Portada del relato El Coro de los Infinitos
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Fragmento:


Las voces emergieron: primero tímidas, luego atrevidas, subiendo en espiral como una catedral invisible. Ialys cerró los ojos. Sintió el temblor sutil en la costura de la realidad y la tentación de unirse a ese canto. Y lo hizo, al principio apenas un murmullo, pero uno que se coló entre las demás voces porque, siendo de proscrita, su tono era distinto… y codiciado por las fuerzas que aguardaban fuera del orden.

Duración: 08:38

El Coro de los Infinitos
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Texto de ajuste de pausa.

***

La tormenta nunca abandonaba la ciudad de Fayen. Tan arriba estaba su acrópolis que las nubes parecían raíles de su carruaje, y los relámpagos raíces de sus cimientos. Allí, donde la bruma vestía los zócalos y los viejos tejados plateados, vivían los celafantes, gentes de un linaje antiguo, tan ligados a los cielos como a la piedra que los cobijaba. En secreto y en público se susurraban los nombres de quienes alguna vez tocaron el trono más alto, el que no se veía desde la tierra mortal, sino desde la última luz entre las nubes perpetuas.

La cúpula de la Sala de los Cánticos se iluminaba con azul radiante toda vez que comenzaban los Vigilantes su letanía. Desde el estrado de ónice, la Archicantora Sysaly recorrió la mirada por los jurados y las novicias. A ninguno de ellos importaba el viento: sus ropajes ondeaban como alas de albatros; sus brazos, sujetos al vacío, parecían dibujar los trazos de una partitura inmemorial.

–Hoy descendemos –proclamó Sysaly– en busca del eco de un linaje perdido. Hoy, por mandato de la Quinta Aurora, invocaremos a los portadores de la última corona.

El público contenía el aliento. Entre las sombras, los aspirantes se sentían desplomados ante el peso de la historia, y aún así cada uno aspiraba a esa cima desolada e imposible que, según las leyendas, era visitada sólo en alma por quienes eran dignos: el asiento que, una vez asumido, confería potestad sobre todos los vientos y mares de lo desconocido.

Ialys, la hija menor de un linaje exiliado, esperaba agazapada en el frío de un pilar, con la garganta seca y el corazón golpeando como un huracán contra el pecho. Sabía que no tenía derecho a mirar la ceremonia, pero su sangre hervía, y la curiosidad podía más que el exilio.

Los celafantes no solo eran hábiles con la voz: su poder residía en la capacidad de trenzar la Música de las Esferas. Eligieran bien sus notas, y harían llover o despejar los cielos, convocarías grullas albinas o detener guerras. Eligieran mal, y podían desatar tormentas opacas, tornados de locura y olvido, y romper los lazos entre el Cielo y la Tierra.

Ialys recordaba el ocaso en que fue vedada de este privilegio. Cuando el clan de los Mislion fue declarado eternamente mudo, por traición al pacto celeste, ella fue apenas una niña. Pero su madre, heredera de una estirpe poderosa, vestía aún la melodía en la piel. Había enseñado a Ialys a cantar en clandestinidad, apenas un susurro, y a ejercer poder sobre las aves de paso y las brisas frágiles.

Ahora, el rumor de que el Trono Alto estaba vacío tras la desaparición del último Soberano llevaba meses creciendo. Sin un regente, el vértice de poder de Fayen era una herida abierta en el velo del mundo.

–Comenzarán los lamidos de la Aurora –entonó Sysaly.

Las voces emergieron: primero tímidas, luego atrevidas, subiendo en espiral como una catedral invisible. Ialys cerró los ojos. Sintió el temblor sutil en la costura de la realidad y la tentación de unirse a ese canto. Y lo hizo, al principio apenas un murmullo, pero uno que se coló entre las demás voces porque, siendo de proscrita, su tono era distinto… y codiciado por las fuerzas que aguardaban fuera del orden.

Nadie notó la infracción hasta el tercer verso, cuando un relámpago de un blanco virulento hendió la cúpula. Las voces se quebraron. El aire se volvió pétreo. Sysaly alzó su báculo, y miró a la asamblea con ojos de furia plateada.

–¿Quién osa invocar la octava sucesión?

El guardián del eco repitió la pregunta. El misterio impregnó el ambiente. Los ojos de Sysaly dieron con la pequeña figura junto al pilar, el vestido deshilachado y las pupilas llenas de desafío.

–Una Mislion –dijo la Archicantora, y la palabra fue peor que un hachazo–. La sangre muerta.

Pero el relámpago, ignorando todos los gestos de expulsión, bajó como un dedo de los dioses y cayó justo en el centro de la habitación, abriendo un pozo de luz por el que caía, imperceptible, un remolino sin fondo. Y de la grieta surgió un objeto largamente ausente: la Pluma de Anzyl, señal inequívoca de que la llamada había llegado a los tronos celestes.

