Portada del relato Los hijos del mediodía
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Fragmento:


El caos se desató. Mesas volcadas, gritos, un destello de magia cuando la pelirroja conjuró una llama diminuta arrojándola contra la túnica empapada de cerveza del segundo soldado.

Duración: 09:21

Los hijos del mediodía
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Texto de ajuste de pausa.

***

La taberna olía a menta marchita, sangre seca y desesperanza. Por el ventanuco más alto, la luz del sol caía en hebras doradas sobre la barra de roble, donde la cerveza tenía la textura y el color de la pena. El hombre encapuchado que ocupaba el rincón más sombrío no reparaba en el ir y venir de los aldeanos; su mirada estaba fija en la furcia de pelo rojizo que cobraba cuentas, cuchillo al cinto y una cicatriz fresca cruzándole la clavícula.

Cuando un titubeante trovador, de voz ronca y dedos callosos, comenzó a rasguear un laúd desafinado, el murmullo menguó solo un instante. La canción narraba, como casi todas, el regreso de un marido caído, el traidor beso de una amante y la ruina de un poblado bajo el ala de un dragón. Nadie pareció escucharla salvo quizás el encapuchado, que recordaba otras canciones, otras guerras.

La puerta se abrió de golpe, y la borrasca del exterior trajo consigo el olor ácido de la inminente tormenta. Un grupo de hombres armados, cubiertos de cotas de malla y con las botas aún manchadas de estiércol y arcilla, cruzó el umbral. Buscaban. Siempre buscaban. Y esa vez, lo hacían con urgencia.

El líder, un individuo ceñudo y arrogante de mejillas sin afeitar, no se molestó en mirar a la clientela. Dejó caer un pergamino sobre la mesa central y proclamó con voz de estentórea violencia:

—Por orden de la Dama de Vendersk, toda criatura sospechosa, bruja o mercenario, deberá presentarse ante los soldados o responder con la muerte. ¿Quién de vos, hijos del mediodía, conoce la sigilosa sombra de un tal Aurelian Crov?

El trovador dejó de tocar. La furcia pelirroja sonrió, mostrando unos dientes tan peligrosos como el filo de su daga. El encapuchado apenas se movió.

*Nadie*, pensó. *Nunca nadie conoce a quien todos buscan.*

El líder se agachó junto a un viejo borracho dormido, que mascullaba nombres y lamentaciones. Al no obtener respuesta, lo pateó y, acto seguido, se acercó a la barra para intimidar a la mujer.

—Habla, roja. ¿No has visto a un hombre de armadura negra, ojos como carbones y mirar salvaje?

La pelirroja se encogió de hombros, sonrisa ladeada:

—Veo tantos hombres que terminan siendo menos que eso. —Tomó una jarra y se la pasó—. ¿Qué gana uno delatando a un forastero? Si es tan peligroso, tal vez debería alegrarme de su compañía.

El encapuchado sentía la tensión arremolinarse en la estancia, como una cuerda a punto de romperse. Bebió el último sorbo de su cerveza rancia, se levantó discretamente y caminó hacia la puerta lateral. Pero uno de los soldados, joven y ansioso por ganarse favores, lo interceptó.

—¡Eh, tú! Muéstrame el rostro. ¿Qué escondes bajo la capucha?

Aurelian Crov bajó lentamente su impedimento. Tenía la mandíbula marcada por alguna fractura antigua, tal vez sucedida en una vida anterior, antes de abrazar el silencio de los mercenarios. Sus ojos, sí, parecían brasas en horno frío. Y la cicatriz que cruzaba su frente, inconfundible: era el hombre del aviso.

—Así que… Por fin te atrapé —farfulló el soldado, sin atreverse a acercarse demasiado.

La pelirroja lanzó su jarra contra la cabeza del líder, sin previo aviso. El impacto fue seco y certero; el soldado rodó entre taburetes y gritos. Antes de que el resto pudiera reaccionar, Aurelian acuchilló al joven con un movimiento de precisión letal: el acero entró entre las costillas y halló el corazón.

El caos se desató. Mesas volcadas, gritos, un destello de magia cuando la pelirroja conjuró una llama diminuta arrojándola contra la túnica empapada de cerveza del segundo soldado.

Aurelian, con la serenidad adquirida tras años entre pólvora y sangre, se abrió paso cortando torsos, brazos, cualquier extremidad que se interpusiera. Cuando sólo quedó en pie el líder, con la boca sangrando y los ojos llenos de pánico, Aurelian lo sujetó del cuello y susurró:

—A la Dama de Vendersk, dile que me busque en el bosque maldito si osan tanto.

Luego lo lanzó contra la pared, atravesando la ventana cerrada. El hombre cayó en los arbustos, más muerto que vivo.

El silencio volvió, pesado.

La furcia, que apestaba más a azufre que a perfume barato, limpió la sangre de su daga y se dirigió a Aurelian:

—Eso costará tres monedas de oro, forastero. Y otra más por matanza.

Aurelian bufó.

—¿Desde cuándo las brujas cobran como posaderas?

