Portada del relato El Reino de la Escarcha Silente
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Fragmento:


Los servidores mutíos—hombres y mujeres de labios cosidos y ojos sellados con lacre—abren las puertas parabólicas. No emiten palabra; hace generaciones vendieron su habla para no traicionar los secretos del Palacio. Entre las nueve sillas yace una décima, caída, astillada, todo su brillo reducido al polvo.

Duración: 08:07

El Reino de la Escarcha Silente
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Texto de ajuste de pausa.

El crepúsculo arroja líneas de púrpura en el cielo mientras el cortejo cabalga por el sendero helado. Los doce avanzan con el silencio aprendido de los muertos. Sólo el entrechocar furtivo del acero en sus cinturones rompe la quietud, y la escarcha en sus ropajes es un recordatorio tangible del mundo que están a punto de perder. A la cabeza marcha Ysandar, con una corona tan fría y pesada como las piedras de la montaña sobre las que creció el castillo de la Dómina.

A lo lejos, entre jirones de niebla y bosques oscuros, el Palacio de Vitral asoma sus torres dentadas como fauces insaciables. Allí, bajo mil frescos de colores extintos, se alza el mayor enigma de los Seis Reinos: los nueve Tronos de la porcelana y el cristal, asientos de poder para los nueve linajes de la antigüedad, y trampa mortal para todo aquel que no comprenda sus reglas.

Ysandar sostiene las riendas con mano firme pero el pulso le tiembla bajo el guante. Nunca había cruzado la frontera con intención de reclamar lo perdido; su voz, fuerte y certera en el fragor de la batalla, se vuelve una promesa rota en aquellas salas antiguas, donde un juramento olvidado se puede convertir en condena. El viento transporta ecos de risa, burla de fantasmas. No confía en ellos; ha aprendido demasiado sobre espíritus sedientos a lo largo de los inviernos del exilio.

A su lado cabalga Miala, de la Casa de los Riscos Rojos, con su capa gris plateada resaltando sus ojos de un verde casi sulfuroso. Nadie la ha visto llorar, ni siquiera cuando los carros ardían con los moribundos de su sangre. Detrás, los otros diez: la voz de las islas, el filo de los desiertos, el embajador de la Empírea de Hierro Azul ahora roto por su propia ambición, y el muchacho de la Torre Ciega que aún no sabe que cualquier trono necesitará algo a cambio.

Por encima de todos, el Palacio de Vitral vigila, como el ojo de un dios depuesto. El puente de ónice cruje bajo el peso de las monturas. Se detienen. Los heraldos descienden primero, abriendo la vía con estandartes resquebrajados; sus sombras parecen arrastrar antiguas traiciones. Cuando Ysandar pone pie en el mármol de la entrada, la losa resuena con una nota aguda, una bienvenida o una advertencia.

La gran galería es un lapso congelado en el tiempo. Azulejos entelados por la escarcha, columnas de cristal molido que reflejan fragmentos grotescos de los visitantes. Al fondo, el salón del Trono: nueve sillas talladas, cada una más hermosa y mortífera que la anterior. Cuanto más se observa, más se intuye que no han sido construidas solo para sustentar carne, sino para pesar espíritus.

Los servidores mutíos—hombres y mujeres de labios cosidos y ojos sellados con lacre—abren las puertas parabólicas. No emiten palabra; hace generaciones vendieron su habla para no traicionar los secretos del Palacio. Entre las nueve sillas yace una décima, caída, astillada, todo su brillo reducido al polvo.

El silencio es tan profundo que los latidos de Ysandar retumban como tambores de guerra. El crisol de la sala parece arder con un fuego invisible: los tronos llaman. Miala levanta la mano, deteniendo a los demás.

—¿Recuerdas las reglas? —pregunta, su voz una astilla bien lanzada.

Ysandar asiente, aunque la memoria es un convidado ingrato. Cada trono sólo puede ser reclamado con un acto de verdad, un sacrificio que demuestre autoridad sobre uno mismo y sobre los demás. Un movimiento en falso, una mentira, y la silla absorbe no solo la vida, sino el alma, la disuelve en sus filigranas de cristal. Así han caído linajes enteros; así nació la Ciudad de los Susurros, donde las almas atrapadas solo encuentran reposo cuando el trono es destruido o reclamado con sabiduría.

Avanzan despacio. El embajador de la Empírea se aparta, deja entrever su herida en la garganta, recuerdito de la última vez que intentó forzar un juramento frente a los tronos. Otros fingen indiferencia, pero la ambición baila en sus ojos.

