Portada del relato El eco de los inviernos perdidos
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Fragmento:


Y entonces, como si despertara de una fábula, Tharos se sintió marcado: el dragón celeste le había dejado, justo en el antebrazo, una estrella de cicatriz palpitante.

Duración: 08:40

El eco de los inviernos perdidos
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Texto de ajuste de pausa.

A todos los que conocieron la era del Alba Serpentina, la guerra de los cielos les llegó como una tempestad azul surcada de frío y fuego.

En el continente más allá del Mar Prístino, donde las noches pueden durar semanas y el hielo canta desde las montañas, la gente de Vyra sobrevivía sobre el lomo de una historia fracturada: un ciclo perpetuo entre el hielo de los dragones del norte y la tormenta resplandeciente de los celestes.

Pero nadie, ni siquiera las brujas de la llanura, ni los escribas del sur, habría predicho el año en que ambos linajes saldrían de sus guaridas y descenderían, sin temor, sobre el mundo mortal.

La reina Lysyn esperó la profecía toda su vida. Ella era la última de la Casa de los Brumales, capaz de escuchar, cuando el viento acechaba a medianoche, el susurro de los ecos dracónicos entre la nieve. Cuando era niña, su madre se lo prohibió: “No hables a las voces del hielo. No queremos despertar a quienes duermen”. Pero Lysyn tuvo sueños de alas titilando como estrellas y escamas como cuchillas, y un vacío en el corazón reservado solo para la verdad.

La profecía llegó en un amanecer turbio, cuando la aurora manchó la nieve con sangre dorada y un dragón azul se estrelló en el patio de armas del castillo. Cinco metros de alas, ojos como astillas de luna. Su aliento convertía el agua en filigranas de escarcha. Vivía para morir allí, vibrante y moribundo. Cuando Lysyn descendió, la bestia giró la cabeza, y en el cristal de su pupila la reina vio el apocalipsis: el rugido de dos clanes, uno del hielo inmemorial y otro de los cielos puros, batiéndose en una guerra que no tenía lugar en su mundo, sino sobre él.

—Han venido por nosotros —dijo el dragón con voz de invierno.

Murió con la boca abierta al cielo, escarcha trepando sobre sus fauces. Los guardianes de Lysyn le rogaron que volviera, pero ella permaneció hasta que el último soplo de hielo se disipó en el aire.

Esa noche encontró a su Oráculo, una anciana ciega cuyo rostro estaba marcado por las runas del pasado. El Oráculo habló en versos descompuestos:

—El hielo olvida, pero no perdona. Los que caen lo hacen desde el sol, y el eco de sus alas resquebrajará la noche. Nada será reclamado, salvo por quien beba el vacío de los dos cielos.

Lysyn no entendió todo, pero conocía la esencia del presagio: la guerra no era objeto de los hombres, sino de bestias tan antiguas como las montañas.

Al sur, en las Islas Zarzales, el príncipe Tharos era hijo de los vientos. Educado para la diplomacia y la prudencia, su corazón ansía libertad bajo cielos despejados. Él no vio venir la sombra azul, ni la fractura de los tronos.

El primero de los dragones celestes bajó en forma de tempestad, derribando torres con alas de luz y un rugido como trueno contenido. El pueblo corrió, se cubrió, oró, y entre las cenizas sólo quedaron los atrevidos lo suficientemente locos como para mirar al nuevo dios.

A Tharos, el dragón celeste le habló en sueños —y en el sueño, el príncipe sentía la dulce agonía de volar—. Le hablaba en una lengua de truenos y olvido, le mostraba la muerte de los cúmulos, el destrozo de las auroras, una guerra entre razas que sobrevivían más allá de la memoria humana.

—El equilibrio ha fallado —decían las palabras, reverberando en el cráneo de Tharos—. Hay un frío que nunca debió despertar.

Y entonces, como si despertara de una fábula, Tharos se sintió marcado: el dragón celeste le había dejado, justo en el antebrazo, una estrella de cicatriz palpitante.

El príncipe, temiendo el inicio de una era de locura, convocó a eruditos, magos y profetas. Ninguno supo hacer más que repetir viejos cuentos: los dragones de hielo y los de los cielos nunca podían encontrarse. Porque si se tocaban, la realidad misma pendía de un hilo.

—¿Y qué pasa si lo han hecho ya? —preguntó él.

Pero nadie respondió.

Un ejército de sombra y escarcha se alzó desde el norte. Dragones de hielo, escupiendo vaho azul sobre aldeas enteras, congelando cortesanos en el acto de implorar. De las islas vinieron los celestes, ríos de fuego blanco coronando las nubes, arrasando campos y mares.

Las naciones menores cayeron en días.

