La brisa de Yedrion era sutil y amarga en los márgenes, allá donde las colinas se doblaban bajo el peso de los vergeles petrificados. Había escuchado en los viejos cánticos que existía una frontera, finísima y silenciosa, que separaba el gris mundo de los hombres del fulgor reticente de otros cielos. Tristán lo creyó al principio mero folklore; después, cuando la inquietud le opacaba el sueño y el vino dejaba solo desvelos, empezó a preguntarse si acaso alguna verdad se colaba, como luz por rendija, en aquellos relatos.
(…)
Fue en una taberna junto al puerto de Brunes —cuando la primavera había enmohecido los techos y el vino corría tan libre como los chismes— donde un anciano le habló, con los labios tiznados de ocre. “No vas a encontrar la puerta buscándola, chico. Nadie lo hace. Pero ella siempre busca lo que debe hallar.” Tristán había reído, regalándole una moneda para alimentar la superstición, sin sospechar que la noche escurría en sus venas una decisión que cambiaría su suerte.
Al día siguiente, al retirarse del bullicio, notó algo extraño en el fondo de su habitación alquilada: un rectángulo de vidrio, opaco y pálido, se instalaba entre dos vigas, allí donde antaño apenas reposaban telarañas. El arco no reflejaba la estancia sino que latía, como si aguardara la caricia de una mano, la palabra justa. Martírios, el dueño, juró que nada distinto veía allí; sólo una sombra vieja y el crujir de la madera. Pero cuando la luna emergió —más grande que nunca, tintada de un azul difunto—, Tristán se acercó y la superficie del cristal ondeó, besada por una luz incomprensible.
—Ven —susurró una voz que no podía ser la suya, brotando del fondo glaciar del umbral—. Más allá está la ciudad de Emyrra. Más allá, la noche de las promesas no pronunciadas.
Nunca supo si fue él quien cruzó el umbral o fue el umbral quien cruzó el mundo para abrazarlo. Solo sintió el fulgor efervescente, una violencia blanda, y luego un frío que era también expectación.
Había caído en un corredor de vidrio, ancho e interminable como el paladar de un gigante. A su alrededor, sombras difusas refulgían en las paredes, distorsionadas y largas, y al caminar sus pasos resonaban como si pisara y separara melodías antiguas. No había más sonido que un latido lento, profundo y líquido, como de corazón marino. Al final del pasillo, otra luna hendía el horizonte. No una luna conocida, sino una enrojecida y cruzada de símbolos, cerrada entre sí como un sello. De repente, la voz regresó: esta vez no le invitaba, lo advertía.
—No mires la luna, no aún. Aquí, hay destinos que se tejen con la mirada.
Obedeció. Y detrás de la primera puerta de cristal, al costado izquierdo, encontró a la Dama del Salitre. Ésta llevaba en el rostro la huella de mil mareas, y sus ojos —negros como el azabache en noche cerrada— traspasaron la voluntad de Tristán con un solo parpadeo.
—¿Qué buscas en Emyrra? —preguntó, y la pregunta no exigía respuesta inmediata, pues la poseía ya.
Tristán sintió en su pecho la quemadura de un anhelo nunca explorado. Contestó, porque supo que así debía ser:
—Busco lo que no tuve valor de perder: el recuerdo no corrompido, la noche sin culpa.
La Dama sonrió, con esa mueca que volcaba desaliento y deseo en iguales partes.
—Debes cruzar tres puertas. Ninguna recuerda a la otra; y detrás de cada una, será tu rostro el que perderás o ganarás.
De esa manera, la Dama lo despidió, más allá del primer umbral.
El segundo portal era distinto: enmarcado de hierro forjado, el cristal desprendía niebla desde su centro mismo. Tristán posó la mano y el frío lo mordió. Más allá, la ciudad de Emyrra yacía dormida bajo un firmamento atestado de lunas. Éstas no giraban en su órbita natural, sino que colgaban en hileras, unas tras otras, como perlas rotas. Entre las esquinas andaban espectros de antiguos viajeros, silenciosos y cubiertos de vendas grises.
Un joven, que podría haber sido su hermano muerto o un reflejo de sí mismo, se le acercó.
