Portada del relato Fraguas de Medianoche
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Fragmento:


Verdaat de Kaile era la hija menor de la reina eldara; la sangre le venía en líneas de mármol y escarcha azul, su temperamento era sutil como el primer copo del crepúsculo y su voluntad tan resiliente como la base de una estatua perdida bajo siglos de ventisca. Nunca amó las hogueras ni el vino de bayas; prefería la soledad de los pasillos congelados, donde podía conversar con las sombras y escuchar el crujido secreto de los glaciares que se desplazaban bajo el reino de Sether.

Duración: 08:35

Fraguas de Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

En las lejanas estepas del Septentrión, donde la nieve nunca se derrite y aún el sol se mueve con cautela bajo cielos de jade pálido, la tierra canta con una voz callada que solo los veteranos oyen bien. Entre esos antiguos, solo las diosas —las Sibilas de la Escarcha— llevan las canciones dentro de sí, urdiendo destino en el tejer del hielo. Y en lo alto, surcando las tormentas, revolotean las bestias aladas conocidas como los Indri, de alas que chasquean como mil sables y ojos tan sabios como crueles.

Ésta es la historia de cómo los hombres, olvidados por los dioses cálidos del sur, invocaron la ayuda de quien menos debían temer y a quien menos debían amar.

***

Verdaat de Kaile era la hija menor de la reina eldara; la sangre le venía en líneas de mármol y escarcha azul, su temperamento era sutil como el primer copo del crepúsculo y su voluntad tan resiliente como la base de una estatua perdida bajo siglos de ventisca. Nunca amó las hogueras ni el vino de bayas; prefería la soledad de los pasillos congelados, donde podía conversar con las sombras y escuchar el crujido secreto de los glaciares que se desplazaban bajo el reino de Sether.

Su pueblo vivía en permanente acecho de la muerte; y es que nadie habita la estepa sin pagarle tributo a la noche. Esa deuda se había tornado insoportable desde la llegada de los Indri. De día eran puntos negros en el horizonte, pero de tarde, cuando el sol y la luna se disputaban el trono del firmamento, descendían como juicios divinos sobre las aldeas. Se alimentaban del calor. Robaban el fuego de las chimeneas, secaban la sangre de los vivos y cazaban los suspiros en la garganta de quien intentara gritar. Así, las canciones y las risas de Sether morían lentamente, bajo un manto de temor cada vez más espeso.

Verdaat sentía el pulso de su tierra amordazado y cada nuevo ataque le dolía como un arañazo en el pulmón. Conocía las historias prohibidas: decían que, tiempo ha, existían diosas guardianas, hermanas conceptuales de la escarcha, benévolas y terribles como el hielo de marzo, capaces de enlazar el mundo con la nada para protegerlo. Pero ninguna Sibila había respondido a las plegarias desde la Era Rota.

Una noche, empujada por el susurro de su linaje y la mueca sofocada del viento, Verdaat abandonó el palacio. Caminó cruzando la llanura helada hasta el Lago Resquebrajado, cuyas aguas nunca dormían y bajo cuyas profundidades —decía la leyenda— vivía la Sibila Athelienne, la más vieja e inescrutable de las diosas de hielo.

Se arrodilló en la orilla, hendiendo las rodillas contra el frío. Aire vaporoso subía desde su boca, como fragmentos de vida a punto de disolverse.

“Athelienne, Madre de la Escarcha,” susurró, “a tus pies me someto. Mi pueblo está condenado a la extinción; mi sangre no significa nada mientras tus hijas y tus enemigos destrozan el equilibrio. Si hay precio que pagar, nocturno o final, aquí estoy.”

El lago tembló. La superficie, hasta entonces suave, se torció como la piel de una bestia despertando. Surgió ante ella una figura: humo azulado, alas diáfanas y ojos débiles de distancia. No era Athelienne en forma completa, pero bastaba la presencia para forzarla al suelo.

“Insensata de carne y miedo. ¿Sabéis por qué nuestras miradas ignoran a los mortales?”

La voz remeció las piedras y el alma de Verdaat, pero ella no retrocedió.

“Porque dejamos de ser dignos de la salvación; porque nos volvimos dependientes del calor y desdeñamos la lección de soportar el frío,” respondió, repitiendo las antiguas palabras de la Reina Sabia.

Athelienne se inclinó, su rostro apenas visible tras sigilosas hebras de hielo.

“Os daré poder, pero será filo doble y nunca gratuito. Convocarás a las Sibilas Menores, tus hermanas en mi nombre, y abrirás los Caminos entre las nieblas. Comandarás la primera y última tormenta. Pero por cada Indri que caiga, un recuerdo desaparecerá en tu mente. Cuando derrotes al último, todo lo que amaste será blanco, pulcro y sin historia.”