–No es la elección del consejo –dijo Sysaly, pálida–. Es la elección del Trono mismo.

Algunos se postraron; otros buscaron refugio tras columnas; uno rompió a llorar.

Ialys no retrocedió. Sintió la canción en su lengua, honda y poderosa, reclamando un derecho que mucho le había sido vetado. Sysaly bajó con lacerantes pasos y alzó la Pluma de Anzyl, temblorosa.

–Debes tomar el ascenso, pues ninguna otra voz ha invocado la senda verdadera.

Y así, en un tumulto de temor y extranjería, Ialys fue guiada a la Sala del paso, una cámara ascética donde las paredes estaban cubiertas de runas inmemoriales y espejos opacos. Un círculo de piedra parecía girar allí, movido por fuerzas antiguas. Sysaly y otros tres guardianes iniciaron el canto de aceleración, y el suelo desapareció, convirtiéndose en nubes que se elevaron, tragando a Ialys.

El ascenso fue un vértigo sin suelo. Los sonidos se deformaron, y el tiempo se quebraba como hielo bajo los pies. A veces Ialys veía escenas de castillos flotantes, veces rostros de otros herederos, veces nada en absoluto: solo la certeza de que debajo suyo todo era olvido y tempestades.

Luego, como si el vértigo cambiara de marea, se encontró de pie sobre una columna de cristal, rodeada de cielos oscuros donde flotaban islas hechas de luz pálida. Y en el centro, colgando entre estrellas fugaces, vio el Trono Alto.

No era asiento ni altar. Era una estructura viva, palpitante, formada por cuerdas de relámpagos y pétalos de aurora, avanzando o retrocediendo con cada respiración del cosmos. En aquel paisaje imposible, otros tronos orbitaban a distancia segura, sin atreverse a acercarse demasiado.

Ialys avanzó, y cada paso era una pregunta; cada respiración, una respuesta. Frente al trono, la pluma de Anzyl se hizo pesada en su mano.

Entonces fue asaltada por los ecos de quienes la precedieron.

Un hombre etéreo, con ojos de vacío, habló:

–No todas las músicas curan. ¿Qué sanarás y qué herirás?

Ialys titubeó, pero respondió:

–Sanaré los pactos rotos, heriré la mentira.

Una mujer de cabellos de humo presionó:

–A cada generación se le ofrece la ruina bajo el nombre de redención. ¿Qué harás con ambos?

A lo que Ialys, furiosa, musitó:

–No haré promesas, daré testimonio de lo que es verdadero aunque duela.

Una sucesión de voces se amalgamó hasta formar un río de sonido. Ialys sintió angustia, pero mantuvo la pluma firme. Detrás de cada pregunta pendía la amenaza de ser tragada por el viento, hecha jirones por la soledad de las alturas.

Por fin, el Trono Alto habló. No con voz, sino con presencia, reescribiendo los sentidos de Ialys desde el corazón hasta la piel.

"¿Por qué quieres alzarte sobre otros? ¿Quién escucha tu canto?"

Ialys, al borde del abismo infinito, reconoció el vértigo de la verdad. El exilio, la pérdida, el susurro aprendido de su madre proscrita.

–No deseo el poder. Solo pediré un puente, no una muralla.

El Trono se iluminó, y la estructura palpitante la reconoció. Una lluvia de melodías ascendió desde los mundos inferiores hasta las nubes, y los tronos menores retumbaron como un aplauso sordo.

Cuando Ialys abrió los ojos, estaba sentada en el centro, con la Pluma de Anzyl fusionada a su palma. No era poder, sino responsabilidad; la música de las esferas clamaba su nombre en cada halo de niebla y cada ola perdida.

Desde abajo, en Fayen, la tormenta cesó por primera vez en siglos. Sysaly recordó la profecía susurrada entre columnas: que una hija del exilio traería la reconciliación de los vientos.

Al tercer día, cuando los emisarios quisieron subir por la vieja escalera de caracol, hallaron la ciudad suspendida en un canto unísono; las aves regresaban a las torres, y los mares obedecían la marea de su señora.

Pero Ialys no gobernó con puño cerrado ni con palabra de hierro. Redefinió el trono: no una cima para unos pocos, sino vértice de un dominio que escuchaba antes de mandar y unía antes de reclamar tributo.

Hay quienes cuentan que, desde entonces, los tronos celestes no son asientos de tiranos, sino coros para los que saben de exilios y puentes. Y que los tronos, en su música, aún buscan nuevas voces entre las brumas del mundo, esperando al próximo canto cometido por el corazón errado y valiente.

Así fue el amanecer en que Fayen encontró, entre truenos y relámpagos, a su verdadera heredera.

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