Era el último día antes del solsticio, y un viento extraño recorría las lejanas llanuras de Serathyn. La vieja Caelys observaba desde la cima de la Torre de los Vigilantes, su silueta apenas una sombra entre la bruma azulada que subía por los acantilados. En su mano, el báculo milenario vibraba con el pulso persistente de la magia, inquieto, como si presintiese el cataclismo que se cernía sobre los Siete Reinos.
El Coro Guardián se reunía bajo los arcos ancestrales, sellados con runas que brillaban ahora con una luz enfermiza. Hacía siglos que la llama de Eryndor no titilaba tan débil, y los custodios —hombres y mujeres marcados con las cicatrices de mil juramentos— intercambiaban miradas cargadas de miedo. Solo Caelys, la más anciana, comprendía el verdadero alcance de la amenaza: los Herederos del Vacío retornaban, y no habría piedad esta vez.
A lo lejos, la frontera de las tierras enemigas ardía bajo un crepúsculo rojizo. Entre la multitud, Erren, hijo de Tagran, sentía la llamada ineludible atronando en su pecho. Él no era un héroe, ni tampoco un mago, apenas un aprendiz de las artes curativas, relegado a las sombras por un linaje sin gloria. Sin embargo, había soñado con dragones de escamas plateadas, con océanos de fuego, con ciudades agonizantes cubiertas de cenizas. Cada sueño era una premonición, y cada día temía verlos cumplirse.
Mientras Erren luchaba por contener su ansiedad, la asamblea terminó. Caelys le hizo un gesto apenas perceptible con la cabeza, un sílabo de destino grabado en la conexión invisible entre maestra y discípulo. La multitud se dispersó, y la anciana se acercó a su protegido.
—Esta noche, la llama titilará por última vez si no actuamos —susurró—. Debes partir, Erren. Encontrarás lo que buscamos en la Grieta de Mirian, donde los ecos de la magia aún son puros. Ve solo; nadie debe saberlo.
Erren tragó saliva. Su instinto le pedía huir, correr lejos de la responsabilidad, pero las palabras de la anciana pesaban más que el acero. Se despidió con una reverencia y subió a su pequeña habitación, donde nunca había tenido tiempo más que para dormir y estudiar. Ahí, eligió su capa más gruesa, una pequeña daga —recuerdo de su madre— y la piedra que Caelys le entregó, un ópalo que brillaba al calor del miedo.
La noche cayó como una losa. Los pendientes del reino, las murallas y las torres, fueron tragados por la negrura mientras Erren descendía por el sendero secreto, apartando zarzas y raíces con la destreza de quien ha caminado muchas veces en sigilo. Nadie le vio partir, o eso pensaba. En la penumbra, unos ojos ámbar lo seguían.
Avanzó rápido hasta que el bosque cerró filas a su alrededor. El aire olía a resina y a magia no domada, a promesas rotas y terrores antiguos. Erren intuyó que la Grieta no era solo un lugar, sino un umbral, y la piedra en su bolsillo comenzaba a palidecer. Se detuvo bajo un roble retorcido y se dejó caer sobre un lecho de hojas. El cansancio pesa más cuando va de la mano del miedo.
—¿Dónde buscas tu fin, aprendiz? —sonó una voz detrás de él, baja y melódica.
Erren se giró de golpe, empuñando la daga. De las sombras emergió una figura alta y vestida con una capa de piel azul. Bajo la capucha, los ojos ámbar fulguraban.
—No busco mi fin, sino un principio —titubeó Erren.
—¿Principio o final? A veces son lo mismo. —La figura se sentó con gracia animal—. Soy Nyressa, del linaje de los Melkhar. Hace siglos cuidé la Grieta, cuando era venerada y no temida. Caelys ha movido sus piezas.
Erren asintió; el nombre de los Melkhar era leyenda viva, antiguos custodios de portales y secretos de sangre. Nyressa olía a humedad y a montaña, a tormenta contenida.
—¿Vendrás conmigo? —preguntó Erren.
—Ya estoy allí.
La senda hacia la Grieta se extendía entre colinas peladas, rocas cubiertas de líquenes y raíces que parecían buscar su tobillo a cada paso. Nyressa avanzaba siempre un paso por delante, silenciosa como el rumor de la noche. Al llegar a una quebrada, el ópalo vibró en el bolsillo de Erren, lanzando un destello azulado breve y feroz.
