Fragmento:
A la segunda noche, un niño tocó a su puerta. Elsira dormitaba bajo una techumbre baja, las botas aún en los pies, cuando los golpes rotos la sacaron de su letargo. El pequeño era escuálido, los pómulos marcados por el hambre o el miedo, y se presentó entre lágrimas.
Duración: 09:14
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Las aldeas de la frontera apenas eran más que una sarta de hogueras temblando en la vastedad pedregosa del norte, y al caer la noche, los viejos les contaban a los niños una única historia: cuidaos de mirar hacia arriba. Jamás dijeron por qué, solo apretaban los labios y lanzaban sal tras la puerta, y después se retiraban antes de que el crepúsculo endureciera la tierra en promesa de escarcha. Después del invierno, ya ni los viejos decían mucho, porque la media aldea se desvaneció. Algunos regresaron en primavera, las piernas cubiertas de plumas negras y la boca oliendo a sangre.
Era un arenal azotado por viento cruel, la frontera. Allí los nombres de dioses y demonios se confundían, y siempre soplaba el rumor de alas pesadas en la penumbra. En la cercana Aguja Negra, un monolito de roca azabache que emergía de la meseta como el colmillo de un gigante, decían que dormían las bestias aladas. Más allá, nadie recordaba qué había, solo el vacío y la locura.
Ese año, Elsira volvió a la frontera. Traía una espada de forja antigua, las grebas melladas y una deuda reciente: la tumba de su hermana, todavía sin cerrar, porque las alas negras habían huido con su recuerdo y su rostro. Los aldeanos la vieron llegar bajo un cielo de plomo, con el estandarte roto de los antiguos Guardianes a la espalda, y se persignaron sin atreverse a nombrar la amenaza. Habían visto a demasiados guerreros partir en busca de venganza y no volver más que en sueños amargos.
Elsira no buscaba consuelo ni compañía. Arrastraba detrás una mula y entre sus armas, además de la espada, brillaba el filo de la rabia, pulido por noches en vela y promesas de regresar a la Aguja Negra. La frontera estaba poblada por ecos. A veces se oía el batir de alas, a veces el lamento de los que habían sido elegidos. Nadie llamaba a las bestias por su nombre, por miedo a atraerlas.
A la segunda noche, un niño tocó a su puerta. Elsira dormitaba bajo una techumbre baja, las botas aún en los pies, cuando los golpes rotos la sacaron de su letargo. El pequeño era escuálido, los pómulos marcados por el hambre o el miedo, y se presentó entre lágrimas.
—Mi madre… la han llevado —dijo, y Elsira notó el olor a plumas en la ropa del niño.
No hizo falta añadir más. En la frontera, no había policías ni brujas blancas. Solo quedaban los que aprendían a sobrevivir huyendo, y los que se atrevían a perseguir huesos y alas rotas.
Marcharon juntos. Nadie detuvo a Elsira y al niño. El camino ascendía hacia la Aguja Negra, la luna envuelta en nubes. No eran los primeros en buscar a los arrebatados, pero sí los únicos en mucho tiempo que regresaron vivos al amanecer. Nadie lo esperaba, fue como si la propia noche hubiese decidido tolerar su osadía. Pero Elsira no regresó para quedarse. Solo volvió para buscar suministros, y en el bolsillo derecho, estrechando el amuleto de su hermana, juró volver a donde ningún humano debía soñar siquiera.
Durante siete días traspasaron la estepa. Al internarse en la sombra de la Aguja Negra, Elsira comprobó la funda de su espada cada hora. El niño nunca lloró, solo se apretaba contra ella cuando los aullidos de las bestias rasgaban la noche. A veces encontraban rastros: marcas de garras sobre piedras, charcos de sangre coagulada, plumas negras como la propia desesperación.
Al octavo día alcanzaron una cueva hundida en la ladera norte del monolito. Al fondo, un resplandor verde palpitaba, más venenoso que la bilis. Elsira dejó allí al niño, forzándolo a prometer que no entraría. Se internó sola, el sudor congelándosele en la nuca, y con la espada desenvainada avanzó por la galería. El hedor era insoportable: carne podrida, miedo y algo más, una nota oscura que rozaba la memoria.
En el centro de la cueva vio lo que no quería ver. Cadáveres, docenas, tal vez cientos de años custodiados en ese osario antinatural. Alrededor de ellos, centinelas altos como árboles y vestidos de sombras roncas: los Guardianes oscuros. No tenían ojos, solo cuencas devoradas por una negrura sin fondo, y sus alas —porque también ellos llevaban alas, aunque cubiertas de escamas— rozaban el suelo como estandartes de derrota.
Elsira sabía de los Guardianes: guardianes no de la vida ni de la muerte, sino del pacto olvidado entre ambos. No eran vivos ni muertos, sino algo intermedio, y tenían su misión: alimentar a las bestias aladas del corazón de la montaña. El ciclo debía continuar: las bestias devoraban recuerdo, rostro y nombre de los elegidos, y a cambio, el mundo a su alrededor veía una primavera más.
