Fragmento:
Esa noche, la Dama del Alba, regente de Lysaria, caminaba sola en la sala de audiencias, flanqueada por sus guardianes relucientes. Había recibido un mensaje, o un aviso, pues nadie había visto aparecer la tabla de ónice donde estaba grabado el aviso. Solo estaba, tal y como la torre solo estaba. La inscripción era un trémulo surco de letras desconocidas, pero su significado le fue lacerante y claro: “El tiempo ha llegado.”
Duración: 09:11
Bajo los relucientes salones de vidrio volcánico donde las antiguas dinastías forjaron el imperio de Lysaria, había un rumor. Un murmullo inaudible para todos salvo a los oídos atentos que infiltraran la profundidad suficiente: “Despiertan”, pronunciaba la roca negra, “Despiertan.”
Era una noche sin luna, y la única luz que iluminaba la llanura disforme era la que caía, repentina y siniestra, desde la torre de Iugas. Aquella torre no tenía fundamento aparente, sino que surgía, de la nada a la vista, hacia la negrura infinita de los cielos, como si la ley de gravedad le fuera tan ajena como la misericordia al dragón. Su color fluctuaba: blanco lechoso, azul de muerte, y por último, el rojo sangrado de la obsidiana recién rasgada del vientre del mundo.
En los zócalos bajo la montaña, Feryn contemplaba el río subterráneo que partía en dos el refugio de los Ignaran. Los suyos, extraños para quienes habitaban la superficie, habían aprendido a no temer la oscuridad: la sentían íntima y familiar, como una segunda piel. Pero Feryn, tercero del linaje de los magos umbríos, sentía ese día algo nuevo —un estremecimiento que no tenía palabras en ninguna lengua jamás hablada en la superficie.
La llegada de la anciana Mairys fue tan callada que Feryn solo la advirtió por la niebla fría que precedía a la hechicera dondequiera que iba. Ella depositó una mano de dedos largos y nudosos en su hombro.
—¿Sientes la corriente, muchacho? No es el agua, ni el temblor del magma profundo. Es la torre —dijo, y su mirada, encapuchada por telas viejas, se posó en el techo negro que ocultaba la piedra y las criaturas que reptaban en ella.
—Hay algo diferente esta noche —musitó él, sin apartar la vista del reflejo que temblaba en el agua. Un reflejo que no pertenecía ni a él ni a la bruja. Parpadeaba, como un parpadeo desde un ojo invisible estudiando desde las profundidades.
Arriba, sucedían cosas imposibles. Las gentes de la superficie, despreocupadas en la ignorancia cósmica de sus días y noches, empezaban a notar grietas en la realidad misma. Los cazadores de la aldea de Noram, quienes se aventuraban al bosque gris para buscar las raíces doradas, reportaban que sus flechas regresaban torcidas, y el eco de sus voces se perdía como devorado en un pozo sin fondo. Los pastores de cabras hablaron de luces peregrinas que danzaban en torno a la base de la torre, y de sonidos —cantos, rítmicos, como si un corazón inhumano latiera entre las murallas de piedra imposible.
Esa noche, la Dama del Alba, regente de Lysaria, caminaba sola en la sala de audiencias, flanqueada por sus guardianes relucientes. Había recibido un mensaje, o un aviso, pues nadie había visto aparecer la tabla de ónice donde estaba grabado el aviso. Solo estaba, tal y como la torre solo estaba. La inscripción era un trémulo surco de letras desconocidas, pero su significado le fue lacerante y claro: “El tiempo ha llegado.”
El consejo de Lysaria fue convocado en la hora media, entre la vigilia y el sueño. Viejos magos, guerreros cansados y sabios de túnica harapienta debatían con tonos elevados, incapaces de ignorar la vibración en el suelo que hacía temblar sus copas de vino añejo.
Uno se levantó: Maenor, cuya barba tocaba el suelo, tan encorvado por el peso de los años como por la secreta carga de su saber. —No es la torre la que ha cambiado, Señora —susurró—. Somos nosotros. Hay un ciclo largo que hemos olvidado, y quienes habitan abajo han aprendido a esperar. Ellos recuerdan.
Debajo, en los ríos de piedra y luz, Feryn se atrevió a seguir el reflejo, cruzando la frágil pasarela de musgo que unía ambas orillas del río subterráneo. Sabía que otros de su pueblo lo espían, pero ninguno osaba acercarse tanto al vórtice, al lugar donde la oscuridad era menos un vacío que una sustancia palpable. A medida que avanzaba, sentía el canto: una melodía tan vieja que estaba tejida en la mismísima piedra.
La anciana Mairys le seguía. —No temas a la canción, Feryn. Esa es la lengua primigenia. Así nos hablaron cuando nos dieron refugio en las entrañas del mundo.
—¿Qué nos dice ahora? —preguntó él.
—Que es hora de recordar —ella respondió, y avanzó, encorvada pero digna, hacia donde el río se tornaba en un lago inviolable por la luz.
