en algún remoto rincón del continente.

Elaeth no vaciló. Bailó a la luz temblorosa, recitando palabras retorcidas que dejaban espinas en el aire. El dragón se encogió, dudando por un instante, y entonces Zaedrio vio su oportunidad. Arrojó la daga y, a la vez, desenvainó su espada larga, rezando en silencio a dioses sin nombre.

Ocurrió todo en un instante borroso. La daga halló la escama perdida entre las miles del monstruo. La sangre cayó en perlas verdes que devoraban la piedra. La rugida hendió el mundo, desquebrajando cielo y tierra. Zaedrio corrió, la espada en alto, y enfrentó el chorro de podredumbre que el dragón exhaló.

La hoja de su espada, forjada al pie del volcán sagrado, aguantó más de lo que cualquier mortal podría esperar, y Zaedrio se arrojó bajo una sombra de membrana y odio. Cortó, y la carne del dragón gemía como una campana hundida en tormenta. Elaeth, con una agilidad sobrenatural, se subió a la espalda de la sierpe y hundió sus uñas en el costado palpitante, arrancando trozos de oscuridad líquida.

Cuando parecía que la criatura los devoraría, hallaron el corazón del dragón. Era una esfera de oro negro, y ambos, mago y guerrero, la tocaron al mismo tiempo.

El tiempo, entonces, dejó de soñar.

*

Estaban en un vacío sin término. Zaedrio no sentía su cuerpo, solo existía el pulso de su furia, sus temores, el deseo brutal de posesión. Elaeth lo miraba, ya no una simple aspirante al poder, sino la encarnación misma de la voracidad humana. Ya no era hombre y mujer sino fuerza primigenia, hambre y sed.

—La corona no existe, guerrero —susurró la bruja—. Eso es el engaño de la Reina: solo hay voluntad. Quien la reclamen, se convierte en Reina.

Zaedrio gritó, buscando el espiral de su infancia, la memoria de la mujer amada y perdida por culpa suya, el dolor de cada enemigo traspasado. Se preguntó si merecía el triunfo, o si simplemente todo era castigo. La respuesta fue una llamarada de memorias: padres muertos, palabras olvidadas, la única noche en que besó las lágrimas de su hermano antes de traicionarlo.

Cuando volvió en sí, estaban de nuevo en la sala de Vaeldra. El dragón yacía inerte. Donde su corazón había estado, brotaba un trono de ramas negras, metal ensangrentado y flores mortales.

Elaeth caminó despacio, dejando huellas azules en la piedra. Sin mirarlo, se dejó caer en el trono.

En ese instante, Zaedrio comprendió: no debía tomar la corona. No debía desearla. Solo los que renunciaban a ella podían soportar el peso de la ciudadela.

—Hazlo —murmuró él, la voz quebrada por fatiga y revelación—. Toma el mando. Yo he perdido demasiado.

Pero Elaeth lo observó, ojos relampagueantes, y con un gesto lo invitó a compartir el trono. Contra todo pronóstico, Zaedrio obedeció. Se sentaron, uno junto al otro, y el poder de Vaeldra les penetró como navajas y caricias.

Durante un instante compartieron los recuerdos de mil triunfos y derrotas, el aliento de los conquistadores, la angustia de los vencidos. Cada beso dado, cada traición cometida, resonó en la cámara como una letanía. En ese instante los mundos se hincharon y plegaron a su alrededor.

Elaeth entrelazó sus dedos con los de Zaedrio. La unión era antinatural, pero esencial. Ambos estaban marcados —sombra y acero, brujería y voluntad— por el encuentro y la sangre derramada.

—La Reina fue aquella que supo decir basta antes de perderlo todo —dijo Elaeth—. No le temo a la condena, pero aspiro a elegirla.

Zaedrio rió, sin alegría, pero sintiendo el alivio de quien encuentra refugio tras años de tormenta.

Tiempo después, los saqueadores llegaron a Vaeldra y solo hallaron cenizas y ecos, rumores de figuras sentadas en el trono, veladas por sombras y tulipanes carmesí brotando entre las losas.

Nadie encontró el corazón del dragón, ni la corona, ni la promesa de poder. Pero algunos, los más osados, decían entre tragos y cuchicheos que en ciertas noches, cuando la luna sangra y el viento gime, se puede escuchar en las ruinas una risa doble, grave y cristalina, narrando antiguas afrentas y juramentos.

Así se forjó el mito de la Reina del Yelmo Otorgado y de su Guardián. De su espada y sus encantamientos. Su historia, como ciertas espadas, siempre fue más peligrosa de lo que parecía a simple vista. Y nadie, desde entonces, volvió a buscar la corona.

Porque no hay mayor hechizo que el de quienes comparten la voluntad de resistir juntos la condena del poder. Ni mayor espada que aquella que, al fin, decide ser envainada.

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