—Desde que los tiempos difíciles nos obligan a ser más de lo que nuestros padres quisieron. Tengo un cuarto atrás. Allí hablaremos, ya que no quieres morir hoy.

***

El corredor parecía una herida en la penumbra, y el aposento, un útero tibio, colmado de pócimas, fetiches de hueso y velas consumidas. Ella cerró la puerta, se quitó el corpiño y reveló que bajo la piel blanquísima, más que humana, vibraba una red de tatuajes antiguos.

—Dime, Crov, ¿por qué la Dama te odia tanto?

Aurelian sopesó la pregunta mientras ella llenaba una copa con vino denso como la sangre.

—Enviaron a mi familia al patíbulo. No me dejaron morir con ellos. Eso desagrada a los que aman la justicia ciega.

La bruja sonrió, sorbiendo vino:

—Si buscas venganza, tengo un trato. Necesito a alguien con tus talentos para un encargo.

—¿Matar a la Dama? —rió Aurelian, seco—. ¿O quieres su corazón en bandeja de plata?

—Nada tan simple —replicó, limpiando una gota escarlata de sus labios—. Hay algo en ese bosque maldito. Algo antiguo. Mató a mis hermanas y posee las almas de los niños desaparecidos. La Dama no se atreve a mirarlo de frente.

—¿Y por qué habría de hacerlo yo?

—Porque si lo logras, la Dama estará indefensa. Y te pagaría...

*Venganza. Oro. Paz. Miedo*.

Aurelian entrecerró los ojos. En su pecho, la herida de aquel día maldito palpitaba con fuerza renovada.

—Te ayudaré. Si el precio es justo.

Ella asintió, y fue sólo entonces, cuando le extendió la mano por encima de la mesa, que mostró su verdadera cara. Los ojos, demasiado brillantes. La boca, demasiado llena de sombras.

***

La noche cayó súbita y densa sobre el bosque maldito. Los árboles, altos como catedrales, parecían gemir con la brisa. Aurelian y la bruja avanzaban, sigilosos, entre raíces como brazos de ahorcados. Los búhos callaban allí. En aquel sitio hasta el aire pesaba como plomo.

—No enciendas ninguna luz —susurró la bruja, mientras olía la corteza húmeda y extendía un polvo verdoso sobre el suelo.

—¿Ves algo?

—El Mal antiguo no se ve, pero se siente. Está... cerca.

Un rebaño de almas, tristes motas azuladas, flotó por el sendero. Risillas infantiles demoraron el paso de Aurelian; la bruja le sujetó fuerte el brazo.

—Si miras demasiado, te arrastrarán contigo.

—¿Y qué quieres que haga?

—Cuando lo encuentres, acércate, pero no hables. Solo clava esto.

Ella puso en la mano de Aurelian un puñal de obsidiana, la hoja grabada con runas sanguinolentas.

—¿Y tú?

—Mi poder es otro —dijo, y su piel brilló como la luna—. Atraeré al Mal mientras tú actúas.

Siguieron avanzando hasta llegar a un claro asfixiado por la niebla. Allí, en el centro, un círculo de niños, pálidos, de ojos vacíos, entonaba una letanía de antiguos dioses. Y entre ellos, una figura enorme, piel de corteza, cuernos de ciervo, ojos huecos: El Mal antiguo.

La bruja murmuró un sortilegio y el claro se iluminó con luz espectral. Aurelian sintió una presión en el cráneo, un deseo invencible de rendirse, dejarse caer y llorar. Pero recordó a su familia, recordó el patíbulo y apretó el puñal.

El Mal gruñó; la mirada vacía se posó sobre él.

—¿Quién osa interrumpir mi festín?

Por un momento, la voz era la de su madre, después la de su verdugo. Todo el odio, toda el hambre del mundo, en un único sonido.

Aurelian, en trance, cruzó el círculo de niños. Cada pequeño le rozaba como un aguijón de culebra. Levantó el puñal de obsidiana y lo clavó en el pecho de la criatura. Un latido que no era de este mundo sacudió el claro. Los niños desaparecieron, la bruja gritó y el cielo se hendió como papel mojado.

El Mal cayó, desintegrándose en una nube de cenizas. Solo el puñal quedó, convertido en piedra negra.

La bruja cayó de rodillas, sangrando por nariz y ojos.

—Está hecho.

Aurelian le sostuvo la cabeza, pero ella sonrió, mostrando ya más colmillos de los que debería tener una bruja común.

—La Dama caerá. Pero tú... nunca serás libre.

Él comprendió entonces. El Mal antiguo necesitaba huésped, y la obsidiana era la puerta. Sintió el peso creciendo en su pecho, las sombras entrando en su mente.

La bruja se hizo humo, risueña y cruel. El claro se vació.

Aurelian se arrastró fuera del bosque. Cuando, al amanecer, los soldados encontraron a la Dama de Vendersk muerta en su lecho, con los ojos totalmente negros, supieron que el precio de la brujería y la espada era siempre, inevitablemente, el alma de quien pretendía sobrevivir.

En la taberna, la furcia de pelo rojizo servía vino a un nuevo viajero, mientras una pequeña sombra se deslizaba entre sus dedos, buscando otra historia que contar.

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