A la reina Lysyn, el trono se le hizo prisión. Soñaba dragones hundiéndose en la nieve, dragones estallando sobre auroras, humanos desgarrados: por debajo de la guerra, sentía una cuerda vibrante, una historia más profunda.

El Oráculo pronunció: —Debes ir a la grieta.

—¿Qué grieta? —preguntó Lysyn.

—La que separa el frío del cielo. Allí donde el mundo recuerda lo que ha olvidado.

Lysyn se vistió de negro y partió sola, despojándose de su corte y riquezas. Llevaba consigo sólo una daga de azurita y el recuerdo del dragón que murió en su patio. Durante el trayecto, la nieve crujía como si murmurara secretos; el cielo se arqueaba con una palidez mortal.

Al mismo tiempo, Tharos dejó las islas, guiado por el ardor de la cicatriz. Él cabalgó sobre el lomo de una bestia celeste —Soryel, el más joven de su raza— y cruzó el mar en una tormenta de relámpagos y canto de dragón.

Las rutas de Lysyn y Tharos convergieron, inevitablemente, en la Grieta de la Fractura Azul, un precipicio tan profundo que se decía que el viento era un eco de los propios dioses.

Allí, el hielo y el cielo giraban en remolinos salvajes. Los dragones combatían por doquier: unos escupiendo vientos helados capaces de quebrar montañas; otros, con llamaradas de luz que derretían el mismo aire.

La grieta estaba abierta como una herida, mostrando lo que yacía entre ambos mundos: un vacío negro, un pozo del que surgía una voz inhumana, ni de hielo ni de cielo.

Lysyn se arrodilló al borde del abismo mientras una tormenta de escamas caía a su alrededor.

—¿Vas a saltar? —preguntó Tharos, asomando entre el fulgor retorcido de los dragones celestes.

—Quizá ya saltamos cuando nacimos —dijo Lysyn, con voz quebrada.

En la grieta, el caos rugía en dualidad perfecta. El hielo se aferraba a la roca; la luz celeste luchaba por inundar la noche. Pero la fractura seguía creciendo, un monstruo invisible devorando ambas fuerzas.

El Oráculo había dicho que sólo quien “bebiera el vacío de los dos cielos” podría solucionar la contienda. Pero, ¿cómo se bebe un vacío? ¿Cómo se reconcilia lo irreconciliable?

Lysyn alzó la daga de azurita sobre el abismo y la dejó caer. El metal, tocando el vacío, se convirtió en niebla y centella.

—¿Y si no es uno quien bebe, sino dos? —aventuró Tharos—. Tal vez la grieta necesita una historia distinta. Un puente.

Los dragones combatientes descendieron en círculos, un remolino de alas y promesas rotas. Tharos y Lysyn extendieron sus brazos sobre la grieta, cada uno tocando el extremo opuesto: la reina sobre el hielo, el príncipe sobre el viento.

La oscuridad del abismo trepó por sus venas. Lysyn sintió el frío absoluto del hielo ancestral; Tharos, la presión abrumadora de la luz celeste, con cada átomo de su ser iluminándose y desvaneciéndose. Las cicatrices de sus cuerpos reaccionaron: la estrella azul de Tharos ardió como una supernova, mientras Lysyn ardía de frío.

Por un horrible eón, el tiempo se detuvo.

Nada existió, salvo la sensación de ambos factores yuxtapuestos dentro de una sola conciencia.

El vacío, alimentado por la dualidad, comenzó a menguar.

Y entonces, la grieta se cerró en un chasquido.

Los dragones, privados de la razón de su guerra, se detuvieron, confusos. El hielo y el cielo se miraron a través de los ojos de los humanos, y por primera vez la historia admitió otra versión: la contienda solo podía morir si alguien recordaba cómo era vivir mezclado, partido, entero.

Cuando despertaron, Lysyn y Tharos yacían sobre la escarcha fundida, sus cuerpos marcados por cicatrices idénticas: una estrella cruzada por una luna.

El Oráculo murió esa noche, con una sonrisa. La grieta no volvió a abrirse.

Los dragones se dispersaron, regresando con lentitud a sus exilios. Algunos se vincularon a los mortales, otros se perdieron en las nubes y los glaciares, sus batallas transformadas, por fin, en leyenda. El hielo no olvidó, pero en adelante, aprendió a recordar.

Lysyn nunca regresó al norte; Tharos jamás volvió a las islas. Se dice que deambulan como sombra y relámpago, visitando bardos y contadores de historias, susurrando un final alternativo a la guerra de los cielos.

Pero pocos los reconocen, salvo en las noches en que la aurora parece sangrar, y el eco de los inviernos perdidos reverbera entre la nieve y la tempestad —como una advertencia, como un consuelo, como una canción nacida entre el vacío de dos mundos.

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