Fragmento:
Los choques eran luz y sombra, carne y voluntad encontrándose en el filo de cada movimiento. Vonn era rápido, movía el puñal como una extensión de su cuerpo, cortando el aire en arcos venenosos. Kalun no podía igualar su velocidad, pero tenía la paciencia de la roca y la astucia del lobo viejo. Vonn lo hirió en el antebrazo y la cadera, suficiente para que la sangre de Kalun mojara su empuñadura. Pero Kalun retrocedió, cediendo terreno hasta toparse con el cadáver de la mujer de cabello azul. Fingió debilidad, arrastrando el pie, exponiendo su costado como invitación.
Duración: 09:51
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Kalun Gunther hundió los pies en la arena ardiente de la Explanada del Duelo mientras el sol lanzaba cuchilladas doradas sobre la espalda sudorosa de los contendientes. Aunque muchos le habían advertido que cruzar las Puertas de Sangre era abrazar la muerte, la paga ofrecida por la Reina Bruja superaba su instinto de autoconservación. En los extremos del coliseo, cinco figuras aguardaban bajo las sombras de toldos de tela negra. Entre ellos, Kalun reconoció el brillo vil en la mirada de Vonn, unadorador del dios de las mil manos, y la sonrisa sin alma de la bestia desterrada de los bosques de Northrald. Era un auditorio de horrores, y solo uno saldría vivo.
El mago que los presentó, encapuchado y de voz afilada como la ceniza rasposa, levantó las manos, convocando una chispa verdosa sobre el ruedo. “Aquel que pretenda servir a la Reina Bruja debe sobrevivir. No hay reglas, ni hay compasión. Hoy la arena beberá vuestra sangre hasta saciarse.”
Las miradas se cruzaron como dardos, y la señal fue una trompeta de hueso. La bestia fue la primera en lanzarse, con garras extendidas y colmillos dispuestos a descuartizar la carne de Vonn, que saltó hacia un lado y conjuró un látigo hecho de sombras vivas. Kalun no tenía magia, pero sí una espada templada por las lágrimas de su pueblo, forjada en un juramento de venganza tan antiguo como el propio acero. Se inclinó, esquivando la acometida de un luchador de torso tatuado que blandía una honda cargada con fuego líquido.
A Kalun nunca le faltaba ingenio para sobrevivir. Usó la arena como aliada, arrojándola al rostro del tatuado para cegarlo, y le asestó una estocada precisa y seca bajo la axila. El grito fue un estallido breve; la sangre era densa, espesa, muy diferente de la de los hombres corrientes. Mientras el tatuado caía gimiendo, otra figura le saltó a la espalda. Era una mujer, menuda pero feroz, cuyo cabello ardía con un fulgor azul. Sus uñas se hundieron en el costado de Kalun y el dolor floreció en su nervio como un relámpago. Se arrojó sobre ella, rodando; los dos giraron en el polvo, y Kalun logró tomar una roca y golpearla en la sien.
Se separó con la respiración rota, sacudiéndose los restos de hechicería y dolor. Para entonces, el brujo Vonn había acabado con la bestia. El monstruo ensangrentado se desplomó, y la sombra-látigo de Vonn se desvaneció en penumbra silente. Vonn lo miró sin emoción; no era odio, ni desprecio, era el frío reconocimiento de un igual. “Uno de los dos servirá a la Reina. O ninguno.” Sacó un puñal hecho de obsidiana. Kalun levantó su espada, su acero bendito contra la negrura mágica del otro.
Los choques eran luz y sombra, carne y voluntad encontrándose en el filo de cada movimiento. Vonn era rápido, movía el puñal como una extensión de su cuerpo, cortando el aire en arcos venenosos. Kalun no podía igualar su velocidad, pero tenía la paciencia de la roca y la astucia del lobo viejo. Vonn lo hirió en el antebrazo y la cadera, suficiente para que la sangre de Kalun mojara su empuñadura. Pero Kalun retrocedió, cediendo terreno hasta toparse con el cadáver de la mujer de cabello azul. Fingió debilidad, arrastrando el pie, exponiendo su costado como invitación.
Vonn se lanzó, confiado. Kalun giró su espada bajo la axila del brujo exactamente en el instante en que el pie de Vonn resbaló en la sangre coagulada. El puñal chocó contra el peto de mala calidad de Kalun, pero la espada encontró la garganta del brujo y lo atravesó con un sonido sordo. Los ojos de Vonn se abrieron de par en par, como si por primera vez vieran el mundo. El brujo cayó al suelo, plegado como un muñeco roto, y la arena absorbió su vida.
Kalun quedó en pie, jadeando con el sabor a hierro en la lengua y la certeza amarga de haber sobrevivido. Los asistentes, sombras de nobles ebrios y brujos sin alma, aplaudieron con desgano. La Reina Bruja misma descendió por la gradería, su vestido ondulando como niebla. Era alta, de piel tan pálida que las venas parecían veredas de cristal bajo la superficie. Sus ojos eran estanques de ausencia, y su voz, cuando habló, se deslizó como un beso envenenado. “Se esperaba un campeón. Quizá, uno haya nacido hoy. Sígueme.”
Kalun no tenía fuerzas para discutir, así que la siguió, atravesando corredores de piedra y antorchas parpadeantes hasta la cámara interior. Allí, el aire tenía gusto a miel fermentada y oraciones rotas. La Reina se sentó en un trono de hueso y jade. “Necesito de tus servicios, forastero. Hay una daga, la Lagrimosa, robada de mi cripta. Quien la empuñe puede matar a un rey con un roce y a una diosa con un suspiro. Pero quien la porta, porta también una maldición. Tráemela y te otorgaré riquezas, o la muerte rápida si fallas. Ambas cosas son preferibles a la condena eterna que acecha afuera.”
