Portada del relato Hijos de la Ceniza Eterna
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Fragmento:


Teddan era uno de los últimos de la Guardia Solar: entrenados para rechazar la oscuridad y, paradójicamente, para sobrevivir donde la luz era más letal. Caminaba a la cabeza de un grupo de catorce almas, su número mermado después de semanas combatiendo en corredores enrojecidos por el reflejo de incendios interminables. La joven magista Kiirra caminaba a su lado, su capa chamuscada en los bordes y el báculo ahumado por la energía que invocaba. “Estamos cerca del pozo”, susurró, y fue como si su voz, tan delicada como un ala de mariposa, hubiera sido tomada por la brisa humeante, difundiéndose en sombras.

Duración: 08:57

Hijos de la Ceniza Eterna
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Texto de ajuste de pausa.

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Teddan arqueó la espalda, sintiendo el lastre de la armadura incluso en el frescor de los pasadizos subterráneos. Su escudo, antaño forjado con runas de bendición, estaba ahora moteado de manchas de sílice y hollín. Rezó un instante al ancestro Urath antes de proseguir, pues el sendero por el que avanzaba era uno que nadie había cruzado sin dejar algo atrás.

Poco tiempo quedaba. Las horas de la tregua eran como granos de arena entre dedos temblorosos, cada uno cayendo para invocar la tempestad final. Por encima de las galeras abovedadas del fuerte, la devastación acechaba; las torres y murallas del reino de Nyramor ardían con un fuego que nada terrenal podía sofocar. En la superficie, el enemigo blandía antorchas en vez de estandartes, y la sangre que corría por las canaletas se evaporaba antes de llegar al río.

Teddan era uno de los últimos de la Guardia Solar: entrenados para rechazar la oscuridad y, paradójicamente, para sobrevivir donde la luz era más letal. Caminaba a la cabeza de un grupo de catorce almas, su número mermado después de semanas combatiendo en corredores enrojecidos por el reflejo de incendios interminables. La joven magista Kiirra caminaba a su lado, su capa chamuscada en los bordes y el báculo ahumado por la energía que invocaba. “Estamos cerca del pozo”, susurró, y fue como si su voz, tan delicada como un ala de mariposa, hubiera sido tomada por la brisa humeante, difundiéndose en sombras.

El objetivo era un pozo ancestral, ignorado durante años por supersticiones, ahora convertido en último refugio. Según las leyendas, al fondo de sus simas dormía el corazón mineral del mundo, un trono de fuego que podía traer salvación o condena. Alrededor de ellos, los ladrillos chisporroteaban, y el olor a madera quemada se mezclaba con el de carne. Teddan pensó en las palabras del anciano Sayl, pronunciadas la noche de la caída: “Cuando el cielo arda y la tierra se abra, busca en el centro del fuego lo que fuimos y lo que podríamos ser.”

Kiirra se detuvo ante una pared tosca. Murmuró sílabas antiguas, y una rajadura emergió como una grieta negra en la roca. “Solo uno puede entrar por vez", dijo, "y el portal solo cierra tras él”. El resto de la guardia formó un círculo, apretando amuletos y cuchillos. La joven avanzó, su figura envuelta en destellos confusos de calor, y se perdió más allá del umbral. Uno a uno, el grupo siguió. Teddan fue el último. Antes de cruzar, miró atrás. A través de una estrecha ventana vio el perfil de las montañas, bruñidas por faros de lava y el ataque inminente.

El pasaje descendía. Tras minutos, o tal vez horas, de descenso interminable, el techo abierto reveló una caverna circular iluminada por la luz rojiza de una fuente líquida. El famoso pozo. El aire estaba saturado de ceniza caliente y titilaban esquirlas rojizas en cada respiración. En el centro, una piedra negra flotaba como una luna afligida. A su alrededor, un círculo de runas palpitaba, encendiendo símbolos que tal vez eran palabras o maldiciones.

Kiirra aproximó su báculo a la piedra. “Esto es lo que los braseros prohibidos ocultaban. El Corazón de Nyramor. Dentro de él, la razón por la que los invasores buscan nuestra extinción.” Los demás miraban con recelo reverencial. Cualquiera que bebiera del pozo, leyó Teddan en los textos vetustos de la biblioteca imperial, abría la puerta a los espíritus ígneos, criaturas forjadas en la desesperación y el poder. Solo alguien dispuesto a arder renacía del otro lado.

Kiirra se inclinó sobre el pozo, un sudor febril en su frente. “El rey murió; los magos ancestrales están dispersos. Somos lo último que queda entre Nyramor y el olvido,” declaró. Mientras hablaba, la piedra desprendía ondas de calor que distorsionaban el contorno de su cuerpo. Teddan sintió que el destino de siglos recaía ahora sobre ellos. La responsabilidad los ahogaba.

Llevaban largo tiempo discutiendo, acaso implorando al pozo, cuando un grito irrumpió en la caverna. El traidor Ilarr, antes capitán de los vigías, irrumpió armado, seguido por espectros envueltos en llamas negras. “¡Entregadme el Corazón y la Reina Fénix! El mundo antiguo debe cesar,” bramó, su armadura refulgente en tonos anómalos, como manchada de aceite en combustión.

