Portada del relato El eco de Kaldurion
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Fragmento:


—¿No era uno de los nuestros? —preguntó.

Duración: 08:41

El eco de Kaldurion
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Texto de ajuste de pausa.

El viento pasó silbando sobre las almenas, cargado con el polvo oscuro que la luna nunca lograba disipar del todo. Tharion apretó los dedos en el empedrado, sintiendo la aspereza de la roca contra su piel callosa. Bajo sus pies, el abismo respiraba, una negrura líquida que se extendía más allá de donde alcanzaba la vista. El Muro Sombrío era viejo, más viejo que los nombres de los reyes y quizá más que los dioses. Tharion sentía su edad en los huesos, como una promesa de un final inevitable.

A su espalda, el campamento dormía. No había hogueras; los Guardianes nunca encendían fuego por la noche. El resplandor atraía cosas desde la negrura que solo podían existir en los terrores de los hombres. Por eso, cuando uno firmaba con sangre el pacto frente al Lago de Fuego, lo primero en aprender era amar el frío y la oscuridad.

El sonido de pasos suaves llegó desde la torre más cercana. La figura que emergió era delgada y envuelta en una capa tejida con hilos de sombra, el rostro cubierto por una máscara de hierro bruñido. Solo los ojos, un plateado sin piedad, brillaban en lo alto de los pómulos. Aesta, la Guardiana más antigua del Muro.

—Ya están inquietos —dijo, y su voz era más grave que la de un hombre, quebrada tras siglos de vigilia—. Anoche vi luz en la senda oeste.

Tharion asintió sin volverse, manteniendo la mirada en el abismo. Algunos decían que al mirar demasiado tiempo sentías cómo te llamaba, arrastrando tus pensamientos, prometiéndote secretos y poder o la obliteración total. Pero él, como los demás, había perdido la capacidad de temerlo.

—¿No era uno de los nuestros? —preguntó.

—Los nuestros no tienen corazón para la traición —respondió ella, y había una certeza antiga en sus palabras.

El silencio que siguió no era incómodo, sino denso. Desde algún lugar profundo, un gemido demasiado resonante para pertenecer a criatura viva subía y descendía como una ola.

Aesta continuó:

—Esta noche seremos solo tres en este flanco. Si la puerta ruge, ¿crees que podremos resistir?

Tharion lanzó una risa seca, carente de alegría.

—Si ruge, lucharemos. Y al alba, quizás quedemos menos. O ninguno.

Una ráfaga de polvo negro pasó junto a ellos y ambos inspiraron hondo, acostumbrados, ya inmunes a la sensación dañina que otros llamarían el aliento del olvido. Un cuervo cruzó volando el cielo en dirección al sur, graznando como si supiera que la desgracia era inevitable.

***

Horas después, cuando todo rumor de humanidad se había ocultado bajo sus mantos oscuros, Tharion recorría las murallas con pasos calculados. Su espada, la hoja de eclipse, yacía envainada, y solo tocando el pomo sentía la vieja magia que lo mantenía unido a su juramento. En su cabeza habitaba un eco, un susurro lejano: “No dejes que pasen. Serás lo que se interpone entre la vida y la muerte.”

Los recuerdos lo asaltaron como un golpe frío. Su primer invierno en el Muro. El día que vio a su hermano arrastrado hacia la negrura, devorado por las garras de lo que nunca logró ver del todo. Y la noche en que, frente al Lago de Fuego, pronunció las palabras y selló su destino.

De repente, un filo de luz roja se insinúa entre las piedras de la base. Tharion se acercó con cautela, agachado, escudriñando la ruptura, aguzando el oído. Oía el palpitar de su propio corazón, y algo más: un murmullo rugoso, como de hojas secas arrastrándose, aunque hacía meses que no crecía un árbol en la Marca.

El resplandor era irregular, pulsante. Sacó la espada muy despacio. Nada a este lado del muro debía tener esa luz. Asomándose, vio una figura encorvada, envuelta en jirones de vapor carmesí. Era alta, flexionada en articulaciones imposibles, con una máscara pálida pero ojos negros como el vacío. Parecía trabajar en la roca, desgastando la hechicería del Muro con garras etéreas y una letanía incomprensible.

Tharion tragó saliva y se lanzó al ataque, gritando el nombre verdadero del frío, palabra que solo los Guardianes conocían. El mundo titiló alrededor del hechizo: la criatura siseó y se desvaneció una fracción, volviéndose bruma, pero no completamente.

