Portada del relato La Espada de la Niebla Carmesí
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Fragmento:


Al pie de la montaña, en la aldea de Erisia, las casuchas de madera temblaban bajo la tormenta. Las antorchas ardían protegidas dentro de linternas de cuerda y cristal verde. Rogar entró en la taberna "El Refugio de la Gárgola" sin mirar atrás. Necesitaba calor, comida y, sobre todo, olvido. Dentro, la atmósfera era tensa, colmada de conversaciones apagadas, rostros astillados por la desconfianza y un tufo de licor barato y sudor.

Duración: 09:45

La Espada de la Niebla Carmesí
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Texto de ajuste de pausa.

El viento ululaba como un enjambre de espectros sobre las cumbres de la Sierra Rayada. Ello no detuvo a Rogar Cascoamargo, cuyas cicatrices en el rostro - surcos rojos y morados como ríos envenenados - hablaban de vidas rotas por la rudeza de la fortuna. Se tambaleaba, cubierto de harapos y cuero endurecido, avanzando a contraluz de la luna llena, su hacha golpeando contra la pernera en cada paso. Tras él, sólo quedaban huellas profundas en la nieve y manchas oscuras donde la sangre de los hombres de Dalvador se había enterrado en la escarcha.

Al pie de la montaña, en la aldea de Erisia, las casuchas de madera temblaban bajo la tormenta. Las antorchas ardían protegidas dentro de linternas de cuerda y cristal verde. Rogar entró en la taberna "El Refugio de la Gárgola" sin mirar atrás. Necesitaba calor, comida y, sobre todo, olvido. Dentro, la atmósfera era tensa, colmada de conversaciones apagadas, rostros astillados por la desconfianza y un tufo de licor barato y sudor.

Se sentó cerca del hogar de piedra. El fuego crepitaba y lanzaba chispas como insectos dorados. Una joven de ojos extraordinariamente verdes - tan vívidos que parecían dos esmeraldas ardiendo - se aproximó con una jarra de cerveza. Él ladeó la cabeza, escudriñando el rostro, pero no la reconoció.

—No eres de aquí —dijo ella, su voz un susurro, pero con la firmeza del acero bajo terciopelo.

—No. Tampoco tú —replicó Rogar, mojando sus labios partidos con el líquido espeso.

—¿Cómo lo sabes?

—Aquí todos miran como corderos. Tú miras como una loba.

Ella sonrió, pero no era una expresión amistosa. Aquella sonrisa cortó la distancia como la hoja de una navaja. Bajó la voz más aún:

—Dicen que eres quien mató a Malkar el Sanguinario.

Rogar se encogió de hombros.

—Muchos hombres han muerto por espadas ajenas. Pocos recuerdan el nombre de quien les atravesó el corazón.

Ella se inclinó hacia él, su aliento es cálido y perfumado con menta salvaje.

—Tengo un trabajo para ti. Mejor pagado que las rencillas de aldea. No fácil, pero sí sangriento.

A Rogar le brilló la mirada un instante. Sangre, oro y olvido. Era todo cuanto podía pedir.

—¿Un buen pago?

La joven se quitó el collar. Era una cuerda fina con una gema azul pálida, como una gota de cielo helado.

—Esto por adelantado. Tres más cuando acabe el trabajo. Más oro del que has probado en meses. Debes ir al túmulo de Isendraal. Traerme su espada.

A Rogar se le heló la voz en la garganta. Isendraal. Todos los niños del reino habían tenido pesadillas con ese nombre. Un nigromante muerto hacía tres siglos, sepultado bajo una losa negra, con una espada bañada en las almas de sus enemigos.

—¿Por qué quieres esa espada?

Los ojos de la joven brillaron, peligrosos.

—Porque la espada no debe pertenecer al conde Dalvador, ni a los bandidos que merodean cerca. Mejor en mis manos… y en las de alguien que sepa el precio de la sangre.

La conversación terminó con un apretón de manos frío y corto. Al día siguiente, Rogar partió antes del alba, la gema azul colgando junto a su hacha y una nueva sombra flotando sobre su cabeza.

***

La ladera hacia el túmulo estaba cubierta de un musgo viscoso y piedras lisas que brillaban con melancolía verdosa. El aire olía a tumba y tierra empapada de siglos. Aquí, el silbido del viento era reemplazado por un murmullo de voces que Rogar no podía identificar del todo, pero sentía abrirse camino en su pecho como garras de resfriado.

El túmulo era una losa negra, inexplicablemente exenta de líquenes o podredumbre. Ni los animales ni las raíces se atrevían a acercarse demasiado. Rogar tanteó el abismo de la entrada, una boca de oscuridad en la roca, mientras recitaba en silencio el nombre de la diosa protectora de los caminantes. Recordaba historias: nadie volvía del túmulo de Isendraal, salvo como cadáver arrastrado por los lobos.

Pero la vida de la espada era sólo suya y siempre había sido más terco que sensato. Bajó, empuñando la antorcha y el hacha.

La oscuridad aquí no era una simple carencia de luz. Era una sustancia, palpable, viscosa, que se resistía a los pasos como agua densa. La antorcha chisporroteaba con luz mortecina, luchando contra una negrura que tragaba el fuego. Rogar avanzó, el sudor corriendo por sus costados. Escuchó, primero, una melodía; luego, un sollozo.

