Fragmento:
Avanzaron entre las mesas caídas de la taberna, sorteando los cadáveres de los tres inquisidores que habían venido a buscar a Kira. Por su cabeza pasaban hilos de magia apenas mantenidos a raya. Los mantos rojos resplandecían aún con la pátina de letanía pobre escrita en su tela: Servid y Arrepentíos. Aquella noche, ellos sí se habían arrepentido, y muy poco.
Duración: 09:45
La hechicera brotó de entre las sombras como la llama azul de un relámpago, la capa desgarrándosele a la altura de las caderas por la violencia de sus movimientos. Detrás de ella, la taberna lucía las huellas del caos: cuerpos, sangre, vidrio roto, el aullido de la tempestad afuera haciéndose eco en el silencio súbito. Kira Durn arrastró la espalda sudorosa por la pared, respirando por la boca, el sabor a óxido caliente llenando sus labios, la daga ensangrentada temblando en su mano.
La lluvia en Lösham caía como cuchillas líquidas. Allí, siempre mojaba sangre ajena, pensaba Kira con el sabor a ironía rancio apretándole la garganta. Escuchó el chasquido de una bota entre los charcos, y sin mirar supo que era Vyl, el mataharos. Nadie más en la ciudad pisaba así, como si la vida fuera simple barro bajo sus pies.
"Hay que moverse," siseó Vyl, la voz rasgada, muy cerca de su oído. No era una orden, pero lo sería si ella dudaba siquiera un instante. Kira asintió, su respiración reducida a ráfagas incontroladas, aunque no del todo asustadas—o eso se repetía.
Avanzaron entre las mesas caídas de la taberna, sorteando los cadáveres de los tres inquisidores que habían venido a buscar a Kira. Por su cabeza pasaban hilos de magia apenas mantenidos a raya. Los mantos rojos resplandecían aún con la pátina de letanía pobre escrita en su tela: Servid y Arrepentíos. Aquella noche, ellos sí se habían arrepentido, y muy poco.
Al cruzar la puerta trasera, Vyl escupió por encima del hombro. "¿Sabías que vendrían hoy?"
Kira no contestó. Las palabras de una bruja marcada por la Hermandad de la Llama rara vez eran seguras, y menos rodeadas de aquellos que nacerían para venderlas por una moneda. El patio trasero era un laberinto de basuras y musgo antiguo. Se colaron por una grieta entre dos muros, donde la lluvia pegaba más fuerte, y la ciudad gritaba más bajo.
"No preguntaré más," murmuró Vyl tras unos segundos. "Sólo si lo hiciste para salvar a tu hermana. O por ti misma."
La respuesta era ambas. Pero los secretos sobrevivían revestidos de silencio.
Al fondo del callejón, una figura aguardaba—una sombra borrosa envuelta en una capucha roja, de esas que atavía la inquisición cuando da caza, no sermón. Kira elevó la daga, la dejó danzar bajos sus dedos; la magia crecía bajo su piel como misterioso veneno, ardiente y fría al mismo tiempo.
La figura habló con voz monocorde: "Sujeto Kira Durn, por orden de los Sumos Ascendidos del Trono Brillante, quedarás aprehendida o morirás en el acto. Tu condena: sangre y fuego."
"Kira," murmuró Vyl, "es tu destino herido o el mío. Decide ahora."
A Kira toda la ciudad le pareció jadeante y vacía. Un charco de luz tembló sobre la calle desierta, y cuando la figura avanzó, la vio: una joven, nada mayor que Kira, pero con la cara devorada por tatuajes rituales.
Kira tomó una decisión vieja: luchar.
El eco del primer impacto fue un grito. Saltó hacia adelante, la daga convertida en prolongación de la voluntad. Al abrir la carne ajena, chispas de magia latieron como luciérnagas en torno a sus dedos. La inquisidora elevó la mano, la magia surcó el aire en una ráfaga carmesí que Kira apenas logró desviar con su contrahechizo. El dolor fue un relámpago: la muñeca de Kira se partió, el acero vibró y casi cayó.
Vyl se deslizó tras la inquisidora, el filo de su espada buscando el hueco entre costillas. Pero la mujer giró con inhumana rapidez y le desvió el brazo. Sangre brotó. Una segunda goleada mágica derribó a Vyl contra el ladrillo, el cráneo sonando hueco, y la calle quedó teñida de ominoso rojo bajo la luz de las cuatro lunas llenas.
—No tienes por qué morir, Kira Durn —ofreció la inquisidora, una vez más.
—¿Quién de nosotras está mintiendo? —gruñó Kira, sintiendo el sudor frío en la espalda, el temblor atávico recorriéndole la columna.
En ese instante, una idea brilló, fiera y definitiva: la huida no baña de oro, sólo de barro; pero la sangre propia arde más que la ajena. Así que invocó su magia, no para atacar—sino para quebrar el suelo. Una línea de fuerza azulada giró bajo sus botas, el empedrado saltó por los aires, las piedras volaron, y la lluvia se transformó en aguja sobre piedra negra.
Kira rodó, apenas una sombra saltando entre los escombros. Algo impactó su costado—una daga, o una bala mágica, no supo distinguir—pero llegó a la esquina. Vyl apenas se incorporó con la poca dignidad del superviviente, y ambos se desvanecieron, cojeando y sangrando, en la negrura del siguiente callejón.
