Portada del relato El Silencio de las Hojas Escarlata
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Fragmento:


Enrynna levantó la barbilla, midiendo las palabras como joyas caras. —Traigo recuerdos. Traigo la memoria de los soles que hemos visto pudrirse. Traigo la certidumbre de mi propio y perpetuo cansancio.

Duración: 08:18

El Silencio de las Hojas Escarlata
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Texto de ajuste de pausa.

Habían pasado seis mil trescientos veintisiete años desde la fundación de Aerhenthelar, la Ciudad Férrea, corazón y cicatriz del reino de Marathiel. En ese tiempo, el bosque circundante había mutado tantas veces como las estaciones, pero no una sola hoja había perdido su perpetuo resplandor carmesí. Las raíces se aferraban a secretos más antiguos que las colinas azules, y la propia naturaleza del lugar sangraba una savia tan densa y oscura que brillaba como ópalo bajo los soles gemelos.

En la Sala del Viento, donde los tapices narraban historias de reinas muertas y dioses olvidados, Enrynna ajustaba su corona de ébano ante el prisma de agua entrenada que hacía las veces de espejo. Sus ojos—negros como pedernal quemado—escrutaban la figura reflejada, buscando señales de flaqueza. Era la cuarta de su nombre, aunque ya nadie la recordaba como hija, hermana ni amante. Su reinado pertenecía a la eternidad y la eternidad, al dolor y la repetición.

El llamado llegó sin ceremonia. Un estremecimiento en los adoquines, una bandada de cuervos que giró sobre las torres, un efluvio de hierro que se coló en cada respiración. La reina giró suavemente, la túnica roja siguiendo el flujo de fuego encadenado bajo su piel. Era el heraldo: un espectro manchado de savia, el rostro desintegrado por la magia y el tiempo.

—Majestad—susurró la criatura, inclinando una cabeza pelada y rígida—. La linde del bosque se desangra. Otra vez. Piden juicio.

Enrynna soltó un leve suspiro. Cada siglo, el Bosque de Sangre clamaba, sediento de castigo o redención, y cada siglo ella debía descender, enfrentando lo que nunca podría morir, sólo cambiar de forma. Reinas sin trono vagaban por los claros, sus espectros devorados y renacidos una y otra vez, buscando significado en un ciclo que no les ofrecía más que restos.

—Hazme un sendero hasta el Ojo de la Raíz—ordenó, y el heraldo desapareció convertido en jugos y humores, absorbido por el suelo.

Las reinas inmortales no dormían, pues el sueño pertenecía a los mortales; en vez de eso, atesoraban recuerdos como otros lo harían con vino añejo o con el tacto de una mano amada. Enrynna recordó a Cethalyra, la Primera, cuyas lágrimas formaron los pasos de la procesión eterna, y a Ilyareth, la que quemó cielos y tierra en un vano intento de hallar olvido. Ambas, como todas las demás, habían pasado por este sendero, por esta marcha hacia la raíz de todo sufrimiento.

Las raíces del Bosque de Sangre llegaban hasta los cimientos de Aerhenthelar, ahogando la roca y la esperanza. Pero precisar su frontera era imposible. Para los forasteros era un revoltijo de abedules envueltos en lianas carmesí; para quienes gobernaban, un mar de cuchillas sutiles y memorias. El sendero se abría sólo para ella: musgo negro a cada lado, el aire cargado de efluvios dulzones y ácidos al mismo tiempo.

En menos de un latido, la luna colgó sobre su cabeza como un juramento olvidado. El Ojo de la Raíz apareció ante ella: un claro imposible, en cuyo centro se alzaba una raíz vasta, trenzada con cuerpos, rostros y coronas petrificadas. Las otras reinas la aguardaban, cada una emergida de su propia página de historia, todas marcadas por la mirada detenida del tiempo.

Cethalyra fue la primera en hablar. Su voz era una cascada rota: —El bosque late feroz, hija de las hijas. ¿Qué traes para calmar la ira cuando las raíces claman por más sangre que nunca?

Enrynna levantó la barbilla, midiendo las palabras como joyas caras. —Traigo recuerdos. Traigo la memoria de los soles que hemos visto pudrirse. Traigo la certidumbre de mi propio y perpetuo cansancio.

—¿Y no traes redención?—preguntó Ilyareth, cuyo cuerpo resplandecía por dentro con fuego helado—. Durante siglos has reinado, como nosotras lo hicimos. ¿No te tienta la paz?