Arriba, la torre de Iugas comenzó a emitir luz desde sus ventanales sin puertas, vertiendo un chorro helado de resplandor azulado que se filtraba en la roca. Las puertas de la noche se abrieron, y de la base de la torre surgieron entidades. Criaturas de membranas traslúcidas cuyos cuerpos eran menos materia que idea; reyes y reinas de las honduras, de ojos de ámbar y cuerpos compuestos de miles de filamentos, como si la oscuridad misma hubiera decidido retorcerse en formas sentientes. Se deslizaron silentes hacia la villa, y la realidad crujió a su paso, doblándose lo suficiente como para que la luna falsa del Horizonte Retrogrado pudiera verse reflejada en el aire.
La Dama del Alba descendió hacia la entrada de la torre. Sus guardianes no la siguieron. Sabían, por superstición o sabiduría, que cruzar el umbral era renunciar al propio nombre.
En las serranías de los Ignaran, la melodía subterránea alcanzó su clímax: Mairys y Feryn vieron, en la negrura, abrirse los muros del lago. De allí emergieron los antiguos: seres descomunales, fusionados con la piedra, cuyos cuerpos parecían injertos entre el mundo mineral y uno invisible. Los ojos morados de cada criatura centelleaban con la misma luz de la torre.
Mairys cayó de rodillas, temblando. Feryn, poseído por una audacia irracional, se adelantó. Fue envuelto por el ritmo de la canción: se sintió al mismo tiempo multiplicado y reducido a nada, testigo del nacimiento de los continentes y de su ruina. Los Antiguos le miraron, y en la mirada no había bondad ni amenaza. Sólo la aceptación de un ciclo.
—Hijo de la noche —dijeron las voces, o quizá resonaron solo en su mente, en un trueno silencioso—. La distorsión arriba y nuestra prisión son una sola y misma herida.
Mairys, con voz entrecortada, suplicó: —¿Qué requiere el equilibrio? ¿Qué exige la torre?
Una de las criaturas, tallada en cuarzo negro y amatista, se inclinó hacia la anciana y pulsó su mente con millares de imágenes: guerras olvidadas, pactos sellados con sangre y ríos de magma, traiciones de un linaje tan antiguo que ni siquiera el tiempo podía registrarlo. Vio a los habitantes de la superficie construir la torre, no como un faro, sino como una cerradura, una traba para contener a lo innombrable... a ellos, los Antiguos. Y ahora, la cerradura se desgastaba; las líneas entre los mundos se difuminaban.
—El remedio es sacrificio —musitó Mairys, agachando la cabeza—. Los humanos arriba no lo entenderán.
—Debes ir —dijeron los Antiguos, y la empujaron suavemente con sus mentales filamentos—. Lleva a la Dama del Alba nuestra memoria y nuestro destino. Solo así habrá reencuentro o renovación.
Mientras Mairys y Feryn emprendían el ascenso, la montaña temblaba. El paso a la superficie era largo y tortuoso, y en cada resquicio se notaba la presión de la otra realidad: colores imposibles palpitaban, algunas piedras cantaban con lenguaje insensato, y el aire se espesaba como si bucearan en sueños ajenos.
Arribaron cuando los primeros rayos de la falsa luz azulada de la torre ya bordeaban el horizonte. Fuera, la Dama del Alba aguardaba, sus ropajes ondeando en una ventisca que no era viento humano.
—Venís del mundo profundo —habló la Dama, sin mirarles—. Sabéis que el ciclo se repite.
—Y que solo puede romperse, no por las armas ni los conjuros, sino recordando y confesando la verdad —dijo Mairys, sin amedrentarse.
Feryn extendió la mano, ofreciéndole a la Dama una piedra palpitante: fragmento de memoria y dolor, legado de los Antiguos. Cuando la Dama la tocó, su mente fue arrastrada al pasado: vio la traición, la construcción de la torre, no como muralla sino como jaula. Supo que ellos, los suyos, habían robado parte del corazón de los Antiguos para alimentarse del poder del abismo y alzar su imperio sobre columnas podridas de sufrimiento no confesado.
—El sacrificio —susurró la Dama, lágrimas negras manando de sus ojos— es la aceptación. No debemos contener su canción, sino unirla a la nuestra.
Mientras hablaba, la torre comenzó a desmoronarse, no como piedra golpeada, sino como piel mudando para dar paso a un ser más vasto. La luz de los Antiguos, liberada, ascendió hasta mezclarse con la aurora. Surgió entonces una nueva torre: transparente, flexible, tan imposible como la primera, pero ahora viva, vibrante de una melodía en la que todas las criaturas —de abajo y de arriba— encontraban su lugar.
Mairys, exhausta, sonrió a Feryn. —Ninguna prisión dura para siempre, muchacho. Ni siquiera la del olvido.
Y, en ese nuevo alba imposible, las criaturas subterráneas y la gente de la superficie contemplaron su destino compartido: hijos todos de la herida, custodios de la Canción, y constructores eternos de torres hacia el infinito.
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