Verdaat vaciló, comprendiendo la magnitud del pacto. Pero los recuerdos de su gente, consumidos lentamente por el terror, pesaron más que los suyos propios.

“Así sea.”

La Sibila sonrió, y entonces el lago, el hielo, y la medianoche la envolvieron.

***

Despertó rodeada de figuras pálidas: cuatro mujeres de piel de vidrio y cabelleras como cascadas congeladas. Traían coronas de diamante, y las palabras se les deslizaban suaves, pero tajantes.

“Tú eres la elegida,” murmuró la que portaba una lanza de cristal. “Seremos tus sombras y tu lanza. Dinos, ¿a quién debemos cazar primero?”

Así comenzó la segunda era de la Ira Gélida. Bajo el mando de Verdaat y las Sibilas, las brumas de Sether se agitaban a su paso. Abrían heridas en la tela del aire, y por allí, las Indris caían como saetas errantes. No fue magia vulgar: fue la venganza metódica del hielo sobre el fuego usurpado.

A cada bestia derribada, sentía en su interior brotar un silencio nuevo. Olvidó el nombre de su niñez, luego la voz de su madre, y poco después, el aroma a cirios de la sala principal. Las Sibilas la observaban con compasión distante —inmortales y, por tanto, ajenas al dolor humano—, pero no la enjuiciaban.

Al principio, los aldeanos ovacionaron a Verdaat: la Reina de los Invierno Eterno, clamaban, la Dama del Olvido. Pero los hayedos no florecen bajo la mirada del hielo, y los vítores pronto se hicieron mormullos, y los mormullos, escalofríos de temor. La gente veía su manto, tan blanco que despedía reflejos de luna aun en días nublados, y se apartaban. “Mira sus ojos”, susurraban, “ya no reconocen nada”.

Aún así, los ataques menguaron. Antes del solsticio, apenas media docena de Indris surcaban los cielos, y sus gritos eran menos arrogantes, menos seguros. Verdaat sintió que cada batalla la apropiaba menos de sí misma; a cada victoria le sucedía una astillita de amnesia, y el orbe azulado de su pasado lucía agrietado.

En la última noche de la temporada lúgubre, sólo quedaba la Reina de los Indri —Mélunth, la gigantesca, de alas como velas de diosas caídas—. Aterrizó sobre la Torre del Suspiro, mirada de acero, voz tan profunda que el mismo hielo retrocedía.

“No hay triunfo que no cobre tributo,” graznó Mélunth, “salvo que te detengas ahora, humana. ¿Qué será de tu reino si te vuelves estatua sin memoria ni anhelo? ¿Qué protegerás cuando olvides qué se siente amar?”

Verdaat tembló. Por un instante, la voz de Mélunth le resultó incalculablemente familiar, retorcida en la penumbra de lo que alguna vez debió ser una canción infantil. Pero ignorándolo, alzó la lanza de hielo, comandó a las Sibilas y desató la última tempestad. La batalla fue breve; las ráfagas desgarraron aire y escama, vértebra y ala. Mélunth, reducida al fin, se desplomó en un rastro de nieve púrpura.

Con la bestia vencida, el silencio se hizo absoluto. Verdaat miró a su alrededor, reconociendo a todos como extraños. Las gotas rojas resbalaban en pendientes blancas. Percy, Kaile, las palabras, los gestos, eran parpadeos alados que se deshilaban.

Las Sibilas se acercaron, abrazándola en su torbellino de escarcha. La más joven preguntó: “¿Tu sacrificio valió la pena?”

Verdaat no comprendió la pregunta. Miró sus propias manos, sus uñas de cuarzo, y sintió que incluso la sensación del tacto era cosa ajena. Una vez, pensó haber sido feliz en invierno, pero esa felicidad se le volvió una anécdota inventada.

Entonces habló la Sibila principal, depositando una fina mano en su hombro: “Serás la guardiana de los linderos, la protectora sin pasado. Aquí empieza tu verdadero imperio: el de la soledad imperecedera. El hielo nunca pide más de lo que da y, sin embargo, siempre gana.”

Las Sibilas desaparecieron y Verdaat ascendió como espectro sobre Sether. Vigiló, inmutable y aguda como una estrella distante. La paz volvió al reino, pero era paz fría e intransferible; los aldeanos nunca olvidaron el precio, y los niños aprendieron a no invocar tormentas en nombre propio.

Así pasaron los años y los siglos. Las generaciones venideras levantaron leyendas sobre la Reina de los Días Helados —la que espantó a las bestias del cielo y cuyo rostro ningún hombre, mujer o dios podría ya recordar. Y la estepa, a salvo y sola, conservó la música de la escarcha, interminable y olvidada, bajo la mirada insomne de la diosa humana que entregó sus memorias por la eternidad del frío.

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