Portada del relato El Reino del Último Sol
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Fragmento:


Se anunció la entrada del heraldo de Firos, señor de las cenizas, y las puertas gemelas de la sala chillaron como bestias heridas. El heraldo era joven, pero su sombra era tres veces mayor y parecía extenderse hacia Auna como la garra de un cazador invisible. Portaba una bandeja cubierta de terciopelo azul; tras arrodillarse, retiró el paño revelando un corazón aún palpitante, opalino y grotescamente hermoso.

Duración: 07:51

El Reino del Último Sol
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Texto de ajuste de pausa.

La sala del trono estaba infestada de sombras. El crepitar de las antorchas apenas conseguía desgarrar la penumbra, y el aire era denso, casi sólido, saturado de presagios y palabras no pronunciadas. El Rey Madryn, último soberano de la dinastía Haldran, alzó el fémur envuelto en oro de la reliquia ancestral y los cuervos en los tapices parecieron revolotear, atrapados en su quietud tejida. El Consejo se reunía tras las paredes, pero ninguno osaba entrar: desde el advenimiento del sol negro, nadie quería estar cerca del trono cuando sonaban los tambores de la profecía.

Auna, la hechicera exiliada y guardiana de la Puerta Estelar, observaba la escena desde la galería de estatuas. Su presencia habría significado una declaración de guerra hacía apenas dos semanas, pero el fin del tiempo otorgaba privilegios inesperados. Los ojos de Madryn, plateados y sin fondo, la buscaron al otro lado de la sala, y supo que la reconocía bajo su capucha.

Se anunció la entrada del heraldo de Firos, señor de las cenizas, y las puertas gemelas de la sala chillaron como bestias heridas. El heraldo era joven, pero su sombra era tres veces mayor y parecía extenderse hacia Auna como la garra de un cazador invisible. Portaba una bandeja cubierta de terciopelo azul; tras arrodillarse, retiró el paño revelando un corazón aún palpitante, opalino y grotescamente hermoso.

—Es el corazón del dragón sombrío —susurró Madryn, su voz ahogada por una mezcla de temor y esperanza—. Las leyendas dijeron que nacería cuando el último sol sangrase.

Nadie osaba tocar el corazón. Por primera vez en siglos, las torres de Dorfael, invictas desde la fundación del Imperio, vacilaban ante una decisión.

Auna descendió, su capa de plumas negras arrastrando a su paso polvo de estrellas. Conocía el verdadero poder que dormía en la criatura cuyo corazón yacía expuesto, y también la condena que suponía profanarlo.

—¿Qué desea Firos a cambio de este regalo? —preguntó al heraldo sin volverse hacia Madryn.

El muchacho tragó saliva, clavando la mirada en el suelo.

—La Mano de la Emperatriz caería sobre la Primera Torre a medianoche. Solo si el rey acepta el corazón de la bestia y jura en su sangre, Firos contendrá la niebla devoradora.

Auna sonrió con una tristeza antigua. Las guerras entre dragones y hombres siempre exigían un precio mayor de lo imaginado, y no era extraño que buscaran pactos en el borde de la aniquilación. Miró a Madryn, esperanzada de encontrar resistencia, pero sus ojos estaban vacíos de convicción.

—Hablad, Guardiana —ordenó el rey—. Decidnos lo que sabéis.

Auna avanzó. Un susurro de viejas magias giró entre las losas. Supo que ese relato no terminaría bien, pero ya no había finales felices en el mundo.

—En los días previos al primer crepúsculo —comenzó—, los Siete Dragones forjaron el último sol. Era una esfera de fuego oculto capaz de destruir o renovar las tierras, conforme dictasen los corazones de quienes lo protegieran. Durante mil generaciones, los Haldran fueron custodios del fuego, jurando nunca corromperlo. Ahora, si se consume este corazón, la llama renacerá… pero a un precio.

Madryn apretó los nudillos.

—¿Cuál precio?

Auna clavó sus ojos de terciopelo púrpura en los del rey.

—El portador se convertirá en lo que teme. Quien absorba el fuego del dragón será a la vez salvador y verdugo de su pueblo.

Abajo, tras la galería, la multitud aguardaba el desenlace. Las tropas de Dorfael, armadas con lanzas negras y estandartes desgarrados por los vientos de la noche, temblaban ante la inminencia de la batalla. Los hombres del norte invocaban su antigua canción de muerte. Se sentía en el aire: el mundo estaba a punto de cambiar, una vez más.

