Portada del relato Las Puertas Perdidas de Tormagast
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Fragmento:


Siglos antes de que los portadores de libros dieran nombre a la tierra, cuando el mundo aún poseía bordes que se disolvían en la niebla, y los valles podían despertar en lugares distintos cada madrugada, existían los reinos errantes.

Duración: 09:11

Las Puertas Perdidas de Tormagast
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Siglos antes de que los portadores de libros dieran nombre a la tierra, cuando el mundo aún poseía bordes que se disolvían en la niebla, y los valles podían despertar en lugares distintos cada madrugada, existían los reinos errantes.

Podría decirse que aquellos que habitaban las tierras errantes poseían una mayor ligereza en el corazón, como quien aprende a no dejarse encadenar por el espacio ni el tiempo. Pero sería mentira. La realidad era cruel: vivir en un reino errante significaba no conocer la seguridad, ni la permanencia, ni un destino cierto al final del camino. Despertar significaba enfrentar el misterio de la geografía retorcida y de reglas forjadas por artífices extraviados.

No existía un solo tipo de reino errante. Revisar sus crónicas es toparse con toda clase de sociedades: unos como Thiernag, cuya población era arrastrada sobre ríos de piedra que se movían a velocidad constante, condenados a amar solo a quien pudieran alcanzar al volver la siguiente curva del río; otros como Sileath, un pueblo que cada luna llena cambiaba de continente, con sus raíces de árboles milenarios surcando mares de fuego o de niebla. Otros, más oscuros y crueles, llegaban a trazar círculos perfectos en su eternidad, haciendo que sus enemigos perdieran siempre el rastro para volver a encontrarlos —o nunca más hacerlo.

Pero fue en la era de los Nueve Exilios que surgió Yverith, la llamada Reina Errante, y su consejera de sombras, la bruja Asrallenne. La historia que sigue es más suya que de nadie, aunque en verdad nadie puede reclamar propiedad sobre las sendas movibles de estos reinos.

***

Fue un amanecer violento el del Día de la Ignorancia, cuando Yverith despertó escuchando el tañido funesto del colapso de las puertas del sur. A sus costados, sus guardias giraban y rearmaban lanzas; en las torres, los vigías bramaban nombres de estrellas olvidadas. El castillo era una mancha de obsidiana desgastada, deslizándose —como cada día— sobre una vasta planicie que el alba teñía de lilas y grises mortuorios.

Asrallenne, envuelta en túnica de lluvia muerta, la esperaba en el observatorio. Ante ellas, en el horizonte, podía verse el eco pálido de una ciudad hermana: Orughar, el reino con quien compartían la maldición del vagabundeo. El aire olía a sal seca y a excremento de grifos.

—Mi reina —murmuró la bruja—. Las sendas se han cruzado. Solo una noche más y compartiremos frontera con los hijos de Zenthos.

Yverith apenas esbozó una mueca. Los Zenthos, bárbaros de la roca y el putrefacto acero, apreciaban las alianzas menos que la venganza. Su rey, un gigante herido llamado Vargal, aún recordaba la traición de los ancestros de Yverith, y prometía castigos que solo los dioses habrían imaginado.

—¿Qué remedio traes para el destino, consejera? —preguntó Yverith.

Asrallenne la miró larga, gacha, y luego, como si arrancara una venda invisible de encima, habló:

—Hay rumores de una puerta, mi reina. No una de madera ni de bronce, sino una conjuración perdida en el errar de las ciudades. Una puerta que, si se logra sellarla, podría encadenar a nuestro reino a una tierra verdadera. Hacer que la raíz por fin se hunda —o acabe de una vez.

El silencio se pobló de significados. La Reina Errante conocía leyendas apenas susurradas en las plazas de los cambistas y las casas de placer. La puerta final, la llamada Fisura de las Razas, era una grieta en la tela misma del errar, custodiada por el ahorcado rey Sinrostro, al que nadie podía mirar sin volverse idiota o mendigo. Hallarla y sellarla costaría, como mínimo, la lealtad de la propia sombra.

***

El día siguiente supo a espera sorda. Los Zenthos aparecieron antes de la segunda campanada. Eran una manada sudorosa de guerreros, de pálidas mujeres serpientes y de niños que ya portaban espadas negras. Vargal, su rey, no tuvo reparo en presentarse ante la muralla y proclamar:

—Yverith, bruja hija de adúlteros. Mi odio es tu frontera. Pero escucha: las tierras se moverán de nuevo y tu pueblo terminará en la nada, a menos que me entregues tu corona y a la bruja que te envenena. Deja que te destrone, o el errar te borrará peor que la muerte.

Yverith contempló sus propios nudillos, gastados como huesos usados. Contestó con una promesa de diplomacia, pero envió a sus mejores jinetes por la noche. El encuentro con la puerta debía suceder esa misma jornada, o todas las opciones desaparecerían en el polvo errante de la mañana siguiente.

