Fragmento:
Fue Heluin, la Daga Errante, quien primero rompió el silencio de la llanura. Su rostro anguloso destacaba como una hoja afilada entre los tizones. Las cicatrices que surcaban su mejilla izquierda eran la historia escrita de veinte campañas y cuarenta traiciones, y sus ojos un azul tan apagado como el hielo de la cordillera de Aser. Preguntó, casi como al viento: “¿Por qué nos oculta su rostro el convocante? ¿Miedo a nuestras dagas, o vergüenza de una corona muerta?”
Duración: 09:14
Las brasas al rojo del campamento apenas iluminaban los rostros, y no era casual; entre las tiendas humeantes y los susurros de los aceros, casi nadie quería ver con claridad a su vecino. El otoño se inclinaba ya hacia el invierno, y el bosque de Lydasth era una negrura de pasos amortiguados, salvo en el centro, donde, bajo un dosel de cuero pintado, un hombre de túnica azul aguardaba. Nadie conocía su nombre, y tampoco era necesario: durante días había contratado guerreros uno por uno, siempre después del anochecer, cuando hasta el sonido de la plata era un secreto.
El nombre de quien los había reunido flotaba entre ellos, revistiéndose de leyenda y advertencia: los Reyes sin rostro. En la vieja lengua de las Tierras Sombrías, les decían los Namarthar—los que una vez fueron reyes y ahora sólo sombras que usan otros cuerpos, u otras máscaras. Se alzaban cuando los tronos se vaciaban, o cuando el miedo era tan espeso que una corona nueva sólo podía ser una maldición. Ahora decían que uno buscaba retornar al mundo de los vivos, y que sólo un pacto sellado por el filo de las espadas y la sangre de los errantes podía evitarlo.
Fue Heluin, la Daga Errante, quien primero rompió el silencio de la llanura. Su rostro anguloso destacaba como una hoja afilada entre los tizones. Las cicatrices que surcaban su mejilla izquierda eran la historia escrita de veinte campañas y cuarenta traiciones, y sus ojos un azul tan apagado como el hielo de la cordillera de Aser. Preguntó, casi como al viento: “¿Por qué nos oculta su rostro el convocante? ¿Miedo a nuestras dagas, o vergüenza de una corona muerta?”
La voz que respondió era húmeda y áspera como el lecho de un lago olvidado. “Sólo los tontos llevan su cara ante la noche cuando los Namarthar acechan. Tal vez uno de nosotros ya no sea del todo quien parece—o nunca lo fue.”
El grupo, una docena de guerreros y mercenarios, guardó silencio. Todos habían oído historias: de cómo los Reyes sin rostro se deslizaban por la carne y el alma, robando la voluntad de los vivos, usándola para sus juegos de reinado sórdido más allá del tiempo. Allí estaba Senh, la Trenza Roja, cuyas armas eran la palabra aguda y el arco de madera de sangre; cerca de ella, Borun, piel oscura y manos gruesas, que tras perder a los suyos en el saqueo de Doralh juró que nunca volvería a dejarse gobernar; y más allá, entre las sombras, la figura encapuchada de alguien que respondía sólo al nombre de Um. Cada uno había sentido el tirón invisible de la promesa hecha por aquel hombre sin nombre: oro suficiente para desaparecer o para alzar una ciudad.
“Escuchad bien”, prosiguió la voz bajo la túnica azul. “Un Rey sin rostro busca volver. Su máscara, forjada hace siglos en la Forja de los Llantos, fue robada hace un ciclo por un traidor. Si la recupera, será coronado en la Máscara Única; ya no necesitará cuerpo, ni carne, ni permiso alguno. Habitaremos entonces en la sombra de un tirano imposible de exiliar ni de matar.”
Un murmullo recorrió la tienda, como una oleada cálida que anuncia el dolor de la tormenta. “¿Y la Máscara?”, preguntó Heluin, con la voz ahora más baja, “¿Dónde?”
“Bajo Namarath. En las ruinas donde el río deja de cantar y la niebla no se disipa nunca. Los muertos guardan la sala y los vivos no regresan. Necesito guerreros que no teman a la muerte, o al retorno de los muertos.”
Ser guerrero errante es, la mayoría de las veces, aceptar tareas que huelen a suicidio, pensó Senh. Sin embargo, cada uno asintió, inflados por la codicia, el miedo o el deseo feroz de ser parte de una última canción digna de los bardos.
La expedición partió al alba. La niebla era tan espesa que ni la luz del sol la cruzaba del todo, sino que permanecía flotando, sucia de humedad, sobre el suelo. Incluso los pájaros callaban; sólo el tintineo del hierro y el rumor de los pasos sobre el barro componían la música agónica de aquel viaje.
Namarath era menos una ciudad y más una herida entre los árboles, donde las ruinas parecían intentar infructuosamente recordar el nombre de su propia grandeza. A cada paso, los escombros crujían como huesos traicionados. Siluetas de estatuas decapitadas yacían dispersas, presidiendo la desolación; por encima, una arcada mohosa conducía al interior de la Sala de la Máscara.