—¿Sabes cuál de ellas es la luna prohibida? —le preguntó, sin mover los labios, como si la voz retumbara en la arquitectura del lugar.
Tristán negó despacio.
—Es la que más deseas, la que jamás podrás tocar —afirmó el muchacho, y acto seguido, una de las lunas parpadeó.
En ese parpadeo, vio los rostros de quienes habían traspasado el vidrio antes que él: hombres y mujeres detenidos en un instante de ansia, petrificados en la intersección de deseo y terror. Si mirabas demasiado tiempo, la luna te absorbía, como un pozo de nostalgia imposible.
—Debes elegir, o quedarás aquí, anclado en lo que nunca será.
Tristán paladeó la amargura del abandono y la esperanza de lo irrealizable. Y eligió cerrar los ojos. Tomó un fragmento de vidrio bajo su pie y lo arrojó hacia la luna más opaca, no la más atractiva. A su contacto, la luna exhaló su luz y desapareció un puente de cristal. Sintió la gravedad cambiar.
Despertó ante la tercera puerta, sin saber si todavía era él mismo. El marco era dorado y el cristal se teñía de escarlata a medida que lo rodeaba la noche. Tras el pórtico, no había ciudad ni pasillos, sino un bosque hondo, y una sola luna pendía del cielo, gigantesca y aterradora, tan cercana que podía imaginar sus cráteres como pozos abiertos en la corteza de su propio corazón.
Caminó, siguiendo el rumor de un arroyo invisible, hasta hallar una figura sentada bajo la luna, tallando un trozo de vidrio. Era la Dama del Salitre, rejuvenecida, o quizás una memoria transformada.
—¿Aún buscas la noche sin culpa? —preguntó.
Tristán vaciló. Ahora tenía recuerdos nuevos, fragmentos de otros viajeros, ecos de ciudades ausentes.
—Busco el regreso —dijo—, salir del ciclo de lunas y puertas. Busco la osadía de despertar.
La Dama sonrió y le mostró el vidrio tallado: no era un portal, sino un espejo. Y en él, Tristán no vio su reflejo, sino un pasillo de vidrio, siempre igual, siempre distinto, donde cada pisada encadenaba otro sueño, otra posibilidad.
—La última puerta eres tú, y cuanto más la cruzas, menos será posible volver.
Aquí, el relato podría terminar, atrapando a Tristán entre su deseo y su debilidad, repitiendo el tránsito una y otra vez bajo la mirada insomne de la luna prohibida. Pero la noche, a veces, se apiada de los mortales.
Cuando Tristán —o lo que de él quedaba después de cruzar los umbrales— sintió perderse, un temblor sacudió el espejo. En un acto insensato, lo arrojó contra el tronco de un árbol imposible. El vidrio se hizo astillas, y cada una se convirtió en una puerta fugaz, fragmentaria. Por un desgarro, percibió el olor de la tierra mojada de Brunes, el tintineo del puerto. El aire tenía ahora la textura amarga, no del abandono, sino de la esperanza.
Y aunque el corredor de vidrio seguiría a otros insomnes, aunque la Dama del Salitre continuaría esperando a quien se atreviese a cruzar, Tristán regresó a un mundo que —por un instante, por un suspiro— le pareció haber sido salvado de la ruina de las lunas prohibidas.
Durante mucho tiempo, Tristán soñaría con ver otra vez las puertas, con recorrer pasillos que latían entre vigas imposibles. Pero cada vez que la luna asomaba, cubierta de brumas y promesas, elegía apartar la mirada, y en ese acto —simple y desgarrador— volvió, poco a poco, a aprender el valor del día.
A la vera de las colinas de Yedrion, se murmura aún hoy que los portales de cristal se abren solo para los que temen las noches y, sin embargo, las buscan. Nadie, salvo Tristán, puede decir si regresar fue un castigo o una redención. Pero en algún lugar, bajo el peso de dos cielos, la luna prohibida sigue esperando a quien no sepa resistir la llamada de los umbrales. Así es como empiezan y terminan muchas historias: con un hombre, una puerta, y la terrible curiosidad de quien no puede dejar de mirar aquello que nunca debió ver.
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