Fragmento:
Tres pasos bastaron para cruzar su aposento y asomarse al umbral. Desde allí vio la llamarada, pequeña como una promesa, encaramada en la torre este donde los guardianes nunca faltaban. Maldijo por lo bajo. Había esperado la señal durante siete años, y cuando por fin llegaba, era demasiado pronto. Pero los tiempos nunca eran justos.
Duración: 08:37
No se permitía encender fuegos después de la medianoche en la ciudadela de Eryth, y sin embargo, algo ardía en lo alto de la muralla. Soren lo supo antes de abrir los ojos; el olor a madera quemada danzaba en el aire, mezcla de resina y misterio. Se sentó en el camastro, la manta áspera pegada a la piel sudorosa, y miró la escasa bruma azulada en la ventana. La noche en la que alguien desobedecía la ley del fuego era la noche en que la historia cambiaba.
Tres pasos bastaron para cruzar su aposento y asomarse al umbral. Desde allí vio la llamarada, pequeña como una promesa, encaramada en la torre este donde los guardianes nunca faltaban. Maldijo por lo bajo. Había esperado la señal durante siete años, y cuando por fin llegaba, era demasiado pronto. Pero los tiempos nunca eran justos.
El pasillo estaba vacío, salvo por la sombra de la lámpara de aceite, que oscilaba con el viento nocturno. Soren apoyó la mano en la empuñadura de la espada, sigilosa como una plegaria, y avanzó. Nadie le vio atravesar el corredor. En la corte, Soren era el hijo bastardo que jamás sería rey, un nombre más en las listas de los que la reina despreciaba. Pero entre los susurradores —los que tejían secretos y mentiras más peligrosas que espadas—, era alguien. Y esta noche, uno de ellos le llamaba.
Los escalones de piedra eran fríos, humedecidos por la niebla. Subió hasta lo alto, al nido del vigía, y allí, entre el humo, alguien le esperaba. Figura baja, envuelta en una capa de color ceniza; las manos largas, como ramas pedregosas. No había encendido el fuego por error: su mirada ardía tanto como las ascuas en el cuenco de bronce.
—Llegas tarde —susurró la figura, sin girarse del todo.
—Sigo vivo, ¿no te basta?
—Nada basta ya.
El vigía —una mujer, joven pero con cabellos de plata— se volvió, dejando ver una cicatriz que le cruzaba el mentón. Selin. Una enemiga de la corona, pero también la única en toda Eryth de quien Soren aceptaría órdenes sin pensarlo.
—Lo he visto —dijo ella, acercando la llama disimulada con la manga—. El Ritual de Sangre. Empieza en una hora.
Soren sintió el temblor arrancar en sus pies y trepar por la espina dorsal. El Ritual era una amenaza de leyenda, una ceremonia que se realizaba solo cuando el tiempo se rompía, cuando un dios moría, cuando Eryth tenía que elegir entre arder o renacer en el hielo. Y esta vez, la víctima era el propio hermano de Soren: Lyndel, el príncipe, el heredero legítimo.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Lo vi en el agua, igual que te vi en la bruma cuando eras niño. Si no intervenimos, reinará la sombra durante cien años.
Hubo un segundo, fugaz y fugaz, en el que Soren pensó en huir. No era su deber: podían dejar que la sangre real se resolviera por sí sola; él nunca sería más que el eco de un apellido. Pero la idea se desvaneció con el sonido de una campana lejana: tres notas, la señal para que los conspiradores se reagruparan.
—¿Cómo? —quiso saber.
—La sala de los relicarios. Debajo del trono.
—Guardias, cerrojos, media corte.
—Y un pasaje —Selin sonrió—. Los cimientos de Eryth están huecos.
El viento apagó el fuego, y el mundo se llenó solo de tinieblas. Soren bajó tras ella, sin mirar una última vez la ciudad. A partir de esa noche, sería un reino diferente.
Descendieron por flojas escaleras al nivel de los archivos; allí, Selin tocó una piedra, y un tramo del muro cedió suavemente. El pasadizo era ancho apenas para un cuerpo, resbaladizo de antigüedad. Soren no preguntó cuánto tiempo llevaba esperando esa ruta. Los dioses, se decía, olvidan los secretos del hombre, pero las piedras no.
Mientras avanzaban, el fondo del castillo vibraba con un bramido lejano. Trompetas de guerra, pensó Soren, pero aún no; era solo el corazón de los que tenían miedo. Selin le alcanzó un cuchillo grabado con runas, y Soren leyó allí su nombre. No solo su nombre: el apellido real, el que nunca había podido llevar.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó, acariciando la inscripción.