La Hoja de Eclipse refulgió, y por un momento, la verdad del Muro se manifestó: la criatura, uno de los Sirvientes Olvidados, hechiceros de una era remota, desgastando los límites entre las realidades.

La batalla fue rápida y brutal. Tharion sintió sus venas helarse mientras la criatura intentaba vaciarlo desde dentro, pero ni el dolor ni el horror lograron frenarlo. Con un brinco desesperado, le atravesó el pecho. El grito que brotó fue inhumano, como si mil bocas balbucieran el mismo sollozo. Y entonces, solo polvo y un residuo de olor a cobre.

Pero la brecha seguía sangrando luz. “No dejes que pasen”, se repitió a sí mismo.

***

En el amanecer gris, cuando los cuervos retornaron y los otros Guardianes buscaron su descanso breve, Tharion y Aesta examinaron la grieta.

—No fue casualidad —dijo ella, tocando el borde con dedos enguantados—. Han vuelto más astutos. Gritan en las sombras, pero ahora también escarban. ¿Cuánto podremos resistir?

—Tanto como sea necesario —contestó él, pero el miedo era un eco viejo agazapado en el fondo de su determinación.

***

Ese día, al caer la tarde, llegó un mensajero. Nadie esperaba refugio en el Muro, pero la figura envuelta en harapos, jadeante y cubierta de sangre coagulada, trepó como una sombra y se presentó ante Tharion. Era joven, los ojos verdes y la lengua presta.

—Vengo desde las ruinas de Skarath, traigo noticia para los Guardianes antes de que caiga la última luz.

De acuerdo a la ley, cualquier mensajero debía ser recibido, y bajo la amenaza de la noche, nadie era rechazado, pues la noche misma odiaba la soledad de los muros.

En la sala de los broncesos, Tharion escuchó el relato:

—Las columnas del abismo han despertado. El río Bajo-Mundo fluye con una marea de sombras, y algunos claman escuchar el latido de los Antiguos. Hay traidores en las ciudades libres. Hombres que pactan con lo que se arrastra fuera del tiempo y buscan abrir las puertas para siempre.

La última frase fue un baldazo de agua helada. Los Guardianes siempre hubieran jurado que su mayor peligro venía de fuera, de lo innombrable, de lo que grazna al otro lado. Pero ahora, también debían vigilar a los suyos.

Aesta se levantó, con gesto firme.

—Prepararemos las runas. Esta noche, nadie descansa.

***

Todas las horas fueron de preparación y vigilancia. Algunos Guardianes repasaban los talismanes, otros sellaban las puertas con sangre de sus propias venas. Las palabras antiguas resonaron, con un sentido de fatalidad creciente.

Y así, cuando el Muro retumbó poco después de medianoche, todos estaban alertas.

Esta vez, no era un ser solitario, sino una marea de sombras, precedida por hombres y mujeres con las caras pintadas con el mismo polvo negro del abismo, los traidores del otro lado. Gritaban oraciones olvidadas, prometiendo poder y libertad si las antiguas murallas cedían. Detrás de ellos, las criaturas de la negrura, los Sirvientes Olvidados, se arremolinaban en masas, la luz roja brotando de las fisuras abiertas.

Los Guardianes lucharon. Y mientras las paredes rezumaban sangre y las espadas de eclipse brillaban, cada uno recordó el juramento: No dejarás que pasen.

Tharion mató y sangró, sintiendo al Muro vibrar bajo sus pies, como si los cimientos del mundo estuvieran cediendo. Vio a Aesta quemar a un traidor con solo una palabra; vio a otros caer y ser arrastrados a la oscuridad.

Pero su determinación no cayó, y el alba llegó. El ataque se disipó dejando un campo de cadáveres que el sol solo logró hacer más grotescos. Otros Guardianes fueron encontrados en pedazos, pero el Muro seguía en pie, aunque menos cierto, más quebradizo, más sediento de sacrificios.

A esta, de pie bajo un cielo que aún no se atrevía a aclarar del todo, miró a Tharion y los pocos compañeros supervivientes.

—No hay gloria en este deber, solo resistencia —afirmó con la voz tensa.

Tharion asintió. Sabía que sus nombres serían olvidados, borrados junto con el polvo negro del Muro. Pero aunque nunca serían héroes en canción, mientras existiera uno en pie, la noche no tendría su dominio total.

Y así, los Guardianes oscuros —sin gloria, sin esperanza, pero con la convicción de los condenados— volvieron a sus rondas. Y el Muro, aunque resquebrajado, seguía alzándose entre dos mundos, testigo eterno de un sacrificio que solo la noche y las sombras se atrevían a recordar.

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