Aquí, entre columnas carcomidas y mosaicos pisoteados por generaciones de saqueadores y espectros, Senh sintió que el aire era más denso, cargado de un frío ajeno al clima. Un murmullo persistente ascendía de las piedras, ecos de voces condenadas: los muertos nunca fueron sólo cuerpos en Namarath.
Borun, blandiendo su hacha de doble filo, dijo sin girarse, “Debemos apresurarnos. El tiempo, aquí, no obedece a las horas de los hombres.”
Heluin avanzó primero, las dagas afiladas en ambas manos, escudriñando sombras. “Si el Rey sin rostro nos espera, se aburrirá de vigilia. Hemos venido a matarlo, o perecer dándole sentido a nuestro final.”
Poco a poco, la sala central se alzó: un atrio circular, presidido por un trono imposible de identificar, hecho de fragmentos de metales y maderas que alguna vez fueron preciosos. Sobre el asiento, cubierta de polvo, descansaba la Máscara. Hecha de plata ennegrecida y zafiros apagados, era hermosa y grotesca; un rostro sin ojos, apenas un contorno, los labios curvados en una mueca de secreto.
Fue entonces cuando la neblina en la sala giró y tomó forma: el Rey sin rostro, o lo que quedaba de él, emergió de la nada, su figura fluctuante, los contornos de brazos y torso disolviéndose y recomponiéndose una y otra vez, imposible de enfocar. No portaba corona ni vestía el manto de los reyes: era, ante todo, ausencia de identidad, vacío con propósito.
Su voz era la suma de otras muchas, reunidas como dientes en un monstruo. “Sois tarde. Yo ya he probado el sabor de la vida de quienes antes lo intentaron. ¿Por qué vosotros seríais distintos?”
Heluin, sin apartar la vista de la Máscara, habló: “Porque ya estamos muertos, aunque andemos. La diferencia entre errantes y fantasmas sólo es la honestidad del miedo.”
El Rey avanzó y, con un gesto, elevó la neblina en cuchillas de aire cortante. Senh desenfundó su arco y disparó; la flecha silbó, perdiéndose en la nada de su pecho. Borun gritó y atacó, la hoja de su hacha crujió al impactar en un brazo que se fragmentó en mil gotas de sombra, sólo para recomponerse. Um, el encapuchado, alzó ambas manos y susurró palabras que nadie reconoció: un estallido de luz azul quemó la neblina por un instante, revelando un rostro fugazmente humano bajo el velo, una desesperación tan antigua como el hambre o la pérdida.
El Rey se doblegó, pero no cayó. Al contrario: la sala tembló, los mosaicos colapsaron y la niebla se espesó hasta entrar en las bocas de los vivos, helando los pulmones. Heluin notó cómo los susurros se metamorfoseaban en la mente, tentándole: “No serás nunca más otra espada olvidada… Ponte la Máscara, y todos los nombres perdidos serán tuyos.”
La Daga Errante dudó. El calor de la tentación era casi placentero, una promesa de dejar de ser fugitivo, de inscribir su rostro en la historia y no en el olvido. Senh, viendo la vacilación, se abalanzó sobre Heluin, clavando su cuchillo en su muslo, alejándole del trono.
“Tanta historia para ser sólo carne y miedo”, murmuró Senh. “No eres mejor que aquellos que mataste.”
La intervención fue suficiente para quebrar el encanto. Heluin, sangrando, alzó las dagas y saltó hacia la neblina; Borun martilló la sala con su hacha como una campana de guerra, y Um reconstruyó su hechizo. Entre los tres, empujaron al Rey sin rostro hacia su trono, hasta que Senh, con una flecha envuelta en aceite encendido, disparó la Máscara misma. Ésta prendió, ardiendo en luz blanca y azul mientras el grito del Rey sin rostro llenaba los confines de Namarath, rebotando por todas las ruinas hasta quebrar la noche.
Cuando el humo se disipó, no quedaba nada en el trono salvo cenizas y fragmentos de plata. Los guerreros cayeron al suelo, exhaustos, respirando despacio. Abrieron los ojos. El bosque esperaba fuera, idéntico y sin embargo distinto, como si conociera que habían cambiado algo, aunque sólo el tiempo diría qué.
El hombre de la túnica azul apareció entre los escombros, su rostro ahora visible: ojos fríos sobre una barba recién afeitada, un rostro que ninguno reconocía. Habló con la voz de quien narra el final de una guerra que nadie ha pedido: “Habéis terminado con uno de los Reyes. Pero otros esperan a que el mundo olvide este sacrificio. Idos ahora, y decidid qué seréis sin el peso de un nombre robado.”
Nadie contestó. Los errantes tomaron sus armas y anduvieron hacia el este, entre los árboles, tan anónimos como cuando llegaron, pero con algo más en la mirada; la vaga sospecha de que, en algún lugar entre el filo y la máscara, había nacido algo más duradero que la memoria: una frontera invisible entre los rostros que elegimos y los que el destino impone. Al menos hasta que la próxima vigilia reúna a otros errantes bajo la sombra de los tronos vacíos.
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