Portada del relato La Rosa de Hierro
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Fragmento:


—Esta noche necesitas el filo más discreto, y los nervios más templados. Hay una nueva pieza en el tablero.

Duración: 09:45

La Rosa de Hierro
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Texto de ajuste de pausa.

***

Ha caído la noche sobre Dorath, pero la luz nunca abandona del todo la ciudad. No cuando los hornos de la forja arden rojos bajo la colina de Tristán y cuando las ruinas del Rey Pródigo irradian su propio pálido resplandor, como una luna enferma. Los mercados se retiran a sus mantas, las casas de placer llenan el aire con los jadeos y risas de los que han sobrevivido un día más. Pero bajo el suelo de la ciudad, en sus ribetes de sombra y peligro, continúan los negocios más viejos del mundo: asesinatos, traiciones y pequeños actos de brujería.

Rilith tenía la mala costumbre de pasear por los subterráneos a esas horas. Su capa era estrictamente práctica—oscura, sin vuelo—y bajo ella consultaba la carta arrugada una vez más, confiando en que las marcas rúnicas no hubieran cambiado de lugar por capricho o traición. El encargo había llegado esa tarde, sellado con el anillo azul de los Oligarcas del Mercado. Cuando una invitación a la Sala de Hierro venía así, ni dioses ni demonios lo pensaban mucho antes de acudir.

Una voz siseó su nombre entre las sombras, y Rilith no se sorprendió del todo al ver la figura delgada de Haddon, ojos saltones y sonrisa de comadreja. Estaba apoyado sobre su bastón de hueso como si todo el peso del inframundo descansara sobre él.

—¿Listo para morir de nuevo esta noche, Rilith?

Rilith solo respondió con una sonrisa ladeada y entró tras él bajo el umbral de la Sala.

El recinto olía a hierro frío, sangre reseca y mecha quemada. Grandes lámparas de aceite titilaban sobre sus cabezas, lanzando sombras que bailaban inquietas sobre las paredes de piedra negra. Al fondo, tras una mesa de ébano, aguardaba la Oligarca Minra Lirioth, siempre tan impasible, con su rostro pálido y su cabello blanco trenzado hasta la cintura. Su vestido reflejaba la luz, estudiadamente neutro; solo sus ojos, de un azul acuoso, demostraban vida, y ansia.

—Maestra Minra —murmuró Rilith con la reverencia adecuada—, estoy aquí.

Minra asintió. Nadie se sentaba.

—Guardia, silencio —ordenó, y los escuderos de armadura negra cerraron los cerrojos.

—Esta noche necesitas el filo más discreto, y los nervios más templados. Hay una nueva pieza en el tablero.

Soltó sobre la mesa un pequeño objeto envuelto en seda negra. Cuando desenrolló la tela, un pétalo de hierro, perfectamente modelado y afilado, brilló en la penumbra. Unas letras minúsculas recorrieron sus venas, formadas de algún material que ardía tenuemente.

—La Rosa de Hierro —musitó Rilith, incapaz de ocultar su curiosidad.

—Exactamente. Pero no es un adorno ni un relicario. Es la llave de las cámaras de los Precursores, bajo la torre de Sapphiris. Y alguien planea robarla.

Haddon se removió, impaciente.

—¿Quién?

Minra sonrió, y el gesto fue tan frío como una daga en la garganta.

—La bruja Roain. Ella y sus perros. Saben lo que significa la Cámara: El acceso a los anales prohibidos, y a la Sangre.

Por un momento, la palabra retumbó en la sala, como si un eco la envolviera y la hiciera vibrar en las espinas dorsales de los presentes.

Nada había en este mundo, ni en el otro, más antiguo que los Precursores. Los pocos que decían haber rozado su magia contaban historias de pactos sellados en oscuridad y metal líquido, de palabras que se convertían en armas y de sangre que otorgaba vida, muerte o algo peor. Los Oligarcas habían custodiado los sellos durante generaciones, pero nunca faltaban los audaces o los desesperados. Roain era ambas cosas.

—Su comitiva viene de la Marca—continuó Minra—, armados y decididos. Pero tienen que atravesar la Puerta Negra antes del alba. Necesito a alguien que les robe la llave antes de que puedan alcanzarla. Si me fallas, nos matarán a todos. Si lo logras, la cuarta parte de la Sangre será tuya… y lo que reste del botín.

Los ojos de Rilith se encontraron con los de Minra y, por un segundo, vislumbró en su interior un abismo sin fondo. Sabía bien que "la Sangre" no era solo poder, ni solo vida extendida. Era un billete de ida a la Demencia, al Poder, o quizá a ambos.

—Acepto —dijo, y el suspiro de los presentes fue casi un alivio físico.

***

Recorrió la ciudad de noche, siguiendo la estela de los rumores. Conocía los pasos de Roain, los había seguido desde hacía años, como la sombra de una sombra. En la Ciudad Vieja, bajo los puentes de la Falsa Aurora, sintió por vez primera el olor acre de ozono y genciana quemada que precedía siempre a la bruja.