—Serás el escudo, o serás la bala. Elige, Soren.
En el silencio siguiente, los pasos sobre la piedra fueron oraciones sin voz. Llegaron a una cámara en sombras, vigilada solo por esquirlas de luz que se colaban entre dos losas caídas. Allí, desde una esquina, alguien se movió. Una niña, pequeña y enfadada, apenas mayor de diez años, con el uniforme de paje.
—No vendrán más —anunció.
—Gracias, Emira —murmuró Selin, y guiñó a Soren—. Nadie vigilará esta ala durante una hora.
La sala de los relicarios era una caverna de memorias: altos anaqueles, vitrinas que guardaban yelmos, coronas, armas, chucherías de un linaje obsesionado con la eternidad. Pero no era eso lo que buscaban. Al fondo, en una pared cubierta de tapices viejos, una puerta de hierro emitía un leve fulgor azul.
Selin se arrodilló, rozando con los dedos una grieta en el suelo. Murmuró unas palabras en voz baja; la cerradura saltó, y la puerta se abrió sin un solo quejido. Detrás, una escalera aún más inclinada desembocaba justo bajo la sala del trono.
—Te seguiré hasta aquí —dijo Selin—. Después, depende de ti.
Soren asintió, aunque la garganta se le llenaba de miel amarga: miedo vestido de coraje. Subieron. Arriba, las voces. Un sacerdote entonando versos antiguos, palabras que pretendían abrir la carne al dios de la noche. Y Lyndel, de pie, rodeado de seis guardianes, los ojos abiertos de terror, el aire convertido en filo alrededor del cuello.
La sala estaba llena de la nobleza de Eryth: duques, cortesanas, generales, todos congregados como cuervos a la espera de una batalla. Nadie miró hacia abajo. Nadie vio a Soren salir de las sombras.
La sangre canta a los suyos, había dicho una vez Selin. Y Soren, al avanzar entre los mármoles, sintió las miradas temblar al paso de su aura. Era bastardo, sí, pero su rostro era el del rey muerto, su mirar el de una promesa funesta.
—Detente —dijo, en voz tranquila pero hecha de hierro.
El sacerdote le vio primero. Un titubeo, un paso atrás; levantó el cuchillo ceremonial. Uno de los guardianes rugió, y la sala se tornó ruina. Soren, adelantándose a su propio miedo, lanzó el cuchillo que Selin le diera. Fácil, rápido, directo al cuello del sacerdote. La misa quedó truncada en gritos. Sangre en el mármol, promesas manchadas y un país al borde del abismo.
En el caos, Soren saltó junto a su hermano. Lyndel, atónito, apenas pudo balbucear. Los guardianes dudaban —¿atacar a un príncipe es traición?—, y esa duda era todo lo que Soren necesitaba.
Selin irrumpió a su lado, espada en mano, cortando el aire. Juntos, dieron cobertura a Lyndel para que escapara por el pasaje. Gritos, corredores, el retumbar de pasos sobre piedra. Detrás de ellos, cortejo y corte parecían fundirse en una riada negra. Avanzaron por túneles, sortearon trampas de viejas raíces; fuera, Emira esperaba. A lo lejos, las campanas urgentemente lloraban.
Emergieron a las afueras, los tres cubiertos de ceniza y luz mortecina. Soren miró atrás: por primera vez en la vida, Eryth ardía sin permiso, fuegos lejanos encendidos en señal de rebelión.
—El Ritual ha sido detenido —dijo Selin, pero no sonaba a triunfo—. Ahora habrá otras noches. Otras guerras.
Lyndel, exhausto, temblaba de gratitud y temor. Se volvió hacia Soren, tal vez dispuesto a prometerle oro, exilio, cualquier cosa. Pero vio en sus ojos algo imposible de comprar.
—¿Eres mi hermano o mi enemigo? —susurró.
—Esta noche, soy ambas cosas —respondió Soren—. Pero nadie más será sacrificado por la corona que veneras.
Se alejaron, uno hacia el bosque, otro hacia la ciudad, y una niña que parecía llevar consigo el sueño de un reino sin sangre.
En Eryth, durante un breve destello, las espadas bajaron. La historia, caprichosa, les permitió sobrevivir. Pero bajo las cenizas, algo latía aún: un pacto, una deuda, una guerra naciente en los ojos de los que habían visto una sola noche de rebeldía. Y así, en la primera noche en siglos en que se permitió el fuego, también nació una esperanza: no para dioses, ni para reyes, sino para todos los que deseaban, solo una vez, sobrevivir al invierno.
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