Portada del relato Las arenas del acero
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Fragmento:


—Todos importan —la mujer giró el vaso de vino sin beber—. Mi nombre es Ilyana. Llevo una oferta.

Duración: 09:10

Las arenas del acero
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Texto de ajuste de pausa.

A veces, la magia es fría. Como un puñal insinuándose entre las costillas al amanecer, antes que el calor de la sangre advierta el dolor. Otras veces, la magia se siente como un horno abierto, capaz de abrasar el corazón del hombre más resuelto. Y en la ciudad de Varam, donde las torres surgen entre neblinas rojas y la luna rara vez se muestra sin mancha, la magia es ambas cosas: filo helado y calor abrasador, habita igual en las cuchillas que en los susurros.

Yurdan no recordaba cuándo había comenzado a temblar ante la promesa de poder. Antes, en su juventud, la sola mención de “brujo” o “hechicera” lo llevaba a blandir la hoja con bravura. Ahora, años después y cicatrices más profundas que sus arrugas, dudaba hasta de su propia sombra. Por eso aquella noche, cuando la taberna “El Cuchillo Torvo” cerró sus puertas y la tormenta aguardó, Yurdan no se marchó. Esperó acodado en la oscura barra, mirando a los pocos que quedaban; si uno de ellos era el conjurador al que debía encontrar, no sería engañado de nuevo.

—¿Vienes por trabajo o por sangre? —preguntó una voz a su diestra.

Era la mujer que todos evitaban mirar y de la que nadie recordaba su llegada. Ni hermosa ni horrenda, pero sí tan inamovible como la estatua de un dios olvidado. Su túnica olía a incienso a pesar de la pestilencia del local. En su antebrazo, tatuajes dorados que palpitaban bajo la piel, acompasados con cada latido. Aquello delataba su arte.

—Trabajo, sangre… ¿no es lo mismo aquí? —respondió Yurdan.

Ella sonrió y su gesto fue tan breve como el filo de una daga asomando en media noche. —Dicen que la noche traerá cazadores. Pero sólo te buscan a ti, “Espada sin Juramento”.

—Mis nombres antiguos ya no importan.

—Todos importan —la mujer giró el vaso de vino sin beber—. Mi nombre es Ilyana. Llevo una oferta.

Los ojos de Yurdan se desplazaron al reflejo de la puerta. Nadie se acercaba. Eso significaba que, por ahora, estaban solos en el humo eterno del local. —Habla.

—Una bruja fue asesinada, hace tres amaneceres. En la plaza de los Gritos.

Yurdan enarcó una ceja. Eso explica el rumor de magia agónica que había sentido al entrar a la ciudad: los ecos de un conjuro abortado siempre impregnaban el aire, persistentes y amargos.

—¿Ves a menudo magia asesinada? —preguntó.

—Vi su sombra muriendo, y la sangre dibujando runas en el polvo —Ilyana se inclinó hacia él—. Juró venganza. Y su juramento seguro anida ahora… en algún objeto que permanece perdido.

Yurdan gruñó. Venganza, magia de juramento, sangre derramada. Antiguas palabras cruzaron su mente, recuerdos de los campos en los que soldados convertidos en monstruos peleaban a la orden de juramentos robados por magos sin alma.

—¿Buscas al asesino?

—No. Busco a quien tome la venganza en su nombre, libere su sombra y, a cambio… perdone al verdadero culpable.

La petición era imposible. Pero nada de lo que había escuchado desde que los brujos retornaron a Varam lo sería menos. Yurdan bajó la mirada, meditando. La espada en su cinto vibró sutilmente: un recordatorio, ancestral y severo, de no aceptar juramentos a la ligera.

—¿Por qué yo? —preguntó.

—Porque a los demás los matarán. Sólo uno que ya esté maldito puede cruzar la barrera del juramento —respondió Ilyana.

La lógica era impecable. Yurdan revisó mentalmente sus propios pecados; ninguno menor, todos pesados. —Entonces dime dónde, y después lárgate.

Ilyana deslizó una obsidiana tallada en forma de ojo a la mesa. —Cuando llegues al cruce de la Plaza Silente, pon esto sobre la sangre seca. El juramento te hallará, si tienes el valor de buscarlo.

Yurdan apretó la piedra en el puño, absorbiendo su fría promesa a través de la piel. Cuando levantó la mirada, Ilyana ya no estaba. Dejó el oro sobre la mesa, más como gesto supersticioso que por obligación, y salió a la niebla envuelta en ceniza.

***

El distrito más antiguo de Varam era un laberinto de callejuelas, donde los adoquines aún recordaban los gritos de las ejecuciones pasadas. Yurdan se movía como borracho, pero cada paso lo acercaba al epicentro de una tempestad invisible.

La Plaza Silente estaba desierta. Sobre el empedrado, aún húmedo por la lluvia, había manchas de sangre en formas geométricas intrincadas. Si uno sabía mirar—si tenía la desgracia de poder mirar—se advertían los jirones de magia prologada en los recovecos, como la estela de un incendio dormido.

