Fragmento:
No había venido a buscar guerra. Su intención, meses atrás, era simplemente cruzar las Sierras Calcinadas, entregar un mensaje para alguien cuyo nombre ya no recordaba, y esquivar las ciudades ruinosas infestadas de espías y esclavistas. Pero los pasos de Kaedir —pasos torpes, demasiado lentos a veces, demasiado impetuosos otras— lo habían guiado hasta el descampado donde la compañía de los Aulladores había sido exterminada durante la noche. El enemigo —si es que tal cosa tenía sentido en el corazón de una tierra devorada por la sequía y la violencia— se había desvanecido en la oscuridad antes de que llegara el sol; solo las huellas frescas de sangre y de desesperación permanecían, tatuadas a la deriva en la arena.
Duración: 08:11
Kaedir apoyó la espalda en la roca caliente, jadeando como un animal acorralado, mientras el sol partía el horizonte en dos mitades difusas e hirvientes. No era su lugar este erial, ni su tiempo el de la guerra que ardía entre las dunas, pero desde la noche anterior, todo lo que Kaedir conocía de sí mismo había comenzado a encoger, trozo a trozo, bajo el peso de la espada de bronce que ahora sostenía como a un niño muerto.
No había venido a buscar guerra. Su intención, meses atrás, era simplemente cruzar las Sierras Calcinadas, entregar un mensaje para alguien cuyo nombre ya no recordaba, y esquivar las ciudades ruinosas infestadas de espías y esclavistas. Pero los pasos de Kaedir —pasos torpes, demasiado lentos a veces, demasiado impetuosos otras— lo habían guiado hasta el descampado donde la compañía de los Aulladores había sido exterminada durante la noche. El enemigo —si es que tal cosa tenía sentido en el corazón de una tierra devorada por la sequía y la violencia— se había desvanecido en la oscuridad antes de que llegara el sol; solo las huellas frescas de sangre y de desesperación permanecían, tatuadas a la deriva en la arena.
Así encontró la espada, aún caliente, junto al cuerpo de una mujer cubierta de tatuajes. Kaedir la recogió mientras los graznidos de los cuervos se alzaban como campanas funerarias. Luego, la noche se tragó su nombre, y el amanecer lo encontró corriendo para no perder la vida.
Un rumor de esquirlas le advirtió apenas a tiempo. La psique de Kaedir, tan saturada de miedo que latía como una herida abierta, se encogió cuando una sombra borrosa se lanzó a través del polvo. Giró la hoja de bronce —demasiado pesado para quien nada sabe de armas— y sintió, más que vio, cómo el acero chocaba con el acero; el estruendo vibró desde sus dedos hasta sus entrañas. Su atacante, un hombre casi desnudo salvo por una coraza abollada, retrocedió con una mueca salvaje. Tenía el cabello enharinado de cal y los ojos como carbones, sin apenas humanidad en su mirada.
—Dame la hoja, extranjero —silbeó, la voz trémula de fiebre después de demasiadas horas sin agua—. No te pertenece.
Kaedir no contestó; en su pecho, la ansiedad latía con un furor sordo, y el sudor que caía desde su frente le nublaba la vista. En toda aquella vastedad desolada, solo el filo manchado de sangre tenía sentido. “La hoja te encuentra a ti”, decían las canciones viejas, y aunque nadie creía ya en eso, a Kaedir le escocía la piel como si, cada vez que apretaba la empuñadura, un enjambre de insectos se arremolinase bajo la carne.
El atacante se abalanzó de nuevo: un solo tajo, sencillo y brutal. Kaedir apartó el cuerpo, sintiendo el zumbido del acero a una pulgada del cuello, y acto seguido, la espada de bronce se movió sola. No fue un golpe aprendido, sino el súbito desfogue de una memoria ajena. La hoja subió, cayó, abrió una brecha donde antes hubo garganta y el hombre se desplomó a los pies de Kaedir, escupiendo sangre como si aún buscara palabras para maldecirlo.
El silencio regresó, opresivo y denso.
Kaedir cayó de rodillas, jadeando, mientras la certeza de que había matado a un hombre – por primera vez, y quizá no la última – le desgarraba el estómago. Cerró los ojos, buscando el consuelo del olvido, y en la oscuridad parecieron titilar imágenes: la compañía de los Aulladores en marcha, lanzas de hueso hundiéndose en monstruos de arena y, sobre todo, la mujer tatuada —su memoria desgarrada por la traición— arrodillada ante una hoguera, nombrando a su hoja en un dialecto antiguo: “Vykhar, juramento y precio de sangre”.