—Éste es el umbral —dijo Nyressa, apartando unas ramas—. Detrás yace la magia cruda, donde los Herederos del Vacío no pueden seguirnos… todavía.
Descendieron entre zarzas y musgos a un claro donde el aire centelleaba, muy distinto a la brisa fría del resto del mundo. La Grieta era una hendidura en la tierra, de la que brotaba una luz plateada e hiriente. Allí, el tiempo parecía deshacerse, cada rumor del bosque retumbaba con ecos de cosas que no pertenecían a ningún presente.
—¿Qué busca Caelys en la Grieta? —preguntó Erren, sintiendo cómo la magia lo embriagaba y paralizaba a la vez.
—No lo comprende del todo —dijo Nyressa—. Ella intuye que aquí yace el primer fuego, el que encendió la llama de Eryndor. Solo un portador digno podrá tomarlo y devolverle la luz al templo. Pero este mundo es de equilibrio: aquello que abras, deberás sellarlo con parte de ti mismo.
Erren miró la hendidura, el ópalo pulsando en su mano. El fuego dentro de la grieta lo llamaba, trayendo imágenes confusas: visiones de reinos caídos, juramentos incumplidos, su propia infancia llorando bajo una luna de sangre.
—No tengo linaje real —confesó al fin—. No soy digno.
—Nadie lo es. Es el sacrificio lo que da nobleza, no la sangre —respondió Nyressa. Se retiró la capucha: su rostro estaba surcado no solo por la belleza salvaje de los Melkhar, sino por cicatrices antiguas—. Todos pagamos un precio.
El viento se intensificó. Erren se arrodilló junto a la Grieta, la piedra azul brillando ahora con la ferocidad de un sol miniatura. Pensó en su madre, en Caelys, en un reino desconocido que necesitaba una llama para no perecer en la oscuridad. Cerró los ojos y sujetó la piedra contra su pecho.
Un alarido de fuego le atravesó. No había dolor, solo una inmensa claridad: el fuego de la creación, extendiéndose a través de él, buscándole médula adentro, hilando recuerdos y sueños en una trenza incandescente. Todo lo que había sido, todo lo que anheló ser, se resolvió y deshizo en ese instante. Se sintió ligero y terrible, un dios en el umbral de un mundo olvidado.
Cuando abrió los ojos, la Grieta estaba cerrada. El ópalo se había fundido en su carne, una llama palpitante en su pecho.
Nyressa lo miraba con asombro y pena.
—Parte de ti se ha quedado del otro lado. Así es como hay que sellar lo que uno abre —murmuró—. Ya no eres solo humano, ni tampoco inmortal. Ahora llevas la Llama de Eryndor, y su peso te acompañará por siempre.
Al regresar al templo, el alba apenas despuntaba. Los custodios se arremolinaban a las puertas, sus rostros marcados por el temor y la esperanza. Caelys aguardaba de pie bajo el arco mayor. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a Erren; supo, sin palabras, lo que había dado y lo que había conseguido.
Esa mañana, el fuego de Eryndor ardió más alto que nunca sobre la torre de los Vigilantes. Los enemigos a lo lejos retrocedieron ante una luz que no pudieron comprender, y los reinos se unieron, aunque supieran que aquello era solo una tregua en una guerra que nunca conocería el final.
Erren fue celebrado como héroe, pero nadie pudo comprender del todo la soledad de su nueva existencia. Ni siquiera Nyressa, que le visitaba de tanto en tanto con relatos de otras grietas, otros portales. Entre ambos surgió una extraña camaradería; una soledad compartida donde las palabras no siempre hacían falta.
Los años pasaron. Eryndor renació y cayó en mil ocasiones, pues esa es la ley de todos los reinos. Pero la llama nunca volvió a apagarse, y el peso del sacrificio de Erren marcó una Era. Los mitos comenzarían a engrosarse en torno a su nombre, a tergiversar los detalles de su gesta. A veces, en la medianoche, Erren subía a la cima de la torre y escuchaba a la piedra latir en su pecho, recordándole la frontera que cruzó, y qué parte de sí mismo quedó atrás, en la luz primera, para siempre.
Así fue la épica de Erren, el Guardián de la Llama, y así fue como la esperanza, a veces, solo es posible cuando uno es capaz de dejarse consumir para renacer en el fuego del sacrificio.
FIN
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