Yurdan se arrodilló, apretó la obsidiana contra la mancha mayor. El pulso del mineral respondió, un eco empapado de rencor y de promesas rotas.

La plaza cambió ante sus ojos. Los edificios se destiñeron. Las sombras aumentaron de grosor y, en un instante, sólo existieron dos cosas: la sangre y él.

—¿Acudes o huyes? —susurró una voz. No era humana; era el viento entre piedras, el grito del hierro al ser templado.

—He venido a hallar el juramento, no a someterme —respondió Yurdan, e incluso a sí mismo le pareció igual a un necio.

—Todos se someten —la voz lo rodeaba—. Nadie camina bajo mi luna sin pagar su cuota.

Del charco de sangre emergió una figura: delgada, travestida en jirones ardientes que no ocultaban ni el dolor ni el hambre. Era la bruja muerta, sí, pero lo que hablaba desde dentro era una promesa arrancada.

—¿Vienes con manos vacías, guerrero? ¿No traes ni un nombre para ofrecer?

Yurdan se obligó a recordar la letanía antigua. “La sangre por el acero. El acero por la palabra. La palabra por el olvido.” Escogió la verdad, no la bravata.

—Vengo con un nombre, pero no es mío. Lo arrojé bajo mi espada, cuando juré por última vez.

La sombra rió, un ruido quebrado. —Entonces sólo puedes darme tu juramento.

—Lo rehúso.

—Equivocación —la voz fue ahora seda y cuchillo—. Nadie escoge.

Y entonces dolió. Un rayo de fulgor helado atravesó su pecho, y Yurdan sintió la magia intentar ahogarlo en todas sus culpas, en cada vida tomada injustamente, en aquel niño cuyos ojos desesperados aún lo perseguían en sueños. El peso del juramento muerto no sólo reclamaba venganza, sino reparación.

Pero Yurdan tenía experiencia con el dolor. Blandió su voluntad tan mortalmente como su espada. Empuñó el sufrimiento, domándolo como un herrero da forma al hierro ardiente.

—No tomaré tu venganza, sombra—dijo, jadeando—. Pero puedo encontrar verdad.

El espectro titubeó. La magia necesitaba dirección, no dudas. Yurdan, temblando, desenfundó su espada. La hoja estaba embebida de aceites funerarios, y en el pomo colgaba una medalla consagrada por mil dioses en ruinas.

—¿Tendrás memoria, entonces? ¿Recordarás quién te hizo gritar? —preguntó la sombra.

Un sí ronco abandonó la garganta del guerrero.

Algo se rompió. Remolinos de polvo pugnaron a su alrededor, y de la sangre brotó una visión: una mujer encapuchada, sosteniendo una daga con runas ilegibles, y ojos tan negros como promesas no cumplidas.

—Ilyana —susurró Yurdan, comprendiendo demasiado tarde.

La visión terminó. El peso de la sombra se disipó, pero una hebra de desesperación quedó enrollada en su alrededor como una garra invisible.

Volvió la plaza a la normalidad: el rumor de la ciudad, la neblina colgando como paño funesto, y los pasos furtivos de mercenarios atraídos por el murmullo de magia agónica.

Solo entonces comprendió. Había sido atraído, sí, pero para ser testigo y no ejecutor.

***

Lo encontraron cuando el alba apenas se abría paso a través del lodazal de nubes. En la taberna, Ilyana lo esperaba, aún oliendo a polvo y promesas.

—¿Lo viste?

Yurdan asintió. Había visto la verdad, y con ella la condena.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque la venganza debe reclamarse, pero no por mano propia. Nadie puede devorarse a sí mismo sin acabar vacío —su voz era más suave ahora, más humana.

—Te cubriste de sombras y enviaste a una sombra a buscarte —repuso Yurdan, la voz amarga.

—No podía apartar la maldición de la ciudad, no sin otro maldito dispuesto a mirar sin tomar.

Pensó en ello. En el precio cruel de la magia: a veces, lo necesario era un testigo, un hombre tan marcado por el dolor que pudiera enfrentar la sombra sin sucumbir a ella.

Y allí estaba Yurdan. Se preguntó si aquello era redención o condena.

Ilyana deslizó una última moneda sobre la mesa. —Las cicatrices sangran, pero sobreviven. Toma tu pago, hombre sin juramento.

La moneda era caliente al tacto. Cuando la guardó, Yurdan supo que nunca escaparía de las promesas dadas ni las aceptadas bajo la niebla de Varam.

Más allá de la ventana, la ciudad despertaba a un nuevo día. La magia era fría. Mejor él que otro. Mejor el filo de un hombre consumido por sombras, que la furia errante de un juramento muerto.

Y si la ciudad había ganado tregua una noche más, poco importaban sus cicatrices. Después de todo, unas cicatrices nuevas eran el juramento implícito del guerrero: recuerda, aunque duela.

Y en Varam, hasta el dolor podía ser magia.

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