—La paz es para los cadáveres y los inocentes —contestó Enrynna—. Somos guardianas, no redentoras. El bosque sabe esto. Nos necesita alertas, en guerra con nosotras mismas y con las cosas antiguas que jamás murieron del todo.

Las ramas encima crepitaron, y la savia goteó como llanto. Un rumor comenzó, desde la frontera hasta el centro: una letanía de voces antiguas, cantando en idiomas imposibles. Los árboles mismos intentaban corromper su razón, infiltrar recuerdos ajenos con el goteo persistente de vidas vividas, sufridas, desperdiciadas.

Las otras reinas se acercaron, envueltas en velos de nostalgia y odio. Cethalyra extendió sus brazos, recitando el antiguo juramento:

“En sangre y savia, sellamos el pacto.

La herida sangra, y sangrará.

La corona pesa, y pesará…”

Enrynna completó el rito: “…el tiempo no cura, sólo multiplica.”

Con ese eco, la raíz central se estremeció, abriéndose para mostrar un corazón palpitante en su interior: no de madera, sino carne viva, la suma total de todos los sacrificios, decisiones y crímenes de las reinas eternas. La Reina Enrynna bajó la cabeza y se permitió un instante de debilidad. La carne llamaba por ella, por su esencia, su legado, por los pecados que había cometido en nombre de un reino inmortal.

—¿Debo sumarme ahora?—preguntó en voz baja, el temblor en el aire apenas perceptible.

Las otras no contestaron; no podían. Eran fragmentos, sombras atrapadas en el ciclo, cada una anhelando la misma liberación. Sabían que su función era advertir, nunca decidir.

Pero el bosque sí habló, con el susurro de mil lenguas ensangrentadas. “El precio debe pagarse. Una reina, una era. Si no das tu vida, el bosque tomará la sangre de todos tus súbditos, y las raíces se alzarán hambrientas hasta devorar el cielo.”

Enrynna cerró los ojos. Buscó en los pliegues de su inclemente corazón algún rincón de piedad, y no halló nada más que memoria y deber. Su sangre había regado tanto el reino como la de sus hermanas, pero el ciclo no cedía. Ni lo haría.

Se cortó el dorso de la mano con un anillo de obsidiana. No por dolor, sino para dar aquello que el bosque reclamaba: un fragmento, una promesa renovada de vigilancia y sacrificio. Dejó caer la sangre sobre la raíz palpitante, y cada gota ardía como rubíes llameantes.

El bosque detuvo su cántico. Las ramas cesaron de crujir. Por un instante perfecto, todo fue paz… la clase de paz que precede a la tormenta más devastadora.

Entonces, una nueva línea de savia negra se deslizó bajo la corteza del corazón, y Enrynna supo que el ciclo continuaría. No era tiempo aún de su entrega final. El bosque nunca quedaría saciado. Sólo podía retrasar la aniquilación, administrando el sacrificio, conteniendo lo innombrable mediante su sacrificio constante.

Las demás reinas se desvanecieron, sus figuras disolviéndose entre neblinas de recuerdos. Cethalyra dejó caer una advertencia como puños de terciopelo:

—Algún día, hija de hijas, el bosque no aceptará meras promesas. Entonces, todas deberemos enfrentar aquello que no se nombra, y ninguna corona protegerá a nuestras almas deshechas.

Mientras la luna descendía y la aurora abría una grieta en el horizonte, Enrynna emprendió el regreso al castillo, sintiendo el crujido de las hojas secas bajo sus pies y la mirada insistente de mil secretos oscuros enredados en cada rama. Sabía que en la siguiente generación, o quizás la próxima, las raíces exigirían más. Sabía que poco importaba la longevidad o los poderes forjados en eras pretéritas: el sacrificio sería siempre insuficiente ante el hambre primordial del Bosque de Sangre.

Llegó a su Cámara y se permitió por un instante una sonrisa amarga. Que los consejeros dijeran que las reinas no envejecían. Que los bardos tejieran historias de gloria y eternidad. Solo las inmortales conocían el verdadero precio: pagar una y otra vez el rescate de un mundo que nunca puede ser completamente redimido, y cuya única moneda aceptada es la sangre de quienes lo aman más allá de todo entendimiento.

Enrynna se sentó en su trono cuando el sol se alzó, su sangre aún manchando sus dedos, sabiendo que el ciclo no había terminado ni terminaría, y que mientras ella reinara, la frontera entre condenación y sobrevivencia sería una senda de raíces, memoria y dolor—y, por encima de todo, de coronas bañadas en la savia perpetua del Bosque de Sangre.

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