El crepúsculo caía como una capa rota sobre las areniscas de Valyrion, y el viento soplaba polvoriento desde las colinas del oeste, trayendo historias antiguas entre susurros. Aralon cerró la última rendija de la vidriera, pero no pudo impedir que las voces se colaran: cuchicheos, frases solapadas sobre juramentos no cumplidos y traiciones insalvables, recuerdos afilados que se refugiaban en su mente cuando el día moría. Frente a él, el aparador lucía dos vainas profundas, negras, con remaches de plata y un diseño casi idéntico, salvo por un delicado hilo azul en una y un destello rojizo en la otra.
Cada una contenía una espada: hermanas nacidas en los fuegos secretos de la Torre Amarilla, forjadas bajo el dictado de los gemelos herreros Sain y Coril cuando la guerra parecía eterna y los dioses se entretenían con el destino de los mortales. Las había heredado Aralon tras la muerte de su amante, Sira, en la batalla contra los hijos de Targyen. Contemplarlas cada tarde era ritual y castigo: la nostalgia oliendo a metal, el amor convertido en penitencia.
No estaba solo. Una silueta, discreta como la primera niebla, surgió en el vano de la puerta. No llamó; no era necesario. Solo un loco o un hechicero cruzarían el umbral de la Quinta Torre sin ser anunciados. Aralon deslizó la mano hacia el pomo de una de las espadas, aunque por rutina más que por sospecha. Reconoció el andar de Lirana, la médica y ladina a ratos, que a menudo llegaba con la luna, portadora de secretos más peligrosos que sus propios venenos.
—El Consejo se reúne —dijo Lirana, como si fuera la hora de cenar—. Han preguntado por ti.
—Que se pregunten primero por su propia cobardía —replicó Aralon, amargamente—. Mandaron a Sira sola a la Cuenca Cruenta. Los gatos gordos del Consejo solo quieren los laureles de quien no los puede reclamar.
Lirana avanzó, inquieta. Sus dedos, delgados y certeros, se entretuvieron sobre el lomo de las vainas.
—Hazla valer —sugirió—. Una espada en cada mano y sus nombres en tu voz. Así exigirás lo que es justo.
Aralon negó con la cabeza, el cabello oscuro y aún manchado de polvo ensombreciendo su rostro.
—No puedo. Hacerlo sería sellar mi destino —murmuró—. Todo poder requiere un precio, Lirana. Y estas espadas, juntas, exigen el pago del alma.
Lirana sonrió, triste.
—El destino no pide permiso —dijo—. Quizá por eso nos sigue.
Tanteó su faltriquera y depositó una pequeña bola opalina sobre la mesa, dejando un efecto irisado sobre la madera.
—Esto viene de los pantanos, Aralon. Los Sombríos están en movimiento. Se dice que buscan las espadas.
La sala pareció encogerse. Los Sombríos, clan de magos exiliados, se alimentaban de antiguas deudas. Si las espadas llegaban a sus manos, el equilibrio de Valyrion caería, y con él, la última frontera entre lo real y el desastre.
Aralon suspiró, resignado más allá de la furia.
—Ve preparando un caballo, Lirana —dijo suavemente—. Si estamos destinados a la oscuridad, habrá que cabalgar hacia ella.
El viaje hacia la Torre Amarilla fue tan silencioso como la muerte. El sendero se retorcía entre riscos, espinos y árboles retorcidos como cuerpos en agonía, custodiado por esculturas de piedra tan viejas que nadie recordaba sus nombres. Lirana iba delante, la figura apenas un perfil oscuro, la capa ondeando al viento como la cola de un gato asustado. Aralon, con las espadas cruzadas en la espalda, avanzaba como un juglar sin música.
Apenas habían avanzado unos kilómetros cuando el crepitar de ramas rotas delató la emboscada. De la penumbra emergieron figuras altas, envueltas en capas de sombras, ojos destellando como carbones al rojo. Los Sombríos olían a agua estancada y hierba seca. Sus voces eran burbujeos vellonados de desesperanza.
—Aralon —dijo uno de ellos, una mujer de cabello azul y piel terrosa—. Hijo de la loba y el herrero. Trae las hijas de la llama. Es tiempo de rendir cuentas.
Aralon mantuvo las manos alejadas de las espadas; la valentía era una máscara fácil de romper. Los Sombríos, sin embargo, no parecían ansiosos por atacar. Lirana había desenfundado una daga, ceremonial, sin duda, su hoja relampagueando con veneno.
—Solo un estúpido intenta negociar con quienes no asumen la derrota —dijo Lirana.
La hechicera alzó una palma, y el aire vibró de promesas prohibidas.