***

A medianoche, Asrallenne guio a la Reina y media docena de fieles hasta el Umbral Olvidado, la zona donde, según los murmullos traídos por el viento, las leyes del movimiento se convertían en susurros y la realidad se confundía con la pesadilla. La luna estaba oculta y sólo el resplandor fétido de las antorchas permitía distinguir las caras curtidas y llenas de pánico. Los que sabían demasiado temblaban; los inocentes, también.

El suelo era una amalgama de tierra y ojos de vidrio. La puerta surgió como una espalda rota entre dos peñascos, fluyendo y palpando la noche como si tuviera tentáculos. La corona de la Reina pareció un cebo, brillando con la promesa de una pertenencia intrusiva.

El Sinrostro apareció al pie del umbral, tan alto que su cabeza rozaba el cráneo de la luna. No tenía rostro ni voz, pero sí una risa que era todo aquello que uno se promete no recordar. Sus brazos, largos como caídas, sostenían una llave hecha de metal y remordimientos.

—¿Vienes a sellar el destino? —sonó dentro de sus cerebros, más allá de las palabras humanas. —O solo a perderte en la amargura de errar... otra vez.

Yverith lo miró, sintiendo cómo sus recuerdos se evaporaban, como si de pronto fuera una niña jugando en las zarzas de una aldea que quizás nunca existió.

—He errado tanto como mis sueños podían soportar —dijo. —Si he de caer, que sea en tierra conocida.

El Sinrostro ofreció la llave. Asrallenne, temblando, advirtió:

—El precio de la puerta es la raíz, y la raíz siempre sangra.

La puerta exudaba aromas prohibidos: sangre de los sacrificios de los primeros reyes, polvo de huesos de fundadores. La reina extendió la mano y, con el metal frío clavándosele en la carne, giró la llave.

***

La tierra se convulsionó como un pez moribundo. Los cimientos del castillo chasquearon, los árboles hincaron raíces como dientes en carne, y un grito brotó del propio aire, mientras algo indescriptible se perdía —quizás la misma capacidad de errar, de soñar en movimiento.

Los Zenthos, observando desde su campamento, vieron al reino detenerse. De un instante a otro, las nieblas se disolvieron y ante ellos apareció una ciudad anclada, sujeta, vulnerable. Vargal sonrió; la presa era suya, ya no huía.

Pero cuando los Zenthos intentaron avanzar, la tierra entre ellos y la ciudad se volvió inabarcable, como si el reino detenido estuviera a un continente entero. Gritaron furiosos y buscaron caminos invisibles hasta perderse uno a uno en la niebla, o en la indignidad de la esperanza.

***

Durante años, Yverith gobernó sobre una tierra quieta. Los mercados prosperaron, los mares finalmente rodearon costas inmutables, y los niños nacieron sabiendo con certeza dónde enterrarían a sus padres.

Pero ni todos los festejos ni todos los nacimientos impidieron que la sangre de la raíz brotara lentamente. Las cosechas se envenenaron poco a poco, las aguas se volvieron turbias, y los sueños de los habitantes languidecieron bajo la lentitud del tiempo recto. Quienes habían deseado la quietud ahora la sentían como una prisión.

Asrallenne envejeció velozmente. Su poder menguó, su piel se arrugó como pergamino mojado. Yverith envejeció también, pero una extraña lucidez la mantenía alerta. Años más tarde, la reina acudió una última vez al Umbral, ya ahogada por la certidumbre de su reino.

Allí, en la grieta negra que alguna vez fue la puerta, una voz la saludó, apenas un murmullo:

—La raíz ha sangrado, pero la huida no es menos dolorosa que la permanencia.

—¿He condenado a mi pueblo? —preguntó la reina, despojada de toda corona, de todo ardid.

—Has cambiado una maldición por otra, como todos los hijos del errar. Pero hay belleza en ambos castigos, si sabes dónde mirar.

Yverith, que había sido llamada Reina Errante, aguardó en el Umbral hasta que la luna se desangró sobre el horizonte. Nadie la vio al volver, y cuentan que, desde aquel día, en cada sueño de los nacidos en el reino fijo, hay senderos fluctuantes, cielos donde el sol se levanta por occidente y ríos que deciden marcharse y hundirse en los contenidos de la propia tierra.

Quizás no hay salvación contra el errar, como no la hay contra la quietud. Todo reino es errante, aunque sus piedras quieran fingir raíces.

La historia termina como empiezan todas las historias de reinos errantes: con la promesa de un movimiento. Con la esperanza, débil y terca, de que tal vez el próximo amanecer traiga consigo algún lugar nuevo y un nombre aún no dicho. Y con la sombra de una bruja, esfumándose justo cuando el reino parece, por fin, haberse detenido.

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