La batalla fue brutal y fugaz como una llamarada arrasadora. Ilarr conjuraba lenguas de fuego que parecían conscientes, zahiriendo con precisión mortal. La guardia, extenuada, resistía a espadazos y escudos rotos. Teddan, con un tajo en la mejilla, reconoció que no tenían dónde huir: el pozo era trampa y bendición. El combate se volvió una danza, sombría y ardiente, bajo el ulular del aire calentado. Kiirra, acorralada, pareció perder la esperanza, pero entonces, voz en alto, comenzó un cántico primordial.

La piedra negra respondió, emitiendo un repiqueteo, y del círculo de runas surgieron imágenes: rostros de héroes caídos, bestias míticas cubiertas de brasas, y al final, la figura de la Reina Fénix, diosa de la renacencia, emergiendo entre alas llameantes. El eco de su canto llenó la caverna. Los espectros vacilaron y, como ascuas barridas por el viento, desaparecieron.

Ilarr, furioso, arrojó su espada hacia Kiirra, pero la hoja rebotó en una barrera invisible. Teddan aprovechó. Empujó a Ilarr hacia el borde del pozo; ambos forcejearon. En el forcejeo, sintió cómo la piedra negra vibraba, como latido de un corazón dentro de la Tierra. Al último suspiro, Ilarr perdió pie y, con un alarido, cayó al abismo llameante, arrastrando con él los últimos vestigios de traición.

El silencio regresó, pesado y sofocante. Los pocos supervivientes se miraron, conscientes de que la guerra seguía en la superficie. Kiirra posó la mano sobre la piedra flotante. “El Corazón pide renacer... pide sacrificio.” El pozo brilló, un resplandor tan cálido y radiante que cegaba. Era el llamado de la Reina Fénix.

Los nombres de los caídos fueron pronunciados. Teddan, exhausto, contempló la piedra y comprendió. Para que Nyramor sobreviviera, alguien debía fundirse en el ardor del Corazón, tejiendo de nuevo los lazos con las llamas fundacionales. Se arrodilló, el sudor fusionándose con su llanto. “Haré lo necesario,” musitó. Los demás, tocados por el mismo entendimiento, asintieron aunque sus miradas reflejaban pánico y fe entrelazados.

Kiirra comenzó el ritual, hilando palabras que parecían rememorar el principio del mundo. A cada estrofa, el pozo reverberaba en tonos de oro y carmesí. La piedra flotante descendió hasta posarse ante Teddan, cuya carne sintió multiplicar su temperatura, hasta que la propia sangre era un recuerdo líquido. Debía dejar que el fuego lo reconstruyera. Vio en un instante todos sus miedos, la infancia bajo mantas pesadas la noche en que mataron a sus padres, las promesas rotas, las despedidas sin consuelo, y cómo su vida era ahora la llama más pequeña pero más necesaria.

Cerrando los ojos, pensó en Nyramor, con sus cumbres enhiestas y campos ahora carbonizados, y en la Reina Fénix, que contemplaba la destrucción y la reciclaba en esperanza. El dolor fue absoluto, un rugido rojo cruzando cada nervio, pero no era hueco; era vida reconfigurándose, membrana de luz y oscuridad.

Kiirra cantó hasta que la voz le falló, y la piedra negra estalló en miles de fragmentos, cada uno volando hasta incrustarse en las paredes, que empezaron a regenerarse. El calor ya no era corrosivo sino vital. El grupo contempló cómo la figura de Teddan se redefinía: su piel resplandecía, sus ojos eran carbunclos vivos. Lo que emergió de esa fusión ya no era solo humano, y tampoco un demonio de fuego: era el nuevo Guardián del Corazón.

Kiirra se arrodilló ante él. “Debes subir. Nyramor debe ver que no hay extinción, solo ciclos.” El Guardián asintió, su voz un crepitar de hogueras. “Permaneceré mientras el fuego sea esperanza.”

Subieron juntos, atravesando corredores que ya no colapsaban sino que resistían. Arriba, la noche ardía y las luces del asedio era un mar sombrío. El Guardián alzó la mano y, de sus dedos, emergieron líneas de magma que tejieron un muro resplandeciente. Los enemigos huyeron. Aquellos que atacaban comprendieron que no estaban destruyendo, sino alimentando una leyenda.

Kiirra y los sobrevivientes juraron custodiar el Corazón fragmentado. Las llamas que engulleron Nyramor ya no eran furia sino bautismo. Según pasaron los años, relatos sobre la noche de la resurrección envolvieron el reino. Se hablaba de un hombre hecho de lava y compasión, de una Reina renacida y de una esperanza tan fuerte que ningún incendio volvió a consumar la destrucción.

Y así fue, mientras en el centro del reino, bajo cúpulas de ceniza y oro, el Guardián permanecía vigilante, incendiando el porvenir con las brasas de aquello que no sería olvidado.

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