La encontró en un patio cercado por muros agrietados, sentada en un círculo de hierro y sal. Sus acompañantes, hombres duros de piel macerada y ojos rojos, custodiaban los extremos. Roain, como siempre, iba envuelta en un manto pardo y su trenza negra casi rozaba el suelo. Sus ojos eran dos carbones encendidos.

—No traes escolta esta vez, Sombrío —ronroneó Roain, usando su antiguo apodo.

—Tampoco la necesito. Lo que quiero, lo discutiré solo contigo.

El chasquido de los dedos de Roain despidió a sus hombres, que retrocedieron entre las sombras, aunque Rilith sabía que nunca estaban demasiado lejos.

Ella lo miró largamente. En otros tiempos se habían deseado, hecho sangre, amado y traicionado. Ahora eran rivales y sobrevivientes.

—¿Vienes a advertirme, a tentarme o a asesinarme?

Rilith se encogió de hombros, mostrando las manos vacías.

—Depende de ti. ¿Tienes la Rosa?

Roain sonrió despacio.

—¿Qué te ofreces a cambio por olvidarla?

La conversación giró, tensa, sobre la bruma de los viejos pactos. La propuesta de Minra era tentadora, pero las promesas de Roain lo eran más. "La Sangre" en poder de Roain aseguraría una era de reinado brutal, pero Rilith sabía que a su lado él podría medrar, quizás incluso sobrevivir.

—¿Qué me impediría degollarte y tomar la Rosa, Roain? —preguntó.

Ella inclinó la cabeza, mostrando los dientes blanquísimos.

—Solo esto.

De sus manos emergió un espasmo de magia; un conjuro sutil, frío y resbaladizo. Los músculos de Rilith se entumecieron, pero mantuvo la mirada.

—Tú y yo, Rilith, conocemos el precio de los atajos. Lo que la Rosa abre no se puede volver a cerrar. Ni tú ni yo viviremos para ver el mundo que surja después. ¿Es ese el futuro que ansías?

Rilith sintió, en el fondo de sí, cómo la magia intentaba doblegar su voluntad. Con esfuerzo, sonrió.

—Llámalo curiosidad profesional.

***

No había muchas certezas en Dorath, pero sí reglas. La primera: nunca hueles sangre de los Precursores si no quieres perderte. La segunda: el que saque la Rosa, debe usarla pronto o será cazado.

Rilith había pactado con Minra, pero su lealtad era como la niebla, al borde de disiparse. Caminó hacia la Torre de Sapphiris justo antes del amanecer, con el ruido de pasos lejanos e intenciones asesinas tras de sí.

La torre era un edificio antiguo, de piedras sulfatadas, que temblaban suavemente al paso de cada centuria. Nadie recordaba exactamente quién la había erigido, solo que la cámara subterránea tenía puertas que ninguna llave normal podía abrir.

Ante la puerta de obsidiana, Rilith encontró lo que temía: Roain ya estaba allí, la Rosa de Hierro brillando en su palma.

—Has llegado tarde —susurró ella, y empujó la llave hacia el umbral.

El metal latió, palpitó como un corazón, y una rendija se abrió tan insidiosa como una boca. Rilith vio como la oscuridad de más allá se agitaba, modelando formas en la penumbra: no eran humanas, pero tampoco cosas de pesadilla. Las sombras susurraban.

Roain atravesó primero, confiada, pero titubeó cuando el segundo sello exigió un tributo de sangre. Rilith, desenvainando su daga corta—de un acero tan antiguo que podía cortar los hechizos como manteca—, se acercó en silencio. La Rosa soltó un vapor rojizo y la puerta gimió, abriéndose del todo.

Entraron juntos, espalda con espalda. La cámara estaba armada de trampas, jeroglíficos que se movían, relieves de ojos enormes que parecían mirar mientras avanzaban.

La Sangre de los Precursores estaba en el centro, en una copa rabiosamente roja, imposible de confundir. Un solo sorbo y nunca se tendría miedo, ni dolor, ni placer humano. Lo demás era incierto.

Rilith sintió el roce de la daga de Roain al pasar junto a él. Su mirada decía: “no lo intentes”. Pero él era más rápido. Mientras Roain extendía la mano, Rilith giró, estrellando su cuerpo contra el suyo. Forcejearon sobre losas cubiertas de símbolos vivos; un error, un instante perdido, y uno de los relieves mordió el brazo de Rilith con dientes de piedra.

La sangre cayó en la copa y, con un susurro, el líquido se volvió negro.

—¡No! —gritó Roain, sabiendo instintivamente lo que eso significaba.

El relámpago de los Precursores corrió por la sala y sus mentes se llenaron de voces, órdenes, recuerdos que no eran de ellos. Por segundos, ambos vieron el inicio del mundo y su herida final. Sintieron el poder, pero también la condena.

Rilith abrió los ojos primero. Roain estaba de rodillas, temblando. El eco de un pacto no elegido los ataba ahora a la voluntad de los Precursores. No había premio, solo prueba.

Una nueva era comenzaba, y en Dorath, los rumores crecerían como las hierbas malas. La Rosa de Hierro había abierto algo que nunca debió ser hallado.

Y en el fondo de la sala, Minra sonreía desde las sombras, pues había apostado a dos caballos y ninguno de los dos recordaría bien cómo se llamaban al caer la próxima luna.

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