El precio era alto. A veces, los elegidos ni siquiera conocían su propio rostro antes de ser tomados. Uno de los Guardianes oscuros habló; su voz era como un hierro frío hundiéndose entre las costillas:
—Te reconocemos, hija de la frontera. Has roto el ciclo. No puedes devolver lo que ha sido comido.
Elsira no contestó. Con una tensión que solo la desesperación puede donar, atacó. La espada de forja antigua relampagueó, y el silbido fue una nota que encontró la garganta del Guardián, hendiendo sombra y escamas. Contra todo lo que Elsira temía, los Guardianes podían sangrar; su sangre era más negra que la noche, más viscosa que la tristeza.
Los Guardianes caídos chillaron, y con ese chillido, las bestias aladas despertaron en las hondonadas de la Aguja. Elsira luchó. No fue una danza heroica ni una proeza: fue la lucha de un animal arrinconado, brazos y acero contra tentáculos y zarpas. Alcanzó el corazón de la cueva. Allí, bajo un altar de huesos, reposaba su hermana.
No la reconoció al principio. No por el rostro ni por el cuerpo: era reconocible por el vacío que dejaba a su alrededor, por esa sequedad antigua en la mirada, una ausencia completa de sí. Elsira se arrodilló, habló su nombre en la lengua materna, prometió llevarla a casa. La hermana —pues aún lo era, aunque hubiese olvidado serlo— parpadeó. El sonido de las batallas se filtraba entre los roquedales.
Entonces, de entre las bestias aladas, surgió la más anciana. Su cabeza era semejante a la de un córvido de piedra, sus alas desplegaban la noche, y en sus garras colgaban los talismanes robados de generaciones enteras.
—Tú —graznó al ver a Elsira— has traído desequilibrio. ¿Por qué sangras por los muertos? Solo la memoria permanece, y esa hemos venido a devorarla.
De todos los horrores, este fue el peor. Elsira supo entonces que no luchaba por devolver la vida a su hermana, sino por proteger el recuerdo, ese hilo tenue y dorado que anuda a los vivos con los muertos. Si las bestias se alimentaban de recuerdos, ¿qué quedaría cuando nada más les fuera dado?
No respondió. En cambio, extrajo de su chaqueta el amuleto, una pieza de sal y hierro, bendecida por los Reyes del Invierno. Lo alzó, e invocó el antiguo juramento de los Guardianes originales, los que portaban espadas, no alas.
—Mientras dure la sal y el hierro, ningún recuerdo será comido sin sangre —dijo, la lengua trenzándose en la garganta.
El talismán brilló, y la bestia anciana retrocedió, sabiendo —de alguna forma— que todo ciclo se rompe al encontrar resistencia. Elsira solo buscaba tiempo. Entre gritos, luchó hasta hacerse paso de vuelta, su hermana a cuestas, hacia la bocana de la cueva. Miró atrás: los Guardianes oscuros danzaban envueltos en furia y sombra, las bestias aladas aullaban. Era una sinfonía terrible.
Emergió al aire de la madrugada. El niño, fiel a su promesa, aguardaba a la entrada, abrazando sus rodillas. Los tres emprendieron la huida, la montaña ardiendo a su espalda bajo alas desgarradas y gritos de derrota. El camino de regreso fue más arduo, y cada paso era una batalla contra el olvido. La hermana necesitaba escuchar su nombre mil veces antes de recordar siquiera una carcajada compartida en la infancia; el niño, aferrado a la mano de Elsira, se preguntaba si las pesadillas terminan alguna vez.
Cuando llegaron de nuevo a la frontera, la aldea apenas les reconoció. Pero al ver a la hermana —viva, aunque pálida y vacía— supieron que algo había cambiado. Aquella noche, ninguna bestia surcó el cielo; los Guardianes oscuros, privados de su presa, se retiraron a la montaña, un rumor distante de alas deshilachándose al viento.
Elsira permaneció en la aldea hasta el deshielo. Cada madrugada repetía el nombre de su hermana, reconstruyendo hilo a hilo el tapiz de sus recuerdos. Cada vez que una pluma negra caía sobre el umbral, la quemaba con sal y encendía una vela.
La frontera sobrevivió ese año, y el siguiente. Pero la Aguja Negra seguía en pie, y de vez en cuando, un eco de alas y lamentos recordaba a los vivos que todo ciclo, por mucho que parezca truncado, espera pacientemente su renovación. Elsira, espada al cinto, ya no temía mirar hacia arriba. Había visto que, aun entre la oscuridad y los horrores alados, una chispa de memoria, de amor y obstinación, podía resistir.
Quizá, pensó, eso era lo que menos esperaban las bestias. Y uno debe ser, sobre todo en la frontera, lo que nadie espera que sea jamás.
FIN
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