—Las espadas no te pertenecen —prosiguió, dejando que cada palabra cayera con el peso de un sacrificio—. Fueron forjadas para sellar la guerra, no para perpetuarla. Deben unirse. Tu resistencia solo agrava el final.
Aralon sintió la presión de los ojos muertos de Sira posados sobre él. El recuerdo de cómo ella había desenfundado las espadas en la batalla, dos fuegos opuestos y perfectos, girando con la gracia letal del viento entre cañas. Y al final, cómo se había desplomado, atravesada no por acero enemigo, sino por la traición de su propio bando.
—El final no les pertenece tampoco a ustedes —dijo Aralon, con la voz sónica de quien habla desde la pérdida—. Si tanto ansían las espadas, vengan por ellas.
El combate fue breve y sangriento. Lirana bailaba con la daga en torno a los Sombríos, dejando estelas de sangre negra y promesas muertas; Aralon, finalmente, desenvainó ambas espadas. El contacto simultáneo retumbó por su cuerpo como un relámpago: un torrente de recuerdos zurcidos a fuerza de odio y amor. El acero silbaba, casi cantando con voz propia, y cada corte era una sílaba de un idioma antiguo. De la punta de las espadas fluían hilos de luz: azul desde una, rojo desde la otra, trenzándose al compás furioso del combate.
Cuando el polvo se disipó, solo quedaba uno de los Sombríos, tendida de rodillas, el cabello azul empapado en sangre.
—Malcolm juró que nadie podía blandir ambas espadas —jadeó—. El precio era la muerte.
Aralon hundió ambas hojas en la tierra. Ninguna buscó sangre.
—El precio es la soledad —replicó, exhausto—. Pero hay peajes peores.
La hechicera rió, gargajeando sangre.
—La Torre Amarilla no reconocerá a un impostor —bromeó—. Anda, encuéntrate con tus antepasados, si tienes suerte.
Ni Lirana ni Aralon miraron atrás. Prosiguieron la marcha.
La Torre Amarilla emergió del horizonte como una columna de huesos, rodeada de agua turbia y juncos ondeando. Los brujos guardianes se arremolinaban en sus terrazas, máscaras aladas marcando cada centuria de vigilancia. Allí estaban los herreros, los escribas, los mudos y los locos, todos convocados por el eco del poder: la profecía de las espadas gemelas unidas sólo en manos de quien estuviera dispuesto a despojarse de todo.
El vestíbulo principal era una jaula de vitrales y mármol agrietado. Aralon se detuvo ante el altar de la forja, las espadas aún vibrando en su columna vertebral. Un runo, grabado en los peldaños, pulsaba luz: “Lo que está unido sólo por la violencia traerá violencia. Lo que se une por el sacrificio, devolverá el orden”.
Lirana se adelantó, depositando el fragmento irisado de los pantanos sobre el altar.
—Hazlo ahora —susurró—, o todo esfuerzo habrá sido vano.
Aralon desnudó ambas hojas. En sus filos relucía la memoria de Sira, la promesa de una paz jamás alcanzada. Con un gesto que reunía mil renuncias, cruzó ambas espadas sobre el fragmento. El choque fue mudo, pero el aire se llenó de electricidad: la sala entera tembló, el mármol exudando antiguas lágrimas.
Imágenes se arremolinaron ante sus ojos: batallas, amantes, traiciones; los herreros gemelos ardiendo en la forja; Sira, envuelta en sombras y luz, murmurando palabras de despedida.
De pronto, las espadas vibraron, rechazando el contacto. El fragmento opalino se partió, y con un silbido desesperado, la energía contenida en ambas hojas huyó por los vitrales, estallando en un arcoíris caótico.
Aralon cayó de rodillas. Sintió el vacío: ni una voz, ni un susurro, ni una profecía más. Solo eco. Solo soledad. Solo la suya.
—¿Ha terminado? —preguntó Lirana, sin acercarse.
—Nada termina —dijo Aralon, la voz áspera—. He sellado las espadas, sí. Pero la herida permanece.
Lentamente, envainó las espadas, ya inertes, ya inservibles, sus poderes difuminados en la nada. Después, sin una mirada más al altar, salió de la Torre Amarilla, llevando consigo no el triunfo ni la redención, sino la paz amarga de quien ha cumplido con un deber imposible.
El mundo, allá afuera, pronto olvidaría la canción de esas espadas gemelas. Solo los fantasmas se acordarían: los que bailan entre los vitrales rotos, los que aún buscan sentido en las promesas incumplidas… y Aralon, que había unido a la sangre y el acero, no para perpetuar la guerra, sino para acabar, por fin, con la condena del recuerdo.
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