Un trato con la Bruja era firmar un pacto con el vacío, pero Kalun había dejado su miedo lejos de aquí, en la aldea de su madre, donde la vida valía menos que el pan. Aceptó.
***
Se preparó con provisiones y mapas, guiado por una joven esclava de los aposentos de la Reina, una criatura de orejas alargadas y mirada trémula. Ella le habló en susurros: “La Lagrimosa está custodiada por los invocadores de la isla de Zhier. Ningún hombre vivo retorna de allí.”
Kalun navegó en una barcaza de velas negras, sorteando ráfagas de viento salado y criaturas que emergían a medias de la espuma, hasta la costa de Zhier, un trozo de roca perdido entre nieblas. Allí, el aire era perpetua penumbra y el musgo crecía sobre las ruinas de un templo olvidado. Encontró el sendero que la esclava le describió, marcado por columnas erosionadas y estatuas de guardianes convertidas en polvo. Cada paso retumbaba en la costilla herida y el brazo cortado que aún palpitaban debajo de las vendas ásperas.
Pasada la media noche, la silueta del templo principal emergió como el esqueleto de un gigante caído. El silencio era tan denso que cualquier sonido era un crimen. Y entonces, una figura salió a su encuentro, envuelta en túnicas grises, su rostro oculto tras una máscara de madera. “Te hemos visto llegar, mortal. Solo los desesperados vienen aquí.”
Kalun alzó la espada, preparado para negociar o luchar según las demandas del destino. El invocador extendió una mano, mostrando un disco plateado. “La Reina busca la Lagrimosa, pero la daga no pertenece a los vivos. Te enfrentarás a su custodio: Nyashti, el hambre sin fin.”
Kalun pensó en el juramento que había hecho a su espada, en la sangre derramada, en la condena que lo perseguía. “No vine a escuchar amenazas de sombras. Solamente hazme pasar.” El tono seco, la insolencia, eran armas tan necesarias como el acero. El invocador rio, un sonido hueco que rebotó en las paredes. Apartándose, dibujó un círculo en el aire donde las piedras parecían desvanecerse.
Dentro, una bestia reptiliana y enorme, con decenas de bocas y ojos de roca, surgió en la penumbra. El hambre se sentía en la carne, como si los músculos se desprendieran a tirones. Kalun no tenía magia, solo la espada y la voluntad encallecida de tantos inviernos sin mañana. Esquivó, saltó y cortó una de las lenguas de la bestia que se lanzaba a atraparlo. El sabor acre de la sangre monstruosa lo cegó por un segundo, suficiente para que otra boca desgarrara su muslo con presas de piedra. Un aullido brotó de su garganta, y lanzó una puñalada a ciegas, como último y desesperado recurso.
Acertó en el ojo mayor. La criatura rugió, la piedra se agrietó como cristal, y el aire vibró con el dolor del monstruo. Aprovechó para escabullirse y, a trompicones, llegó a una cripta oculta al fondo de la sala. La Lagrimosa flotaba sobre un altar de mármol, envuelta en brumas que gemían cuando uno se acercaba.
Kalun la tomó sin pensar en el riesgo, sintiendo cómo una helada vieja le arañaba la mente. La daga era hermosa, su hoja tan negra que tragaba la luz, su empuñadura fría como el odio. En cuanto cerró la mano sobre ella, una corriente de imágenes le asaltó: reyes muertos, amantes traicionados, promesas rotas. La daga le susurró nombres imposibles, himnos prohibidos.
Salió del templo entre la bruma, apenas consciente de que la bestia Nyashti agonizaba y el invocador murmuraba plegarias de venganza. Regresó a la barcaza; la travesía de vuelta fue un delirio de fiebre y ecos. Soñó con un trono de huesos, con llamas azules y sangre derramada; soñó con el rostro pálido de la Reina y con la suya propia cubierta de cenizas.
***
De regreso al castillo, la Reina lo recibió en la cámara de los tronos. Observó la daga con tanto ansia que por un momento Kalun creyó ver hambre en sus ojos. “Dámela”, pidió, su voz flotando como seda envenenada. Mientras extendía la mano, Kalun sintió la maldición de la Lagrimosa quemándole la palma, como si la daga supiera que pasaría de un amo a otro, sedienta de más tragedia.
“¿Y mi recompensa?”, preguntó. Sabía que aquí, un error era muerte.
La Reina sonrió, y de su sonrisa surgieron colmillos minúsculos, demasiado afilados. “El pliego de oro prometido. Una noche con mis doncellas. Un instante de paz, antes de que la daga marque tu carne. Vas a ser el siguiente huésped de su hambre… porque la Reina no paga nada sin un precio igual.”
Kalun comprendió, demasiado tarde. Lanza la Lagrimosa en el aire; la hoja brilla, canta, gira… y atraviesa el pecho de la Reina Bruja antes de que pueda conjurar un hechizo. Su grito sacude las bóvedas, hace temblar las paredes. Un cráter de oscuridad se abre bajo sus pies y, mientras la realeza infernal es arrastrada lejos del mundo, Kalun siente la daga recibirlo, una caricia helada, un final sin promesas.
En la arena y la sangre, la voz de la Lagrimosa le promete un trono o la tumba. Kalun, el último guerrero, decide que su destino será escribir el fin, no solo sobrevivir a él.
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