Pero Kaedir no era la Aulladora, ni tenía propósito salvo continuar vivo. Se obligó a erguirse, a mirar de frente la brutal simpleza del desierto. El cadáver a sus pies soltó un último estertor —o tal vez fue el susurro del viento, engañando a un hombre demasiado sediento de sentido—, y Kaedir supo que debía huir. O, mejor aún, buscar refugio antes de que el desierto lo encontrara, y lo reclamara también a él.
Caminó durante horas que fueron días, tropezando una y otra vez con la fatiga y la sed, hasta hallar un poblacho resguardado por un promontorio de piedra mordida por antiguos relámpagos. Era un lugar de perros flacos y ojos desconfiados, donde nadie preguntaba nada y los refugiados cruzaban las calles huyendo de las miradas. Kaedir pagó con una moneda oxidada una jarra de vino turbio y se fundió con las sombras de la posada, acurrucando la espada como quien apretuja un dolor intolerable.
Aquella noche soñó con la mujer tatuada —no ya como un cadáver, sino sentada a su lado, la piel marcada por runas imposibles de leer, la risa baja como una canción de huesos rotos—.
—Esa hoja no perdona —murmuró en el sueño, el acento forastero—. Te arrancará trozos, uno tras otro.
Kaedir no respondió. Una brisa gélida lo envolvía, trayendo a su memoria rostros que nunca había visto. Sabía, con la convicción que solo tienen los condenados, que cada tajo abierto por esa hoja pesaría en su carne hasta que no quedara nada de Kaedir, sino un nombre rozando el polvo.
Al despertar, supo que debía marcharse. Demasiado tarde.
Cuando cruzaba la plaza, dos figuras armadas le cortaron el paso. Ambos llevaban capas oscuras, los rostros cubiertos por vendas con símbolos extraños trazados en óxido.
—Se nos envía por la hoja —dijo la mujer más alta, su voz como el roce de cenizas—. No tienes derecho sobre ella.
Tembloroso, Kaedir tanteó la empuñadura. Recordó el sueño, las palabras de la muerta. No iba a pelear —quería, más que nada en el mundo, dejar caer la espada y huir—, pero la hoja fría insistía, latiendo contra su mano.
—No sé de qué hablan —dijo, y su mentira cayó al suelo, desnutrida y huesuda.
La mujer suspiró; el hombre a su lado desenfundó una cimitarra. Todo ocurrió deprisa: Vykhar relampagueó, guiada por una voluntad que no era del todo la suya, y la sangre pintó el polvo de tonos púrpura y escarlata. En menos de un minuto, ambos luchadores yacían a sus pies, sus vidas desgarradas por la implacable ecuanimidad de la hoja.
Un zumbido sordo creció en la cabeza de Kaedir, y por un momento pensó que lloraba; no era así. Estaba vacío —más hueco ahora, carne triste alrededor de un acero cada vez menos suyo—.
Levantó la vista. Una muchacha, de apenas catorce años, lo miraba apoyada en la puerta de la herrería. Sus ojos —yacían donde solo debía haber vacío— lo escrutaron, midiendo el peso del hombre y el arma.
—Te buscarán más —dijo, casi en un susurro, sin reproche en la voz—. Esa hoja es una llamada. Los Aulladores caen, y la hoja busca un nuevo portador. Pero a cada uno, una condena.
Kaedir no respondió. Un escalofrío lo recorrió. La espada ardía bajo su piel; cada gota de sangre era un tributo para la memoria ajena.
—¿Sabes cómo romper la maldición? —preguntó a la chica, apenas consciente de que las palabras no eran suyas, sino quizá de la mujer tatuada, todavía atrincherada en algún rincón de su cráneo.
La joven negó con la cabeza. —No. Solo que debes marchar al este, donde la sal devora la carne. Allí hallarás las tumbas de los forjadores. Quizá… si la hoja lo permite, puedas soltarla. Pero cada muerto que dejas a tu paso la hace más pesada.
Kaedir asintió, el vicio de la desesperación apretándole la garganta. Miró el horizonte: un oleaje de polvo, sal y fuego.
Se marchó sin despedirse, llevando la hoja entre los dedos, sabiendo que cada paso lo acercaba más a la mutilación de sí mismo. Pero había promesas en el acero, palabras enterradas en la runa rota de sangre. Y mientras avanzaba hacia la tierra de las tumbas olvidadas, entendió, por fin, lo que los Aulladores habían susurrado bajo las lunas antiguas:
Algunas armas nunca son del todo blandas. Solo afilan lo que te queda de humano, convirtiéndolo en un filo sin nombre, inevitable.
Y bajo el grito lejano de un cuervo, Kaedir comenzó a caminar.
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