Ysandar se dirige al Trono de la Ceniza, el único que alguna vez ocupó su dinastía. Sabe lo que debe hacer. El ritual es sencillo y atroz. Extrae de su pecho la cadena que nunca se quitó, la última herencia de su hermana asesinada durante el asedio. La ofrece, y sus palabras tiemblan:

—En nombre de aquel y aquella que perdí, reclamo lo que es mío.

El trono responde con una oleada de frío y luz azulada. Los nervios de Ysandar arden, su historia desfila ante él, cruel y vertiginosa. El aire se llena de murmullos: las voces de quienes murieron por ese derecho. Una lágrima de sangre se quiebra en la comisura de sus labios. Pero no vacila. El trono lo acepta, y cuando se sienta, una telaraña de runas brilla alrededor, sellando el pacto.

Uno a uno, los demás se acercan a sus propios destinos. Algunos caen, engullidos por los cerrojos mágicos de los asientos; otros logran aferrarse a las orillas del poder. Miala se arrodilla frente al Trono del Alba, derrama sobre la alfombra cristalina una copa de su propia sangre. Reclama la misericordia y la fuerza de un reino devastado por la sequía, y el trono la abraza en una llamarada de oro. El muchacho de la Torre Ciega se sienta en el Trono Umbrío. No tiene nada, salvo su miedo, y lo ofrece. El trono se estremece, un destello negro que por un instante ahoga toda la luz, pero finalmente lo recibe.

Sin embargo, la atmósfera no celebra la restauración; algo se gesta bajo la superficie. El embajador mira fijamente la décima silla rota, los labios sellados en un rictus de odio.

De pronto, un estrépito sacude la sala: la base del Trono de los Espejos se fractura, liberando un hálito oscuro. Las sombras proyectan siluetas imposibles a lo largo del mármol. Del trono roto se eleva un espectro, una mujer de rostro tallado en mil ángulos, sus miembros descompuestos por la fractura del cristal.

—Habéis olvidado —resuena la voz, tanto dentro como fuera de los pechos de todos—. Olvidado el precio del poder, y el nombre de quien lo custodia.

Nadie responde. La mujer avanza, su cuerpo chasqueando con cada movimiento.

—La décima casa fue borrada, pero no vaciada. Su trono exige ahora un precio mayor.

Ysandar siente el hechizo apretarse sobre su pecho. La sala no es solo un salón real; es el corazón de un pacto milenario con seres mucho más antiguos que los hombres. Entiende, de golpe, todo lo que está en juego: los nueve tronos jamás pueden estar ocupados todos a la vez mientras falte el décimo, pues entonces el Palacio mismo despierta.

La figura de cristal señala a Miala.

—Tu linaje traicionó, tu linaje pagará. La balanza se equilibrará solo con una vida inocente.

El cálido fulgor del Trono del Alba vacila. Miala tiembla, pero no aparta la mirada.

—Y si otro se ofrece en su lugar? —pregunta.

La espectral reina asiente, implacable.

En ese instante, el muchacho ciego se levanta. Su voz es sorda, pero sus palabras atraviesan la sala.

—No tengo reino que perder, ni nombre que salvaguardar. Doy lo que soy.

Sin pedir permiso ni bendición, sube los peldaños del trono roto y se sienta. El cristal ruge. Por un instante, la sala se derrumba en gritos y luz incierta: el Palacio recuerda y olvida a la vez.

Cuando la visión se disipa, el muchacho ha desaparecido. La silla astillada brilla de nuevo, restaurada, y los susurros en los muros cesan. El espectro se inclina en señal de respeto y se disuelve en una lluvia de fragmentos de luz.

Los nobles se miran, traicionados por su propio alivio. Más de uno llora en silencio. Ysandar aprieta el puño sobre la corona.

La sala parece distinta: aún peligrosa, pero quieta. Por ahora, el equilibrio se ha restaurado. Sin embargo, Ysandar sabe que el precio verdadero acabará por alcanzarlos a todos. Mira las sillas, más bellas y terribles que nunca, y se pregunta cuánto tiempo más durará la paz en el reino de la escarcha silente.

Al abandonar el Palacio, la nieve cae más pesada, pero en el horizonte amanece una luz incierta, y entre los copos, el eco del último sacrificio flota—una promesa y una advertencia escrita en la lengua del cristal roto.

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