Fue el príncipe Ival el que rompió el hechizo de la indecisión. Hijo ilegítimo del rey, tras la muerte de la reina y la corrupción de los consejeros, era el único con coraje suficiente para desafiar a la sombra reinante.

—Si nadie lo acepta, todos moriremos antes del amanecer —dijo, apartando la bandeja y poniendo su mano sobre el corazón aún caliente—. Que la maldición de los Siete recaiga sobre mí, si eso salva al reino.

Un relámpago verde se desató cuando Ival cerró los ojos. El fuego del dragón serpentéo por sus venas, tatuando runas incandescentes bajo su piel y resquebrajando sus huesos con dulzura cruel. Todos retrocedieron. Auna no.

Vio a través del príncipe cómo la profecía cumplía su última estrofa. El dragón sombrío despertó. El Ojo de las Estrellas Muertas se abrió en la frente de Ival, y la sala tembló bajo el rugido de una magia olvidada por los dioses. El viento aulló entre columnas de cristal.

—Soy Ival, último hijo de Madryn. Soy el portador del corazón prohibido, el destructor y guardián del fuego —declaró con voz múltiple, humana y dracónica al tiempo.

Madryn lloró en silencio, sabiendo que había perdido a su hijo y ganado un monstruo, o tal vez un salvador; en los días de la caída, ambas cosas son una sola.

El heraldo de Firos rió, un sonido ahogado y terrible, y sus ojos resplandecieron con el ámbar de predadores.

—La Primera Torre caerá, y la Niebla será liberada —gritó con júbilo, y sus palabras provocaron que la sala se llenara de escarcha, anticipando el invierno de los elegidos.

Pero Ival no era ya del todo un hombre. Avanzó hacia el heraldo, las runas resplandeciendo con cada paso.

—Ni las cenizas de Firos, ni la sangre de Haldran gobernarán aquí. Amo el sol y la oscuridad; desde ahora, el reino bailará en ambos, y ningún dios decidirá nuestro destino.

La magia del dragón fluyó por la sala, cruzando generaciones de odio y juramentos rotos, borrando distinciones y mitos con el ardor de una nueva llama. Auna sintió su piel arder y su espíritu elevarse a los confines plateados de la realidad, presenciando cómo el mural viviente de Dorfael se reescribía con fuego y esperanza.

En los meses siguientes, las ciudades aprendieron a temer y amar a su nuevo señor. Ival, ahora llamado el Corazón de Llama, gobernó entre la bestialidad y la humanidad, reprimiendo a la Niebla con actos de fuerza dracónica y ternura inaudita, alternando terror y gracia como se alternan las estaciones.

Los fieles a Firos huyeron hacia el este, llevándose fragmentos de la noche consigo, mientras los halcones de la esperanza surcaban los nuevos cielos color antracita. Auna, leal testigo, siguió al dragón-rey en sus conquistas, archivando en los cantos prohibidos el dolor y la gloria del renacimiento, hasta que su voz fue la única capaz de recordar el mundo anterior.

En las catacumbas de la torre quemada, la hechicera buscó la palabra final inolvidable, el canto que sellaría el ciclo. Hizo grabar en la piedra las palabras que nadie antes se atrevió a pronunciar: “Nada es eterno, salvo la decisión que te convierte en monstruo o héroe”.

Y así, mientras el último sol ardía una vez más sobre las llanuras, bajo la mirada insomne del Ojo de las Estrellas Muertas y el canto lejano de los dragones fantasmales, la humanidad entera aprendió a bailar la danza incandescente entre sombra y llama, sabiendo que el precio de la salvación —y de la condena— siempre sería el mismo: sangre, fuego y un corazón dispuesto a arder por todos.

El viento nunca dejó de aullar en las torres de Dorfael. Pero a veces, cuando la noche era lo bastante silenciosa, podían oírse risas y el eco de pasos ligeros. Pues aunque las ciudades ardieron y las profecías se cumplieron, nunca murió del todo la esperanza, ni el fuego que convierte los sueños en cenizas… y de las cenizas vuelve a nacer.

Auna cerró el último libro, con el amanecer brillando sobre la ciudad reconstruida y los dragones dormidos por primera vez en eones. Sonrió. La historia aún no había terminado.

Y en algún lugar, sentado en el trono humeante de la torre rota, el dragón y el hombre se miraban, esperando juntos la luz de un nuevo día y la sombra de la próxima noche.

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