El resplandor de la batalla quedó atrás; no así el chillido lejano de la inquisidora, ni el rumor de la magia seguía burbujeando en la piel de Kira.
—¿Hasta cuándo, Kira? —jadeó Vyl, apoyando el peso de su cuerpo en la pared, la sangre manando por la camisa.
—Hasta que arranquemos a mi hermana del Carnévil, lo sabes bien —murmuró Kira con rabia. Cuando le hirvía el orgullo, las palabras salían más ásperas. Y esta noche todo era orgullo y rabia.
Caminaron, apiñados bajo la tempestad, a través de los zocos cerrados y los barrios de mortajas del Mercado Hundido. Allí donde nadie pregunta, nadie ve, y la vida vale algo menos que la lluvia. Al fondo se adivinaba el resplandor del Carnévil: el palacio de placer y dolor, refugio de brujos degenerados y criminales venerados. En su interior, la hermana de Kira—recluida, vendida por un traidor. El precio: una promesa de vida para Kira, nunca cumplida.
Llegar fue una carrera de sombras y susurros. Al borde del gran portón de bronce, Vyl sacó la daga, la dejó bailar entre sus dedos. "Sabes que aquí terminan las historias," murmuró. Kira miró al asesino; su compañero, su verdugo potencial, el único que jamás le cobró la vida por adelantado.
"Empecemos," respondió, la voz hecha escarcha y furia.
El interior del Carnévil olía a demasiadas cosas: humo de resinas prohibidas, sudor, gemidos, muerte en el aire. La sala principal era una jungla de lujuria y magia podrida. Figuras encapuchadas, mercaderes de cuernos y ojos como una marea densa. Los hechizos zurcían el aire como telarañas: encantos de olvido, de deseo, de sumisión.
Vyl pasó entre una docena de ojos ávidos y garras ocultas, Kira tras él. A un lado, un cráneo flotante masculló una plegaria. Al otro, un brujo sin labios les ofreció la visión de sus destinos por el precio de una uña. Siguieron adelante, desoyendo la seducción y la amenaza.
Cruzaron un arco de huesos, y el corazón de Kira palpitó como un trueno: allí, en la jaula de cristal en el centro de la sala, su hermana. Lucía más joven y más vieja a la vez, los ojos fijos en la nada, la magia corroyendo los barrotes en un lento chisporroteo azul. Las marcas de la esclavitud mágica eran relucientes, crueles.
Protegiendo la jaula, el Carnévilo los esperaba: alto, rubio, la piel dorada por la coraza de magia, los dientes limpios y afilados como navajas de oro. En su mano, una vara de ónice. En los ojos, la certidumbre de quien ha visto morir a todos sus enemigos.
"¿Kira Durn?" preguntó con una sonrisa depredadora.
"No vine a negociar," respondió ella, la daga firme.
Detrás de ella, sintió a Vyl prepararse. Él no preguntaba, él mataba; un consuelo perverso en este nido de venenos.
El Carnévilo alzó la vara, y los cánticos mágicos comenzaron, una letanía en una lengua extinta. Los presentes retrocedieron. El aire se cargó, el olor a ozono y a sangre vieja saturando el paladar.
Kira avanzó, el mundo distorsionado por la hechicería, la sala retorciéndose, los muros ondeando como agua. El Carnévilo blandió la vara, envió una lanza de fuego líquido, y Kira la cortó en dos con su propio hechizo, la daga abriendo brecha en la realidad.
El combate fue un poema salvaje. Magia y acero, sudor y sangre; Kira sintió cómo algo en su interior ascendía con rabia, una bestia que despertaba sólo para la muerte, o para el amor más puro. Vyl segó dos guardianes con la eficiencia de la jauría bien entrenada. Pero el Carnévilo era magia vieja, y cada golpe era contestado con siglos de saber oscuro.
Al final, el hechizo de Kira fue una última desesperación. Arrancó parte de sí misma: la memoria de quien amaba, el dolor de la traición, el anhelo de redención. Lo arrojó como un puñal invisible, gritando las sílabas prohibidas.
La onda mágica desgarró la sala, y la vara del Carnévilo se partió. El hechicero gritó, y en ese vacío Kira saltó, la daga hundiéndose bajo la clavícula dorada. Vyl remató; el Carnévilo, rey del dolor, se derrumbó al suelo.
El silencio fue breve. Kira corrió a la jaula, rompió los sellos con palabras susurradas en sueños por su madre muerta. Su hermana la miró, ojos borrosos de lágrimas. Se abrazaron, y Kira supo que esa herida nunca sanaría del todo. Pero ese era el precio del amor, el precio de la libertad.
No hubo fuga gloriosa. Solo una salida sangrienta, los pies chapoteando en charcos de magia rota, las lunas brillando sobre los tejados maltrechos de Lösham. Detrás de ellas, la noche se llenaba de rumores, de segadores y sombras aún no vencidas.
Pero habían sobrevivido. Por ahora; y a veces, eso debía bastar.
La sangre aún caía de las manos de Kira mientras cruzaban la frontera de su destino, hermanas al fin unidas, aunque marcadas para siempre. Porque en la ciudad de lluvia, magia y traición, sólo la espada y la brujería regían el mañana.
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