En la cámara principal, la espada reposaba sobre el pecho de un cadáver negro, acartonado pero inexplicablemente intacto. Alrededor, círculos de runas y calaveras diminutas - de niños, animales y quizás los infortunados que intentaron este mismo robo siglos atrás.

En ese instante, algo le habló. No con palabras, sino con el ansia de mil cuchillas en la carne.

La visión invadió a Rogar: campos bañados en rojo, hombres de cabellos ígneos trepados por demonios, bocas de abismo tragando aldeas. Supo, sin nadie decirlo, que la espada clamaba por dueño, hambre de muerte y sangre nueva.

—Tómala —replicó una voz antigua desde la oscuridad—. Serás rey de gusanos, amo del cieno.

Debió huir. Debió, como miles antes, rechazar la tentación. Pero Rogar temblaba por dentro. No de miedo, sino de deseo. Él no ambicionaba el reino ni la gloria. Anhelaba fuerza. Poder suficiente para nunca más temer las sombras que acechaban en las carreteras, ni el hambre ni el frío.

Se inclinó, apartando la mano ósea del nigromante y desenvainando la espada. Al hacerlo, no hubo estrépito. Sólo un pulso, como si el mundo hubiera exhalado muy despacio. El arma era negra, adornada de vetas carmesí. Al tacto, Rogar sintió una oleada de euforia y repulsión a la vez, como si masticara carne corrupta pero exquisita.

En su mente, mil gritos se entrelazaron. Vio el rostro de su padre, el día en que fue asesinado; el de su hermano, frío bajo el hacha de bandidos. El filo le susurró promesas: venganza, riqueza, invulnerabilidad. Pero a cambio, sólo debía cortar, una y otra vez, saciarla.

Emergió del túmulo al atardecer, la espada envuelta en trapos. El mundo parecía más frío, más distante. El musgo no temblaba bajo sus botas, sino que parecía apartarse, como si reconociera el paso de algo funesto.

***

La joven esperaba en la aldea, junto a la posada. Llevaba un abrigo rojo intenso, como la sangre que había soñado la espada. Rogar tendió el arma a sus pies, pero ella no la recogió.

—¿Sabes lo que has traído contigo, bárbaro? —preguntó, su voz un látigo crispado.

—Tú lo sabes mejor —masculló Rogar—. No la quieres para protección, ni para evitar que caiga en malas manos.

Ella sonrió: la misma curva depredadora que la había delatado la noche anterior.

—No. Quiero salvar a mi hermana. La espada puede devolverle la vida. Al precio que sea.

Rogar por un instante casi se permitió compadecerla. Pero antes de que pudiera responder, la joven se agachó junto al arma. Sin tocarla, recitó palabras en un idioma que Rogar sólo había oído a viejos chamanes delirantes. El aire se espesó. La espada vibró como un corazón oculto. Una sombra salió del túmulo, cruzando la nieve hacia la aldea.

—¿Qué has hecho? —gruñó Rogar.

La joven temblaba, lágrimas surcando su rostro, pero su voluntad era de acero.

—Isendraal, el nigromante, no sólo estaba atrapado por la piedra, sino por su arma. Al liberarla, has roto el sello. Yo sólo quería robar esa chispa última para salvarla... Volverá a por lo suyo. Nos matará a todos.

Ya no importaba la paga, ni la venganza. Rogar, furioso, blandió el hacha, maldiciendo a la extraña y a sí mismo por su codicia. El viento ululaba de nuevo, más fuerte que nunca. De la negrura del bosque emergió una figura imposible: coronada de cuervos, con ojos como carbones humeantes, Isendraal reapareció, más sombra que hombre, sosteniendo la muerte en las manos.

La joven intentó proseguir su conjuro, pero Isendraal la alcanzó con una sola mirada. Ella gritó, se derrumbó, y su piel se volvió gris, marchita, como pétalo muerto. Rogar no pensó: se arrojó hacia la criatura. Chocó acero contra sombra y notó cómo la espada, aún envuelta, saltaba hacia su palma, reclamando su dueño.

Una oleada de odio ancestral lo cegó. Apenas veía —sólo sentía la furia y la desesperación de siglos, la promesa de poder absoluto. Podía cortar la cuerda que aún ataba a Isendraal a este mundo. O tomar su lugar.

Rogar gritó, cortando el aire con todas sus fuerzas. La espada brilló en rojo y negro, iluminando la tormenta. Isendraal gimió, su sombra descomponiéndose en jirones, mientras los cuervos caían a tierra como piedras. En su último aliento, el nigromante rozó la mano de Rogar.

"¿Crees ser diferente?", susurró en la mente del mercenario. "Todos servimos. Todos pagamos, en sangre".

La sombra se disipó. La noche recobró su oscuridad habitual. Rogar se inclinó sobre el cadáver marchito de la joven, la gema azul aún colgando de su cuello. Ella había muerto por amor. Él... por nada, quizás, salvo por el mismo principio que impulsa a un depredador bajo la luna.

La espada tembló en su mano, y Rogar supo que nunca podría volver a desprenderse de ella. Ahora era parte de su maldición. Caminó solo, alejándose en la nieve, el viento chillando, con una nueva historia tallada a golpes en su alma. No era un héroe. Ni siquiera un villano. Era sólo Rogar, el hombre que portaba la niebla carmesí.

Y a lo lejos, muy lejos, un cuervo solitario alzó el vuelo bajo la luna.

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